Año VI
La Habana

24 al 30 de NOVIEMBRE
de 2007

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Homo sapiens: ¿homo que emigra?

Rafael de Águila • La Habana

 

La golondrina del Ártico tiene a sus crías en el polo norte y emigra al polo sur para pasar allí el invierno. En el reino animal resulta muy común que especies enteras, por millones, por cientos de millones quizá, se lancen de un espacio a otro en busca de nuevos aires, de refugio ante el crudo invierno o del sitio ideal para procrear. Los animales, a salvo de la estupidez humana, no han cometido la infeliz torpeza de parcelar el planeta. El homo sapiens, último escalón de la escala biológica, se movió desde los inicios de la historia de un sitio a otro. Los etnólogos sostienen que, surgido en África, se movió desde allí al resto del mundo. Por entonces aún no había cometido la torpeza de parcelar el planeta. Ni sobre el papel ni sobre la tierra. Hoy el homo sapiens es la única especie que se vanagloria de su libertad y al instante la menos libre del globo. La única que debe respetar leyes migratorias, la única sobre la que pende, como una espada de Damocles, la policía de migración. Las aves, las ballenas o las mariposas se mueven sin necesidad de visas o pasaportes, los humanos, diseñadores de las más modernas tecnologías para desplazarse, se han llenado de normas que lastran esos desplazamientos. 

Al movimiento de los seres humanos sobre la superficie terrestre se le conoce con el nombre de migración, fenómeno ese tan añejo como añeja es la historia. El hombre cambió de sitio casi desde el instante mismo en que comenzó a ser hombre. Desde la protohistoria puede seguirse el derrotero de la migración. La via crucis toda de la humanidad está marcada por esos movimientos humanos. Todos somos emigrantes porque nuestros antepasados lo fueron. Desde el Paleolítico inferior los humanos nos hemos movido de un sitio a otro por razones muy diversas. Las causas de estos movimientos se han ajustado a los matices del “aquí y el ahora” vividos por la especie humana. Nunca antes, sin embargo, la migración había resultado tan llevada y tan traída, tan citada y tan vapuleada, tan perseguida y tan citada como hoy día.  

Desde la antigüedad clásica, desde las polis griegas o la mismísima Roma (para muchos, idealizados iconos de perfección) pueden constatarse flujos migratorios; las campañas de Alejandro Magno llevaron a lejanos territorios a muchos griegos que se asentaron en territorio persa y allí quedaron; algo similar tuvo lugar en el marco de las guerras de conquista de Roma; no pocas veces el Imperio Romano alentó la migración como válvula de escape en función de disminuir las naturales tensiones derivadas del boom poblacional. Los hunos, los bárbaros que arrasaron Roma y las hordas de Genghis Khan escenificaron (y provocaron) otras grandes migraciones. Desde 1492, a partir del descubrimiento de América por los europeos, se produjo un muy fuerte movimiento en el que millones de seres atravesaron el océano en busca de nueva vida en los recién avistados territorios, los españoles arribaron a gran parte de América Latina; los portugueses a Brasil; los irlandeses e ingleses a Norteamérica; los franceses al Canadá y al Caribe insular, en menor medida lo hicieron los holandeses. Los ingleses se movieron también hacia Oceanía y Asia; Australia y la India, fundamentalmente, a Australia la convirtieron en un enorme presidio flotante. Franceses, holandeses, belgas, portugueses y alemanes lo hicieron hacia África, Asia y Oceanía, indistintamente. Nadie les exigió visado. 

El surgimiento de los Estados Nacionales estuvo conformado por un proceso de guerras, conquistas, anexiones y, no se dude, muy vastos desplazamientos humanos. En el siglo XV se obligó a millones de hebreos y musulmanes a abandonar España. Ya en el siglo XIX los países más poderosos comenzaron a luchar una vez más por repartirse el mundo, adueñarse de otros territorios, proceso en el que sus ciudadanos se desplazaron hacia esos sitios y en el que, a su vez, desplazaron de ellos no pocas veces a la población autóctona. Estas guerras de conquista y colonización no se contemplan habitualmente como migraciones. Lo fueron, sin embargo. Solo que esta vez no eran pobres y desarraigados los que emigraban, eran ricos y poderosos con el afán de mayor riqueza y mayor poder. Los humanos tienden a calificar de migraciones solo aquellos casos en que emigran los pobres. Los poderosos emigran, solo que lo hacen desde la fuerza de sus armas o de su riqueza, nunca para ser dominados ni despreciados, siempre para ser dominadores y despreciativos. El movimiento de esclavos negros, seres libres que tras ser apresados en África fueron traídos como bestias a América, fue indudablemente una migración. Forzosa, desde luego, brutal, sin duda, pero migración. Veinte millones de seres la sufrieron. Millones de chinos se radicaron en el siglo XIX y XX en América Latina, EE.UU. y otras naciones.   

