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Allá en mi Santiago natal, la ciudad de
Matanzas era imágenes de la más hermosa
playa del mundo que estaba en dicha
provincia y una vaga y oscura alusión,
sembrada en las aulas de la escuela
pública por un maestro de quinto grado,
nieto del general mambí de nuestra
primera independencia, Jesús Rabí:
“Allí, en el siglo pasado, los españoles
cometieron hechos que reafirmaban el
nombre de la ciudad”. Llegó a decirnos
un día. No mucho más, ni en libros ni en
conversaciones. Hasta que di con el
matancero Rogelio Martínez Furé, años
después aquí en La Habana. Donde, poco a
poco, se me fueron esclareciendo ese y
otros misterios.
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Nos conocimos en los salones de lectura
de la Biblioteca Nacional José Martí, un
emporio en aquel entonces de la
intelectualidad donde él compartía,
salvando las distancias que las
diferencias de edad imponía, con Concha
Alzola, Walterio Carbonell, Zoila
Lapique y el maestro Manuel Moreno
Fraginals, entres otros. Participar como
observador en aquellos intercambios era
ser testigo privilegiado de una manera
singular de aprehender peculiaridades de
nuestra cultura, historia e
idiosincrasia. Furé sabía ya entonces
cómo intercalar con apariencia cándida,
preguntas para sustraer profundidades
sobre algunos temas que le interesaban.
Sin dejar de aportar lo incipiente de
sus puntos de vista, con vehemencia y
claridad. Aquellos encuentros eran una
especie de ritual, casi cotidiano,
enriquecedores de logos.
Por aquel entonces era uno de los más
destacados jóvenes investigadores
becados, en el Seminario de Estudios del
Folclore donde tenía de compañeros de
curso a Alberto Pedro Díaz, Sara Gómez,
Inés María Martiatu y Miguel Barnet.
Este centro editaba un boletín mensual:
Actas del Folclore, que auspiciaba el
Teatro Nacional de Cuba, con el
asesoramiento de Argeliers León. En
aquellas páginas apareció su primer
artículo, de tú a tú con Rómulo
Lachatañare, Fradique Lizardo Bainas,
Marcelino Arozarena, Juan Pérez de la
Riva y Leovigildo López. “Los collares”,
se llamaba aquel breve artículo del cual
guardo un grato recuerdo por su
clarificadora mirada sobre el tema
tratado.
Estábamos en los albores de la
Revolución triunfante y hallábamos
tiempo para todo y espacios singulares
que se abrían para nuestro desarrollo
cultural. A otro de ellos también
asistía a la par, irregularmente,
Martínez Furé; me refiero al mítico
Seminario de Dramaturgia que impartieron
Samuel Feldman, Osvaldo Dragún, Luisa
Josefina Hernández, Alejo Carpentier,
entre otros tantos que nos instruían con
su particular saber y que gracias a la
pléyade de alumnos que compartíamos las
clases se le ha dado tanto y tan bueno
al teatro cubano, en el plano de la
dramaturgia. Allí llegamos a ser
verdaderos amigos quizá porque era de
los pocos que no se burlaba de mis
manías y decires de provinciano, a lo
más enarbolaba una sonrisa amistosa y
echándome el brazo por el hombro obviaba
mis simplicidades. A partir de entonces
comenzó a ser Rogelio, a secas, el que
nos leyó en clase, en este mismo
edificio donde estamos hoy en el que
sesionaba en aquel momento el Seminario,
su "Iroko", un poema dramático pleno de
imágenes que anunciaba su labor
posterior como libretista.
En una de aquellas noches a la salida
del seminario, ante un grupito que
quedábamos hasta altas horas
conversando en cualquier café o esquina
y al que no faltaban Eugenio Hernández,
Ana Justina Cabrera, Guillermo Cuevas
Carrión, Santiago Ruiz y José Mario
Rodríguez; Rogelio comenzó a dejarnos
conocer unos poemas insólitos que nos
deslumbraban revelándonos esencias de
las que también formábamos parte sin
saberlo. Estos dieron pie a su primer
libro, la antología con selección y
traducción suya de Poesía Yorubá
publicada por Ediciones El puente en
1963, que se agotó en las librerías como
pan caliente y lo situó en aquel momento
entre los investigadores más serios y
estudiosos de nuestras raíces africanas.
Pero ya se gestaba también la
culminación de todo aquello, que se
logró con la fundación del Conjunto
Folclórico Nacional, para el cual fue
designado Rogelio Martínez Furé, en
1962, con el coreógrafo mexicano Rodolfo
Reyes Cortés, encargados ambos de echar
a andar la compañía. Nunca olvidaré
aquellos primeros ensayos que
presenciamos en un amplio salón, del hoy
restaurante El Patio, de la Plaza de la
Catedral. Allí entre tambores batá y
cantos inquietantes, varios bailarines
—hombres y mujeres de pueblo
practicantes de la regla de Ocha— que
luego se destacarían en las funciones
teatrales, rodeaban a una mujer
humilde y de buena presencia, de mediana
edad, Nieves Fresneda que se dejaba
columpiar por el oleaje que se
desprendía de aquellos repiques y voces
de aliento, danzando con sus siete sayas
como una diosa, ora majestuosa, ora
maternal para terminar girando en un
remolino de aguas inmemoriales. Aquel
lúdrico estruendo seguramente conmovía a
los espíritus de los antiguos moradores
del caserón y a nosotros, que
permanecíamos azorados y gozosos, a la
vez, ante tanta energía y belleza que se
despertaba frente a nuestros ojos y a
las que teníamos que reconocer como
cercanas.
