Año VI
La Habana
2007

Regresar a la Página principal

SECCIONES

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS

EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

NOTAS AL FASCISMO

LA OPINIÓN

APRENDE

LA CRÓNICA

EN PROSCENIO

LA BUTACA

LETRA Y SOLFA

LA MIRADA

MEMORIA

FUENTE VIVA

REBELDES.CU

LA GALERÍA

EL CUENTO

POESÍA

EL LIBRO

EPÍSTOLAS ESPINELAS

EL PASQUÍN

EN FOCO

POR E-MAIL

¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 
¿Qué harás después de mí?
Antón Arrufat
 

Llueve y ella duerme a mi lado.

Despacio, a medida que el sueño se apoderaba de su cuerpo, fue retomando Eloísa su lugar en la cama. Se desprendió de mí, se alejó blanda hasta quedar de lado, dándome la espalda tersa y alargada en la penumbra del cuarto, víctima que se ofreciera al cuchillo imprevisto. Otras veces, en el momento del amor, su garganta, alzándose dispuesta al sacrificio, fue una provocadora aparición.

De espaldas y distante, ¿qué pensará? ¿Cuál será su sueño? No hay posesión absoluta ni absoluta seguridad. En Eloísa existe algo que no me pertenece y que ignoro. Suelo, cuando se halla a punto de alcanzar la culminación, mirarla con avidez enfermiza. Mi entrega ha quedado en suspenso y miro a Eloísa debajo de mi cuerpo, siento sus uñas en mi espalda: ¿realmente es mía? Y yo también me pierdo: nos abrazamos con furia hasta terminar.

¿Realmente es mía? No podría responder. Quizá un apasionado inventor, como resultado de los múltiples avances técnicos,  construya un aparato sensible que permita al amante medir las reacciones de su amada, conocer hasta dónde le pertenece, la hace feliz o consigue satisfacerla. Esperemos. ¿No afirman que el amor mueve el cielo y las estrellas?

Aparto la vista y me quedo oyendo caer la lluvia. Hace rato que llueve. Repaso la habitación, la puerta cerrada. Desde varios días atrás tomé una determinación sin poder explicar, explicarme, la manera. Tal vez una acumulación de datos, observaciones de su conducta, de palabras oídas. Tal vez una respuesta impresionante. Es claro: una sola cosa no bastaría a decidirme.

¿Decisión fría, meditada? Tampoco tengo la certeza. Quizá me tomó por asalto. Había antecedentes —esa acumulación—, y de golpe vi lo que debía hacer. Con certeza sé que por esos días realicé un descubrimiento. Lo califico como simple y triste. El descubrimiento de un hombre casado con una mujer mucho más joven.

La lluvia es más fuerte. Empezó suave, tras varios relámpagos que la anunciaban, y al presente es plena, total. En el cuarto hay una penumbra como color de piedra lunar, sin claridad definida ni oscuridad definida. Luz de acuario. Sin duda, de piedra lunar. Truena, un trueno largo.

La primera vez que supe que debía decidirme estábamos en la cama,  y era domingo. Hoy, ambas circunstancias se repiten por igual. Habíamos tenido el día para nosotros. Para amarnos y conversar, verla hacer la comida, trazar varios planes futuros, idear un viaje a las Cuevas de Bellamar, quedarnos pensando un rato, sin apuros ni horarios, un día para  contarnos nuevamente nuestro último fin de semana en la playa. Y de repente lo descubrí. Fue una simpleza, una sencillez, y a la vez complicada. Descubrí: el tiempo pasa.


 

 

Qué bobo. Bobo y doloroso. Definitivamente doloroso cuando el tiempo pasa como en un espejo constante, y ese espejo es la mujer que amamos. No estaba solo en una habitación con el espejo cubierto con un paño negro, o vendados los ojos. No se trataba de mí, sino de ella. Envejecía para ella, delante de sus ojos espantados. No me cabía duda: tenía que advertirlo. Detenerse en sus quehaceres y meditar en nosotros, en nuestra relación. ¿No llegaría la ocasión en que yo no pudiera satisfacerla, en que tendría que ayudarme a subir la escalera, bañarme o anudarme los zapatos?

Sé que las cosas no ocurren así. Aparentan hacerlo, pero tienen su origen y transcurrir. Para mí semejan subir una pirámide, escalón por escalón. En los templos aztecas, que en la oscuridad del cine contemplé con estupor, en las mías las manos de Eloísa, el ara del sacrificio remata la pirámide. En lo alto el sacerdote cobraba sus víctimas. Cuando se sube escalón por escalón hay un instante de luminosidad. A partir de esa luz volvemos atrás y reconstruimos los pasos que nos condujeron a la cima. Algo semejante ocurrió aquella noche, estando los dos en la cama. Después todo se  tornó diferente, peligroso incluso.

Entre las diversas evidencias de este hecho me gusta recordar una, porque en ella existe un espejo. Un espejo real, físico. Fue un incidente entre dos compañeras de trabajo. Conversaban, y yo, sin ser notado, las obser­vaba.

¿Estás segura?

—Patas de gallo.

¿No serán de gallina? La carne de gallina es dura. Ni en olla de presión se ablanda.

Mi amiga, esta, por el contrario, es blandita.  Ojalá fuera dura.

Ponía la punta de sus uñas, rojo bermellón, en las arrugas  alrededor de sus ojos. Sonreía para darles relieve. Ambas amigas parecían di­vertirse. Yo miraba esas uñas, una mancha de sangre fulgurante, posarse en cada estría, saltar de un ángulo al otro semejantes a un bisturí.

—Dicen que las gallinas dan buen caldo.

—Las viejas sólo sirven para el fogón.

Hazte una cirugía.

El pellejo se afloja de nuevo. Después, vives  en el quirófano.

Tras levantarse de su asiento se llegó al espejo. A veces —indudablemente— suele encontrarse cerca un espejo.

Te haré una demos­tración. La llamo «prueba del espejo». ¿No existe la prueba citológica? Pues esta es la del espejo.

Ovalado, el marco sepia, y muy servicial, sin dilación, el espejo le devolvió su cara envejecida. Luego de mirarla se aproximó más  y, sin volverse, llamó a su amiga. Las dos se miraron de pie, miraron reflejadas sus caras, y la amiga, mucho más joven, pareció preguntarle sonriendo en qué consistía la prueba. Aunque sonriera, me daba la impresión de hallarse cohibida. La otra inició la demostración: llevó ambas manos a las mejillas y estiró hacia atrás la piel de su cara. Lo hizo cuidadosa, con seriedad. La amiga dejó de sonreír. El momento —supongo— se había tornado grave. Repitiendo la acción dijo, mirán­dose fijamente:

—Yo era así hace unos años.

