Año VI
La Habana

24 al 30 de NOVIEMBRE
de 2007

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El retorno de Pelusín

Roberto Méndez Martínez • La Habana

 

En 1952, desde el París del exilio, escribía Félix Pita Rodríguez en una “Meditación sobre los títeres”:

"Yo veo a los títeres como un estado de gracia, en lo que el estado de gracia es don por añadidura, sin merecimiento ni esfuerzo por nuestra parte. Los veo como un todo angélico, una fuente de energía milagrosamente preservada a través del tiempo y del espacio, para salud del arte."

Tales líneas volvían a mi mente hace pocos días, al salir de la Sala Adolfo Llauradó, donde acababa de presenciar Pelusín enamora’o una puesta en escena de Yaqui Saíz sobre la pieza original de Esther Suárez Durán, a cargo del grupo Nueva Línea.

A la singular inventiva de Dora Alonso debemos el personaje de Pelusín, ese niño agreste, cuya autenticidad deriva de una perfecta comunión con la naturaleza. Hace más de medio siglo quiso la escritora dotarnos de un ser emblemático que recogiera las cualidades comunes al niño campesino cubano y, desde su talante inquieto y generoso, encontrar un instrumento para educar al joven público en valores fundamentales. No solo pudo lograrlo sino que encontró, allá por los lejanos años 60, importantes colaboradores en el Guiñol Nacional y en la televisión, cuyas recreaciones de "Pelusín del Monte", "Pelusín frutero" y otras piezas de aquel ciclo, hicieron del títere, aparentemente modesto, uno de los personajes más populares de aquella década.

De la mano de Esther Suárez, Pelusín nos es restituido en un nuevo siglo. La escritora —cuya formación sociológica es una guía muy segura en sus creaciones— ha tenido el acierto de encontrar un adecuado equilibrio entre la apropiación y lo novedoso en este homenaje. Vuelve a escena no solo el protagonista, sino también su bondadosa y un  poco distraída abuela Pirulina y su marco natural es el bohío donde conviven desde tiempos remotos, pero como la obra no se remite ya a la mitad del siglo XX, sino al candente hoy, junto a la humilde vivienda se levanta un edificio prefabricado de esos que componen tantas comunidades rurales a lo largo del país. No es este un detalle ocioso, porque Esther no viene a hablarnos de un paisaje montuno aislado en el tiempo legendario, donde apenas hay otro conflicto que las travesuras del vivaz nieto, sino de la recreación artística de problemas muy urgentes que sacuden a la Isla de extremo a extremo. De la mano de Pelusín entramos en ese espinoso bosque que es la influencia de la economía de mercado en la vida cotidiana de las personas. A nadie puede haber parecido extraña esa muchacha obsesionada por obtener un auto, joyas, dinero, por la vía del enlace amoroso. Las caricaturas que suben a escena del "Esclavo móvil", "El Avaro", "La mujer de los féferes" y "La mujer de las maletas", a pesar de su simplicidad, son excelentes desdoblamientos de esta actitud.

¿Resulta demasiado complejo ese problema para proponerlo a los niños? La dramaturga nos demuestra que, por el contrario, es imprescindible prevenirlos y educarlos al respecto. Lo más atractivo de la pieza es que procura —desde los mecanismos propios del teatro infantil— educar sin discursos añadidos y convencer a grandes y chicos, desde las acciones, del valor de la solidaridad humana y el poder sanador de la amistad que parte de la fidelidad a sí mismo. El cometa que aparece al final de la obra es precisamente esa iluminación interior que cada uno ha encontrado, tanto la muchacha que se vuelve hacia Pelusín y su mundo agreste, como Casimiro y Pirulina que han redescubierto el amor. Se trata de mostrar al público menudo una espiritualidad de altos quilates con la que protegernos del pragmatismo, pero desde un lenguaje que puedan comprender y disfrutar.

El gran mérito de Esther es lograr todo esto sin sacrificar un ápice de gracia, ligereza y hasta picardía en su pieza, en la que alternan, según la más tradicional sensibilidad criolla, el tono farsesco y el desbordamiento sentimental.

La puesta en escena de Yaqui Saíz es un verdadero acierto. Desde el punto de vista conceptual, se adscribe al más clásico guiñol de retablo —no hay manipuladores a la vista, ni actores que dialoguen con los muñecos. En un espacio mínimo, tres titiriteros extremadamente jóvenes: Yordan Castro, Harold Valdés y el propio Yaqui, dan vida a todos los personajes y lo hacen con una maestría que pocos notan, porque, entregan su propia sangre y vida a las figuras para que ellas ganen una existencia independiente.

Tanto la música de Ivette Herryman, como el diseño de luces de Reynier Rodríguez, están en función directa de la acción y no pretenden ganar esa autonomía exhibicionista que lastra los montajes de otros grupos. Se trata de un espectáculo compacto y a la vez fluido, en el que el arte nace de la unidad de todos los elementos y que produce una sensación de sobria elegancia.

Mención aparte merece el diseño de muñecos de Juan Delgado, concebido con un sentido "retro" que se apropia de los rasgos fundamentales que personajes como Pelusín, Pirulina y Doña Domitila tuvieron en las viejas puestas de hace medio siglo. Eso funciona como un homenaje a lo que ya forma parte de nuestra más entrañable tradición teatral y hace un guiño al público adulto, que se deja ganar por una sana nostalgia de ciertas puestas paradigmáticas en la sala subterránea del Focsa o las que ofrecía la pequeña pantalla, en espacios vespertinos, cuando el modesto blanco y negro obligaba a la imaginación infantil a desplegar sus propios colores.

El público tanto el infantil, como el adulto, que tiene siempre para la calidad un sexto sentido, abarrota cada fin de semana la Sala Llauradó. Se ha llegado a reclamar una extensión de la temporada. Más allá de su aparente modestia, es este uno de los espectáculos más importantes que La Habana contempla por estos días. Estoy seguro que además de Esther y los muchachos de Nueva Línea, parte del mérito es de los propios títeres que, como aseguraba Félix Pita:

"Es que los títeres, como la cerámica, los mosaicos, los tapices y los vitrales, constituyen la colosal reserva del arte. Son ellos siempre los que regresan del olvido y el silencio, cuando las cúpulas doradas se vienen abajo estruendosamente. Ellos los que acuden cuando la atronadora corriente de aire arrastra el polvo de los desplomes y da la señal de comenzar otra vez."

 

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La Habana, Cuba. 2007.
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