Llueve y ella duerme a mi lado.
Despacio, a medida que el sueño se
apoderaba de su cuerpo, fue retomando
Eloísa su lugar en la cama. Se
desprendió de mí, se alejó blanda
hasta quedar de lado, dándome la
espalda tersa y alargada en la
penumbra del cuarto, víctima que se
ofreciera al cuchillo imprevisto.
Otras veces, en el momento del amor,
su garganta, alzándose dispuesta al
sacrificio, fue una provocadora
aparición.
De espaldas y distante, ¿qué pensará?
¿Cuál será su sueño? No hay posesión
absoluta ni absoluta seguridad. En
Eloísa existe algo que no me pertenece
y que ignoro. Suelo, cuando se halla a
punto de alcanzar la culminación,
mirarla con avidez enfermiza. Mi
entrega ha quedado en suspenso y miro
a Eloísa debajo de mi cuerpo, siento
sus uñas en mi espalda: ¿realmente es
mía? Y yo también me pierdo: nos
abrazamos con furia hasta terminar.
¿Realmente es mía? No podría
responder. Quizá un apasionado
inventor, como resultado de los
múltiples avances técnicos, construya
un aparato sensible que permita al
amante medir las reacciones de su
amada, conocer hasta dónde le
pertenece, la hace feliz o consigue
satisfacerla. Esperemos. ¿No afirman
que el amor mueve el cielo y las
estrellas?
Aparto la vista y me quedo oyendo caer
la lluvia. Hace rato que llueve.
Repaso la habitación, la puerta
cerrada. Desde varios días atrás tomé
una determinación sin poder explicar,
explicarme, la manera. Tal vez una
acumulación de datos, observaciones de
su conducta, de palabras oídas. Tal
vez una respuesta impresionante. Es
claro: una sola cosa no bastaría a
decidirme.
¿Decisión fría, meditada? Tampoco
tengo la certeza. Quizá me tomó por
asalto. Había antecedentes —esa
acumulación—, y de golpe vi lo que
debía hacer. Con certeza sé que por
esos días realicé un descubrimiento.
Lo califico como simple y triste. El
descubrimiento de un hombre casado con
una mujer mucho más joven.
La lluvia es más fuerte. Empezó suave,
tras varios relámpagos que la
anunciaban, y al presente es plena,
total. En el cuarto hay una penumbra
como color de piedra lunar, sin
claridad definida ni oscuridad
definida. Luz de acuario. Sin duda, de
piedra lunar. Truena, un trueno largo.
La primera vez que supe que debía
decidirme estábamos en la cama, y era
domingo. Hoy, ambas circunstancias se
repiten por igual. Habíamos tenido el
día para nosotros. Para amarnos y
conversar, verla hacer la comida,
trazar varios planes futuros, idear un
viaje a las Cuevas de Bellamar,
quedarnos pensando un rato, sin apuros
ni horarios, un día para contarnos
nuevamente nuestro último fin de
semana en la playa. Y de repente lo
descubrí. Fue una simpleza, una
sencillez, y a la vez complicada.
Descubrí: el tiempo pasa.
Qué bobo. Bobo y doloroso.
Definitivamente doloroso cuando el
tiempo pasa como en un espejo constante,
y ese espejo es la mujer que amamos. No
estaba solo en una habitación con el
espejo cubierto con un paño negro, o
vendados los ojos. No se trataba de mí,
sino de ella. Envejecía para ella,
delante de sus ojos espantados. No me
cabía duda: tenía que advertirlo.
Detenerse en sus quehaceres y meditar en
nosotros, en nuestra relación. ¿No
llegaría la ocasión en que yo no pudiera
satisfacerla, en que tendría que
ayudarme a subir la escalera, bañarme o
anudarme los zapatos?
Sé que las cosas no ocurren así.
Aparentan hacerlo, pero tienen su origen
y transcurrir. Para mí semejan subir una
pirámide, escalón por escalón. En los
templos aztecas, que en la oscuridad del
cine contemplé con estupor, en las mías
las manos de Eloísa, el ara del
sacrificio remata la pirámide. En lo
alto el sacerdote cobraba sus víctimas.
Cuando se sube escalón por escalón hay
un instante de luminosidad. A partir de
esa luz volvemos atrás y reconstruimos
los pasos que nos condujeron a la cima.
Algo semejante ocurrió aquella noche,
estando los dos en la cama. Después todo
se tornó diferente, peligroso incluso.
Entre las diversas evidencias de este
hecho me gusta recordar una, porque en
ella existe un espejo. Un espejo real,
físico. Fue un incidente entre dos
compañeras de trabajo. Conversaban, y
yo, sin ser notado, las observaba.
—¿Estás
segura?
—Patas
de gallo.
—¿No
serán de gallina? La carne de gallina es
dura. Ni en olla de presión se
ablanda.
—Mi
amiga, esta, por el contrario, es
blandita. Ojalá fuera dura.
Ponía la punta de sus uñas, rojo
bermellón, en las arrugas alrededor de
sus ojos. Sonreía para darles relieve.
Ambas amigas parecían divertirse. Yo
miraba esas uñas, una mancha de sangre
fulgurante, posarse en cada estría,
saltar de un ángulo al otro semejantes a
un bisturí.
—Dicen que las gallinas dan buen caldo.
—Las viejas sólo sirven para el fogón.
—Hazte
una cirugía.
—El
pellejo se afloja de nuevo. Después,
vives en el quirófano.
Tras levantarse de su asiento se llegó
al espejo. A veces —indudablemente—
suele encontrarse cerca un espejo.
—Te
haré una demostración. La llamo «prueba
del espejo». ¿No existe la prueba
citológica? Pues esta es la del espejo.
Ovalado, el marco sepia, y muy
servicial, sin dilación, el espejo le
devolvió su cara envejecida. Luego de
mirarla se aproximó más y, sin
volverse, llamó a su amiga. Las dos se
miraron de pie, miraron reflejadas sus
caras, y la amiga, mucho más joven,
pareció preguntarle sonriendo en qué
consistía la prueba. Aunque sonriera, me
daba la impresión de hallarse cohibida.
La otra inició la demostración: llevó
ambas manos a las mejillas y estiró
hacia atrás la piel de su cara. Lo hizo
cuidadosa, con seriedad. La amiga dejó
de sonreír. El momento —supongo— se
había tornado grave. Repitiendo la
acción dijo, mirándose fijamente:
—Yo era así hace unos años.
La amiga nada respondió: aún no
necesitaba la prueba del espejo. La
escena se deshizo en silencio, cada una
regresó a su puesto de trabajo.
Me levanté y fui hacia el espejo. Un
atavismo me detuvo antes de llegar:
disimulando miré a todos lados: nadie
se fijaba en mí, y me sentí liberado por
un segundo. Hacerlo —tal vez— no era
viril, pero los calificativos poco
importaban. De antemano conocía la
opinión habitual de la gente. Viril o no
viril, avancé hasta el espejo. Puse las
manos en mi cara e imitando el gesto
acabado de ver realicé la prueba.
