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Recuento histórico
El discurso artístico femenino se
enfrenta con un presupuesto
emancipatorio que se ha mezclado con la
forma de banalización que tiene la
creación contemporánea al despojarse de
todo sentido trascendente para optar por
la inclusividad y la relatividad de los
esquemas de representación. Todo el
humanismo del que hablara Gloria Steinem
pierde mucho de su carga trascendental,
a la vez que es reciclado en la moda que
lo vacía de toda sombra subversiva y lo
mezcla, en las revoluciones “inocentes”
de la estética.
Las artistas mujeres en Cuba han
rehusado en muchas ocasiones toda
militancia con respecto a determinadas
problemáticas de género. Esta postura
anula de antemano la validez de estos
presupuestos y se suma al temor de una
acusación o relegación sectaria que en
su opinión iría en detrimento de la
condición de artistas más allá de su
sexo.
Los referentes en nuestro país acumulan
intentos tempranos y aislados de mujeres
que desde el campo literario o
periodístico lograron tener voz y
espacio en la vida cultural cubana. Pero
en todos los ejemplos existentes no
vemos una cohesión como grupo que
demuestre una participación activa de la
mujer en la lucha por sus derechos: los
espacios de reivindicación se
desarrollan en un ámbito muy elitista,
para mujeres cultas, participantes de la
vida literaria, en la que se rebelaban
contra las injusticias sociales a través
de la imagen de heroínas románticas. El
espacio de referencias y relativo poder
dentro del drama se desarrolla siempre
en los confines de la casa y el
matrimonio, y las temáticas se
circunscribían a las amorosas y a
problemas de la pareja. De esta manera
ya se fueron sentando las reglas o
normas de escritura femenina que se
contraponían a preocupaciones
filosóficas, sociales y políticas.
Los cambios históricos en nuestro país
que suponían algún tipo de mejoras
verdaderas para la mujer, casi siempre
estaban vinculados a transformaciones
generales y a una apertura en la
mentalidad y en las costumbres de la
época que sucedían de forma colectiva.
Las primeras décadas del siglo XX en
Cuba son usualmente mencionadas como
momento de cambios y reivindicación del
papel de la mujer, traídas por una mayor
influencia de patrones internacionales
—mayormente
norteamericanos—
y un intento de acceso a la modernidad y
vanguardia internacional. Sin embargo,
algunos investigadores explican que “no
se reconoce el hecho de que en esta
redefinición intervienen decisivamente
las mujeres; y que esa mujer que la
prensa codifica en las portadas de
revistas,
no pasa de ser un icono tan decorativo e
intrascendente como la antigua reina del
hogar.”
Según esta afirmación la liberación de
la mujer sería como un estar a tono con
el mundo, que se preocupa por su
inclusión en la misma sociedad que
empieza a liberarse de los prejuicios en
temas como la moda, el desnudo, las
costumbres o que se interesa por la
introducción de los avances tecnológicos
y los asomos de modernidad. Aunque hay
mujeres que sí realizaron una
interesante labor periodística, política
y literaria en estos años, vinculándose
a organizaciones de gran avanzada social
como el célebre Movimiento Minorista, y
que muchas veces quedan relegadas a un
segundo plano y sus nombres olvidados.
Solo ahora es que algunos estudios
empiezan a rescatarlas en su papel de
activistas por los derechos de la mujer
y su importancia dentro de un movimiento
feminista bastante activo.
La posibilidad de independencia
económica se trataba de un asunto
ampliamente mencionado por ellas, porque
significaba el respaldo de la mujer en
la vida pública, así como su
participación en organizaciones que le
garantizaran una voz dentro del campo de
fuerzas políticas existente.
Sobre esta actividad de principios de
siglo nos encontramos con un Primer
Congreso Nacional de Mujeres en 1923 que
presentaba demandas enfocadas en su
mayoría hacia el derecho al voto, las
leyes de matrimonio, las concernientes a
propiedad y divorcio, la protección para
hijos concebidos fuera del matrimonio y
la legislación laboral. Sin embargo,
luego de que las mujeres obtuvieron el
sufragio en 1934 y se incorporaron la
mayoría de los reclamos femeninos a la
Constitución del 40, el movimiento
feminista parece diluirse, con la
excepción de un Congreso de mujeres que
se celebró en 1954 y que se centró en
los problemas económicos de la familia
cubana.
Mujer y Revolución
Con el triunfo de
la Revolución
comenzó otra historia donde es
interesante contraponer el todo social
al terreno de lo individual y privado.
