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No sé
si el porqué radica en que Douglas
Argüelles, aunque es un respetable y
consistente artista, aún no puede vivir
de su nombre inscrito en el
maenstream y por eso tiene que
seguir luchando constantemente por
alcanzar esa gran y oportuna obra que le
abra todas las puertas, o el caso
responde a un proceso mucho más
biológico dado por un incansable y
obstinado carácter investigador y
hacedor. El asunto cierto es que este
artista, muy conceptual en su
pensamiento y neorrenacentista en su
espíritu, lo mismo dibuja, pinta, diseña
artefactos y arma instalaciones, pero
siempre con una evidente seriedad y
compromiso creativo que inevitablemente
inspiran respeto.
Confirmación total y reciente de su
perseverante ontología resultó su última
exposición Variaciones Goldberg
en la galería La Casona, espacio que
intervino bajo el siguiente manifiesto:
“Ofrenda musical, arte de la fuga,
variaciones Goldberg: en música, como en
filosofía, y en todo, me gusta lo que
hace daño por su insistencia, por su
recurrencia, por ese interminable
retorno que alcanza las zonas más
profundas del ser y provoca una
delectación casi insoportable.”
Luego
de asumir esta sentencia que como piedra
incrustada debió acompañar al espectador
durante la observación contenida, la
lectura sugerida y el alumbramiento de
referencias de cada una de las
diferentes partes, series o metafóricos
movimientos de esta partitura visual, es
imposible seguir coqueteando con esa
posible pose de inocencia ante el arte
contemporáneo que hemos estado
manipulando durante varias Miradas. Al
entrar en Variaciones Goldberg y
sobre todo en el cuarto amarillo hay que
decir adiós a los retozos y ambigüedades
de Peter Nadin y Wilfredo Prieto y
quedarse allí atrapado y sigiloso
pensando, y pensando, y pensando, y
pensado…
Certidumbre
El
cuarto amarillo se titula Certidumbre
pero sigue siendo por encima de su
nombre el cuarto amarillo, un suceso que
consigue superarse a sí mismo, a lo que
quiso o pretendió ser porque está dotado
de esa inexplicable resolución que pocas
veces se consigue en el acto de crear.
Para quien escribe estas líneas esta
puede ser la obra de las obras de
Douglas Arguelles, el pedazo más grande
y funcional de su insistencia en llegar
a la hondura. Al cuarto se entra por una
puerta y se cae de pronto a un estado de
suspensión sostenida, uno camina al
tiempo que ingrávido y libre se ausenta
del mundo, pero dominado por una
búsqueda que no se abandona. El más raro
encanto de un encierro que se abre tan
solo con evidencias claves y
meditaciones interiores y silenciosas.
Casi nadie habla dentro del cuarto, hay
un prohibitivo espejismo al comentario
ligero y una falsa exigencia a un
silencio que se siente al mismo tiempo
que se escucha un decir constante por
todos lados y en cada rincón. Y sobre
todo nada ni nadie son ingenuos en su
hábitat, ni el martillo, ni el color, ni
cualquier otra presencia. No pueden
serlo porque la atmósfera de esta
habitación insita a asumir toda la
astucia y la duda que llevemos adentro
para disfrutarla y comprenderla en su
más agudo placer: el descubrimiento ante
la vida. |