La amiga nada respondió: aún no necesitaba la prueba del espejo. La escena se deshizo en silencio, cada una regresó a su puesto de trabajo.

Me levanté y fui hacia el espejo. Un atavismo me detuvo antes de llegar: disimulan­do miré a todos lados: nadie se fijaba en mí, y me sentí liberado por un segundo. Hacerlo —tal vez— no era viril, pero los calificativos poco importaban. De antemano conocía la opinión habitual de la gente. Viril o no viril, avancé hasta el espejo. Puse las manos en mi cara e imitando el gesto acabado de ver realicé la prueba. «Así era yo —dije al agua muda y reveladora— cuando tenía veinte años.» Brusco quité los dedos: reaparecieron las estrías sobre mis labios, las arrugas en mi frente.  Repetí la acción, y otra vez el lindo juego. Estiraba hacia atrás, quitaba las manos, volvía a estirar. Borra los años, ordenaba en voz inaudible.

Me sentí insatisfecho. Necesitaba llevar a su perfección la prueba. Entonces, no sólo regresé al pasado, vislumbré el porvenir. ¿Cómo? De manera sencilla y terrorífica: oprimí la piel empujándola hacia delante. Cuando las arrugas aumentaron, contraído el entrecejo, los ojos apenas visibles, como un belfo caído se desprendió el labio inferior, a punto del babeo... Me apar­té, dejé caer los brazos, y nunca he repetido la prueba del espejo.

Antes de poner en marcha mi plan quise realizar algunos esfuerzos, aunque fueran baldíos. Durante muchos días acudí a un esta­dio y corrí varias pistas. Ducha fría, vuelta al trabajo. Llegué a correr diez pistas, lleno de orgullo y de temblores en las piernas. Dejé de comer arroz. No probé el pan ni los helados.

En cualquier lugar —desdichadamente— mi descubrimiento adquiría inusitadas comprobaciones. En las duchas del estadio tropecé con un batallón de cuerpos mutilados. La presencia física de brazos fláccidos, músculos en desuso, cuartea­dos prominentes, vientres desnudos bajo el repiqueteo del agua de la ducha, la carne marchita y sin brillo, me embriagaba de terror. Como si hubieran dejado de luchar y se hubieran aceptado, reían, se hacían chistes entre ellos —también yo reía y los hacía--, burlas y sarcasmos feroces —también yo las ha­cía—, mientras frotaban (frotábamos) con jabón nuestras reliquias. Para algunos —quizá— aquella reunión atroz resultaba consoladora. Cargaban entre todos, en sus hombros desvencijados, el horror individual. Para mí, pese a las burlas hipócritas, era un presagio demasiado evidente. ¿O también una prueba, «la prueba de la ducha»? Con todas mis fuerzas me ponía a cantar bajo el repiqueteo del agua.

Pronto opté por otras escapatorias.

Instalé en el garaje de la casa un pequeño gim­nasio. Diariamente levanté pesas, troté en el lugar y usé tensores. Al estadio, con su montón de espejos vivientes,  no volví.

A la vez llevé a la práctica una estratagema: mencionar mis años ante Eloísa en tono resuelto, casi retador y con frecuencia insolente, aumentándole varios años a la cantidad real. Ella me rectificaba bromeando. Creí al princi­pio que no debía hacer ninguna referencia a mi edad, ni siquiera mediante alusiones, o señalar las diferencias que, sobre este punto, existían entre nosotros. Cuando aparecía el tema en nuestras charlas y Eloísa men­taba la edad de algún amigo, Reynol por ejem­plo, fingía no prestar atención, impaciente apretaba la boca o buscaba ansioso hablar de otro asun­to. Después compren­dí que era más efectivo tocar el tema, manosearlo, incluso cho­tearlo. Que perdiera con el uso, en apariencia, al menos su importancia. Me lancé a las peores confesiones, a un torneo de sarcasmos. Eloísa sonreía, mandaba que callara, sin tomarme en serio. No parecía darse cuenta de la gravedad del choteo. Intentaba abrirme paso hacia lo que Eloísa realmente creía acerca de mi edad, conocer su opinión. La estratagema se volvía en mi contra cuando Eloisa, entrando en el juego, mencionaba los años que nos separaban. Solía contarlos uno por uno exagerando el asombro, las cejas arqueadas. Entonces,  espantado, no podía soportar en su voz que mi estratagema se desinflara. Oprimida la garganta, ardiente, rencoroso, parecía ahogarme.

Aquella noche, mientras llovía y su espalda descansaba sobre mi hombro, podía verle la piel. Con detenimiento intranquilo la observé. No, realmente no la observé: escarbaba, como  el que intenta levantar capa a capa y llegar al fondo. Ese fondo era su vejez venidera. Resultó inútil: su piel se reveló en su inalterable juventud. Despacio, tembloroso por la revelación, adorando y odiando la diferencia existente entre los dos, recorrí el párpado, la comisura de los labios, el nacimiento de los senos —partes que el tiempo maltra­ta tan rápido. Tersos estaban, tersos y juveniles.

En cambio, si Eloísa se virara en la cama y abriera los ojos, ¿cómo sería mi piel? Podría, al igual que yo, escarbarme en busca de lo que vendrá. Estaba en su derecho. Tuve miedo, incluso sentí pena. Pegué con fuerza mi cara a la suya. Mentalmente murmuraba suplicante «no despiertes, no despiertes». Y ella, para mi dicha, no despertó. Pero sentí su cuerpo pesar, su sangre correr plena de energía, con un calor que no era ya el de mi sangre.

Debí pensar tal vez —era lógico hacerlo— en el error que significaba haberme casado con Eloísa. Sin embargo al hacerlo había desechado la lógica. Mi matrimonio resultaba una apuesta. Nunca quise someterme a ciertos límites. ¿Qué importaba el error? Importaban la piel tersa, el ardor, el seno firme. Envejecerían sin duda, pero yo no los vería envejecer. Perderían su rosado, la claridad elástica, la brillante tersura, sin que yo fuera testigo. Al fin surgió la pregunta: ¿quién morirá primero? La hice a la penumbra lunar de la habitación, a la lluvia, al vacío.

La respuesta sin embargo estaba dada: me toca­ba la primacía.  Tras mi muerte, Eloísa se quedaría sola. Mi muerte no implicaba el fin de su vida. La conclusión me resultaba atroz. Un injusto ultraje. De ningún modo podía permitirle que viviera otra vida que no fuera la nuestra.

Un aire repentino estremece la ventana, golpea un cuadro contra la pared. Ella duerme entre cortos espasmos. Duerme sin enterarse de cuanto pienso. Quizá sueña. Dicen que siempre se sueña, aun­que no se recuerde al despertar.