Con la movilidad de todas las
estructuras sociales que se plantea
la Revolución,
se abrieron nuevas perspectivas para las
nociones de género, para las divisiones
existentes entre vida doméstica y
laboral y para la institución de una
serie de mecanismos que posibilitaban
mejoras de los estándares de vida. Si
antes los paradigmas sociales encerraban
a la mujer en el marco limitado del
matrimonio y de todas las represiones
sexuales que existían, en el año 1959 se
tomaron al momento una serie de medidas
que suponían su emancipación. Las
reformas para liberar a la mujer de “los
rezagos del pasado” se traducían también
en la eliminación de la prostitución, y
todo vestigio de objetualizar el sexo
como mercancía, lo que se aviene a la
adopción de una moralidad y eticidad
reformadora, interesada en eliminar los
eslabones de la cadena de comercio
capitalistas. A la par, se produjo la
creación de
la Federación
de Mujeres Cubanas (FMC) como
organización para representar los
derechos de la mujer y la amplia tarea
educativa de la Revolución se apreció a
través de las campañas de los medios de
difusión que imponían nuevos patrones
sociales e incluían a las mujeres
teniendo en cuenta su incorporación al
estudio, al mercado laboral, a las
distintas tareas y programas sociales y
al propagar el modelo de mujer militante
y “activa” políticamente, que tanto
difería del ama de casa pasiva y
apolítica que predominaba en nuestras
sociedades latinoamericanas de esquema
paternalista.
Resulta de gran interés cómo las metas
de esta organización creada por la
revolución experimentan una evolución
desde un inicio a menudo en
contraposición con el discurso femenino
del mundo occidental
y de una idea de una lucha de mujeres
separada, hacia posiciones más radicales
que incorporan perspectivas del
feminismo internacional. El proyecto de
emancipación de la mujer en Cuba se
encontraba dentro de un proyecto mayor
de construcción de la nación. Y esta es
una idea clave al entender un feminismo
reinventado y reorientado hacia
realidades específicas cubanas que
creaban su propio cuerpo de valores,
donde la idea de la liberación de la
mujer era imposible de separar de otros
problemas sociales.
Entre las reformas se trató de darle
igualdad de condiciones a la mujer en el
estudio y en el trabajo, dándose la
posibilidad a muchas mujeres de tener
una vida fuera del hogar. Sin embargo,
en el Congreso de 1974, Fidel expresaría
sucintamente que “la igualdad de la
mujer aún no existe.” A mediados de la
década del 70, según estudios realizados
por el Partido Comunista de Cuba muy
pocas mujeres habían sido elegidas como
delegadas al Poder Popular Local, puesto
que eran relegadas a las tareas de
cuidar la casa, a los niños y al esposo.
Medios de difusión
Por otra parte tenemos que los medios de
comunicación en esta época, se
plantearon una manera de incentivar la
incorporación de la mujer al ámbito
laboral, retratar su presencia en la
vida pública y su participación en
disímiles tareas. En la industria
fílmica se estimuló la aparición de
nuevos modelos de mujer que rompían con
el clásico perfil repetido por el cine
anterior a la Revolución. El crítico
José Alberto Lezcano menciona a los
tradicionales roles de la mujer fatal,
la heroína romántica, la burguesa en
conflicto y la madre sufrida. Con la
creación del Instituto Cubano del Arte e
Industria Cinematográficos, se intentó
cambiar este enfoque e incentivar nuevas
visiones, a partir de lo cual se
desarrolló toda una extensa filmografía
que recurría a mujeres de todos los
estratos sociales y épocas históricas
como protagonistas. En estas también se
reflexionó sobre problemas que impedían
la igualdad de la mujer, a la vez que
denunciaban los obstáculos impuestos por
una larga tradición de sociedad
paternalista.
Sin embargo, en muchas telenovelas, el
retrato de la mujer tendía a
idealizarse, como si estas no bregaran
con obstáculos prácticos (que no solo se
limitaban al cuidado de los niños) y que
restringían su vida pública. Ya las
feministas cubanas de principios del
siglo 20, habían reflexionado sobre la
necesidad de lograr una independencia
económica como base para el logro de una
verdadera igualdad. Y la liberación de
la mujer cubana siempre se vio ligada a
la posibilidad real de contar con una
infraestructura que le permitiera su
desarrollo laboral. Estas demandas se
trataban de satisfacer a través de las
mejoras en el acceso a los bienes que
significaran ventajas en su vida
privada, o las expectativas reales de
tener ascensos en el trabajo y todo lo
que esto implicara.
Por lo general las limitaciones de todos
estos materiales audiovisuales es
posible resumirlos en dos elementos: O
bien se abordaban los problemas
tradicionales de la mujer, la doble
carga de trabajo en la calle y trabajo
en la casa, la atención de los niños, la
discriminación laboral, pero muchas
veces con tonos educativos que llegaban
a ser panfletarios. O el retrato era de
mujeres que contaban con un mundo de
bienestar económico irreal o poco
representativo en el que sobraba el
tiempo para dedicarle al trabajo, a los
niños y a la casa.