Europa empleó no pocas veces en su historia el viejo concepto del Imperio Romano; la migración como válvula de escape, terapia de turno a la que echar mano ante tensiones sociales, económicas y demográficas. Resulta muy común hoy que los países que un día atizaron la migración como instrumento de colonización y dominio se protejan y se espanten ante la migración de los un día colonizados y dominados. Los que emigraron para enriquecerse, una vez ricos, desatan hoy toda una alharaca porque los empobrecidos… “emigran”. Ni aztecas ni incas ni mayas alcanzaron a establecer severas leyes migratorias ante la llegada de los europeos. Se dice que el Primer Mundo se espanta ante la posibilidad de que el flujo desde el Sur incivilizado constituya fuente de enfermedades. Tiene Europa vasta experiencia al respecto: al penetrar en nuestros pueblos en 1492 introdujeron la sífilis.    

Se habla hoy en demasía del flujo desde el Sur subdesarrollado hacia el Norte Rico. No siempre fue así, sin embargo. Durante mucho tiempo la main stream resultó a la inversa. Se cree que tan solo en el período que media desde la segunda mitad del siglo XIX hasta el inicio de la primera guerra mundial unos 10 millones de europeos se movieron hacia ultramar. 60 millones de europeos emigraron entre 1820 y 1913. Entre 1815 y 1930 unos 32 millones de europeos emigraron hacia EE.UU., ello tuvo lugar especialmente entre 1880 y 1913. La crisis que tuvo lugar entre 1920 y 1933 desaceleró el proceso. Entre los años 1800 y 1930, época que fue escenario de la industrialización europea, el excedente de población devino gran ola de migración hacia América y Australia.

La Segunda Guerra Mundial se encargaría de hacer palidecer todas las cifras y récord migratorios. Millones de seres huyeron del terror nazi. Millones no tuvieron esa suerte y fueron obligados a “emigrar” por los nazis al reino de los muertos. Al concluir la Segunda Guerra Mundial muchos países de Europa Central y Occidental presentaban una fuerte demanda de mano de obra y ello alentó cierto flujo humano. Millones de hebreos, aterrados ante la experiencia sufrida, se lanzaron al Oriente Medio en busca de la tierra prometida, al surgir el estado de Israel esto se acrecienta, las guerras sucesivas en esa zona empujaron a más de un millón de palestinos fuera de sus territorios. Hasta hoy viven en meros campos de refugiados, hacinados, muchas veces bombardeados, asesinados en múltiples razzias. El surgimiento del estado de Pakistán llevó a 5.4 millones de hindúes a emigrar hacia el este mientras 6.6 millones de musulmanes se movieron hacia el oeste, esa ha resultado la migración más nutrida del siglo XX y quizá de la historia.  

Ya en la segunda mitad del siglo pasado, millones de seres humanos se movieron en un sentido u otro en virtud del llamado proceso de descolonización, hecho que incidió con particular fuerza en África. Las guerras y masacres no han dejado en paz a ese continente; dos millones de rwandeses huyeron de ese país en 1994. El colapso de la Unión Soviética y del llamado “socialismo real” incentivó, posterior a 1990, el proceso migratorio desde Europa oriental. Antes, durante el conflicto que inmovilizó por años a las tropas soviéticas en Afganistán, cinco millones de afganos huyeron de ese país.

En lo que respecta a las migraciones acaecidas en el siglo XX pueden citarse dos grandes tendencias: el flujo se mueve, incontenible, desde naciones pobres hacia naciones ricas (Norte / Sur) mientras, en el interior de las propias naciones, es marcada la avalancha desde las regiones rurales hacia las grandes concentraciones urbanas.1 No pocas ciudades del mundo exhiben una periferia serpenteada por la miseria de este éxodo.  

