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Paul Tibbets murió de muerte natural el
Día de Todos los Santos de este 2007.
Casi se diría que se despidió del mundo
a los 92 años de edad en estado de
gracia. Para no pocos de sus vecinos en
la pequeña villa norteamericana cercana
a Washington donde disfrutó su pensión
de brigadier de la aviación retirado
debió ser un anciano apacible. En una
ocasión un reportero del diario Colombus
Dispatch le preguntó si era capaz de
conciliar el sueño todas las noches y el
buen hombre respondió: “Duermo
tranquilo”.
Sesenta y dos años atrás, a bordo de un
bombardero B-29, que como buen hijo
bautizó con el nombre de su madre (Enola)
apretó el botón de la bomba atómica que
arrasó con los habitantes de Hiroshima y
dejó plantada la radiación en los huesos
de cuatro generaciones de japoneses.
Tibbets se aferró de por vida a la misma
fórmula de los torturadores y asesinos
de
la Operación Cóndor.
Cumplía órdenes, obediencia debida. Como
los torturadores y asesinos del
Pentágono,
la CIA y las fuerzas paramilitares que
la Casa Blanca
llevó a Vietnam y hoy mismo firman el
expediente siniestro de Fallujah, Abu
Grhaib, la ilegalmente ocupada base de
Guantánamo y las cárceles clandestinas
repartidas por medio mundo, Tibbets
nunca tuvo que responder a un tribunal.
Quizá en su fuero interno se diría: ¿Por
qué sentir remordimientos si no los ha
tenido Truman? ¿Por qué responder si no
lo hicieron Eisenhower ni Johnson, ni
Reagan ni los Bush?
Pocos días después del lanzamiento de la
bomba, Tibbets visitó Nagasaki, la otra
ciudad víctima de un ataque nuclear.
Confesó que lo hizo “por curiosidad
académica” y compró cuencos de arroz y
útiles domésticos de madera como
souvenires, a los sobrevivientes en
medio de las cenizas radioactivas.
Es muy probable que esa misma
“curiosidad” sea la que haya animado a
George W. Bush a darse de vez en cuando,
fuertemente custodiado, un salto hasta
Bagdad, como para comprobar que el mejor
iraquí es el iraquí muerto. |