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La golondrina del Ártico tiene a sus
crías en el polo norte y emigra al polo
sur para pasar allí el invierno. En el
reino animal resulta muy común que
especies enteras, por millones, por
cientos de millones quizá, se lancen de
un espacio a otro en busca de nuevos
aires, de refugio ante el crudo invierno
o del sitio ideal para procrear. Los
animales, a salvo de la estupidez
humana, no han cometido la infeliz
torpeza de parcelar el planeta. El
homo sapiens, último escalón de la
escala biológica, se movió desde los
inicios de la historia de un sitio a
otro. Los etnólogos sostienen que,
surgido en África, se movió desde allí
al resto del mundo. Por entonces aún no
había cometido la torpeza de parcelar el
planeta. Ni sobre el papel ni sobre la
tierra. Hoy el homo sapiens es
la única especie que se vanagloria
de su libertad y al instante la menos
libre del globo. La única que debe
respetar leyes migratorias, la única
sobre la que pende, como una espada de
Damocles, la policía de migración. Las
aves, las ballenas o las mariposas se
mueven sin necesidad de visas o
pasaportes, los humanos, diseñadores de
las más modernas tecnologías para
desplazarse, se han llenado de normas
que lastran esos desplazamientos.
Al
movimiento de los seres humanos sobre la
superficie terrestre se le conoce con el
nombre de migración,
fenómeno ese tan añejo como añeja es la
historia.
El hombre cambió de sitio casi desde el
instante mismo en que comenzó a ser
hombre. Desde la protohistoria puede
seguirse el derrotero de la migración.
La via crucis toda de la
humanidad está marcada por esos
movimientos humanos. Todos somos
emigrantes porque nuestros antepasados
lo fueron. Desde el Paleolítico inferior
los humanos nos hemos movido de un sitio
a otro por razones muy diversas. Las
causas de estos movimientos se han
ajustado a los matices del “aquí y el
ahora” vividos por la especie humana.
Nunca antes, sin embargo, la migración
había resultado tan llevada y tan
traída, tan citada y tan vapuleada, tan
perseguida y tan citada como hoy día.
Desde la antigüedad clásica, desde las
polis griegas o la mismísima Roma
(para muchos, idealizados iconos de
perfección) pueden constatarse flujos
migratorios; las campañas de Alejandro
Magno llevaron a lejanos territorios a
muchos griegos que se asentaron en
territorio persa y allí quedaron; algo
similar tuvo lugar en el marco de las
guerras de conquista de Roma; no pocas
veces el Imperio Romano alentó la
migración como válvula de escape en
función de disminuir las naturales
tensiones derivadas del boom
poblacional. Los hunos, los bárbaros que
arrasaron Roma y las hordas de Genghis
Khan escenificaron (y provocaron) otras
grandes migraciones. Desde 1492, a
partir del descubrimiento de América por
los europeos, se produjo un muy fuerte
movimiento en el que millones de seres
atravesaron el océano en busca de nueva
vida en los recién avistados
territorios, los españoles arribaron a
gran parte de América Latina; los
portugueses a Brasil; los irlandeses e
ingleses a Norteamérica; los franceses
al Canadá y al Caribe insular, en menor
medida lo hicieron los holandeses. Los
ingleses se movieron también hacia
Oceanía y Asia; Australia y la India,
fundamentalmente, a Australia la
convirtieron en un enorme presidio
flotante. Franceses, holandeses, belgas,
portugueses y alemanes lo hicieron hacia
África, Asia y Oceanía, indistintamente.
Nadie les exigió visado.
El surgimiento de los Estados Nacionales
estuvo conformado por un proceso de
guerras, conquistas, anexiones y, no se
dude, muy vastos desplazamientos
humanos. En el siglo XV se obligó a
millones de hebreos y musulmanes a
abandonar España. Ya en el siglo XIX los
países más poderosos comenzaron a luchar
una vez más por repartirse el mundo,
adueñarse de otros territorios, proceso
en el que sus ciudadanos se desplazaron
hacia esos sitios y en el que, a su vez,
desplazaron de ellos no pocas veces a la
población autóctona. Estas guerras de
conquista y colonización no se
contemplan habitualmente como
migraciones. Lo fueron, sin embargo.