El calor de su cuerpo asciende en el aire. Se ha deslizado al borde de la cama y un brazo pende en el espacio. Ante mí la longitud curvada de su espalda indefensa, el pelo esparcido en la almohada, su piel que conserva el dorado de nuestros días playeros. Víctima de un impulso irreprimible,  mi pecho se pega a su espalda, mis piernas a sus piernas, y con mi brazo busco el suyo que cuelga, entrelazo los dedos en sus dedos. Desesperada  se hunde mi boca en su nuca, en su cuello, en su hombro. ¿Pero de qué me quejo? Un glorioso segundo de esperanza se apodera de mí. Exaltado la atraigo, la estrecho firme: su cuerpo parece plegarse al mío y hacerse un solo cuerpo. Parece.

—¿Estás despierto?

Qué inesperada suena su voz. Creí que dor­mía. Puedo sin duda haberla despertado al abrazarla. ¿Y si no dormía en realidad? Es irracional temer que, si no dormía, pudiera adivinar mi pensamiento. No debo otorgarle facultades de maga, convertirla en parasicóloga. Es irracional, y sin embargo es lo que temo. Su única respuesta consiste en acurrucarse contra mi pecho. La beso apenas sin darme cuenta.

—No te había visto tantas pecas.

—Bésamelas otra vez.

—No juegues, que estás dormida.

—¿Ya no llueve?

—Un chin chin.

Se acurruca más profundamente y frota cómica sus nalgas en mi sexo. Yo espero que bostece, maúlle soñolienta. Espero algún indicio de que dormía, y no ocurre. Su frotación sin embargo comienza a tranquilizarme. Nada ha cambiado: cuando despierta se coloca de lado, hace nido en mi pecho, busca mi sexo con alegría. A eso llama «apuntalarse»

—Si estabas despierto, debiste decírmelo. Hubiera dejado de soñar. Un sueño terrible.

—¿Soñabas tú?

—Descuida, no he de contártelo. Te aburren  —y deja de frotarse.

—Si es triste, cuéntamelo.

—Triste no. Terrible.

Hay en su voz un ligero tono som­brío. Yo, en parte calmado porque en apariencia dor­mía, sigo imperturbable,  guasón.

¿Te caías de un precipicio? Debajo un gorila esperaba listo para eso. Como tú, le gustan a los gorilas.

—Ningún precipicio. ¿Sabes quién era el gorila? El gorila eras tú. Tú apare­cías en el sueño. Dicen que los sueños anuncian el futuro.

—Quizá. Lo que pasa es que no sabemos desci­frarlos.

—Este era clarito.

—Bueno, cuéntamelo. No le des más vueltas.

—Me da pena.

—¿Pena? No era yo quien soñaba. Qué cabecita la tuya.

Virándose Eloísa, rá­pido me mira, brillantes las pupilas:

Te gusto así  —dice aniñada, coqueta.

Yo no lo afirmo.

Sonriente regresa a su posición, apretándose con­tra mí. Arquea un brazo y acaricia mi pelo. Hay un silencio incómodo.

En el sueño aparecías con un cuchillo. —Su tono me parece de pronto insidioso.

¿Muy afilado? —Trato de seguir imperturbable, guasón.

—Cantidad. Destellaba.

Y le corté a tu jefe, por darte tanto trabajo, la yugular.

—No, a mí.

Nos quedamos callados.

¿De un tajo? —pregunto al rato.

En el sueño estaba acostada sobre una sábana blanca. Venías y me matabas por la espalda con un cuchillo.

Con el de la cocina.

Salto de la cama y salgo al pasillo. La cocina se halla en el fondo de la casa, contigua al comedor. Camino con rapidez increíble. Por una ventana que se quedó abierta la lluvia ha formado un char­co en el suelo, y al  pisarlo advierto que estoy des­calzo. Embobado miro mis pies en el agua. Estoy descalzo y en calzoncillos. Prosigo mi andar vertiginoso, entro en la cocina y prendo la luz. Amplia, azulejeada en blanco, me impresiona como la sala de operaciones de un hospital. En el frega­dero está la loza sucia del almuerzo. En la meseta, la punta vuelta hacia mí, el cuchillo, mango negro y ancha hoja afilada. Es el cuchillo de picar la carne, el arma del tasajeo. No sé el motivo, pero lo hago girar. Una de las veces que pasa ante mi vista el mango de madera oscura, tachonado de remaches metálicos, lo agarro de un pronto hábil. «Este es el cuchillo del sueño.» No puedo evitar el temblor, una emoción insospechada. El cuchillo ya no es el de siempre, es el del sueño.

Cuando empujo la puerta, se incorpora en la cama con aspecto de de­samparo. Lleva una mano al pelo revuelto,  y de repente se echa a reír. La atmósfera cálida parece estremecerse de una enorme risa callada.

—¿No tienes miedo?

Me quieres mucho.

Por eso se mata.

No eres tan salvaje.

Tengo una bestia dormida.

Parado junto al lecho, mi mano vacía revuelve su cabello negrísimo, sin una cana, y la acuesto despacio de espaldas. «Como en el sueño.» Un tierno susurro, amenazador a la vez. Si antes reía, ya no lo hace. Es tan dócil a mi contacto, que me siento extrañado. Con la punta del cuchillo recorro su espalda. En cada vértebra me detengo. Paso primero la parte del arma sin filo, la parte afilada después.

—Si yo convirtiera en realidad el sueño, ¿te gustaría?

—No me mates de espaldas, hazlo de frente —y se vuelve hacia mí, el seno desnudo, entreabierta la boca, los ojos brilladores. Oprime la mano en que tengo el cuchillo. Veo en su cara el asombro de sorprender mis dedos dispuestos, aferrados al arma homicida. Un relámpago cruza por sus pupi­las y me parece ver que sus labios se mueven. Pro­nuncian un «entonces» borroso, y atrae inesperada­mente el arma, acomoda la punta de acero entre sus senos.

—¿Ya no crees en los sueños?  —indago.

—Soñemos uno diferente.

Mientras mi mano se abre, deja el arma entre sus senos y casi sin tocarme me baja el calzoncillo elástico. Siento que reacciono y que me someto a su deseo. Ella no retira el cuchillo, en mi estómago toca la frialdad de su hoja. Me echa los brazos al cuello, enlazados nos hundimos en la cama. La cubro, acaricio, penetro, la arrastro desfallecida. A su garganta sube un sollozo. Escucho anhelante: su cuerpo estremecido vibra. El corazón golpea incansable, y nos perdemos en un gemido mutuo. La oigo y la penetro hasta la exasperación. Quiero dejarla vacía, vencida. Derrotar su edad, la distancia que media entre nosotros. Como un náufrago agito los brazos. «Es una venganza», mientras un hilo de baba brota de mi boca y le moja el cuello.

