Año VI
La Habana

3 al 9 de NOVIEMBRE
de 2007

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El horroroso sueño tranquilo de Tibbets

Pedro de la Hoz • La Habana

 

Paul Tibbets murió de muerte natural el Día de Todos los Santos de este 2007. Casi se diría que se despidió del mundo a los 92 años de edad en estado de gracia. Para no pocos de sus vecinos en la pequeña villa norteamericana cercana a Washington donde disfrutó su pensión de brigadier de la aviación retirado debió ser un anciano apacible. En una ocasión un reportero del diario Colombus Dispatch le preguntó si era capaz de conciliar el sueño todas las noches y el buen hombre respondió: “Duermo tranquilo”.

Sesenta y dos años atrás, a bordo de un bombardero B-29, que como buen hijo bautizó con el nombre de su madre (Enola) apretó el botón de la bomba atómica que arrasó con los habitantes de Hiroshima y dejó plantada la radiación en los huesos de cuatro generaciones de japoneses.

Tibbets se aferró de por vida a la misma fórmula de los torturadores y asesinos de la Operación Cóndor. Cumplía órdenes, obediencia debida. Como los torturadores y asesinos del Pentágono, la CIA y las fuerzas paramilitares que la Casa Blanca llevó a Vietnam y hoy mismo firman el expediente siniestro de Fallujah, Abu Grhaib, la ilegalmente ocupada base de Guantánamo y las cárceles clandestinas repartidas por medio mundo, Tibbets nunca tuvo que responder a un tribunal.

Quizá en su fuero interno se diría: ¿Por qué sentir remordimientos si no los ha tenido Truman? ¿Por qué responder si no lo hicieron Eisenhower ni Johnson, ni Reagan ni los Bush?

Pocos días después del lanzamiento de la bomba, Tibbets visitó Nagasaki, la otra ciudad víctima de un ataque nuclear. Confesó que lo hizo “por curiosidad académica” y compró cuencos de arroz y útiles domésticos de madera como souvenires, a los sobrevivientes en medio de las cenizas radioactivas.

Es muy probable que esa misma “curiosidad” sea la que haya animado a George W. Bush a darse de vez en cuando, fuertemente custodiado, un salto hasta Bagdad, como para comprobar que el mejor iraquí es el iraquí muerto.                            

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
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