«Así era yo —dije al agua muda y
reveladora— cuando tenía veinte años.»
Brusco quité los dedos: reaparecieron
las estrías sobre mis labios, las
arrugas en mi frente. Repetí la acción,
y otra vez el lindo juego. Estiraba
hacia atrás, quitaba las manos, volvía a
estirar. Borra los años, ordenaba en voz
inaudible.
Me sentí insatisfecho. Necesitaba llevar
a su perfección la prueba. Entonces, no
sólo regresé al pasado, vislumbré el
porvenir. ¿Cómo?
De manera sencilla y terrorífica:
oprimí la piel empujándola hacia
delante. Cuando las arrugas aumentaron,
contraído el entrecejo, los ojos apenas
visibles, como un belfo caído se
desprendió el labio inferior, a punto
del babeo... Me aparté, dejé caer los
brazos, y nunca he repetido la prueba
del espejo.
Antes de poner en marcha mi plan quise
realizar algunos esfuerzos, aunque
fueran baldíos. Durante muchos días
acudí a un estadio y corrí varias
pistas. Ducha fría, vuelta al trabajo.
Llegué a correr diez pistas, lleno de
orgullo y de temblores en las piernas.
Dejé de comer arroz. No probé el pan ni
los helados.
En cualquier lugar —desdichadamente— mi
descubrimiento adquiría inusitadas
comprobaciones. En las duchas del
estadio tropecé con un batallón de
cuerpos mutilados. La presencia física
de brazos fláccidos, músculos en desuso,
cuarteados prominentes, vientres
desnudos bajo el repiqueteo del agua de
la ducha, la carne marchita y sin
brillo, me embriagaba de terror. Como si
hubieran dejado de luchar y se hubieran
aceptado, reían, se hacían chistes entre
ellos —también yo reía y los hacía--,
burlas y sarcasmos feroces —también yo
las hacía—, mientras frotaban
(frotábamos) con jabón nuestras
reliquias. Para algunos —quizá— aquella
reunión atroz resultaba consoladora.
Cargaban entre todos, en sus hombros
desvencijados, el horror individual.
Para mí, pese a las burlas hipócritas,
era un presagio demasiado evidente. ¿O
también una prueba, «la prueba de la
ducha»? Con todas mis fuerzas me ponía a
cantar bajo el repiqueteo del agua.
Pronto opté por otras escapatorias.
Instalé en el garaje de la casa un
pequeño gimnasio. Diariamente levanté
pesas, troté en el lugar y usé tensores.
Al estadio, con su montón de espejos
vivientes, no volví.
A la vez llevé a la práctica
una estratagema: mencionar mis años ante
Eloísa en tono resuelto, casi retador y
con frecuencia insolente, aumentándole
varios años a la cantidad real. Ella me
rectificaba bromeando. Creí al
principio que no debía hacer ninguna
referencia a mi edad, ni siquiera
mediante alusiones, o señalar las
diferencias que, sobre este punto,
existían entre nosotros. Cuando aparecía
el tema en nuestras charlas y Eloísa
mentaba la edad de algún amigo, Reynol
por ejemplo, fingía no prestar
atención, impaciente apretaba la boca o
buscaba ansioso hablar de otro asunto.
Después comprendí que era más efectivo
tocar el tema, manosearlo, incluso
chotearlo. Que perdiera con el uso, en
apariencia, al menos su importancia. Me
lancé a las peores confesiones, a un
torneo de sarcasmos. Eloísa sonreía,
mandaba que callara, sin tomarme en
serio. No parecía darse cuenta de la
gravedad del choteo. Intentaba abrirme
paso hacia lo que Eloísa realmente creía
acerca de mi edad, conocer su opinión.
La estratagema se volvía en mi contra
cuando Eloisa, entrando en el juego,
mencionaba los años que nos separaban.
Solía contarlos uno por uno exagerando
el asombro, las cejas arqueadas.
Entonces, espantado, no podía soportar
en su voz que mi estratagema se
desinflara. Oprimida la garganta,
ardiente, rencoroso, parecía ahogarme.
Aquella noche, mientras llovía y su
espalda descansaba sobre mi hombro,
podía verle la piel. Con detenimiento
intranquilo la observé. No, realmente no
la observé: escarbaba, como el que
intenta levantar capa a capa y llegar al
fondo. Ese fondo era su vejez venidera.
Resultó inútil: su piel se reveló en su
inalterable juventud. Despacio,
tembloroso por la revelación, adorando y
odiando la diferencia existente entre
los dos, recorrí el párpado, la comisura
de los labios, el nacimiento de los
senos —partes que el tiempo maltrata
tan rápido. Tersos estaban, tersos y
juveniles.
En cambio, si Eloísa se virara en la
cama y abriera los ojos, ¿cómo sería mi
piel? Podría, al igual que yo,
escarbarme en busca de lo que vendrá.
Estaba en su derecho. Tuve miedo,
incluso sentí pena. Pegué con fuerza mi
cara a la suya. Mentalmente murmuraba
suplicante «no despiertes, no
despiertes». Y ella, para mi dicha, no
despertó. Pero sentí su cuerpo pesar, su
sangre correr plena de energía, con un
calor que no era ya el de mi
sangre.
Debí pensar tal vez —era lógico hacerlo—
en el error que significaba haberme
casado con Eloísa. Sin embargo al
hacerlo había desechado la lógica. Mi
matrimonio resultaba una apuesta. Nunca
quise someterme a ciertos
límites. ¿Qué importaba el error?
Importaban la piel tersa, el ardor, el
seno firme. Envejecerían sin duda, pero
yo no los vería envejecer. Perderían su
rosado, la claridad elástica, la
brillante tersura, sin que yo fuera
testigo. Al fin surgió la pregunta:
¿quién morirá primero? La hice a la
penumbra lunar de la habitación, a la
lluvia, al vacío.
La respuesta sin embargo estaba dada: me
tocaba la primacía. Tras mi muerte,
Eloísa se quedaría sola. Mi muerte no
implicaba el fin de su vida. La
conclusión me resultaba atroz. Un
injusto ultraje. De ningún modo podía
permitirle que viviera otra vida que no
fuera la nuestra.
Un aire repentino estremece la ventana,
golpea un cuadro contra la pared. Ella
duerme entre cortos espasmos. Duerme sin
enterarse de cuanto pienso. Quizá sueña.
Dicen que siempre se sueña, aunque no
se recuerde al despertar.
El calor de su cuerpo asciende en el
aire. Se ha deslizado al borde de la
cama y un brazo pende en el
espacio. Ante mí la longitud curvada de
su espalda indefensa, el pelo esparcido
en la almohada, su piel que conserva el
dorado de nuestros días playeros.