—Despertemos —alzo el cuchillo de su seno y lo arrojo por la ventana.

Eloísa sale de su abatimiento, se incorpora en las sábanas revueltas:

—Se quedarán las papas sin pelar.

—¿Te lo busco así?

—Un tipo mayor no hace esas cosas.

Empiezo a vestirme. Temo que ella inicie e1 conteo de mis años y aluda burlona a la declinación futura de mi sexo. Desnuda se ha sen­tado en la orilla de la cama.

Déjame cerrarte la portañuela. Se te saldrá el periquito.

Si te acercas te dará otro picotazo.

—Sólo pica una vez.

Pero no lo hace mal.

Cuando le entrego el cuchillo, húmedo todavía el acero de la yerba del jardín, viste su bata de casa. Apenas se detiene a mirar el arma: al presente parece no interesarle. Dice que lo pondrá en su lugar, y al salir la detengo un segundo.

¿Qué te pasa? Estás  tan extraño. ¿Por el sueño que te conté?  Ya no puedo bromear contigo. Fue una ocurrencia completamente femenina.

Quiero preguntarte una cosa, incansable coqueta.

Dígame —responde, repentinamente enseriada.

¿Tú no piensas que me puedo morir?

—Yo también.

—¿Yo también, qué?

—Yo también puedo morirme.

—Y si muero primero, ¿qué harás después de mí?

Una salida natural: volverme a casar.

Ya lo imaginaba.

Abandona la habitación. Voy a la ven­tana y me quedo mirando el barrio en el atardecer.

Resulta terrible esa palabra «natural», que ella pronuncia con tanto desenfado, y suena como un pistoletazo. «Natural», y parece que veo mi en­tierro. Con esa manera suya, entre burla y vaguedad amenazante, como si conociera de antemano el por­venir, ha dado su respuesta. Ya lo imaginaba, re­pito para sentirme menos abandonado, y no oigo mi voz.

Es cierto: la vida continuará tan natural. Parecidos atardeceres, parecida lluvia menuda. Demasiado joven, incapaz de una viudedad a la antigua, ella se casará con otro. Cuando era niño, tras la muerte de mi padre, mamá guardó luto rigu­roso. Hasta que ella también falleció, el lugar de papá en la cama matrimonial quedó desocupado.

Simpleza natural, y me aturde el dolor. Bobo, inhumano. Desnuda, bajo una bata transparente, vagará por el cuarto —¿por este mismo?— ante la mirada ávida (y natural) del otro, mi rival post-mortem. Flotante, las carnes duras, semejante a una araña la vulva, y en esta cama, en la nuestra, fornicarán como dos bestias naturales.

No es posible. Debo impedirlo. ¿Por qué aceptar los límites? ¡Al carajo lo natural! Su respuesta es clara, la mía lo será. Subo un escalón más en la pirámide azteca.

—Reynol vino a buscarte —es su voz de nuevo en la habitación.

Con sorpresa disimulada pregunto para qué.

—Querrá hablar contigo. A los policías les encanta conversar 

Sin apartarme de la ventana, inquieto por la noticia, nada hago sin embargo, ni siquiera volverme. Su voz resuena distante. La oigo, animal atento en su  guarida. Desde que he puesto mi plan en marcha, qué sensitivo estoy. Cuando Eloísa dormía ocurrió algo parecido: la supuse despierta escuchándome, adivinando mí de­sesperado propósito. Tuve entonces una de estas figuraciones premonitorias, causadas quizá por el miedo a ser sorprendido.  Si Reynol es un viejo amigo, ¿por qué la inquietud? Entre el humo del tabaco y varias tazas de café mantenemos prolongadas con­versaciones. Los casos de homicidio son su pasión. No obstante, un detalle —en el que la sensibilidad acecha— me intranquiliza: hemos dejado de ver­nos desde hace varios meses, y nuestros rencuentros se reanudan, casi siempre,  cuando algún  caso lo obsede.

Eloísa debe de andar en la cocina, y desde allí repite que Reynol ha venido dos veces sin dar conmigo. Que ha llamado después por teléfono. A continuación menciona, con su deliciosa oscilación, que ha comenzado a cocinar, y el nombre de Reynol se mezcla de pronto con la carne guisada y los plátanos fritos.                

Sé que  me espera, tras ese anuncio. No le agrada estar sola cuando cocina. Suelo sentarme cerca y mirarla traji­nar. Dándome a probar con el dedo, pregunta que si la sal o el orégano. Se echa a reír  de inmediato, y asegura que hacerme tales preguntas es en vano. «Eres un tipo de las cavernas.» Tapa la cazuela o corta ágil una cebolla. O se vuelve insistente: «Esto, ¿qué es? Adivina, mayor», con  una hojita en la mano. «Cu­lantro», respondo dudoso, tratando de adivinar inútilmente.  «Lau­rel, cromagñón. Huele.» La restriega en mi nariz y rápido la tira en la olla. Con un tono despreciativo me excuso, lleno de prevenciones: en mi familia cocinar era asunto de mujeres... «Y tu asunto, comer», riposta abriendo la boca —de dientes pequeños, cau­tivadores—, alza los hombros, y armada de espuma­dera o algo por el estilo espanta aquel «tiempo de horror».

Esta vez no me muevo de la ventana.

Ha dejado de llover. Podrá empezar sin aviso, en cualquier momento. Suele suceder por esta época. Calor de día, fresco al anoche­cer, de cuando en cuando en el cielo un resplan­dor inusitado. Ni un tran­seúnte ni un perro. Respiro, en aspiración profun­da, y suelto el aire. Se levanta de la tierra un aroma ligeramente pútrido.

Como no quiero encontrarme con el viejo caserón de en­frente, tiendo la vista a la esquina y alcanzo a ver un pedazo del parque. No es mucho lo que consigo es­capar: los burdos bancos de concreto me parecen abiertos sarcófagos desocupados. Las copas de los árboles se mueven apenas.

La última mirada, ya inevitable, la dedico al caserón. Inútil escapar. Aún permanece en pie esta ruina de madera. Como se  quedó fuera  de moda, con su techo de tejas, no encaja en el barrio. De sus aleros  rueda un agua tardía, fina, sin sonido. Ha rodado ya tanto tiempo, que se ve en las paredes un babeante reguero verdoso. Quizá un próximo aguacero sea piadoso con él y lo derribe. Mejor: no transijas, viejo, y sigue dando guerra. Que otros sean los que caigan.