El resto ya es historia conocida.
Rogelio y el folclórico, el folclórico
y Rogelio, o él solo por el mundo: en
escenarios y eventos, recogiendo
galardones y el reconocimiento del
público y la crítica quienes han sido
portadores de la amplitud y diversidad
de nuestras tradiciones, embajadores de
nuestra alegría y las virtudes
expresivas de nuestro arte. Rogelio,
bien como libretista de danzas (Estampas
cubanas, Ciclo Yorubá, Guateque,
Mambises y palenques y Ciclo Congo),
por solo citar algunos nombres de su
extenso y exitoso catálogo o como
conferenciante, investigador y
últimamente con sus performances,
donde instruye, dialoga, canta y actúa
como un griot, en las denominadas por él
"descargas", que sitúa su
contemporaneidad como creador escénico,
singular representante de nuestra
oralidad.
Pero por suerte no ha dejado a un lado
su labor como investigador y hombre de
pensamiento. Ha seguido indagando en lo
que nos ocurre en el plano cultural y
cómo se expresa ese quehacer. Recreando
no solo parcelas de la memoria, sino
tratando de rescatar zonas del olvido. Y
ha engendrado así otros proyectos y
libros entre los cuales se destacan
Diwan africano. Poetas de
expresión francesa (1988),
Diwan. Pertas de lenguas africanas
(1996), Diwan africano.
Poetas de expresión portuguesa
(2000), Briznas de la
memoria (2004).
Las palabras siguientes suyas de su
fundamental Diálogos imaginarios
(1979,1997) parecen escritas ahora
mismo:
“Es imprescindible acercarse al folclore
con el máximo de respeto y con sólidos
elementos de juicio, debemos huir de la
apreciación superficial y pintoresquista
de la cultura folclórica, y al mismo
tiempo, de la visión estática de este
fenómeno.
"Ella es la cantera de formas
vitales….El folclore no desaparece, sino
que se transforma, y con ello, nutrirá
nuestra verdadera cultura nacional
revolucionaria.”
En
“Diálogo imaginario sobre
folclore“,1974.
Poco antes de esta fecha, en un impasse
laboral de ambos, acudía a su pequeño
apartamento de aquel momento en la calle
Neptuno, para deleitarme con su lectura
de los poemas que conformarían la
antología de Poesía anónima
africana que publicó el Instituto
Cubano del Libro en 1968 y que, por
supuesto, recibió la misma atención del
anterior. Eran mañanas espléndidas en
que conversábamos de lo sublime y lo
ridículo, sin resquemores y amarguras,
fraguando nuevos planes bajo la mirada
querenciosa, de Choco, la madre que aún
le acompaña, quien nos dejaba,
silenciosa, cada cierto rato tacitas de
café sobre la mesa poblada de papeles y
libros. En unos de esos días me agenció
un libro del gran martiniqués Aimé
Césaire, con ilustraciones de Lam y
traducción de Lidia Cabrera: Cuaderno
de un regreso al país natal. Aún lo
tengo entre mis libros de cabecera.
Y una última confesión. Hace 30 años
exactamente, casualmente en este mismo
mes huracanado me salvó la vida: acababa
de escribir conmovido por un breve
pasaje de El ingenio, de Moreno
Fraginals que me develó Inés Martiatu,
la obra Ruandi,
saga de mi niño que busca la libertad y…
¿a quien fue la primera persona a la que
acudí para leérsela? Rogelio la escuchó
pacientemente. Me dijo elogios al final
a los que no podía dar crédito y no
quiero repetir ahora. Pero de pronto se
puso serio y mirándome a los ojos me
amenazó.” Si matas a ese muchacho te
mato yo a ti”.Por supuesto, que
reescribí el final y lo salvé y de paso
me salvé yo, de su furia.
Todo esto y más me vino a la memoria
cuando Rogelio Martínez Furé me pidió
que le escribiera el prólogo para su
libro: Eshu (Oriki a mi mismo) y
otras “descargas”, que hoy
se pone a la disposición de los
presentes, con acertada edición y
corrección de Iraida Sánchez Oliva y
contando con la dirección artística y
diseño, de lujo, de Alfredo Montoto
Sánchez. Esa determinación de Rogelio,
impensada por mí, me alegró como si me
hubiera ganado "el beso de la patria",
que solo una vez me concedieron en los
viernes de mi escuela primaria. Lo
escribí de un tirón deslumbrado ante
tanta entrega e invención, luego de
varias lecturas tratando de explicarme
la magnitud de lo que leía;
probablemente no lo logré. Pero eso lo
tendrán que descubrir ustedes al leer el
libro. Solo he querido y quiero ahora
demostrarle a Rogelio Agustín Martínez
Furé, el venerable joven de 70 años
recién cumplidos, la admiración, respeto
y agradecimiento, que le tenemos muchos,
por todo lo que nos ha dado y da con su
nobleza, integridad y sapiencia.
Palabras leídas en la
mañana del 13 de octubre de 2007, en el
Centro Hispanoamericano de Cultura.
En el lanzamiento del libro Eshu
(oriki a mí mismo) y otras "descargas”,
de Rogelio Martínez Furé. |