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Volver a Occidente en Venezuela, a
Guanare, a su festival de teatro, esta
vez del 9 al 18 de noviembre, es siempre
fiesta de reencuentro y nueva
posibilidad de aprendizaje. Al llegar a
su vigésimoquinta edición, el evento
reafirma su espacio como encrucijada
donde se toma el pulso al teatro
venezolano, para mí la mayor de sus
importancias, al tiempo que nos ofrece
muestras de distintas escenas de nuestro
continente y del mundo, las que
comentaremos en una próxima nota.
Para cuando el encuentro concluya se
impondrá evaluar los alcances de esta
convocatoria y, en general, de los
caminos que se abren ante el festival
después de su primer cuarto de siglo. En
lo que ese momento llega, detengámonos
en la serie de espectáculos venezolanos
que comenzamos a observar desde nuestras
sillas o butacas.
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Sueño de golpe,
de Río Teatro Caribe, continúa y amplía,
nunca de manera mecánica, la línea de
experimentación abierta con Sueño
pelele, el solo de la intérprete
Talía Falconi dirigida por Francisco
Denis. Ahora el impacto visual y físico
crece con más actores en el escenario y
su capacidad de enriquecer relaciones,
imágenes, en tanto abundan los momentos
hermosos entre la condición animal y
violenta de los humanos a ras de suelo y
los sueños de esos mismos hombres y
mujeres que se levantan en el aire. Lo
cifran gracias a cuerdas, pesos y
contrapesos que, como en el circo,
atraen la mirada de espectadores, pero
no sólo para el ejercicio virtuoso sino
por el intrincado hilo conceptual de la
puesta en escena, acaecida en el espacio
escénico creado en medio de una cancha
de baloncesto, como parte de los
declarados propósitos de esta edición
del evento de seguir atrayendo públicos
masivos y no entrenados a la vida
cultural. Por cierto que cada año
aprecio, si bien de manera empírica de
mi parte, un mayor respeto y
satisfacción en el público de esta
ciudad, ganado y educado por el Festival
de Teatro de Occidente, para con
propuestas estéticas disímiles.
Ante Sueño de golpe ese público,
cada uno de los espectadores que lo
conforman, no tiene una opción de
lectura fácil, es obligado a hallar más
que los ríos secretos del argumento, las
referencias que le permitan un
entendimiento de ese “estado del mundo”
refractado por la tropa de Francisco
Denis en el silencio de los inexistentes
textos y en la sonoridad de los cuerpos
acompañados por una potente partitura
musical.
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Con Cien pares de ojos, La
Bacante, de la mano de su directora
Diana Peñalver como dramaturga y
directora, propone una revisión del
relato de Marguerite Yourcenar
“Clitemnestra o el crimen” junto a
textos de Yorgos Seferis. Un entorno
sumamente profesional en cuanto al
lenguaje de los objetos, el movimiento
escénico, el uso de máscaras parlantes,
el vestuario y el trabajo actoral
destaca en el montaje que, asimismo,
insiste en una “musicalización” o
ambientación sonora generada desde los
propios actores. Restaría encontrar
mejores balances internos que permitan
una “respiración” general más pausada,
mejor integrada entre zonas débiles y
fuertes, tanto en la escritura sobre el
escenario como hacia dentro de las
actuaciones. Ello permitiría a la puesta
una riqueza de tonos y melodías
correspondientes con los interpretados
por los actores y tal vez una mayor
eficacia para evidenciar sus
significados en cuanto a las ideas que
pretende movilizar entre los polos de la
universalidad y lo local.
Ningún espacio mejor para agradecer los
múltiples desdoblamientos de los
integrantes de la Compañía Regional de
Teatro de Portuguesa que El círculo
de tiza caucasiano, el espectáculo
de Alberto Ravara sobre el clásico de
Bertolt Brecht. Porque sobre el
escenario los actores, que a su vez son
alma y vigas del Festival de Teatro de
Occidente, se entregan con toda la
pasión y la energía habituales en ellos
para las diversas y exigentes tareas
organizativas del evento.