Al dejar la ventana tropiezo con una hilera de libros en el alféizar, y varios caen al suelo. Nervioso y de prisa me inclino para recoger uno de ellos, que de inmediato he reconocido. Temo que, regresando de repente, Eloísa lo descubra. Para disimular su presencia y no despertar su curiosidad enfermiza, lo forré en papel cartucho, el más burdo, el más inocente, el menos vistoso. (Muchos podrían tildarme de idiota. Ese forro inusual despierta curiosidad sobre su contenido. Sin embargo, con Eloísa eso no ocurrirá, a ella le atraen solamente portadas glamorosas.) Lo disimulo entre los otros. Cuando ella no está en casa y estoy seguro de que no regresará pronto, lo estudio sobresaltado. Es la famosa Toxicología de Montaner. Cuidadoso,  veloz a un tiempo, en el alféizar alineo los restantes. Nada debe delatar su ausencia ni la caí­da de los demás.

Cuando salgo de la habitación llevo apretado contra el pecho el tratado del farmacéutico. Doy pasos sigilosos en el pasillo: ella se encuentra en la cocina: oigo el siseo de la olla de presión. Dispone la comida sin mi presen­cia. La Toxicología será retirada del alféi­zar, puede volverse a caer.

Por una puerta pequeña entro en el garaje. Tras cerrarla por dentro, me desnudo y me pongo un short. Sobre el banquito para ciertos ejer­cicios difíciles, abro y apoyo el libro de los venenos. Hago un rato de calentamiento y un poco de gimnasia. Acomodo las pesas y, sin apartar la vista del manual, las levanto con preci­sión, con precisión y buen ritmo. De cuando en cuando —lo re­conozco— oigo traquear algún hueso insolente.

Al cabo, quietas las pesas en el cemento del garaje, mi mano húmeda, que parece conservar la forma de la barra, pasa las páginas de la Toxicología. He buscado en ellas, escondido en el baño, metido en la cama cuando Eloísa  está  ausente, la des­cripción del efecto de ciertos venenos y el modo de administrarlos. Detesto la cuchillada, la almohada en la boca. No podría tolerar ojos des­mesurados, recriminadores. Por igual me repugna dar motivo al comentario de la cuadra. El veneno, callado, mortífero, actúa solo, sin necesidad de escenas patéticas.

Vuelvo a las pesas. Las sostengo en el aire sin llevarlas hasta arriba: intento comprobar —con su pizca de orgullo— la dilatación de los músculos. Después de verlos abultados, vigorosos, en un júbilo las impulso hasta arriba y luego las dejo descender de golpe. Sin soltarlas, inclinado cerca del banquito, me fijo en las propiedades del acónito. Un veneno, muy activo en sus efectos, que da una planta de flores azules de terre­nos montañosos. Es insaboro, casi instantáneo.

Suben otra vez las pesas y, al bajar, abro la página del arsénico, metaloide famoso de color gris acerado, venenosísimo, capaz de exterminar plagas enteras de insectos devoradores. Tras bajarlas de nuevo, mi mano contraída  busca la descripción de la estricnina. El exterminio de un perro rabioso es ejemplo de su prontitud y efectividad. Se me ocurre que podría deslizarla en la taza del café, tempranito en la mañana.

Respiro, la sangre bate mis sienes. Lentas se alzan las pesas, y voy enderezando el torso: se tensan, visibles, deltoides y dorsales, vivas fibras carnosas. En la mente, casi íntegro, veo el diseño anatómico que colgaban en el aula cuando estudiaba bachillerato. Pronuncio con gusto el nombre técnico de los músculos: pruebo la eficacia de mi memoria. ¿A qué edad se me convertirá todo esto en un borrón?

Echo hacia atrás la cabeza y las pesas suben. En alto las mantengo, la vista en el techo del garaje: tenso el trapecio, abultado. Un tenue temblor en los brazos, no alarmante. Vueltas al cemento las pesas, siento duro y recio el abdomen. Como garfios, ligeramente rígidas, mis manos pasan las páginas hasta dar con la nuez vó­mica india, cuyos residuos, tras la dosis indicada, son difíciles de descubrir en la autopsia —se aloja en lo más hondo del organismo.  No causa dolor ni desagrado al paladar. Fácilmente soluble en un poco de agua.

Desde mis axilas hasta la cintura, frías gotas de sudor mojan el  short y otras asoman en mi estómago. Las puertas del garaje, la que da al interior de la casa y la que da a la calle, están cerradas. Cada vez que entro reconozco el olor a goma de automóvil, olor caliente, como pegado al piso, a las paredes. Permanece el olor, permanecen las huellas de las gomas. El automóvil pertenecía al anterior inquilino. Yo no tengo, y es algo que Eloísa me reprocha, con su manera a la vez hiriente y festiva.

Con una toalla vieja me seco. Sé que en vano, si no alzo la puerta del garaje. Si la alzo es sumamente desagradable el ejercicio. Los transeúntes y la vecinería se detienen en la acera para vacilar al viejo deportista. Algunos chiquitos mirones tiran su pulla. «Compadre, ¿va a participar en las Olimpiadas?» «Qué arranque.» Y yo dándole a las pesas, sin chistar ni reírme.

Termino por acceder, vencido por el calor, y alzo la puerta. Los muelles tiemblan como roscas eléctri­cas. El sudor no me vence del todo: la dejo entreabierta. Eso sí, la que da al interior de la casa continuará cerrada.

Mientras se refresca el garaje hago ejercicios respiratorios. Sobre el banquito permanece abierto el manual de venenos. ¿Cuál podré adquirir? No es asunto fácil. Necesitaría una receta médica, una fuerte amistad con el farmacéutico. Si estuviera en­fermo de las cuerdas vocales o tuviera un perro rabioso...

Este es un inconveniente. El otro, al que más temo desde mi juventud, es el de los efectos. Ciertos venenos, como el arsénico, causan síntomas terribles. Cuando era un muchacho, frente a casa se suicidó una mujer con polvo de arsénico. Escondido de mis padres pude verla agonizar. Vomitaba, pedía agua a gritos. En los labios, muy inflamados, parecía tener como sabor a tinta, por la cantidad de agua que ingería. Como si fuera a recuperarse, se quedaba por un rato quieta, y al cabo volvía a desgarrarse la garganta con las uñas. Cuando la llevaron al hospital nada pudieron hacer. Por aquellos años, muy raros casos se salvaban. Morían del modo más horrible, en medio de espantosas convulsiones y roncos lamentos.

