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No
estoy pensando en los asuntos, los
dilemas, menos en las teorías del cine.
Esta mañana inaugural de noviembre evoco
las cosas, los utensilios que llenan el
ámbito escenográfico. En las películas
realistas uno supone que se trata de una
casa cualquiera filmada simplemente,
pero hasta en las obras más actuales hay
un señor o señora —a veces todo un
equipo— que se encarga de la Dirección
de Arte. El lenguaje de los objetos, que
en teatro plantean un discurso evidente,
en cine también debe cumplir sus
funciones, más allá de lo decorativo.
Cuando veo a un actor aporrear una
máquina de escribir —que se parece a la
que me prestó durante años mi tía Nena y
en la que trabajé menos de lo deseable
(pero de ahí salieron algunas de mis
tentativas juveniles)—, cuando el hombre
se pone frente a su Remington pienso en
cómo habrá llegado hasta los almacenes
de la productora cinematográfica. Este
ejemplar se salvó de la debacle general
que padecieron sus hermanas, se libró
del basurero y del olvido. El arte nos
hace vivir la época de nuestros padres y
abuelos y nos lleva más atrás en el
tiempo.
En
España van por la novena temporada de
una serie exquisita, "Cuéntame cómo
pasó". Esa evocación de la vida social
del país desde la postguerra, avanzando
hacia la actualidad, permite que la
gente se acuerde de los ritmos, los
combates, las ideas, casi mes por mes.
También aparecen los muebles y los
equipos que estuvieron en el hogar de
muchos. De visita en casa de amigos
españoles me cuentan que les parece que
ese televisor en blanco y negro es el
que estaba en las salas de sus viviendas
de entonces. Aunque suele ser líder en
audiencias a cada regreso, para los
nacionales algunas zonas del programa
huelen a lo ya sabido. Para los que
estamos de paso o venimos de fuera es
toda una lección de historia, política,
costumbres; casos y cosas, parafraseando
a un humorístico con el que reímos los
cubanos hace un par de décadas.
Durante mi casi única, pero muy
recordada aparición en el cine, me
sucedió algo que no olvidaré. La tarde
en que filmamos mi mejor escena en el
filme, me fui tan contento y animado por
el apoyo del director Fernando Pérez y
del amplio equipo de trabajo que me
llevé puestos los zapatos del personaje.
Anduve ese atardecer por calles, bares y
puede que hasta saludar a las olas en el
malecón con esos “tacos” fuera de moda.
Al día siguiente recibí un moderado pero
firme regaño de las compañeras de
vestuario. Se habían percatado de que no
había robo, pues en lugar de los zapatos
de la década del 50 estaban mis
abnegados mocasines de cada día, pero la
ropa de época es como una joya que se
debe conservar con celo, no se trata de
contaminarla del polvo y la prisa de los
días de hoy. |