Año VI
La Habana

3 al 9 de NOVIEMBRE
de 2007

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Presentación del libro Desde la soledad y la esperanza

Justicia y belleza

Roberto Méndez Martínez • Quito

 

Esta tarde nos convocan a la par la justicia y la belleza. La justicia porque con este acto honramos a cinco hijos de Cuba, presos en cárceles norteamericanas por intentar estorbar los planes terroristas contra su Patria; la belleza, porque hoy presentamos una obra hermosísima: Desde la soledad y la esperanza, un volumen impreso por la Editorial San Luis, donde se recogen textos en su honor, debidos a la pluma de 19 importantes poetas, narradores y ensayistas cubanos y que se ilustra con dibujos, pinturas y grabados de una veintena de artistas. Por si esto fuera poco, acompaña el volumen un disco, titulado Danza de los inocentes que contiene interpretaciones que les dedican diez músicos de altísima talla. No son estos textos y piezas artísticas de simple encargo, se trata de la voz toda de una nación que clama por el regreso de sus hijos y cuando el arte, el más auténtico, se pone al servicio de la verdad, entonces es como una flecha disparada al horizonte. Como aseguraba José Martí, en su profético ensayo “Nuestra América”: “No hay proa que taje una nube de ideas. Una idea enérgica, flameada a tiempo ante el mundo, para, como la bandera mística del juicio final, a un escuadrón de acorazados.” Eso han sido nuestros hermanos: Antonio, Fernando, Ramón, René, Gerardo, las voces, las banderas, que han advertido al mundo para que no caigan sobre él, los modernos acorazados del imperio.

Cuando me pidieron que presentara este libro, confieso que sentí una auténtica perplejidad, ¿qué podría añadir yo a los relatos de Eduardo Heras, Nancy Morejón, Marta Rojas?, ¿qué podría poner mi palabra después de los versos de maestros como César López y Pablo Armando Fernández? Ninguna imagen podría ser más elocuente que el dibujo de Fabelo o la melodía de José María Vitier. Entonces vinieron a mí unos lejanos recuerdos de infancia.

Volví a ser un niño de algo más de dos años y me vi en una habitación del habanero hotel Lincoln, contemplando por la ventana las enormes llamaradas que se elevaban hasta el cielo. Ardía la tienda El Encanto y se escuchaban enormes explosiones, a cada una de ellas se desprendía una esfera de gas ardiente hacia las nubes. En la calle el pueblo corría y vociferaba consignas. Mis padres entonces recordaban con espanto que pocas horas antes habíamos estado allí, quizá fuimos algunos de los últimos clientes que tuvo aquella tienda, antes de cerrar sus puertas sin saber que lo hacía para siempre.

El segundo recuerdo es de un hecho que ocurre, muy poco después, en mi ciudad natal, Camagüey. Estoy en casa de mi abuelo, a punto de regresar con mi madre a la nuestra. Ya cerca de la puerta, se le ocurrió al anciano llamarme, para alguna de sus bromas habituales. Mi madre, aunque impaciente, tuvo que retroceder. Solo eso pudo salvarnos a ella y a mí. En ese instante estalló enfrente, en la sucursal camagüeyana de El Encanto, una bomba allí colocada. Esta no solo hizo saltar las vidrieras del establecimiento, sino que destruyó el vitral que había sobre el portón de la casa en que estábamos, además, la fuerza expansiva arrancó de cuajo el antiquísimo aldabón de bronce que estaba atornillado a la puerta. La sala quedó cubierta de vidrios. De haber salido cuando lo intentamos, hubiéramos muerto ambos o quedado fatalmente lesionados. Por dos veces el terror había tocado a mi puerta.

Precisamente estas lejanas memorias me dieron razones. Yo, como otros tantos cubanos, a lo largo de varias décadas, había tenido que sufrir la vecindad del resentimiento procurando ejecutar la sentencia de muerte dictada por los adversarios de la Revolución Cubana. Por eso y como otra respuesta, presentó este libro, porque en esos Cinco Héroes va disuelto también una parte de mi ser y de mis razones y porque soy de los que cree que el mal se combate, sobre todo, con el bien y la belleza.

Amigos de Cuba, hermanos de América toda, hoy nos congregamos en el Ecuador hospitalario, en la tierra situada justo en el centro del mundo, donde una línea imaginaria separa al Norte opulento y soberbio del Sur mil veces saqueado pero con ansias de justicia. Nuestro encuentro se produce en una hora decisiva para el mundo: frente a la cultura del despojo, de la invasión y de la muerte, se alza la esperanza de una cultura de la verdad, de la independencia y de la vida. Los pueblos de América han comenzado a legislar por sí mismos y a sacudirse las antiguas oligarquías. La imposición extranjera se sustituye por el beber directo en las fuentes de la cultura de la tierra y el arte mismo se renueva y enciende una hoguera que flamea en el horizonte.

Honremos hoy a los Cinco hermanos que como en la pintura de Rancaño que ilustra la portada del libro, son como la palma que nace del centro mismo de la estrella cubana: elegante, quizá solitaria, pero jamás rendida y que este libro, este disco, sean un alimento nuevo para la certeza de su retorno. Frente al odio alimentado con el oro de los poderosos, frente a la guerra mediática y a las intervenciones abiertas o secretas, pongamos lo que Martí llamó “la unión tácita y urgente del alma continental” y que el Poeta Nacional de Cuba, Nicolás Guillén ilustrara tan perfectamente en su poema “La Muralla”:

Para hacer esta muralla,

tráiganme todas las manos:

los negros, sus manos negras,

los blancos, su blancas manos.

Ay,

una muralla que vaya

desde la playa hasta el monte,

desde el monte hasta la playa, bien,

allá sobre el horizonte.  

Texto leído en el V Encuentro Continental de Solidaridad con Cuba, Quito, Ecuador, 27 de octubre de 2007.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
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