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En 1952, desde el París del exilio,
escribía Félix Pita Rodríguez en una
“Meditación sobre los títeres”:
"Yo veo a los títeres como un estado de
gracia, en lo que el estado de gracia es
don por añadidura, sin merecimiento ni
esfuerzo por nuestra parte. Los veo como
un todo angélico, una fuente de energía
milagrosamente preservada a través del
tiempo y del espacio, para salud del
arte."
Tales líneas volvían a mi mente hace
pocos días, al salir de la Sala Adolfo
Llauradó, donde acababa de presenciar
Pelusín enamora’o una puesta en
escena de Yaqui Saíz sobre la pieza
original de Esther Suárez Durán, a cargo
del grupo Nueva Línea.
A la singular inventiva de Dora Alonso
debemos el personaje de Pelusín, ese
niño agreste, cuya autenticidad deriva
de una perfecta comunión con la
naturaleza. Hace más de medio siglo
quiso la escritora dotarnos de un ser
emblemático que recogiera las cualidades
comunes al niño campesino cubano y,
desde su talante inquieto y generoso,
encontrar un instrumento para educar al
joven público en valores fundamentales.
No solo pudo lograrlo sino que encontró,
allá por los lejanos años 60,
importantes colaboradores en el Guiñol
Nacional y en la televisión, cuyas
recreaciones de "Pelusín del Monte",
"Pelusín frutero" y otras piezas de
aquel ciclo, hicieron del títere,
aparentemente modesto, uno de los
personajes más populares de aquella
década.
De la mano de Esther Suárez, Pelusín nos
es restituido en un nuevo siglo. La
escritora —cuya formación sociológica es
una guía muy segura en sus creaciones—
ha tenido el acierto de encontrar un
adecuado equilibrio entre la apropiación
y lo novedoso en este homenaje. Vuelve a
escena no solo el protagonista, sino
también su bondadosa y un poco
distraída abuela Pirulina y su marco
natural es el bohío donde conviven desde
tiempos remotos, pero como la obra no se
remite ya a la mitad del siglo XX, sino
al candente hoy, junto a la humilde
vivienda se levanta un edificio
prefabricado de esos que componen tantas
comunidades rurales a lo largo del país.
No es este un detalle ocioso, porque
Esther no viene a hablarnos de un
paisaje montuno aislado en el tiempo
legendario, donde apenas hay otro
conflicto que las travesuras del vivaz
nieto, sino de la recreación artística
de problemas muy urgentes que sacuden a
la Isla de extremo a extremo. De la mano
de Pelusín entramos en ese espinoso
bosque que es la influencia de la
economía de mercado en la vida cotidiana
de las personas. A nadie puede haber
parecido extraña esa muchacha
obsesionada por obtener un auto, joyas,
dinero, por la vía del enlace amoroso.
Las caricaturas que suben a escena del
"Esclavo móvil", "El Avaro", "La mujer
de los féferes" y "La mujer de las
maletas", a pesar de su simplicidad, son
excelentes desdoblamientos de esta
actitud.
¿Resulta demasiado complejo ese problema
para proponerlo a los niños? La
dramaturga nos demuestra que, por el
contrario, es imprescindible prevenirlos
y educarlos al respecto. Lo más
atractivo de la pieza es que procura
—desde los mecanismos propios del teatro
infantil— educar sin discursos añadidos
y convencer a grandes y chicos, desde
las acciones, del valor de la
solidaridad humana y el poder sanador de
la amistad que parte de la fidelidad a
sí mismo. El cometa que aparece al final
de la obra es precisamente esa
iluminación interior que cada uno ha
encontrado, tanto la muchacha que se
vuelve hacia Pelusín y su mundo agreste,
como Casimiro y Pirulina que han
redescubierto el amor. Se trata de
mostrar al público menudo una
espiritualidad de altos quilates con la
que protegernos del pragmatismo, pero
desde un lenguaje que puedan comprender
y disfrutar.
El gran mérito de Esther es lograr todo
esto sin sacrificar un ápice de gracia,
ligereza y hasta picardía en su pieza,
en la que alternan, según la más
tradicional sensibilidad criolla, el
tono farsesco y el desbordamiento
sentimental.
La puesta en escena de Yaqui Saíz es un
verdadero acierto. Desde el punto de
vista conceptual, se adscribe al más
clásico guiñol de retablo —no hay
manipuladores a la vista, ni actores que
dialoguen con los muñecos. En un espacio
mínimo, tres titiriteros extremadamente
jóvenes: Yordan Castro, Harold Valdés y
el propio Yaqui, dan vida a todos los
personajes y lo hacen con una maestría
que pocos notan, porque, entregan su
propia sangre y vida a las figuras para
que ellas ganen una existencia
independiente.
Tanto la música de Ivette Herryman, como
el diseño de luces de Reynier Rodríguez,
están en función directa de la acción y
no pretenden ganar esa autonomía
exhibicionista que lastra los montajes
de otros grupos. Se trata de un
espectáculo compacto y a la vez fluido,
en el que el arte nace de la unidad de
todos los elementos y que produce una
sensación de sobria elegancia.
Mención aparte merece el diseño de
muñecos de Juan Delgado, concebido con
un sentido "retro" que se apropia de los
rasgos fundamentales que personajes como
Pelusín, Pirulina y Doña Domitila
tuvieron en las viejas puestas de hace
medio siglo. Eso funciona como un
homenaje a lo que ya forma parte de
nuestra más entrañable tradición teatral
y hace un guiño al público adulto, que
se deja ganar por una sana nostalgia de
ciertas puestas paradigmáticas en la
sala subterránea del Focsa o las que
ofrecía la pequeña pantalla, en espacios
vespertinos, cuando el modesto blanco y
negro obligaba a la imaginación infantil
a desplegar sus propios colores.
El público tanto el infantil, como el
adulto, que tiene siempre para la
calidad un sexto sentido, abarrota cada
fin de semana la Sala Llauradó. Se ha
llegado a reclamar una extensión de la
temporada. Más allá de su aparente
modestia, es este uno de los
espectáculos más importantes que La
Habana contempla por estos días. Estoy
seguro que además de Esther y los
muchachos de Nueva Línea, parte del
mérito es de los propios títeres que,
como aseguraba Félix Pita:
"Es que los títeres, como la cerámica,
los mosaicos, los tapices y los
vitrales, constituyen la colosal reserva
del arte. Son ellos siempre los que
regresan del olvido y el silencio,
cuando las cúpulas doradas se vienen
abajo estruendosamente. Ellos los que
acuden cuando la atronadora corriente de
aire arrastra el polvo de los desplomes
y da la señal de comenzar otra vez." |