Solo que esta vez no eran pobres y
desarraigados los que emigraban, eran
ricos y poderosos con el afán de mayor
riqueza y mayor poder. Los humanos
tienden a calificar de migraciones solo
aquellos casos en que emigran los
pobres. Los poderosos emigran, solo que
lo hacen desde la fuerza de sus armas o
de su riqueza, nunca para ser dominados
ni despreciados, siempre para ser
dominadores y despreciativos. El
movimiento de esclavos negros, seres
libres que tras ser apresados en África
fueron traídos como bestias a América,
fue indudablemente una migración.
Forzosa, desde luego, brutal, sin duda,
pero migración. Veinte millones de seres
la sufrieron. Millones de chinos se
radicaron en el siglo XIX y XX en
América Latina, EE.UU. y otras naciones.
Europa empleó no pocas veces en su
historia el viejo concepto del Imperio
Romano; la migración como válvula de
escape, terapia de turno a la que echar
mano ante tensiones sociales, económicas
y demográficas. Resulta muy común hoy
que los países que un día atizaron la
migración como instrumento de
colonización y dominio se protejan y se
espanten ante la migración de los un día
colonizados y dominados. Los que
emigraron para enriquecerse, una vez
ricos, desatan hoy toda una alharaca
porque los empobrecidos… “emigran”. Ni
aztecas ni incas ni mayas alcanzaron a
establecer severas leyes migratorias
ante la llegada de los europeos. Se dice
que el Primer Mundo se espanta ante la
posibilidad de que el flujo desde el Sur
incivilizado constituya fuente de
enfermedades. Tiene Europa vasta
experiencia al respecto: al penetrar en
nuestros pueblos en 1492 introdujeron la
sífilis.
Se habla hoy en demasía del flujo desde
el Sur subdesarrollado hacia el Norte
Rico. No siempre fue así, sin embargo.
Durante mucho tiempo la main stream
resultó a la inversa. Se cree que
tan solo en el período que media desde
la segunda mitad del siglo XIX hasta el
inicio de la primera guerra mundial unos
10 millones de europeos se movieron
hacia ultramar.
60 millones de europeos emigraron entre
1820 y 1913. Entre 1815 y 1930 unos 32
millones de europeos emigraron hacia
EE.UU., ello tuvo lugar especialmente
entre 1880 y 1913. La crisis que tuvo
lugar entre 1920 y 1933 desaceleró el
proceso. Entre los años 1800 y 1930,
época que fue escenario de la
industrialización europea,
el excedente de población devino gran
ola de migración hacia América y
Australia.
La Segunda Guerra Mundial se encargaría
de hacer palidecer todas las cifras y
récord migratorios. Millones de seres
huyeron del terror nazi. Millones no
tuvieron esa suerte y fueron obligados a
“emigrar” por los nazis al reino de los
muertos. Al concluir la Segunda Guerra
Mundial muchos países de Europa Central
y Occidental presentaban una fuerte
demanda de mano de obra y ello alentó
cierto flujo humano. Millones de
hebreos, aterrados ante la experiencia
sufrida, se lanzaron al Oriente Medio en
busca de la tierra prometida, al surgir
el estado de Israel esto se acrecienta,
las guerras sucesivas en esa zona
empujaron a más de un millón de
palestinos fuera de sus territorios.
Hasta hoy viven en meros campos de
refugiados, hacinados, muchas veces
bombardeados, asesinados en múltiples
razzias. El surgimiento del estado
de Pakistán llevó a 5.4 millones de
hindúes a emigrar hacia el este mientras
6.6 millones de musulmanes se movieron
hacia el oeste, esa ha resultado la
migración más nutrida del siglo XX y
quizá de la historia.
