Año VI
La Habana
2007

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 
Donde la ingenuidad se pierde

El cuarto amarillo

Andrés D. Abreu • La Habana
Fotos: Ricardo Rodríguez

 

No sé si el porqué radica en que Douglas Argüelles, aunque es un respetable y consistente artista, aún no puede vivir de su nombre inscrito en el maenstream y por eso tiene que seguir luchando constantemente por alcanzar esa gran y oportuna obra que le abra todas las puertas, o el caso responde a un proceso mucho más biológico dado por un incansable y obstinado carácter investigador y hacedor. El asunto cierto es que este artista, muy conceptual en su pensamiento y neorrenacentista en su espíritu, lo mismo dibuja, pinta, diseña artefactos y arma instalaciones, pero siempre con una evidente seriedad y compromiso creativo que inevitablemente inspiran respeto.

Confirmación total y reciente de su perseverante ontología resultó su última exposición Variaciones Goldberg en la galería La Casona, espacio que intervino bajo el siguiente manifiesto:

“Ofrenda musical, arte de la fuga, variaciones Goldberg: en música, como en filosofía, y en todo, me gusta lo que hace daño por su insistencia, por su recurrencia, por ese interminable retorno que alcanza las zonas más profundas del ser y provoca una delectación casi insoportable.”

Luego de asumir esta sentencia que como piedra incrustada debió acompañar al espectador durante la observación contenida, la lectura sugerida y el alumbramiento de referencias de cada una de las diferentes partes, series o metafóricos movimientos de esta partitura visual, es imposible seguir coqueteando con esa posible pose de inocencia ante el arte contemporáneo que hemos estado manipulando durante varias Miradas. Al entrar en Variaciones Goldberg y sobre todo en el cuarto amarillo hay que decir adiós a los retozos y ambigüedades de Peter Nadin y Wilfredo Prieto y quedarse allí atrapado y sigiloso pensando, y pensando, y pensando, y pensado…

Certidumbre

El cuarto amarillo se titula Certidumbre pero sigue siendo por encima de su nombre el cuarto amarillo, un suceso que consigue superarse a sí mismo, a lo que quiso o pretendió ser porque está dotado de esa inexplicable resolución que pocas veces se consigue en el acto de crear. Para quien escribe estas líneas esta puede ser la obra de las obras de Douglas Arguelles, el pedazo más grande y funcional de su insistencia en llegar a la hondura. Al cuarto se entra por una puerta y se cae de pronto a un estado de suspensión sostenida, uno camina al tiempo que ingrávido y libre se ausenta del mundo, pero dominado por una búsqueda que no se abandona. El más raro encanto de un encierro que se abre tan solo con evidencias claves y meditaciones interiores y silenciosas. Casi nadie habla dentro del cuarto, hay un prohibitivo espejismo al comentario ligero y una falsa exigencia a un silencio que se siente al mismo tiempo que se escucha un decir constante por todos lados y en cada rincón. Y sobre todo nada ni nadie son ingenuos en su hábitat, ni el martillo, ni el color, ni cualquier otra presencia. No pueden serlo porque la atmósfera de esta habitación insita a asumir toda la astucia y la duda que llevemos adentro para disfrutarla y comprenderla en su más agudo placer: el descubrimiento ante la vida.

 
 
 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
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