Preferiría el veneno que produjera, tras un malestar ligero, un desmayo profundo del que nunca Eloísa despertara. No aceptaría su muerte de otra forma, entre chillidos y contorsiones. (Solía soñar en mi adolescencia con la suicida: la veía levantarse y con los brazos extendidos intentar abrir  una  ventana que sin embargo estaba abierta.) Su cara, tan hermosa, quedaría afeada por un rictus espantoso. Si es cierto que la muerte suele al cabo traer a las facciones una especie de serenidad, no es seguro en los que mueren por envenenamiento. Quiero que ella quede en toda su belleza. Sosegada, ni fea ni contraída. Esta posibilidad me estremece.

Al comenzar el ejercicio con los tensores, las ruedas de la puerta chirrían en sus rieles, y el ruido imprevisto me indica que alguien  ha terminado de abrirla, suspendiéndola del todo. Con rapidez nerviosa me vuelvo, sin soltar los tensores: Reynol está parado en el ancho rectángulo, contra la última luz del atardecer.

—¿Te asustaste?

—Presentí que eras tú —aclaro, algo repuesto.

—Estabas  sobre aviso.

—Sí, por Eloísa —intento indagar inmediatamente, pero con disimulo, el motivo de su visita. Mi conciencia acechante se pone a trabajar.

—¿Te trae algún caso?

Reynol  se demora en contestar. Yo no lo miro. En apariencia calmado, estiro los tensores.

—Acertaste. Sin embargo no tengo tiempo de contártelo.

Tras una pausa, típica en su manera de hablar, añade:            

—Volveré

—No te quedes parado ahí. Pasa. Pareces una visión —y estiro los tensores de brazo a brazo. Sus pisadas resuenan dentro del garaje.

Si resulta habitual en Reynol intercalar silencios inquietantes en la conversación (o en los interrogatorios), que semejan una alusión, también lo es parquear su máquina a cierta distancia del lugar donde va, como si estuviera en la investigación de un homicidio. Cuando investiga algún caso, suele ir caminando al lugar del hecho. Es algo más joven que yo, más delgado y de menor estatura. Viste  siempre de traje, color gris. La única nota viva en su vestimenta es el rojo de la cor­bata. Aunque no me fije, conozco que no se pone una corbata de otro color, y sin mirarla me parece verla delante.

Vine solo a saludarte. Llevamos meses sin en­contrarnos.

Sus ojos relucientes recorren el garaje, estudian cada cosa, como si nunca las hubiera visto o pudiera encontrar una pista inesperada. «Es un gaje del oficio», me advierte cuando le señalo su manera de mirar inquietante, idéntica aunque no esté de servicio. Sé que ahora mira cada cosa, y ti­rando de los tensores y sin volverme hacia él, temo que descubra el libro de ve­nenos sobre el banquito.

Caramba, te has convertido en un deportista. —Y ya se halla frente a mí. Ni un viento repentino que cerrara silencioso el manual podría impedirle descubrir de qué se trata.

—Simple aficionado —replico a su observación con una sonrisa forzada.

Quieres mantenerte en forma.

—Quizá.

Estás poco hablador hoy.

Eloísa dice que estoy extraño, tú, que poco hablador.

—Sus razones tendrá. En cuanto a mí, noto tus respuestas cortantes.

Aparta la vista de mí y del libro. La detiene en la pared frontal.

—Te hace falta un espejo. Esta  pared  serviría. Podrías seguir mejor el proceso.

Nuevamente uno frente al otro, ocurre lo esperado (y temido): su mano desciende y toma el libro, cuando podría creerse, quien no conociera sus tácticas profesiona­les, que la ocasión de hacerlo había pasado. Una gota recorre solitaria y helada mi costado.

—¿Qué lees? —Brota la pregunta temida.

No contesto.  Sonríe breve, burlonamente:

—¡Montaner! Un autor anticuado.

Y después de su pausa habitual:

—En este tiempo sin vernos has cambiado. Te interesaste en los venenos y pusiste un gimnasio.

De repente en tono zumbón:

—Si quieres matar a alguien, renuévate. Emplea al me­nos cianuro.

Despacio lo observo. Ningún sentimiento decisivo, emoción o sospecha se transparenta en sus facciones. Es un maestro, indudable. En secreto lo admiro, aunque en diversas ocasiones he criticado la perfección de su frialdad. Es un maestro. Siente y padece, pero su cara es indescifrable. Ahora gozo al rectificar su opinión.

El cianuro ya lo menciona Montaner.

—Te lo has leído bien.

Siento que me ha tendido una trampa y que acabo de caer en ella.

—Contigo no se puede. Con los médicos me ocurre algo parecido. Ante ellos me siento examinado. Y ante ti, interrogado. No importa que medie  una amistad.

Escucho  a continuación una explicación inesperada:

No te interrogo. Realmente estás extraño, como dice tu mujer.

No estoy extraño, estoy viejo.

—Naturalmente.

—Qué casualidad. Hablaste igual que Eloísa.

Reynol cierra el libro de Montaner y se dirige a la salida. Desde allí vuelve a hablarme.

—¿Cuántos años le llevas?

—Es nuestro secreto.

Su risa adquiere insospechada resonancia: ha reído como en un túnel desierto. Vuelve a hacerme otra recomendación:

Piensa en algunos barbitúricos o en una dosis exa­gerada de algún medicamento. Eres un asesino a la usanza de la vieja Inglaterra. Nos ponemos ocambos, anticuados, como el Montaner. Un día vendré a usar tus instrumentos.  Noto que estoy echando barriga.

Desaparece del rectángulo luminoso.

Sin demostrar la menor alteración prosigo con los tensores. No obstante toda mi atención se concentra en el motor de su máquina. Arranca, parte, se va. Definitivamente cualquier veneno, el más violento o el más tierno, es inutilizable: Reynol sospecharía de inmediato. Yo mismo le regalaría la pista.

Abandono los tensores y de un tirón cierro el garaje. Rompo meticuloso, con calma corrosiva, cada una de las páginas del manual, hasta convertirlo en un montón de papel inofensivo, al que prendo fuego en el acto. Arde veloz, como corresponde a su ancianidad. Cuidadoso, barro los residuos chamuscados y los arrojo al latón de la basura. Sus tapas, difíciles de destruir, las he escondido debajo, en el fondo del latón mismo. Antes de irme al trabajo mañana lo vaciaré con mi propia mano en el basurero de la esquina.

Mientras Reynol hablaba, tal vez por el temor o la emoción que sentía al escucharlo, acuciada, mi mente acorralada, se iluminó de pronto: la solu­ción se halla a mi alcance, sin adquirir ningún ve­neno peligroso ni salir de casa. El modo es espléndido, su muerte también lo será.

Recostado en la puerta de la cocina contemplo a Eloísa de espaldas en el fogón. Con voz neutra, per­fectamente dominada, le anuncio la buena nueva: la llevaré a comer fuera.