Víctima de un impulso irreprimible, mi
pecho se pega a su espalda, mis piernas
a sus piernas, y con mi brazo busco el
suyo que cuelga, entrelazo los dedos en
sus dedos. Desesperada se hunde mi boca
en su nuca, en su cuello, en su hombro.
¿Pero de qué me quejo? Un glorioso
segundo de esperanza se apodera de mí.
Exaltado la atraigo, la estrecho firme:
su cuerpo parece plegarse al mío y
hacerse un solo cuerpo. Parece.
—¿Estás despierto?
Qué inesperada suena su voz. Creí que
dormía. Puedo sin duda haberla
despertado al abrazarla. ¿Y si no dormía
en realidad? Es irracional temer
que, si no dormía, pudiera adivinar mi
pensamiento. No debo otorgarle
facultades de maga, convertirla en
parasicóloga. Es irracional, y sin
embargo es lo que temo. Su única
respuesta consiste en acurrucarse contra
mi pecho. La beso apenas sin darme
cuenta.
—No te había visto tantas pecas.
—Bésamelas otra vez.
—No juegues, que estás dormida.
—¿Ya no llueve?
—Un chin chin.
Se acurruca más profundamente y frota
cómica sus nalgas en mi sexo. Yo espero
que bostece, maúlle soñolienta. Espero
algún indicio de que dormía, y no
ocurre. Su frotación sin embargo
comienza a tranquilizarme. Nada ha
cambiado: cuando despierta se coloca de
lado, hace nido en mi pecho, busca
mi sexo con alegría. A eso llama
«apuntalarse»
—Si estabas despierto, debiste
decírmelo. Hubiera dejado de soñar. Un
sueño terrible.
—¿Soñabas tú?
—Descuida, no he de contártelo. Te
aburren —y deja de frotarse.
—Si es triste, cuéntamelo.
—Triste no. Terrible.
Hay en su voz un ligero tono sombrío.
Yo, en parte calmado porque en
apariencia dormía, sigo imperturbable,
guasón.
—¿Te
caías de un precipicio? Debajo un gorila
esperaba listo para eso. Como tú, le
gustan a los gorilas.
—Ningún precipicio. ¿Sabes quién era el
gorila? El gorila eras tú. Tú aparecías
en el sueño. Dicen que los sueños
anuncian el futuro.
—Quizá. Lo que pasa es que no sabemos
descifrarlos.
—Este era clarito.
—Bueno, cuéntamelo. No le des más
vueltas.
—Me da pena.
—¿Pena? No era yo quien soñaba. Qué
cabecita la tuya.
Virándose Eloísa, rápido me mira,
brillantes las pupilas:
—Te
gusto así —dice aniñada, coqueta.
—Yo
no lo afirmo.
Sonriente regresa a su posición,
apretándose contra mí. Arquea un brazo
y acaricia mi pelo. Hay un silencio
incómodo.
—En
el sueño aparecías con un cuchillo. —Su
tono me parece de pronto insidioso.
—¿Muy
afilado? —Trato de seguir imperturbable,
guasón.
—Cantidad. Destellaba.
—Y
le corté a tu jefe, por darte tanto
trabajo, la yugular.
—No, a mí.
Nos quedamos callados.
—¿De
un tajo? —pregunto al rato.
—En
el sueño estaba acostada sobre una
sábana blanca. Venías y me matabas por
la espalda con un cuchillo.
—Con
el de la cocina.
Salto
de la cama y salgo al pasillo. La cocina
se halla en el fondo de la casa,
contigua al comedor. Camino con rapidez
increíble. Por una ventana que se quedó
abierta la lluvia ha formado un charco
en el suelo, y al pisarlo advierto que
estoy descalzo. Embobado miro mis pies
en el agua. Estoy descalzo y en
calzoncillos. Prosigo mi andar
vertiginoso,
entro en la cocina y prendo la
luz. Amplia, azulejeada en blanco, me
impresiona como la sala de operaciones
de un hospital. En el fregadero está la
loza sucia del almuerzo. En la meseta,
la punta vuelta hacia mí, el cuchillo,
mango negro y ancha hoja afilada.
Es el cuchillo de picar la carne, el
arma del tasajeo. No sé el motivo, pero
lo hago girar. Una de las veces que pasa
ante mi vista el mango de madera oscura,
tachonado de remaches metálicos, lo
agarro de un pronto hábil. «Este es el
cuchillo del sueño.» No puedo evitar el
temblor, una emoción insospechada. El
cuchillo ya no es el de siempre, es el
del sueño.
Cuando empujo la puerta, se incorpora en
la cama con aspecto de desamparo. Lleva
una mano al pelo revuelto, y de repente
se echa a reír. La atmósfera cálida
parece estremecerse de una enorme risa
callada.
—¿No tienes miedo?
—Me
quieres mucho.
—Por
eso se mata.
—No
eres tan salvaje.
—Tengo
una bestia dormida.
Parado junto al lecho, mi mano vacía
revuelve su cabello negrísimo, sin una
cana, y la acuesto despacio de espaldas.
«Como en el sueño.» Un tierno susurro,
amenazador a la vez. Si antes reía, ya
no lo hace. Es tan dócil a mi contacto,
que me siento extrañado. Con la punta
del cuchillo recorro su espalda. En cada
vértebra me detengo. Paso primero la
parte del arma sin filo, la parte
afilada después.
—Si
yo convirtiera en realidad el sueño, ¿te
gustaría?
—No me mates de espaldas, hazlo de
frente —y se vuelve hacia mí, el seno
desnudo, entreabierta la boca, los ojos
brilladores. Oprime la mano en que tengo
el cuchillo. Veo en su cara el asombro
de sorprender mis dedos dispuestos,
aferrados al arma homicida. Un relámpago
cruza por sus pupilas y me parece ver
que sus labios se mueven. Pronuncian un
«entonces» borroso, y atrae
inesperadamente el arma, acomoda la
punta de acero entre sus senos.
—¿Ya no crees en los sueños? —indago.
—Soñemos uno diferente.
Mientras mi mano se abre, deja el arma
entre sus senos y casi sin tocarme me
baja el calzoncillo elástico. Siento que
reacciono y que me someto a su deseo.
Ella no retira el cuchillo, en mi
estómago toca la frialdad de su hoja. Me
echa los brazos al cuello, enlazados nos
hundimos en la cama. La cubro, acaricio,
penetro, la arrastro desfallecida. A su
garganta sube un sollozo. Escucho
anhelante: su cuerpo estremecido vibra.
El corazón golpea incansable, y nos
perdemos en un gemido mutuo. La oigo y
la penetro hasta la exasperación. Quiero
dejarla vacía, vencida. Derrotar su
edad, la distancia que media entre
nosotros. Como un náufrago agito los
brazos. «Es una venganza», mientras un
hilo de baba brota de mi boca y le moja
el cuello.
—Despertemos —alzo el cuchillo de su
seno y lo arrojo por la ventana.