Ya en la segunda mitad del siglo pasado,
millones de seres humanos se movieron en
un sentido u otro en virtud del llamado
proceso de descolonización, hecho que
incidió con particular fuerza en África.
Las guerras y masacres no han dejado en
paz a ese continente; dos millones de
rwandeses huyeron de ese país en 1994. El
colapso de la
Unión Soviética y del
llamado “socialismo real” incentivó,
posterior a 1990, el proceso migratorio
desde Europa oriental. Antes, durante el
conflicto que inmovilizó por años a las
tropas soviéticas en Afganistán, cinco
millones de afganos huyeron de ese país.
En lo que respecta a las migraciones
acaecidas en el siglo XX pueden citarse
dos grandes tendencias: el flujo se
mueve, incontenible, desde naciones
pobres hacia naciones ricas (Norte /
Sur) mientras, en el interior de las
propias naciones, es marcada la
avalancha desde las regiones rurales
hacia las grandes concentraciones
urbanas.1 No pocas ciudades
del mundo exhiben una periferia
serpenteada por la miseria de este
éxodo.
La cultura es un factor de primer orden
al momento de decidir el país al que se
emigra. La religión, el idioma, las
tradiciones, las costumbres, el modo de
vida, resultan determinantes. Algo que
debe ser destacado lo constituye la edad
promedio y el sexo del emigrante; por lo
general, se trata de hombres, jóvenes
entre los 20 y 30 años.
Las causas de las migraciones pueden
dividirse en humanas (sociales,
políticas, económicas, culturales,
religiosas, a saber: guerras, masacres,
tiranías, hambrunas, crisis,
persecuciones políticas) y naturales
(terremotos, volcanes, catástrofes
ecológicas, climatológicas, epidemias).
La denominación de naturales no es
exacta; si bien estas catástrofes
resultan ajenas a la voluntad del hombre
la responsabilidad de este en cuanto a
la posibilidad de minimizarlas y
enfrentarlas con éxito no puede ser
obviada. El flujo de refugiados no pocas
veces puede poner en serias dificultades
a las naciones que lo reciben a partir
de la necesidad (y no pocas veces la
imposibilidad real) de establecer
condiciones de vida aceptables para
miles o millones de seres en estampida.2
Las migraciones contemporáneas hunden
sus raíces en los muy graves problemas
que estremecen hoy a la humanidad; el
primero de ellos: las enormes
diferencias económicas, demográficas,
culturales, laborales, sociales y
políticas que dividen al mundo en dos
mitades; de un lado los desposeídos (que
son mayoría) y los que poseen (que desde
la Atenas de Solón y Pericles no han
dejado de militar en una exigua
minoría). A ello debe sumarse el
satánico efecto de guerras, masacres
étnicas, hambrunas atroces, tiranías
despreciativas del más elemental derecho
a la vida o a la dignidad humana,
catástrofes climatológicas, terremotos,
epidemias. Son millones los que se han
desplazado en busca de asilo o refugio.
No pueden descartarse elementos menos
tremendistas, como la reagrupación
familiar, la migración en función de
estudios o la búsqueda de un trabajo más
remunerado off shore.
El Primer Mundo demanda fuerza laboral
en función de satisfacer necesidades de
empleo en sectores que la población
nativa rechaza (agricultura, trabajo
doméstico, construcción, gastronomía,
recogida de desechos). Algunos hoy
señalan el descenso de esta tendencia en
los últimos años. Las migraciones no
tienen lugar solo a partir de los
elementos coadyuvantes de huida
presentes en las naciones emisoras, sino
también (y esto muy comúnmente se
olvida) a partir de la acción de
elementos demandantes o de seducción3
ubicados en las naciones receptoras. No
pocas veces en los países receptores las
políticas resultan contradictorias; a
pesar de la demanda de fuerza laboral en
función de cubrir las labores que la
población autóctona rechaza los
controles migratorios se hacen cada vez
más draconianos, crece la xenofobia y
los derechos humanos de los emigrados
son frecuentemente ignorados. Resulta
denominador común que las condiciones de
vida del emigrante sean precarias, que
se les considere ciudadanos de segunda.