Por otro lado tenemos un ejemplo que
interpreta acertadamente desde el
terreno del arte, muchos conflictos
sociales de la década del 70, y es el
filme titulado De cierta manera,
de la realizadora Sara Gómez, primera
película hecha por una mujer en Cuba. En
ella se contraponen los paradigmas de
una sociedad que condena las
desigualdades de sexo y clase y el
desenvolvimiento de la esfera individual
y privada, creando lo que se daría en
llamar las contradicciones sociales aun
existentes como remanentes del antiguo
régimen. Uno de los mayores valores del
filme reside en su capacidad de
diseccionar procesos correlativos a la
discriminación de la mujer y que se dan
a través de un enfoque que incluye
criterios de raza y grupo social. Por
una parte la película expone lo que la
oficialidad opinaba de la marginalidad y
por otro lado como se desenvuelven los
que realmente la padecían; se
contraponen las conversaciones en
reuniones y consejos y lo que la gente
hablaba íntimamente en los ambientes
donde el Estado no podía intervenir.
No solo en este filme, sino en gran
parte de la producción fílmica cubana,
aparece el rostro del machismo encarnado
en la “fidelidad o cofradía” que le
otorga una gran importancia a la
relación afectiva masculina para rebasar
las contradicciones que se presentan
entre sus aspiraciones individuales y
las sociales.
No nos sorprende entonces que en muchos
productos culturales la realidad se
pinte como eminentemente masculina y que
los problemas femeninos sean discutidos
a través de una interpretación hecha por
hombres.
Ante los problemas planteados por la
crisis económica de los 90, en el
llamado Período Especial, ocurre la
pérdida considerable de espacios y
posibilidades para la lucha por la
emancipación. El aumento de la
prostitución o de las mujeres que
organizaron sus relaciones de pareja
sobre la base al interés económico son
retratadas por letras de canciones
populares o algunos audiovisuales como
es el caso de Sucedió en
La Habana,
del artista Henry Eric. Pero rara vez
aparece como problema mencionado en los
medios masivos de comunicación, y cuando
se hace alguna mención a esto son
enfrentados como elecciones personales
más que como necesidades. La importancia
de una escalada en el reflejo de estas
situaciones se fue haciendo más
evidente, y esto dio lugar a que
comenzaran a mencionarse tímidamente en
espacios públicos, pero que no siempre
lograron salirse de determinada carga
moralizante.
Mientras tanto, en la vida “real”,
empezó a hacerse más explícita aun la
separación entre lo público y lo privado
que ya había anunciado premonitoriamente
Sara Gómez en su filmografía.
Como conviven en la vida diaria
diferentes prototipos de verbalidad, la
oficial, la ilustrada y el “chisme”, el
“chanchullo”; diferentes tipos de
procederes; el que se desenvuelve
“normalmente” a través de canales
institucionales y el de los mecanismos
aleatorios que se presentan a través de
los negocios, los contactos, los
arreglos, las relaciones informales. En
el período especial se observa un
reinado de la búsqueda de soluciones
alternativas para la vida cotidiana, la
necesidad de supervivencia y de
“flexibilizar” ciertos paradigmas que
obligan a tentar los límites, a bajar
ciertos standards morales y a convivir
con toda una serie de individuos
estigmatizados, desclasados y heréticos.
Surge un nuevo hombre acostumbrado a
vivir en los márgenes y que está más
tentado a reproducir las actitudes de
machismo o racismo: un sujeto que ha
perdido cierta dignidad, que ha perdido
una parte de su humanidad en el proceso.
En todo este paisaje de aspiraciones
individuales y colectivas, continuar con
una reflexión que active problemáticas
culturales centradas en este campo del
discurso de género ha sido una tarea
compleja.
Buena parte de los medios masivos
experimentan una
popularización del audiovisual
encaminado a la promoción turística o al
video clip que va en consonancia con la
producción musical popular de la Isla.
En el terreno de
las artes visuales ha habido otros
obstáculos. En la actualidad muchas
artistas siguen manteniendo una mirada
muy conservadora hacia el tema que o
bien desdeña cualquier intento de hacer
un discurso femenino o reproduce un
esquema conservador de lirismo,
represión o sufrimiento contenido.
En estas reflexiones también se pretende
indagar sobre auténticos espacios de
reivindicación, de manera que se activen
importantes reflexiones culturales no
solo sobre la sociedad cubana sino
también sobre otros países del Tercer
Mundo.
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