Eloísa sale de su abatimiento, se
incorpora en las sábanas revueltas:
—Se quedarán las papas sin pelar.
—¿Te lo busco así?
—Un tipo mayor no hace esas cosas.
Empiezo a vestirme. Temo que ella inicie
e1 conteo de mis años y aluda burlona a
la declinación futura de mi sexo.
Desnuda se ha sentado en la orilla de
la cama.
—Déjame
cerrarte la portañuela. Se te saldrá el
periquito.
—Si
te acercas te dará otro picotazo.
—Sólo pica una vez.
—Pero
no lo hace mal.
Cuando le entrego el cuchillo, húmedo
todavía el acero de la yerba del jardín,
viste su bata de casa. Apenas se detiene
a mirar el arma: al presente parece no
interesarle. Dice que lo pondrá en su
lugar, y al salir la detengo un segundo.
—¿Qué
te pasa? Estás tan extraño. ¿Por el
sueño que te conté? Ya no puedo bromear
contigo. Fue una ocurrencia
completamente femenina.
—Quiero
preguntarte una cosa, incansable
coqueta.
—Dígame
—responde, repentinamente enseriada.
—¿Tú
no piensas que me puedo morir?
—Yo también.
—¿Yo también, qué?
—Yo también puedo morirme.
—Y si muero primero, ¿qué harás después
de mí?
—Una
salida natural: volverme a casar.
—Ya
lo imaginaba.
Abandona la habitación. Voy a la
ventana y me quedo mirando el barrio en
el atardecer.
Resulta terrible esa palabra «natural»,
que ella pronuncia con tanto desenfado,
y suena como
un pistoletazo. «Natural», y parece que
veo mi entierro. Con esa manera suya,
entre burla y vaguedad amenazante, como
si conociera de antemano el porvenir,
ha dado su respuesta. Ya lo imaginaba,
repito para sentirme menos abandonado,
y no oigo mi voz.
Es cierto: la vida continuará tan
natural. Parecidos atardeceres, parecida
lluvia menuda. Demasiado joven, incapaz
de una viudedad a la antigua, ella se
casará con otro. Cuando era niño, tras
la muerte de mi padre, mamá guardó luto
riguroso. Hasta que ella también
falleció, el lugar de papá en la cama
matrimonial quedó desocupado.
Simpleza natural,
y me aturde el dolor. Bobo, inhumano.
Desnuda, bajo una bata transparente,
vagará por el cuarto —¿por este mismo?—
ante la mirada ávida (y natural)
del otro, mi rival post-mortem.
Flotante, las carnes duras,
semejante a una araña la vulva, y en
esta cama, en la nuestra, fornicarán
como dos bestias naturales.
No es posible. Debo impedirlo. ¿Por qué
aceptar los límites? ¡Al carajo lo
natural! Su respuesta es clara, la mía
lo será. Subo un escalón más en la
pirámide azteca.
—Reynol vino a buscarte —es su voz de
nuevo en la habitación.
Con sorpresa disimulada pregunto para
qué.
—Querrá hablar contigo. A los policías
les encanta conversar
Sin
apartarme de la ventana, inquieto por la
noticia, nada hago sin embargo, ni
siquiera volverme. Su voz resuena
distante. La oigo, animal atento en su
guarida. Desde que he puesto mi plan en
marcha, qué sensitivo estoy. Cuando
Eloísa dormía ocurrió algo parecido: la
supuse despierta escuchándome,
adivinando mí desesperado propósito.
Tuve entonces una de estas figuraciones
premonitorias, causadas quizá por el
miedo a ser sorprendido. Si Reynol es
un viejo amigo, ¿por qué la inquietud?
Entre el humo del tabaco y varias tazas
de café mantenemos prolongadas
conversaciones. Los casos de homicidio
son su pasión. No obstante, un detalle
—en el que la sensibilidad acecha— me
intranquiliza: hemos dejado de vernos
desde hace varios meses, y nuestros
rencuentros se reanudan, casi siempre,
cuando algún caso lo obsede.
Eloísa debe de andar en la cocina, y
desde allí repite que Reynol ha venido
dos veces sin dar conmigo. Que ha
llamado después por teléfono. A
continuación menciona, con su deliciosa
oscilación, que ha comenzado a cocinar,
y el nombre de Reynol se mezcla de
pronto con la carne guisada y los
plátanos fritos.
Sé que me espera, tras ese anuncio. No
le agrada estar sola cuando cocina.
Suelo sentarme cerca y mirarla
trajinar. Dándome a probar con el dedo,
pregunta que si la sal o el orégano. Se
echa a reír de inmediato, y asegura que
hacerme tales preguntas es en vano.
«Eres un tipo de las cavernas.» Tapa la
cazuela o corta ágil una cebolla. O se
vuelve insistente: «Esto, ¿qué es?
Adivina, mayor», con una hojita en la
mano. «Culantro», respondo dudoso,
tratando de adivinar inútilmente.
«Laurel, cromagñón. Huele.» La
restriega en mi nariz y rápido la tira
en la olla. Con un tono despreciativo me
excuso, lleno de prevenciones: en mi
familia cocinar era asunto de mujeres...
«Y tu asunto, comer», riposta abriendo
la boca —de dientes pequeños,
cautivadores—, alza los hombros, y
armada de espumadera o algo por el
estilo espanta aquel «tiempo de horror».
Esta vez no me muevo de la
ventana.
Ha dejado de llover. Podrá empezar sin
aviso, en cualquier momento. Suele
suceder por esta época. Calor de día,
fresco al anochecer, de cuando en
cuando en el cielo un resplandor
inusitado. Ni un transeúnte ni un
perro. Respiro, en aspiración profunda,
y suelto el aire. Se levanta de la
tierra un aroma ligeramente pútrido.
Como no quiero encontrarme con el viejo
caserón de enfrente, tiendo la vista a
la esquina y alcanzo a ver un pedazo del
parque. No es mucho lo que consigo
escapar: los burdos bancos de concreto
me parecen abiertos sarcófagos
desocupados. Las copas de los árboles se
mueven apenas.
La última mirada, ya inevitable, la
dedico al caserón. Inútil escapar. Aún
permanece en pie esta ruina de madera.
Como se quedó fuera de moda, con su
techo de tejas, no encaja en el barrio.
De sus aleros rueda un agua tardía,
fina, sin sonido. Ha rodado ya tanto
tiempo, que se ve en las paredes un
babeante reguero verdoso. Quizá un
próximo aguacero sea piadoso con él y lo
derribe. Mejor: no transijas, viejo, y
sigue dando guerra. Que otros sean los
que caigan.
Al dejar la ventana tropiezo con una
hilera de libros en el alféizar, y
varios caen al suelo. Nervioso y de
prisa me inclino para recoger uno de
ellos, que de inmediato he reconocido.