Esto último se traduce en la explotación
más desmedida, largos jornales o
salarios inferiores a los que devengaría
un ciudadano autóctono. No pocas mujeres
abandonan sus países de origen para
ejercer la prostitución en calles que
les son ajenas pero sin lugar a dudas
mucho más lucrativas. Muchas viajan
engañadas; no hay que obviar el triste
negocio del proxenetismo internacional.
La migración tiene un impacto humano
considerable para el que emigra; se
trata de seres que dejan detrás
familias, costumbres, cultura, amigos,
la patria que los vio nacer. La tragedia
alcanza caracteres dramáticos en el caso
de aquellos que arriesgan (y no pocas
veces pierden) la vida al cruzar las
fronteras. Ello ha hecho proliferar el
flamante y vil negocio del tráfico de
personas en el mundo.
El planeta, entre sus vastos y profundos
estremecimientos, se estremece hoy ante
la gran tragedia que supone la
existencia de millones de
indocumentados. En el indocumentado se
concentra la marginación, la explotación
y la exclusión social. Estos millones de
seres en cualquier sitio del mundo
sufren de precarias condiciones
(laborales, de vivienda, de educación,
de salud, de respeto a los derechos
humanos). Difícilmente en el mundo
moderno, mundo en el que desde la
legalidad se infiere la existencia misma
de la persona, los derechos elementales
puedan ser asegurados y respetados para
aquellos que precisamente se ubican en
el margen exterior de esa legalidad. En
la práctica tales seres no existen. Son
literalmente invisibles. La ley existe
mas no para ellos.
La Declaración Universal de los Derechos
Humanos reconoce el derecho de toda
persona a inmigrar, a salir del país, a
radicarse en otro. Como muchos de los
postulados recogidos en ese documento
este no pasa de ser letra muerta; existe
una enorme contradicción entre la letra
y el espíritu de la Declaración
Universal y la letra y el espíritu de
las legislaciones nacionales. El Primer
Mundo, que se ufana de defensor de estos
derechos, se escuda detrás de esas
contradicciones.
El Tratado de Maastricht y el
surgimiento de la Unión Europea
representaron un cambio en la política
migratoria de las naciones europeas,
cambio que se tradujo en un
fortalecimiento de los controles
migratorios aplicables a personas
naturales no europeas procedentes de
países no signatarios. A su vez en la
civilizada y vieja Europa ha surgido un
muy peligroso movimiento xenófobo y
racista que atiza el odio hacia los
emigrantes.
La tesis de “aldea global” es
contradictoria. Si bien las mercancías y
los capitales se mueven cada vez con
mayor celeridad y menores restricciones,
los movimientos humanos (especialmente
los de Norte a Sur) están sujetos a muy
fuertes limitaciones. El mundo es hoy
más pequeño que nunca si se tiene en
cuenta cuánto la tecnología ha reducido
las otrora enormes distancias. Del
clásico correo postal a la telegrafía, a
la telefonía, al fax, al mail, a
Internet, a la TV por cable, al teléfono
o TV satelital. El planeta, según Mc
Luhan, ha devenido mera aldea. Las
líneas aéreas conectan hoy todo el mundo
con una eficiencia sin precedentes. A su
vez son mayores las inversiones y
asentamientos de transnacionales y
empresas del Primer Mundo en naciones
del Tercero. Un nuevo reparto del mundo.
Nada de qué extrañarse; ya el hecho
había sido vaticinado por Marx y Lenin.
El capital y la explotación también
emigran. El tercer milenio nos sorprende
en un mundo en el cual, a partir de una
muy vasta red, es posible viajar u
obtener información con mayor celeridad
que nunca antes. Para millones de seres
humanos, sin embargo, esto solo sucede
en teoría. Millones de seres humanos no
conocen otro medio de locomoción que sus
maltrechos pies descalzos u otro medio
de información que la triste palabra de
algún vecino.
