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Cierto día, encontrándome en “La Gaveta”
del compadre Bladimir Zamora, cuando ya
le habíamos dado sepulcro a una botella
de aguardiente Santero, y teníamos
mediada otra de Vacilón; recibimos la
intempestiva y siempre grata visita del
trovador Michel Portela, que venía
acompañado por tres muchachas catalanas
absolutamente hambrientas. Ahí como es
de suponer se formó la fiesta, guitarra
en mano y a comprar más alcohol. Ya al
cabo de algunos copetines, como buen
anfitrión, el Blado metió mano por el
frigidaire y sacó kilo y medio de unos
riñoncitos de cerdo que guardaba para
ocasiones especiales. Agarró la olla a
presión y le atizó los riñones troceados
en dados gruesos, un poco de aceite de
oliva, abundante cebolla morada, un
cuarto de botella de vino tinto, y,
ahora es donde el hombre se crece. Con
la más absoluta licencia
poético-culinaria, le espantó un
puñadito de romero, otro de estragón y
un toque de tomillo. Picó luego unas
papas a la jardinera gruesa, se las
incorporó y tapando el equipo entonó un
corito muy pegajoso que rezaba así:
Ahora tú veras como se baila el son
Ahora, tú veras…
Y nada, que al cabo de treinta minutos
estábamos todos chupándonos los dedos y
hasta los codos, acompañando aquellos
riñones estofados con pan suave, salsa
tabasco y lo que quedó de la botellita
de vino tinto. |