Temo que, regresando de repente, Eloísa
lo descubra. Para disimular su presencia
y no despertar su curiosidad enfermiza,
lo forré en papel cartucho, el más
burdo, el más inocente, el menos
vistoso. (Muchos podrían tildarme de
idiota. Ese forro inusual
despierta curiosidad sobre su contenido.
Sin embargo, con Eloísa eso no ocurrirá,
a ella le atraen solamente portadas
glamorosas.) Lo disimulo entre los
otros. Cuando ella no está en casa y
estoy seguro de que no regresará pronto,
lo estudio sobresaltado. Es la famosa
Toxicología de Montaner. Cuidadoso,
veloz a un tiempo, en el alféizar alineo
los restantes. Nada debe delatar su
ausencia ni la caída de los demás.
Cuando salgo de la habitación llevo
apretado contra el pecho el tratado del
farmacéutico. Doy pasos sigilosos en el
pasillo: ella se encuentra en la cocina:
oigo el siseo de la olla de presión.
Dispone la comida sin mi presencia. La
Toxicología
será retirada del alféizar, puede
volverse a caer.
Por una puerta pequeña entro en el
garaje. Tras cerrarla por dentro, me
desnudo y me pongo un short. Sobre el
banquito para ciertos ejercicios
difíciles, abro y apoyo el libro de los
venenos. Hago un rato de calentamiento y
un poco de gimnasia. Acomodo las pesas
y, sin apartar la vista del manual, las
levanto con precisión, con precisión y
buen ritmo. De cuando en cuando —lo
reconozco— oigo traquear algún hueso
insolente.
Al
cabo, quietas las pesas en el cemento
del garaje, mi mano húmeda, que parece
conservar la forma de la barra, pasa las
páginas de la Toxicología. He
buscado en ellas, escondido en el baño,
metido en la cama cuando Eloísa está
ausente, la descripción del efecto de
ciertos venenos y el modo de
administrarlos. Detesto la cuchillada,
la almohada en la boca. No podría
tolerar ojos desmesurados,
recriminadores. Por igual me repugna dar
motivo al comentario de la cuadra. El
veneno, callado, mortífero, actúa solo,
sin necesidad de escenas patéticas.
Vuelvo a las pesas. Las sostengo en el
aire sin llevarlas hasta arriba: intento
comprobar —con su pizca de orgullo— la
dilatación de los músculos. Después de
verlos abultados, vigorosos, en un
júbilo las impulso hasta arriba y luego
las dejo descender de golpe. Sin
soltarlas, inclinado cerca del banquito,
me fijo en las propiedades del acónito.
Un veneno, muy activo en sus efectos,
que da una planta de flores azules de
terrenos montañosos. Es insaboro, casi
instantáneo.
Suben otra vez las pesas y, al bajar,
abro la página del arsénico, metaloide
famoso de color gris acerado,
venenosísimo, capaz de exterminar plagas
enteras de insectos devoradores. Tras
bajarlas de nuevo, mi mano contraída
busca la descripción de la estricnina.
El exterminio de un perro rabioso es
ejemplo de su prontitud y efectividad.
Se me ocurre que podría deslizarla en la
taza del café, tempranito en la mañana.
Respiro, la sangre bate mis sienes.
Lentas se alzan las pesas, y voy
enderezando el torso: se tensan,
visibles, deltoides y dorsales, vivas
fibras carnosas. En la mente, casi
íntegro, veo el diseño anatómico que
colgaban en el aula cuando estudiaba
bachillerato. Pronuncio con gusto el
nombre técnico de los músculos: pruebo
la eficacia de mi memoria. ¿A qué edad
se me convertirá todo esto en un borrón?
Echo hacia atrás la cabeza y las pesas
suben. En alto las mantengo, la vista en
el techo del garaje: tenso el trapecio,
abultado. Un tenue temblor en los
brazos, no alarmante. Vueltas al cemento
las pesas, siento duro y recio el
abdomen. Como garfios, ligeramente
rígidas, mis manos pasan las páginas
hasta dar con la nuez vómica india,
cuyos residuos, tras la dosis indicada,
son difíciles de descubrir en la
autopsia —se aloja en lo más hondo del
organismo. No causa dolor ni desagrado
al paladar. Fácilmente soluble en un
poco de agua.
Desde mis axilas hasta la cintura, frías
gotas de sudor mojan el short y otras
asoman en mi estómago. Las puertas del
garaje, la que da al interior de la casa
y la que da a la calle, están cerradas.
Cada vez que entro reconozco el olor a
goma de automóvil, olor caliente, como
pegado al piso, a las paredes. Permanece
el olor, permanecen las huellas de las
gomas. El automóvil pertenecía al
anterior inquilino. Yo no tengo, y es
algo que Eloísa me reprocha, con su
manera a la vez hiriente y festiva.
Con una toalla vieja me seco. Sé que en
vano, si no alzo la puerta del garaje.
Si la alzo es sumamente desagradable el
ejercicio. Los transeúntes y la
vecinería se detienen en la acera para
vacilar al viejo deportista. Algunos
chiquitos mirones tiran su pulla.
«Compadre, ¿va a participar en las
Olimpiadas?» «Qué arranque.» Y yo
dándole a las pesas, sin chistar ni
reírme.
Termino por acceder, vencido por el
calor, y alzo la puerta. Los muelles
tiemblan como roscas eléctricas. El
sudor no me vence del todo: la dejo
entreabierta. Eso sí, la que da al
interior de la casa continuará cerrada.
Mientras se refresca el garaje hago
ejercicios respiratorios. Sobre el
banquito permanece abierto el manual de
venenos. ¿Cuál podré adquirir? No es
asunto fácil. Necesitaría una receta
médica, una fuerte amistad con el
farmacéutico. Si estuviera enfermo de
las cuerdas vocales o tuviera un perro
rabioso...
Este es un inconveniente. El otro, al
que más temo desde mi juventud, es el de
los efectos. Ciertos venenos, como el
arsénico, causan síntomas terribles.
Cuando era un muchacho, frente a casa se
suicidó una mujer con polvo de arsénico.
Escondido de mis padres pude verla
agonizar. Vomitaba, pedía agua a gritos.
En los labios, muy inflamados, parecía
tener como sabor a tinta, por la
cantidad de agua que ingería. Como si
fuera a recuperarse, se quedaba por un
rato quieta, y al cabo volvía a
desgarrarse la garganta con las uñas.
Cuando la llevaron al hospital nada
pudieron hacer. Por aquellos años, muy
raros casos se salvaban. Morían del modo
más horrible, en medio de espantosas
convulsiones y roncos lamentos.
Preferiría el veneno que produjera, tras
un malestar ligero, un desmayo
profundo del que nunca Eloísa
despertara. No aceptaría su muerte de
otra forma, entre chillidos y
contorsiones. (Solía soñar en mi
adolescencia con la suicida: la veía
levantarse y con los brazos extendidos
intentar abrir una ventana que sin
embargo estaba abierta.) Su cara, tan
hermosa, quedaría afeada por un rictus
espantoso. Si es cierto que la muerte
suele al cabo traer a las facciones una
especie de serenidad, no es seguro en
los que mueren por envenenamiento.
