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El tiburón y la sardina
es una exposición que opera desde la
parábola y el humor. Sus propuestas
entablan numerosas asociaciones
zoomórficas que trascienden la ontología
misma de lo animal para discursar sobre
una realidad más vasta y compleja, como
lo pueden ser determinadas problemáticas
psicosociales, antropológicas e incluso,
políticas que atañen al ser humano
contemporáneo en sentido general, y más
específicamente a los nativos de la
Ínsula. El título mismo establece una
relación intertextual —a modo quizá de
homenaje— con una publicación
humorística nacional de los años 60.
Asimismo, los nombres de las piezas
delatan un tono satírico que se apoya en
la ironía y el cinismo como estrategias
discursivas fundamentales. Tales son los
casos de “Trencito mexicano”,
“Garrapata”, “Polinización”,
“Ahorrative”, entre otros, en los que un
pronunciado sarcasmo salta a la vista.
En el caso específico de “Trencito
mexicano”, esta representa una gran masa
humana multiforme con apariencia de
ciempiés, lo que viene a simbolizar la
anulación de la voluntad individual y su
sustitución por las demandas de la
gestión colectiva, con la respectiva
dosis de despersonalización que ello
implica. Por su parte, “Polinización”
discursa sobre el eterno conflicto de la
emigración a escala macro, al tiempo que
recrea sutilmente algunos puntos
polémicos en torno a la problemática del
racismo en su sentido más amplio tanto
en la versión nacional, como foránea.
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Alas, 2007,
Litografía |
Hay una obra que considero paradigmática
dentro del conjunto, y es el díptico
“Alas”. En ella se observan dos caimanes
en posición frontal, de enfrentamiento
mutuo, cuyas bocas aparecen amordazadas,
inmovilizadas, mientras que en el
extremo izquierdo otros dos ejemplares
de la misma especie fornican vorazmente.
Los animales que ocupan el centro de la
composición se miran; sin embargo, no
les es dado ningún otro tipo de
intercambio, ni siquiera el de la pugna,
tan cara a su especie. Y en este sentido
la pieza deviene lúcida metáfora o
cartografía de nuestra condición
insular, toda vez que alcanza a
dimensionar muchas de las constantes
identitarias que nos configuran como
nación: la angustia ante la
imposibilidad del debate abierto y
desprejuiciado, del diálogo certero e
inteligente; el perpetuo dilema de la
pertenencia, del cuestionamiento por el
“qué somos” y “hacia dónde vamos”; el
extravío del sentido último de la
existencia; la preponderancia de un
erotismo mórbido, concupiscente,
impasible ante los múltiples avatares o
conflictos del ser social; y la
aspiración al vuelo en tanto espacio
utópico, garante de ventura. Es, en
síntesis, “el caimán” desafiándose a sí
mismo, impotente, torpe, haciendo
mutis infalible, condicionado por
una circunstancia que lo supera. Es
Narciso ante el estanque,
contemplándose…
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Banda sonora,
2007, Óleo sobre tela |
Estilísticamente hablando, las pinturas
y grabados de la exposición se inscriben
dentro de la vertiente del
neoexpresionismo, y en ellas sobresale
en primer lugar el tratamiento de la
gama cromática, asentada sobre la base
de fuertes antagonismos entre matices
primarios, entre cálidos y fríos, casi
siempre marcadamente intensos en la
escala de valores.
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Trencito
mexicano, 2007, Óleo sobre
lienzo |
Resulta interesante también la relación
que se origina, desde el punto de vista
museográfico, entre la iconografía de
los cuadros y la estructura externa del
espacio galerístico de la Servando,
cuyos cristales y rejas exteriores
semejan el límite de un recinto
zoológico cualquiera, lo cual es muy
coherente con el espíritu general de
El tiburón y la sardina. Buena
elección, pues, la realizada por el
artista al concebir la muestra en dicho
espacio, del que supo explotar al máximo
sus diversas potencialidades semióticas.
Un buen paso para el tiburón, sin duda,
habría que reparar en la suerte de la
sardina…
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Garrapata,
2007, Óleo sobre lienzo |
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