¿Por qué no comemos aquí, desnudos? La co­mida me está quedando riquísima.

Voy a llevarte al restorán que más te gusta.

¿A La Torre?

—Me leíste el pensamiento.

Si es así, apago los fogones y nos vamos.                       

Desnudos en pelota.

Aprieta, estruja mi boca y emite un quejido de placer.

Me pondré linda.

Mientras ella se baña busco un somnífero muy efi­caz, del que tomé varias pastillas para aliviar el insomnio, separo dos y guardo el resto. Cuando me vista las deslizaré en algún bolsillo. La noche comienza bien. Como quien ha dado con éxito el primer paso en la consecución de su plan, me pongo tranquilamente a leer el perió­dico.

Eloísa me llama desde el cuarto de baño.

Enjabóname la espalda.

Ni respondo ni acudo.

Sordito, necesito tu cepillo.

Aparece desnuda, bañada, esplendo­rosa, secándose las puntas del cabello en una toalla azul. Siento el aroma de su cuerpo recién lavado, el suave perfume del jabón. Extiendo el periódico, y escondido detrás alcanzo el refugio del baño. (Durante mi escapatoria va llamándome «cobar­de» en tono agridulce, tratando de insinuarse por encima del periódico des­plegado.) En minutos me doy una ducha, y cuando entro en calzoncillos en la habitación Eloísa está  en refajo, con los zapatos y las medias puestos, peinándose.

¿Irás con ese? —A sabiendas pregunto, en tanto me deslizo presto dentro del pantalón.

A mí me gusta.

Independiente al elegir su ropa, ella se viste sin tomar en consideración mis opiniones, contrarias o favorables. (También, me figuro, debo tener un gusto anticuado.) Pero esta  vez le sugiero el vestido verde claro. Es, por descontado, un vestido que le gusta ponerse. Esbozo displicente un breve elogio del contraste, para mí encantador, entre el color de su piel y el verde de la tela. De pronto su memoria me ayuda a convencerla.

—Tú me lo regalaste.

Llévalo esta noche.

Aunque no quisiste bañarte conmigo —advierte al complacerme y ponerse el vestido.

Gradualmente la conduzco a la reminiscencia de la primera noche en que fuimos a La Torre. Cuando ya está vestida, me acerco y huelo sus orejas. Con sorpresa se aparta.

—No es para eso.

Como en diversas ocasiones le digo con reproche que piensa demasiado en que nos acostemos, asegura que mis labios le hacen cosquillas. Le pido que no mienta, al menos esta vez. «Nunca te miento.» A su oído revelo el secreto: «Ponte el perfume de aquella noche.» Carece de importancia que ignore mi propósito cuando desconoce mi verdadera intención. Ella sin embargo parece acordarse. Busca el perfume  y se unta detrás de la oreja con la punta del cristal de la tapa. Después son los zapatos que le hago cambiar, y ella que recuerda su peinado: el pelo recogido en  un moño flojo, como se estilaba a principios de siglo.

Ya participa del recuerdo. Transformarse es uno de sus sortilegios. Busca por sí misma el pañuelo, el bolso, y me pide que me ponga la camisa azul fuerte, que era la que yo vestía. Ahora soy quien la complace, quien pregunta lo que llevaba puesto aquella noche, asombrado de que se acuerde de mi vestimenta. Es maravilloso lo que ambos conseguimos: el pasado comienza a surgir de nuestras ropas, de su peinado, de mi camisa, y hablamos, para completar el recuerdo, hablamos de la dicha de aquella noche en La Torre. Eloísa hace burlas de mis zapatos, los califica de «cheos», y me indica los que debo ponerme, ella misma los saca del closet: y son en realidad los que calzaba aquella noche. Yo no recuerdo nada de mí con precisión. Guardo como un aroma de felicidad la atmósfera del lugar donde estábamos, y  sus ropas, y todo cuanto ella decía, sus manos alzándose de pronto del mantel. De mí nada, o muy poco, solo esta evanescencia.  ¿Qué importa que su vestido esté un tanto gastado o mi camisa ya no tenga tan fuerte el azul?

Llevo a Eloísa del brazo. La conduzco por la calle con un cuidado exquisito. La ayudo a subir a la guagua. Mi cuerpo la defiende de cualquiera que pueda o intente rozarla en el pasillo atestado. Como voy casi prendido a su espalda, semejante a un macho del trópico,  recorre mi nariz sus orejas, percibe su perfume, mi carne siente la morbidez tibia de la suya.

En La Torre, siguiendo la reconstrucción, ordena­mos la misma comida. Y le pido que cierre los ojos cuando llega la langosta Thermidor. Que los cierre para que vuelva a verla como si nunca antes la hubiera visto. (Eloísa la comía por primera vez.) Cuando el vino arde en la llama del carrito, ella los abre como si el espectáculo fuera reciente.

Mi mano se tiende y descansa en la suya:

—Aquí fuimos felices.

Su voz dice decidida:

—Volveremos a serlo.

Frente a nosotros, en una mesa redonda como la nuestra, diviso una pareja. Los dos son jóvenes. Fuman del mismo cigarro. Él viste una camisa azul, un azul semejante al mío. Es un tipo trigueño, casi un  adolescente. La muchacha muy rubia, le escoge el menú. Desde donde yo estoy—nada digo a Eloísa de la pareja—parece darle explicaciones acerca de los platos. Cuando termina, de la boca de su amante toma el cigarro y fuma una larga bocanada.

Después de los postres nos levantamos para ver la noche habanera, pegados a los cristales. La ciudad hormiguea, y la luz flota, convertida en ceniza luminosa, sobre las azoteas, sobre calles y avenid­as. A un  lado el mar del Malecón, negro tinta, tranquilizado desde esta altura. No sé cómo mis dedos oprimen el ventanal, oprimen disimulados, mientras pienso en la altura en que nos hallamos. Contra la luminosidad veo su cuerpo caer en el vacío. Pero los cristales no se abren, herméticamente cerrados. ¿Cerrados para defenderla de mi deseo? Nuestros cuerpos se inscriben en su niebla como siluetas. Es tan blan­ca la luz de la ciudad, sin un anuncio, sin un color, parecida a estrellas errantes que permanecen sin embargo fijas, sin caer como las del firmamento: ningún pedido podemos hacer. Despacio se apartan nuestras caras transparentes.