Quiero que ella quede en toda su
belleza. Sosegada, ni fea ni contraída.
Esta posibilidad me estremece.
Al comenzar
el ejercicio con los tensores, las
ruedas de la puerta chirrían en sus
rieles, y el ruido imprevisto me indica
que alguien ha terminado de abrirla,
suspendiéndola del todo. Con rapidez
nerviosa me vuelvo, sin soltar los
tensores: Reynol está parado en el ancho
rectángulo, contra la última luz
del atardecer.
—¿Te asustaste?
—Presentí que eras tú —aclaro, algo
repuesto.
—Estabas sobre aviso.
—Sí, por Eloísa —intento indagar
inmediatamente, pero con disimulo, el
motivo de su visita. Mi conciencia
acechante se pone a trabajar.
—¿Te trae algún caso?
Reynol se demora en contestar. Yo no lo
miro. En apariencia calmado, estiro los
tensores.
—Acertaste. Sin embargo no tengo tiempo
de contártelo.
Tras una pausa, típica en su manera de
hablar, añade:
—Volveré
—No te quedes parado ahí. Pasa. Pareces
una visión —y estiro los tensores de
brazo a brazo. Sus pisadas resuenan
dentro del garaje.
Si resulta habitual en Reynol intercalar
silencios inquietantes en la
conversación (o en los interrogatorios),
que semejan una alusión, también lo es
parquear su máquina a cierta distancia
del lugar donde va, como si estuviera en
la investigación de un homicidio. Cuando
investiga algún caso, suele ir caminando
al lugar del hecho. Es algo más joven
que yo, más delgado y de menor estatura.
Viste siempre de traje, color gris. La
única nota viva en su vestimenta es el
rojo de la corbata. Aunque no me fije,
conozco que no se pone una corbata de
otro color, y sin mirarla me parece
verla delante.
—Vine
solo a saludarte. Llevamos meses sin
encontrarnos.
Sus ojos relucientes recorren el garaje,
estudian cada cosa, como si nunca las
hubiera visto o pudiera encontrar una
pista inesperada. «Es un gaje del
oficio», me advierte cuando le señalo su
manera de mirar inquietante, idéntica
aunque no esté de servicio. Sé que ahora
mira cada cosa, y tirando de los
tensores y sin volverme hacia él, temo
que descubra el libro de venenos sobre
el banquito.
—Caramba,
te has convertido en un deportista. —Y
ya se halla frente a mí. Ni un viento
repentino que cerrara silencioso el
manual podría impedirle descubrir de qué
se trata.
—Simple aficionado —replico a su
observación con una sonrisa forzada.
—Quieres
mantenerte en forma.
—Quizá.
—Estás
poco hablador hoy.
—Eloísa
dice que estoy extraño, tú, que poco
hablador.
—Sus razones tendrá. En cuanto a
mí, noto tus respuestas cortantes.
Aparta
la vista de mí y del libro. La detiene
en la pared frontal.
—Te hace falta un espejo. Esta pared
serviría. Podrías seguir mejor el
proceso.
Nuevamente uno frente al otro, ocurre lo
esperado (y temido): su mano desciende y
toma el libro, cuando podría creerse,
quien no conociera sus tácticas
profesionales, que la ocasión de
hacerlo había pasado. Una gota recorre
solitaria y helada mi costado.
—¿Qué lees? —Brota la pregunta temida.
No contesto. Sonríe breve,
burlonamente:
—¡Montaner! Un autor anticuado.
Y después de su pausa habitual:
—En este tiempo sin vernos has cambiado.
Te interesaste en los venenos y pusiste
un gimnasio.
De repente en tono zumbón:
—Si quieres matar a alguien, renuévate.
Emplea al menos cianuro.
Despacio lo observo. Ningún sentimiento
decisivo, emoción o sospecha se
transparenta en sus facciones. Es un
maestro, indudable. En secreto lo
admiro, aunque en diversas ocasiones he
criticado la perfección de su frialdad.
Es un maestro. Siente y padece, pero su
cara es indescifrable. Ahora gozo al
rectificar su opinión.
—El
cianuro ya lo menciona Montaner.
—Te lo has leído bien.
Siento
que me ha tendido una trampa y que acabo
de caer en ella.
—Contigo no se puede. Con los médicos me
ocurre algo parecido. Ante ellos me
siento examinado. Y ante ti,
interrogado. No importa que medie una
amistad.
Escucho a continuación una explicación
inesperada:
—No
te interrogo. Realmente estás extraño,
como dice tu mujer.
—No
estoy extraño, estoy viejo.
—Naturalmente.
—Qué casualidad. Hablaste igual que
Eloísa.
Reynol cierra el libro de Montaner y se
dirige a la salida. Desde allí vuelve a
hablarme.
—¿Cuántos años le llevas?
—Es nuestro secreto.
Su risa adquiere insospechada
resonancia: ha reído como en un túnel
desierto. Vuelve a hacerme otra
recomendación:
—Piensa
en algunos barbitúricos o en una dosis
exagerada de algún medicamento. Eres un
asesino a la usanza de la vieja
Inglaterra. Nos ponemos ocambos,
anticuados, como el Montaner. Un día
vendré a usar tus instrumentos. Noto
que estoy echando barriga.
Desaparece
del rectángulo luminoso.
Sin demostrar la menor alteración
prosigo con los tensores. No obstante
toda mi atención se concentra en el
motor de su máquina. Arranca, parte, se
va. Definitivamente cualquier veneno, el
más violento o el más tierno, es
inutilizable: Reynol sospecharía de
inmediato. Yo mismo le regalaría la
pista.
Abandono los tensores y de un tirón
cierro el garaje. Rompo meticuloso, con
calma corrosiva, cada una de las páginas
del manual, hasta convertirlo en un
montón de papel inofensivo, al que
prendo fuego en el acto. Arde veloz,
como corresponde a su ancianidad.
Cuidadoso, barro los residuos
chamuscados y los arrojo al latón de la
basura. Sus tapas, difíciles de
destruir, las he escondido debajo, en el
fondo del latón mismo. Antes de irme al
trabajo mañana lo vaciaré con mi propia
mano en el basurero de la esquina.
Mientras Reynol hablaba, tal vez por el
temor o la emoción que sentía al
escucharlo, acuciada, mi mente
acorralada, se iluminó de pronto:
la solución se halla a mi alcance, sin
adquirir ningún veneno peligroso ni
salir de casa. El modo es espléndido, su
muerte también lo será.
Recostado en la puerta de la cocina
contemplo a Eloísa de espaldas en el
fogón. Con voz neutra, perfectamente
dominada, le anuncio la buena nueva: la
llevaré a comer fuera.
—¿Por
qué no comemos aquí, desnudos? La
comida me está quedando riquísima.