La cultura es un factor de primer orden al momento de decidir el país al que se emigra. La religión, el idioma, las tradiciones, las costumbres, el modo de vida, resultan determinantes. Algo que debe ser destacado lo constituye la edad promedio y el sexo del emigrante; por lo general, se trata de hombres, jóvenes entre los 20 y 30 años. Las causas de las migraciones pueden dividirse en humanas (sociales, políticas, económicas, culturales, religiosas, a saber: guerras, masacres, tiranías, hambrunas, crisis, persecuciones políticas) y naturales (terremotos, volcanes, catástrofes ecológicas, climatológicas, epidemias). La denominación de naturales no es exacta; si bien estas catástrofes resultan ajenas a la voluntad del hombre la responsabilidad de este en cuanto a la posibilidad de minimizarlas y enfrentarlas con éxito no puede ser obviada. El flujo de refugiados no pocas veces puede poner en serias dificultades a las naciones que lo reciben a partir de la necesidad (y no pocas veces la imposibilidad real) de establecer condiciones de vida aceptables para miles o millones de seres en estampida.2  

Las migraciones contemporáneas hunden sus raíces en los muy graves problemas que estremecen hoy a la humanidad; el primero de ellos: las enormes diferencias económicas, demográficas, culturales, laborales, sociales y políticas que dividen al mundo en dos mitades; de un lado los desposeídos (que son mayoría) y los que poseen (que desde la Atenas de Solón y Pericles no han dejado de militar en una exigua minoría). A ello debe sumarse el satánico efecto de guerras, masacres étnicas, hambrunas atroces, tiranías despreciativas del más elemental derecho a la vida o a la dignidad humana, catástrofes climatológicas, terremotos, epidemias. Son millones los que se han desplazado en busca de asilo o refugio. No pueden descartarse elementos menos tremendistas, como la reagrupación familiar, la migración en función de estudios o la búsqueda de un trabajo más remunerado off shore.

El Primer Mundo demanda fuerza laboral en función de satisfacer necesidades de empleo en sectores que la población nativa rechaza (agricultura, trabajo doméstico, construcción, gastronomía, recogida de desechos). Algunos hoy señalan el descenso de esta tendencia en los últimos años. Las migraciones no tienen lugar solo a partir de los elementos coadyuvantes de huida presentes en las naciones emisoras, sino también (y esto muy comúnmente se olvida) a partir de la acción de elementos demandantes o de seducción3 ubicados en las naciones receptoras. No pocas veces en los países receptores las políticas resultan contradictorias; a pesar de la demanda de fuerza laboral en función de cubrir las labores que la población autóctona rechaza los controles migratorios se hacen cada vez más draconianos, crece la xenofobia y los derechos humanos de los emigrados son frecuentemente ignorados. Resulta denominador común que las condiciones de vida del emigrante sean precarias, que se les considere ciudadanos de segunda. Esto último se traduce en la explotación más desmedida, largos jornales o salarios inferiores a los que devengaría un ciudadano autóctono. No pocas mujeres abandonan sus países de origen para ejercer la prostitución en calles que les son ajenas pero sin lugar a dudas mucho más lucrativas. Muchas viajan engañadas; no hay que obviar el triste negocio del proxenetismo internacional.     

La migración tiene un impacto humano considerable para el que emigra; se trata de seres que dejan detrás familias, costumbres, cultura, amigos, la patria que los vio nacer. La tragedia alcanza caracteres dramáticos en el caso de aquellos que arriesgan (y no pocas veces pierden) la vida al cruzar las fronteras. Ello ha hecho proliferar el flamante y vil negocio del tráfico de personas en el mundo. 

El planeta, entre sus vastos y profundos estremecimientos, se estremece hoy ante la gran tragedia que supone la existencia de millones de indocumentados. En el indocumentado se concentra la marginación, la explotación y la exclusión social. Estos millones de seres en cualquier sitio del mundo sufren de precarias condiciones (laborales, de vivienda, de educación, de salud, de respeto a los derechos humanos). Difícilmente en el mundo moderno, mundo en el que desde la legalidad se infiere la existencia misma de la persona, los derechos elementales puedan ser asegurados y respetados para aquellos que precisamente se ubican en el margen exterior de esa legalidad. En la práctica tales seres no existen. Son literalmente invisibles. La ley existe mas no para ellos. 

La Declaración Universal de los Derechos Humanos reconoce el derecho de toda persona a inmigrar, a salir del país, a radicarse en otro. Como muchos de los postulados recogidos en ese documento este no pasa de ser letra muerta; existe una enorme contradicción entre la letra y el espíritu de la Declaración Universal y la letra y el espíritu de las legislaciones nacionales. El Primer Mundo, que se ufana de defensor de estos derechos, se escuda detrás de esas contradicciones. 