La globalización impulsó nuevos y
grandes procesos migratorios. Este puede
dividirse en tres campos: ejecutivos,
especialistas y empresarios se movieron
desde y hacia las regiones más disímiles
del mundo. Comenzó a reportarse cada vez
con mayor fuerza el fenómeno conocido
como “fuga
de cerebros”;
intelectuales, artistas, deportistas,
ingenieros, profesionales de alta
calificación, la población más exitosa y
apta de los países subdesarrollados,
fluye en proporción mayor que nunca
antes en busca de superiores
oportunidades hacia las naciones más
desarrolladas. No pocas veces se les
seduce con hipnóticos cantos de sirena.
Por último, se acrecentó el movimiento
de fuerza de trabajo no calificada desde
los países pobres hacia los países de
mayor desarrollo. En los dos primeros
casos las barreras son nulas o casi
inexistentes; en el tercero, el más
nutrido, las trabas son múltiples, los
muros sofisticados, los procedimientos
engorrosos y la policía de migración
hiperactiva.4
El modus vivendi es hoy menos
sedentario que nunca, de trashumante a
sedentario fue quizá el derrotero de los
humanos hasta el siglo XIX; hoy, sin
embargo, el hombre parece seguir una
tendencia cada vez menos sedentaria,
cada vez más dinámica, tendencia que
puede devolverlo a la condición de
trashumante. Del homo sapiens que
viajaba a pie o a caballo armado de un
palo al homo sapiens que viaja en
un rápido y cómodo jet armado de
un ordenador en miniatura. Si el globo
se nos ha hecho aldea es lógico que el
aldeano se desplace por ella.
Indudablemente las migraciones
contemplan consecuencias (positivas y
negativas) tanto para el país que se
abandona, como para el país al que se
arriba.5 Consecuencias
económicas, políticas, culturales,
laborales, sociales, religiosas. Muchos
países del Tercer Mundo reciben hoy una
considerable corriente de divisas que
emana directamente del envío de
emigrantes (legales o ilegales) que
laboran en naciones más desarrolladas,
envíos destinados a las familias que han
quedado en los países de origen. No
pocas veces estas remesas constituyen un
tanque de oxígeno de primer orden para
las economías y las finanzas internas de
las naciones que las reciben.
Hace apenas una década la
Oficina del Alto Comisionado de las
Naciones Unidas para los Refugiados
(ACNUR) calculaba en unos 100 millones
las personas que no vivían en sus países
de origen; unos 30 millones resultaban
emigrantes legales en función de
trabajo, la cifra de los indocumentados
era fijada entonces entre los 20 y 40
millones de seres. ¿Cuánto habrán
crecido hoy esas cifras? La mitad de las
naciones del mundo tomaban parte
entonces de manera activa en ese proceso
(43 países de recepción, 32 países de
emisión y 23 en la doble condición). Hoy
todas estas cifras deben haberse
multiplicado, algunas de manera
dramática.
La xenofobia llega hoy a extremos
alarmantes. Un joven brasileño puede ser
baleado en Londres dado el sospechoso
color de la piel; una chica ecuatoriana,
de apenas 15 años, puede ser
salvajemente pateada por un viajante de
metro, como acaba de suceder hace apenas
unos días en Madrid. Este es hoy uno de
los graves problemas del mundo moderno.
Una de las grandes contradicciones de la
“aldea global”; los “aldeanos” se tornan
agresivos entre sí.
Nunca el ansia de migración había
resultado tan marcada, las causas y
condiciones de estos movimientos tan
agobiantes, los controles migratorios
tan severos y la supuesta libertad tan
celebrada.