—Voy
a llevarte al restorán que más te gusta.
—¿A
La Torre?
—Me leíste el pensamiento.
—Si
es así, apago los fogones y nos
vamos.
—Desnudos
en pelota.
Aprieta, estruja mi boca y emite un
quejido de placer.
—Me
pondré linda.
Mientras ella se baña busco un somnífero
muy eficaz, del que tomé varias
pastillas para aliviar el insomnio,
separo dos y guardo el resto. Cuando me
vista las deslizaré en algún bolsillo.
La noche comienza bien. Como quien ha
dado con éxito el primer paso en la
consecución de su plan, me pongo
tranquilamente a leer el
periódico.
Eloísa me llama desde el cuarto de baño.
—Enjabóname
la espalda.
Ni respondo ni acudo.
—Sordito,
necesito tu cepillo.
Aparece desnuda, bañada, esplendorosa,
secándose las puntas del cabello en una
toalla azul. Siento el aroma de su
cuerpo recién lavado, el suave perfume
del jabón. Extiendo el periódico, y
escondido detrás alcanzo el refugio del
baño. (Durante mi escapatoria va
llamándome «cobarde» en tono agridulce,
tratando de insinuarse por encima del
periódico desplegado.) En minutos me
doy una ducha, y cuando entro en
calzoncillos en la habitación Eloísa
está en refajo, con los zapatos y las
medias puestos, peinándose.
—¿Irás
con ese? —A sabiendas pregunto, en tanto
me deslizo presto dentro del pantalón.
—A
mí me gusta.
Independiente al elegir su ropa, ella se
viste sin tomar en consideración mis
opiniones, contrarias o favorables.
(También, me figuro, debo tener un gusto
anticuado.) Pero esta vez le sugiero el
vestido verde claro. Es, por descontado,
un vestido que le gusta ponerse. Esbozo
displicente un breve elogio del
contraste, para mí encantador, entre el
color de su piel y el verde de la tela.
De pronto su memoria me ayuda a
convencerla.
—Tú me lo regalaste.
—Llévalo
esta noche.
—Aunque
no quisiste bañarte conmigo —advierte al
complacerme y ponerse el vestido.
Gradualmente la conduzco a la
reminiscencia de la primera noche en que
fuimos a La Torre. Cuando ya está
vestida, me acerco y huelo sus orejas.
Con sorpresa se aparta.
—No es para eso.
Como en diversas ocasiones le digo con
reproche que piensa demasiado en que nos
acostemos, asegura que mis labios le
hacen cosquillas. Le pido que no mienta,
al menos esta vez. «Nunca te miento.» A
su oído revelo el secreto: «Ponte el
perfume de aquella noche.» Carece de
importancia que ignore mi propósito
cuando desconoce mi verdadera intención.
Ella sin embargo parece acordarse. Busca
el perfume y se unta detrás de la oreja
con la punta del cristal de la tapa.
Después son los zapatos que le hago
cambiar, y ella que recuerda su peinado:
el pelo recogido en un moño flojo, como
se estilaba a principios de siglo.
Ya participa del recuerdo. Transformarse
es uno de sus sortilegios. Busca por sí
misma el pañuelo, el bolso, y me pide
que me ponga la camisa azul fuerte, que
era la que yo vestía. Ahora soy quien la
complace, quien pregunta lo que llevaba
puesto aquella noche, asombrado de que
se acuerde de mi vestimenta. Es
maravilloso lo que ambos conseguimos: el
pasado comienza a surgir de nuestras
ropas, de su peinado, de mi camisa, y
hablamos, para completar el recuerdo,
hablamos de la dicha de aquella noche en
La Torre. Eloísa hace burlas de mis
zapatos, los califica de «cheos», y me
indica los que debo ponerme, ella misma
los saca del closet: y son en realidad
los que calzaba aquella noche. Yo no
recuerdo nada de mí con precisión.
Guardo como un aroma de felicidad la
atmósfera del lugar donde estábamos, y
sus ropas, y todo cuanto ella decía, sus
manos alzándose de pronto del mantel. De
mí nada, o muy poco, solo esta
evanescencia. ¿Qué importa que su
vestido esté un tanto gastado o mi
camisa ya no tenga tan fuerte el azul?
Llevo a Eloísa del brazo. La conduzco
por la calle con un cuidado exquisito.
La ayudo a subir a la guagua. Mi cuerpo
la defiende de cualquiera que pueda o
intente rozarla en el pasillo atestado.
Como voy casi prendido a su espalda,
semejante a un macho del trópico,
recorre mi nariz sus orejas, percibe su
perfume, mi carne siente la morbidez
tibia de la suya.
En La Torre, siguiendo la
reconstrucción, ordenamos la misma
comida. Y le pido que cierre los ojos
cuando llega la langosta Thermidor. Que
los cierre para que vuelva a verla como
si nunca antes la hubiera visto. (Eloísa
la comía por primera vez.) Cuando el
vino arde en la llama del carrito, ella
los abre como si el espectáculo fuera
reciente.
Mi mano se tiende y descansa en la suya:
—Aquí fuimos felices.
Su voz dice decidida:
—Volveremos a serlo.
Frente a nosotros, en una mesa redonda
como la nuestra, diviso una pareja. Los
dos son jóvenes. Fuman del mismo
cigarro. Él viste una camisa azul, un
azul semejante al mío. Es un tipo
trigueño, casi un adolescente. La
muchacha muy rubia, le escoge el menú.
Desde donde yo estoy—nada digo a Eloísa
de la pareja—parece darle explicaciones
acerca de los platos. Cuando termina, de
la boca de su amante toma el cigarro y
fuma una larga bocanada.
Después de los postres nos levantamos
para ver la noche habanera, pegados a
los cristales. La ciudad hormiguea, y la
luz flota, convertida en ceniza
luminosa, sobre las azoteas, sobre
calles y avenidas. A un lado el mar
del Malecón, negro tinta, tranquilizado
desde esta altura. No sé cómo mis dedos
oprimen el ventanal, oprimen
disimulados, mientras pienso en la
altura en que nos hallamos. Contra la
luminosidad veo su cuerpo caer en el
vacío. Pero los cristales no se abren,
herméticamente cerrados. ¿Cerrados para
defenderla de mi deseo? Nuestros cuerpos
se inscriben en su niebla como siluetas.
Es tan blanca la luz de la ciudad, sin
un anuncio, sin un color, parecida a
estrellas errantes que permanecen sin
embargo fijas, sin caer como las del
firmamento: ningún pedido podemos hacer.
Despacio se apartan nuestras caras
transparentes.
En mis oídos martillea, en mis oídos o
en mi cabeza, la voz de Eloísa.
«Volveremos a serlo», decidida, sin su
tono aniñado. ¿Habrá un mañana? Mañana
volveremos, iremos juntos a la playa, a
las placitas donde nos besábamos sin
importarnos la mirada ajena, a pasear
los rincones de la ciudad que nos
gustan, un patio con su mediopunto
luciente. Mañana. Pasado mañana.