El Tratado de Maastricht y el surgimiento de la Unión Europea representaron un cambio en la política migratoria de las naciones europeas, cambio que se tradujo en un fortalecimiento de los controles migratorios aplicables a personas naturales no europeas procedentes de países no signatarios. A su vez en la civilizada y vieja Europa ha surgido un muy peligroso movimiento xenófobo y racista que atiza el odio hacia los emigrantes. 

La tesis de “aldea global” es contradictoria. Si bien las mercancías y los capitales se mueven cada vez con mayor celeridad y menores restricciones, los movimientos humanos (especialmente los de Norte a Sur) están sujetos a muy fuertes limitaciones. El mundo es hoy más pequeño que nunca si se tiene en cuenta cuánto la tecnología ha reducido las otrora enormes distancias. Del clásico correo postal a la telegrafía, a la telefonía, al fax, al mail, a Internet, a la TV por cable, al teléfono o TV satelital. El planeta, según Mc Luhan, ha devenido mera aldea. Las líneas aéreas conectan hoy todo el mundo con una eficiencia sin precedentes. A su vez son mayores las inversiones y asentamientos de transnacionales y empresas del Primer Mundo en naciones del Tercero. Un nuevo reparto del mundo. Nada de qué extrañarse; ya el hecho había sido vaticinado por Marx y Lenin. El capital y la explotación también emigran. El tercer milenio nos sorprende en un mundo en el cual, a partir de una muy vasta red, es posible viajar u obtener información con mayor celeridad que nunca antes. Para millones de seres humanos, sin embargo, esto solo sucede en teoría. Millones de seres humanos no conocen otro medio de locomoción que sus maltrechos pies descalzos u otro medio de información que la triste palabra de algún vecino.

La globalización impulsó nuevos y grandes procesos migratorios. Este puede dividirse en tres campos: ejecutivos, especialistas y empresarios se movieron desde y hacia las regiones más disímiles del mundo. Comenzó a reportarse cada vez con mayor fuerza el fenómeno conocido como “fuga de cerebros”; intelectuales, artistas, deportistas, ingenieros, profesionales de alta calificación, la población más exitosa y apta de los países subdesarrollados, fluye en proporción mayor que nunca antes en busca de superiores oportunidades hacia las naciones más desarrolladas. No pocas veces se les seduce con hipnóticos cantos de sirena. Por último, se acrecentó el movimiento de fuerza de trabajo no calificada desde los países pobres hacia los países de mayor desarrollo. En los dos primeros casos las barreras son nulas o casi inexistentes; en el tercero, el más nutrido, las trabas son múltiples, los muros sofisticados, los procedimientos engorrosos y la policía de migración hiperactiva.4

El modus vivendi es hoy menos sedentario que nunca, de trashumante a sedentario fue quizá el derrotero de los humanos hasta el siglo XIX; hoy, sin embargo, el hombre parece seguir una tendencia cada vez menos sedentaria, cada vez más dinámica, tendencia que puede devolverlo a la condición de trashumante. Del homo sapiens que viajaba a pie o a caballo armado de un palo al homo sapiens que viaja en un rápido y cómodo jet armado de un ordenador en miniatura. Si el globo se nos ha hecho aldea es lógico que el aldeano se desplace por ella.    

Indudablemente las migraciones contemplan consecuencias (positivas y negativas) tanto para el país que se abandona, como para el país al que se arriba.5 Consecuencias económicas, políticas, culturales, laborales, sociales, religiosas. Muchos países del Tercer Mundo reciben hoy una considerable corriente de divisas que emana directamente del envío de emigrantes (legales o ilegales) que laboran en naciones más desarrolladas, envíos destinados a las familias que han quedado en los países de origen. No pocas veces estas remesas constituyen un tanque de oxígeno de primer orden para las economías y las finanzas internas de las naciones que las reciben. 

Hace apenas una década la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) calculaba en unos 100 millones las personas que no vivían en sus países de origen; unos 30 millones resultaban emigrantes legales en función de trabajo, la cifra de los indocumentados era fijada entonces entre los 20 y 40 millones de seres. ¿Cuánto habrán crecido hoy esas cifras? La mitad de las naciones del mundo tomaban parte entonces de manera activa en ese proceso (43 países de recepción, 32 países de emisión y 23 en la doble condición). Hoy todas estas cifras deben haberse multiplicado, algunas de manera dramática. 

La xenofobia llega hoy a extremos alarmantes. Un joven brasileño puede ser baleado en Londres dado el sospechoso color de la piel; una chica ecuatoriana, de apenas 15 años, puede ser salvajemente pateada por un viajante de metro, como acaba de suceder hace apenas unos días en Madrid. Este es hoy uno de los graves problemas del mundo moderno. Una de las grandes contradicciones de la “aldea global”; los “aldeanos” se tornan agresivos entre sí.  