¿Cuáles son las perspectivas de este
problema? La tendencia, a todas luces,
se mueve hacia el incremento. Los
problemas del mundo moderno, lejos de
resolverse, parecen en muchos casos
destinados a agravarse, la diferencia
entre naciones ricas y pobres no
disminuye y son muchos los expertos que
vaticinan escenarios nada halagüeños. La
migración parece destinada sin remedio a
crecer. Los hombres tendrán que lidiar
con ello en los próximos decenios. Desde
el Sur continuará el flujo; al Norte
todas las previsiones indican que se
levantarán cada vez más muros y se
exigirá cada vez mayores requisitos para
conceder visas. La aldea global ni es
tan aldea ni tan global. Mientras, en
cualquier ciudad del mundo, un emigrante
suspira, piensa en los suyos que están
lejos, maldice para sus adentros y se
afana en arrancar al entorno todo el
caudal de esperanzas soñadas, aquellas
por las que un día emigró. Arriba lo
alumbra un sol extraño. El emigrante lo
mira y mueve la cabeza. Eso acontece hoy
a millones de humanos. Se trata de una
enorme tragedia. La mitad del mundo, sin
embargo, se encoge de hombros, mira
Direct TV y el Dow Jones
sigue subiendo.
NOTAS:
-
En 1950 menos del 30%
de los habitantes del mundo vivían
en ciudades. En el año 2000, 2 900
millones de personas vivían en zonas
urbanas, es decir, un 47% de la
población mundial. Se prevé que,
hacia 2030, vivirán en zonas urbanas
4 900 millones de personas, es
decir, el 60% de la población
mundial.
-
En el año 2000 se
estimaba en 22,3 millones las
personas refugiadas o desplazadas.
Al comenzar el decenio, en 1990, la
Oficina del Alto Comisionado de las
Naciones Unidas para los Refugiados
(ACNUR) estaba prestando asistencia
a unos 15 millones de personas.
-
Con relación a estos
elementos de seducción el propio
Consejo Europeo señala lo siguiente:
“La mundialización cultural ha
generado procesos de
universalización y homogeneización
cultural. El acceso al consumo
occidental, los medios de
comunicación y las redes
informáticas abren ventanas que
derivan hacia nuevas expectativas de
una población que aspira a una vida
mejor. En la construcción del
imaginario sobre la vida en
Occidente, las antenas parabólicas e
Internet funcionan como reclamos
publicitarios para miles de personas
que desean formar parte de este
progreso económico”.
-
Las migraciones no
fluyen únicamente hoy hacia los
países del I Mundo. Un fuerte flujo
tiene lugar hacia algunas de las
naciones productoras de petróleo.
Los Emiratos Árabes Unidos, por
ejemplo, emplean un 80% de
trabajadores emigrantes, Arabia
Saudita un 34%.
-
Las consecuencias
positivas y negativas deben ser
analizadas por separado para el caso de
la nación emisora y la nación receptora.
“Para la nación emisora” resulta
“positivo” la posibilidad de aliviar
posibles problemas de superpoblación; se
logra mayor consenso político (los
descontentos suelen constituir el mayor
caudal de emigrantes); las remesas de
dinero enviadas por los emigrantes
oxigenan la economía; el descenso de la
población laboralmente activa a partir
de la migración puede hacer disminuir el
desempleo. Puede ser “negativo” a partir
del envejecimiento de la población (los
que emigran suelen ser jóvenes
sexualmente activos en edad
reproductiva); la población no
emigrante, al resultar de mayor edad,
puede tornarse más conservadora;
pérdidas en cuanto a lo invertido en la
formación de la población emigrante
(educación, salud); pérdidas de fuerza
de trabajo (los emigrantes suelen ser
las personas más productivas), “fuga de
cerebros”, desestabilización de la
familia. “Para la nación receptora”
puede ser “positivo” dado el
rejuvenecimiento de la población;
aportes de mano de obra; en el caso de
la “fuga de cerebros” arriban seres de
alta calificación en cuya formación no
se invirtió recursos; aumenta la
diversidad cultural. Puede ser
“negativo” a partir de la probable
desestabilización de la pirámide de edad
y sexo; mayor diversidad política,
lingüística, religiosa, segregación,
marginalidad; aumento de las necesidades
de servicios médicos, educativos y de
asistencia social; incremento de las
importaciones de productos desde los
países de procedencia de los
inmigrantes; flujo de capitales que
abandonan el país en forma de remesas y
la posible aparición de la xenofobia.
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