Volveremos. Como si hubiera un porvenir
de vida en común para nosotros. Y mi
pregunta, la pregunta perenne, me
amarga la boca. No la pronuncio, callado
me la digo: ¿qué harás después de mí? Y
tiemblo. Cuando ella se llevaba la
langosta a los labios, de esa manera tan
suya, pensé una vez, como en medio de
una prefiguración, en que también podría
hacerlo, casi de igual modo, ante otro,
después de mi muerte. Sería natural. Mi
pecho, mi garganta, el estómago, no supe
cuál órgano o si todos unidos, lanzaban
un clamor doloroso, intolerable. Así que
continuará a mi muerte viniendo a La
Torre, viendo la noche desde su altura.
Así que continuará. Si no lo hace,
contará no obstante con la posibilidad
de hacerlo. Y yo ciego y sordo, un
montón de yerba sobre el sexo
inexistente. ¿Voy a seguir viviendo con
este temor sin nombre, con esta
fantasmagoría delante?
Mi decisión adquiere una configuración
inopinada: al salir pasamos cerca de la
mesa ocupada por la pareja. Miro con
cierto detenimiento a la muchacha.
Descubro la verdad, no sin espanto: no
se trata de una muchacha, sino de una
vieja, de una vieja profusamente
maquillada. El color juvenil de sus
mejillas es carmín, su pelo está
minuciosamente teñido. Sus ojos y su
boca, circundados de claras arrugas, el
cuello decaído y ajado, y sus manos,
plagadas de anillos relucientes, son
manos de vieja. Me estremezco cuando me
vuelvo hacia el amante: es joven,
realmente joven, sin falsificación. ¿No
nota que es una vieja? No es de los
suyos. Y si a ella le duele la
diferencia, que lo envenene. Arsénico o
cianuro. ¿Cómo es posible esa unión, tal
comunidad mutilada? No importa que haya
dinero por medio, que la vieja pueda
vender sus joyas... No deja de ser un
espanto, y no quiero ser víctima de este
espanto. Llevo una mano a la frente y
cierro fuerte los párpados. Abandonamos
el restorán. Conduzco a Eloísa por el
codo con una mano sin anillos.
Como le agrada que caminemos cogidos de
las cinturas, su brazo en la mía, en la
suya mi brazo, sus dedos en el bolsillo
posterior de mi pantalón, así vagamos
por la ciudad. Nos detenemos en las
vidrieras. Se encanta con las últimas
grabaciones de discos, pero lo que más
le gusta son las muñecas. Prometo
comprarle una de pelo rojizo, que se
extasía contemplando. Como en el barrio
en el que vivimos, el asfalto relumbra
por la lluvia pasada. Delante de una
vidriera suspira por comprar una balsa
de listas de colores y un salvavidas
como un caballito de mar, para nuestro
fin de semana en la playa. Asiento
cariñoso, moviendo la cabeza. ¿No será
un fin de semana espléndido?
En esto estoy cuando descubro la figura
de Reynol. Pasa pronta por los
cristales. En un sobresalto me viro: ha
llegado casi a la esquina. Entre las
columnas del portal se vuelve y me
saluda. Él también hace reverencias,
como las mías. Instintivo palpo el
bolsillo donde llevo el somnífero.
Reynol gira y me da la espalda. Busco
con la vista a Eloísa: no parece haberse
dado cuenta de la repentina aparición de
Reynol, abstraída en los implementos
playeros. ¿Lo estará en realidad? Me
lleno de sospechas. La propia Eloísa ha
podido llamarlo por teléfono, contarle
que íbamos a La Torre. Pudo hacerlo
mientras me bañaba. Un montón de dudas
se me agolpan. Lanzo un nuevo vistazo:
Reynol, con su sempiterno traje gris, ha
desaparecido.
—¡ Taxi! —grito al que pasa.
Eloísa se muestra sorprendida, el índice
señalando todavía al salvavidas.
—Esta noche tiro el salario por la
ventana –y nos metemos rápidamente en
el auto.
En quince minutos estamos en casa.
En el sendero hacia la puerta de
entrada, detengo a Eloísa y le digo
susurrante “espera”. Corto varias flores
del jardín, formo con ellas un ramito y
se lo entrego. Encantada, sonriente,
enlazados entramos en la casa. Ella, con
su ramito fúnebre.
—Me tomaría un café. —La voz me suena
tan inocente. Y más inocente cuando le
pregunto—: ¿Y tú?
—Una tacita —acepta ella.
Tomamos nuestro café. En su taza dejo
caer las dos pastillas del somnífero.
Tras varios bostezos, fingidos los míos,
reales los de Eloísa, nos metemos en la
cama, y al rato ella duerme
profundamente. Espero, la observo. No
cabe duda: duerme. Entonces me levanto
cuidadoso. Muevo la cama, le toco un
brazo. Compruebo: está dormida del todo.
Camino por las habitaciones, cierro cada
puerta, cada ventana. La penumbra del
dormitorio se extiende al resto de la
vivienda.
Mi plan llega al final. Desechado el
veneno, la puñalada, el accidente, he
encontrado el mejor método, el supremo.
Cada casa moderna está dotada para el
suicidio o para el crimen. Medio giro y
abro las llaves del gas. Sobre el cuerpo
dormido de Eloísa me inclino y
suavemente en su pecho deposito el
ramito de flores. Beso su frente,
acaricio por última vez sus senos, sus
piernas juveniles. Acomodo su negra
cabellera: debe morir sosegada y bella,
sin un rictus horrible. Beso sus pies,
todavía tibios, palpitantes.
En mi cuerpo siento durar la sensación
de su cuerpo, su respiración cálida: aún
ella duerme a mi lado. El caserón de
enfrente gotea, gotea sin descanso, como
si no hubiera cesado de llover.
1983
El cuento ¿Qué harás después de mí?
pertenece al libro de igual título que
será publicado próximamente por la
Editorial Letras Cubanas.
Antón Arrufat (Santiago
de Cuba, 14 de agosto de 1935). Graduado
de Filología en la Universidad de La
Habana. Poeta, narrador y dramaturgo.
Fue jefe de redacción de la revista Casa
de las Américas (1960-1965). Colaborador
en Ciclón, Lunes de Revolución,
Cuba en la UNESCO, Unión,
Casa de las Américas, La
Gaceta de Cuba, etcétera. Trabajó
como asesor literario de Teatro Estudio.
En los concursos "Casa de las Américas"
obtuvo mención de teatro (1961) por
El vivo al pollo y mención de poesía
(1963) por Repaso final. Ganó el
premio de teatro de la UNEAC (1968) por
Los siete contra Tebas (teatro).
Premio Nacional de Literatura 2000.
Premio "Alejo Carpentier" Novela 2000. |