Nunca el ansia de migración había resultado tan marcada, las causas y condiciones de estos movimientos tan agobiantes, los controles migratorios tan severos y la supuesta libertad tan celebrada. 

¿Cuáles son las perspectivas de este problema? La tendencia, a todas luces, se mueve hacia el incremento. Los problemas del mundo moderno, lejos de resolverse, parecen en muchos casos destinados a agravarse, la diferencia entre naciones ricas y pobres no disminuye y son muchos los expertos que vaticinan escenarios nada halagüeños. La migración parece destinada sin remedio a crecer. Los hombres tendrán que lidiar con ello en los próximos decenios. Desde el Sur continuará el flujo; al Norte todas las previsiones indican que se levantarán cada vez más muros y se exigirá cada vez mayores requisitos para conceder visas. La aldea global ni es tan aldea ni tan global. Mientras, en cualquier ciudad del mundo, un emigrante suspira, piensa en los suyos que están lejos, maldice para sus adentros y se afana en arrancar al entorno todo el caudal de esperanzas soñadas, aquellas por las que un día emigró. Arriba lo alumbra un sol extraño. El emigrante lo mira y mueve la cabeza. Eso acontece hoy a millones de humanos. Se trata de una enorme tragedia. La mitad del mundo, sin embargo, se encoge de hombros, mira Direct TV y el Dow Jones sigue subiendo.  

NOTAS: 

  1. En 1950 menos del 30% de los habitantes del mundo vivían en ciudades. En el año 2000, 2 900 millones de personas vivían en zonas urbanas, es decir, un 47% de la población mundial. Se prevé que, hacia 2030, vivirán en zonas urbanas 4 900 millones de personas, es decir, el 60% de la población mundial.
  2. En el año 2000 se estimaba en 22,3 millones las personas refugiadas o desplazadas. Al comenzar el decenio, en 1990, la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) estaba prestando asistencia a unos 15 millones de personas.
  3. Con relación a estos elementos de seducción el propio Consejo Europeo señala lo siguiente: “La mundialización cultural ha generado procesos de universalización y homogeneización cultural. El acceso al consumo occidental, los medios de comunicación y las redes informáticas abren ventanas que derivan hacia nuevas expectativas de una población que aspira a una vida mejor. En la construcción del imaginario sobre la vida en Occidente, las antenas parabólicas e Internet funcionan como reclamos publicitarios para miles de personas que desean formar parte de este progreso económico”.
  4. Las migraciones no fluyen únicamente hoy hacia los países del I Mundo. Un fuerte flujo tiene lugar hacia algunas de las naciones productoras de petróleo. Los Emiratos Árabes Unidos, por ejemplo, emplean un 80% de trabajadores emigrantes, Arabia Saudita un 34%.
  5. Las consecuencias positivas y negativas deben ser analizadas por separado para el caso de la nación emisora y la nación receptora. “Para la nación emisora” resulta “positivo” la posibilidad de aliviar posibles problemas de superpoblación; se logra mayor consenso político (los descontentos suelen constituir el mayor caudal de emigrantes); las remesas de dinero enviadas por los emigrantes oxigenan la economía; el descenso de la población laboralmente activa a partir de la migración puede hacer disminuir el desempleo. Puede ser “negativo” a partir del envejecimiento de la población (los que emigran suelen ser jóvenes sexualmente activos en edad reproductiva); la población no emigrante, al resultar de mayor edad, puede tornarse más conservadora; pérdidas en cuanto a lo invertido en la formación de la población emigrante (educación, salud); pérdidas de fuerza de trabajo (los emigrantes suelen ser las personas más productivas), “fuga de cerebros”, desestabilización de la familia. “Para la nación receptora” puede ser “positivo” dado el rejuvenecimiento de la población; aportes de mano de obra; en el caso de la “fuga de cerebros” arriban seres de alta calificación en cuya formación no se invirtió recursos; aumenta la diversidad cultural. Puede ser “negativo” a partir de la probable desestabilización de la pirámide de edad y sexo; mayor diversidad política, lingüística, religiosa, segregación, marginalidad; aumento de las necesidades de servicios médicos, educativos y de asistencia social; incremento de las importaciones de productos desde los países de procedencia de los inmigrantes; flujo de capitales que abandonan el país en forma de remesas y la posible aparición de la xenofobia.
 

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La Habana, Cuba. 2007.
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