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Esta tarde nos convocan a la par la
justicia y la belleza. La justicia
porque con este acto honramos a cinco
hijos de Cuba, presos en cárceles
norteamericanas por intentar estorbar
los planes terroristas contra su Patria;
la belleza, porque hoy presentamos una
obra hermosísima: Desde la soledad y
la esperanza, un volumen impreso por
la Editorial San Luis, donde se recogen
textos en su honor, debidos a la pluma
de 19 importantes poetas, narradores y
ensayistas cubanos y que se ilustra con
dibujos, pinturas y grabados de una
veintena de artistas. Por si esto fuera
poco, acompaña el volumen un disco,
titulado Danza de los inocentes
que contiene interpretaciones que les
dedican diez músicos de altísima talla.
No son estos textos y piezas artísticas
de simple encargo, se trata de la voz
toda de una nación que clama por el
regreso de sus hijos y cuando el arte,
el más auténtico, se pone al servicio de
la verdad, entonces es como una flecha
disparada al horizonte. Como aseguraba
José Martí, en su profético ensayo
“Nuestra América”: “No hay proa que taje
una nube de ideas. Una idea enérgica,
flameada a tiempo ante el mundo, para,
como la bandera mística del juicio
final, a un escuadrón de acorazados.”
Eso han sido nuestros hermanos: Antonio,
Fernando, Ramón, René, Gerardo, las
voces, las banderas, que han advertido
al mundo para que no caigan sobre él,
los modernos acorazados del imperio.
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Cuando me pidieron que presentara este
libro, confieso que sentí una auténtica
perplejidad, ¿qué podría añadir yo a los
relatos de Eduardo Heras, Nancy Morejón,
Marta Rojas?, ¿qué podría poner mi
palabra después de los versos de
maestros como César López y Pablo
Armando Fernández? Ninguna imagen podría
ser más elocuente que el dibujo de
Fabelo o la melodía de José María
Vitier. Entonces vinieron a mí unos
lejanos recuerdos de infancia.
Volví a ser un niño de algo más de dos
años y me vi en una habitación del
habanero hotel Lincoln, contemplando por
la ventana las enormes llamaradas que se
elevaban hasta el cielo. Ardía la tienda
El Encanto y se escuchaban enormes
explosiones, a cada una de ellas se
desprendía una esfera de gas ardiente
hacia las nubes. En la calle el pueblo
corría y vociferaba consignas. Mis
padres entonces recordaban con espanto
que pocas horas antes habíamos estado
allí, quizá fuimos algunos de los
últimos clientes que tuvo aquella
tienda, antes de cerrar sus puertas sin
saber que lo hacía para siempre.
El segundo recuerdo es de un hecho que
ocurre, muy poco después, en mi ciudad
natal, Camagüey. Estoy en casa de mi
abuelo, a punto de regresar con mi madre
a la nuestra. Ya cerca de la puerta, se
le ocurrió al anciano llamarme, para
alguna de sus bromas habituales. Mi
madre, aunque impaciente, tuvo que
retroceder. Solo eso pudo salvarnos a
ella y a mí. En ese instante estalló
enfrente, en la sucursal camagüeyana de
El Encanto, una bomba allí colocada.
Esta no solo hizo saltar las vidrieras
del establecimiento, sino que destruyó
el vitral que había sobre el portón de
la casa en que estábamos, además, la
fuerza expansiva arrancó de cuajo el
antiquísimo aldabón de bronce que estaba
atornillado a la puerta. La sala quedó
cubierta de vidrios. De haber salido
cuando lo intentamos, hubiéramos muerto
ambos o quedado fatalmente lesionados.
Por dos veces el terror había tocado a
mi puerta.
Precisamente estas lejanas memorias me
dieron razones. Yo, como otros tantos
cubanos, a lo largo de varias décadas,
había tenido que sufrir la vecindad del
resentimiento procurando ejecutar la
sentencia de muerte dictada por los
adversarios de la Revolución Cubana. Por
eso y como otra respuesta, presentó este
libro, porque en esos Cinco Héroes va
disuelto también una parte de mi ser y
de mis razones y porque soy de los que
cree que el mal se combate, sobre todo,
con el bien y la belleza.
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Amigos de Cuba, hermanos de América
toda, hoy nos congregamos en el Ecuador
hospitalario, en la tierra situada justo
en el centro del mundo, donde una línea
imaginaria separa al Norte opulento y
soberbio del Sur mil veces saqueado pero
con ansias de justicia. Nuestro
encuentro se produce en una hora
decisiva para el mundo: frente a la
cultura del despojo, de la invasión y de
la muerte, se alza la esperanza de una
cultura de la verdad, de la
independencia y de la vida. Los pueblos
de América han comenzado a legislar por
sí mismos y a sacudirse las antiguas
oligarquías. La imposición extranjera se
sustituye por el beber directo en las
fuentes de la cultura de la tierra y el
arte mismo se renueva y enciende una
hoguera que flamea en el horizonte.
Honremos hoy a los Cinco hermanos que
como en la pintura de Rancaño que
ilustra la portada del libro, son como
la palma que nace del centro mismo de la
estrella cubana: elegante, quizá
solitaria, pero jamás rendida y que este
libro, este disco, sean un alimento
nuevo para la certeza de su retorno.
Frente al odio alimentado con el oro de
los poderosos, frente a la guerra
mediática y a las intervenciones
abiertas o secretas, pongamos lo que
Martí llamó “la unión tácita y urgente
del alma continental” y que el Poeta
Nacional de Cuba, Nicolás Guillén
ilustrara tan perfectamente en su poema
“La Muralla”:
Para hacer esta muralla,
tráiganme todas las manos:
los negros, sus manos negras,
los blancos, su blancas manos.
Ay,
una muralla que vaya
desde la playa hasta el monte,
desde el monte hasta la playa, bien,
allá sobre el horizonte.
Texto leído en el V
Encuentro Continental de Solidaridad con
Cuba, Quito, Ecuador, 27 de octubre de
2007. |