Ravara pone en juego sus principios
ideológicos activos a través de un
tejido artístico que tiene como base
inmejorable para tal menester la poética
de Brecht. Del autor alemán deja en el
aire el afán de comprensión sobre los
procesos humanos en circunstancias
sociales concretas. Tal vez difumina un
tanto el carácter procesual de esta
historia específica, pero concretiza
otra dimensión del mismo al colocar los
hechos en la dimensión cultural del
llano, de lo local portugueseño como
signo peculiar de lo venezolano.
La apuesta provoca en el público una
verdadera anagnórisis al reconocerse, de
manera particular y masiva a un mismo
tiempo, como parte de esa historia. Un
conjunto de espectadores que, además,
aplaude a sus artistas por todo el papel
que han desempeñado y juegan en el
sostenimiento de este festival, esfuerzo
que ha ganado el centro de la vida
cultural de la ciudad.
Con un elenco de jóvenes que no habían
nacido cuando se estrenó en 1971 Tu
país está feliz, Rajatabla retoma la
puesta original de Carlos Giménez sobre
el poemario de Antonio Miranda y la
música de Xulio Formoso, ahora de la
mano de José Domínguez Bueno.
Aunque ninguna reposición teatral será
copia exacta, y ni siquiera fiel, del
original, agradezco por dos razones
esta así sea aproximación al
espectáculo inicial. Porque Tu país
está feliz me cosifica una poética
tan representativa del quehacer escénico
latinoamericano y porque me muestra un
punto de partida insoslayable del teatro
venezolano, ya inscrito en los estudios
teatrales.
De una época fundacional para el
movimiento del teatro de este
continente, que todavía es pasado vivo y
en diálogo con el presente, me trae las
resonancias de un teatro político de
entonces con menor distancia entre arte
y sociedad, la denuncia descamisada y
el reclamo rebelde de libertad y
conciencia, la sobreabundancia de lo
coral sobre lo individual, de lo público
sobre lo privado. Asimismo me retrotrae
a los heréticos lenguajes de
reivindicación del papel del actor como
amo y señor del escenario, de su cuerpo
desnudo, de lo modular como base de la
escenografía, en perfecta coherencia y
concomitancia de la desintegración del
objeto con la des-individualización del
personaje. Viajo al conocimiento de esa
década de los setenta con Yuyachkani en
Perú, La Candelaria en Colombia,
Escambray y el Cabildo Teatral Santiago
en Cuba, Ictus en Chile, entre otros
grandes grupos inscritos en los libros y
la memoria.
Agradezco también la denodada entrega de
jóvenes actores y actrices, sostenedores
con su acto de dación de la energía del
montaje y la atención de un público,
también sobre todo juvenil, que
encuentra en formas y afirmaciones
vívidas conexiones con su sentir.
Sin embargo, estos aciertos no evitan, a
mi modo de ver, una contradicción
flagrante, de significados y lenguajes,
entre esa visión pasada de un país y la
bullente Venezuela que palpamos. Lo
dicho por los actores, y la puesta en
general, pierde validez cuando nos mueve
a (son)risa con sus afirmaciones,
felicidades o dolores en franco
conflicto con las realidades presentes.
No se trata de una mirada política,
aunque la incluye como parte de la
estructura social, sino de una
pertinencia humana. Me pregunté por qué
ese elenco no fue puesto en la situación
de emitir su propio discurso hoy, desde
la perspectiva de sus actuales
comportamientos sociales y culturales,
pero ello escapa a la valoración de
Tu país está feliz tal cual la vi.
Es sólo una pregunta que no puedo dejar
de explicitar.
Cierto es que clásicos de todos los
tiempos (con la sabiduría de verlos en
línea descendente, como nos enseñó
Borges), cuando salen del libro al
espacio escénico pueden hablar por
siempre a espectadores de épocas
distintas y lugares distantes entre sí,
pero sólo la conseguida actualización de
sus textos (para la cual no existe
ninguna fórmula preestablecida) permite
hablar de su inmortal vigencia, siempre
renovada. Es en la caligrafía sobre las
tablas que su eternidad se rehace y
vibra telúrica para un espectador
concreto. |