En mis oídos martillea, en mis oídos o en mi ca­beza, la voz de Eloísa. «Volveremos a serlo», decidida, sin su tono ani­ñado. ¿Habrá  un mañana? Mañana vol­veremos, iremos juntos a la playa, a las placitas donde nos besábamos sin importarnos la mirada ajena, a pasear los rincones de la ciudad que nos gus­tan, un patio con su mediopunto luciente. Mañana. Pasado mañana. Volveremos. Como si hubiera un porvenir de vida en común para nosotros. Y mi pre­gunta, la pregunta perenne, me amarga la boca. No la pronuncio, callado me la digo: ¿qué harás des­pués de mí? Y tiemblo. Cuando ella se llevaba la langosta a los labios, de esa manera tan suya, pensé una vez, como en medio de una prefiguración, en que también podría hacerlo, casi de igual modo, ante otro, después de mi muerte. Sería natural. Mi pecho, mi garganta, el estómago, no supe cuál órgano o si todos unidos, lanzaban un clamor doloroso, intolerable. Así que continuará a mi muerte viniendo a La Torre, viendo la noche desde su altura. Así que continuará. Si no lo hace, contará no obstante con la posibilidad de hacerlo. Y yo ciego y sordo, un montón de yerba sobre el sexo inexistente. ¿Voy a seguir viviendo con este temor sin nombre, con esta fantasmagoría delante?

Mi decisión adquiere una configura­ción inopinada: al salir pasamos cerca de la mesa ocupada por la pareja. Miro con cierto detenimiento a la muchacha. Descubro la verdad, no sin espanto: no se trata de una muchacha, sino de una vieja, de una vieja profusamente maquillada. El color juve­nil de sus mejillas es carmín, su pelo está minucio­samente teñido. Sus ojos y su boca, circundados de claras arrugas, el cuello decaído y ajado, y sus ma­nos, plagadas de anillos relucientes, son manos de vieja. Me estremezco cuando me vuelvo hacia el amante: es joven, realmente joven, sin falsificación. ¿No nota que es una vieja? No es de los suyos. Y si a ella le duele la diferencia, que lo envenene. Arsénico o cianuro. ¿Cómo es posible esa unión, tal comunidad mutilada? No importa que haya dinero por medio, que la vieja pueda vender sus joyas... No deja de ser un espanto, y no quiero ser víctima de este espanto. Llevo una mano a la frente y cierro fuerte los párpados. Abandonamos el restorán. Conduzco a Eloísa por el codo con una mano sin anillos.

Como le agrada que caminemos cogidos de las cinturas, su brazo en la mía, en la suya mi brazo, sus dedos en el bolsillo posterior de mi pantalón, así vagamos por la ciudad. Nos detenemos en las vidrieras. Se encanta con las últimas grabaciones de discos, pero lo que más le gusta son las muñecas. Prometo comprarle una de pelo rojizo, que se extasía contemplando. Como en el barrio en el que vivimos, el asfalto relumbra por la lluvia pasada. Delante de una vidriera suspira por comprar una balsa de listas de colores y un salvavidas como un  caballito de mar, para nuestro fin de semana en la playa. Asiento cariñoso, moviendo la cabeza. ¿No será un fin de semana espléndido?

En esto estoy cuando descubro la figura de Rey­nol. Pasa pronta por los cristales. En un sobresalto me viro: ha llegado casi a la esquina. Entre las columnas del portal se vuelve y me saluda. Él también hace reverencias, como las mías. Instintivo palpo el bolsillo donde llevo el somnífero. Reynol gira y me da la espalda. Busco con la vista a Eloísa: no parece haberse dado cuenta de la repentina aparición de Reynol, abstraída en los implementos playeros. ¿Lo estará en realidad? Me lleno de sos­pechas. La propia Eloísa ha podido llamarlo por teléfono, contarle que íbamos a La Torre. Pudo hacerlo mientras  me bañaba. Un montón de dudas se me agolpan. Lanzo un nuevo vistazo: Reynol, con su sempiterno traje gris, ha de­saparecido.

—¡ Taxi! —grito al que pasa.

Eloísa se muestra sorprendida, el índice señalan­do todavía al salvavidas.

—Esta noche tiro el salario por la ventana –y nos metemos  rápidamente en el auto.

En quince minutos estamos en casa.

En el sendero hacia la puerta de entrada, detengo a Eloísa y le digo susurrante “espera”. Corto varias flores del jardín, formo con ellas un ramito  y se lo entrego. Encantada, sonriente, enlazados entramos en la casa. Ella, con su ramito fúnebre.

—Me tomaría un café. —La voz me suena tan ino­cente. Y más inocente cuando le pregunto—: ¿Y tú?

—Una tacita —acepta ella.

Tomamos nuestro café. En su taza dejo caer  las dos pastillas del somnífero. Tras varios bostezos, fingidos los míos, reales los de Eloísa, nos metemos en la cama, y al rato ella duerme profundamente. Es­pero, la observo. No cabe duda: duerme. Entonces me levanto cuidadoso. Muevo la cama, le toco un brazo. Compruebo: está dormida del todo. Camino por las habitaciones, cierro cada puerta, cada ventana. La penumbra del dormitorio se extiende al resto de la vivienda.

Mi plan llega al final. Desechado el veneno, la puñalada, el accidente, he encontrado el mejor método, el supremo. Cada casa moderna está dotada para el suicidio o para el crimen. Medio giro y abro las llaves del gas. Sobre el cuerpo dormido de Eloísa me inclino y suavemente en su pecho deposito el ramito de flo­res. Beso su frente, acaricio por última vez sus senos, sus piernas juveniles. Acomodo su negra cabellera: debe morir sosegada y bella, sin un rictus horrible. Beso sus pies, todavía tibios, palpitantes.

En mi cuerpo siento durar la sensación de su cuerpo, su respiración cálida: aún ella duerme a mi lado. El caserón de enfrente gotea, gotea sin descanso, como si no hubiera cesado de llover. 

1983 

El cuento ¿Qué harás después de mí? pertenece al libro de igual título que será publicado próximamente por la Editorial Letras Cubanas. 
 


 

Antón Arrufat (Santiago de Cuba, 14 de agosto de 1935). Graduado de Filología en la Universidad de La Habana. Poeta, narrador y dramaturgo. Fue jefe de redacción de la revista Casa de las Américas (1960-1965). Colaborador en Ciclón, Lunes de Revolución, Cuba en la UNESCO, Unión, Casa de las Américas, La Gaceta de Cuba, etcétera. Trabajó como asesor literario de Teatro Estudio. En los concursos "Casa de las Américas" obtuvo mención de teatro (1961) por El vivo al pollo y mención de poesía (1963) por Repaso final. Ganó el premio de teatro de la UNEAC (1968) por Los siete contra Tebas (teatro). Premio Nacional de Literatura 2000. Premio "Alejo Carpentier" Novela 2000.

 
 

ARRIBA

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS
.

© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
IE-Firefox, 800x600