Año VI
La Habana

24 al 30 de NOVIEMBRE
de 2007

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Las insatisfacciones de Inés

Estrella Díaz • Bolivia
Fotos: Alain Gutiérrez

 

Inés Córdova ha desarrollado una obra intensa, original y muy femenina; esas son, quizá, las primeras impresiones que nacieron luego de conocer parte del quehacer de esta artista boliviana que vive orgullosa de su natal Potosí.

A Inés —quien desde hace más de 50 años comparte la vida con el maestro Gil Imamá, uno de los artistas capitales de Bolivia— la conocí en La Paz en el sitio que, en un futuro, será una fundación dedicada a ambos y que atesorará una impresionante colección, agrandada celosamente, año tras año, en las últimas cinco décadas.

“Lo que ves aquí no es cosa de un día; han sido años de “cranear”, es decir, de pensar y  de trabajar muy duro”, me dice y amablemente me lleva de la mano a recorrer su taller. “Este es mi horno, de él han salido muchas piezas”… y es que Inés está considerada una pionera de la cerámica artística boliviana; vasijas, platos, figuras de las más diversas formas nos miran desde los anaqueles: son como testigos y a la vez resultado de una existencia consagrada al arte.

Abre cajones, desempolva cofres y me va mostrando “su tesoro”, es decir, instrumentos, herramientas de las que se auxilia para desarrollar otra de sus líneas de trabajo: la orfebrería… brazaletes, pendientes, collares que han nacido de su ingenio, pero también  un montón de recuerdos que van asociados a cada pieza. “Empiezo a clavar, a martillar y, sobre la misma marcha van sumándose las ideas”.

Me cuenta que su familia era muy pobre y numerosa; tuvo ocho hermanos (los varones se dedicaban a la minería). Ella con apenas cinco o seis años comenzó a “fabricar” muñecas para poder jugar con sus hermanas. Esa es  la génesis: “haciendo esas muñecas descubrí, tempranamente, que tenía ideas y habilidades”.

Ese deseo de “hacer cosas con las manos” la llevó a la Escuela de Bellas Artes donde ingresó, primero, como oyente y luego como alumna del profesor Cecilio Guzmán de Rojas1.

A inicios de los 60, Inés y Gil viajan a París —gracias a una beca que le fue otorgada a Imaná—, pero como el joven matrimonio tenía poco dinero, ella recurre a las tijeras y ahí comienza un capítulo aún no cerrado: corta, raja, rasga, deshilacha, empata, ensambla y cose tomando como base su propia ropa. Nace su colage. Un colage muy boliviano en el que aparece el altiplano, las montañas nevadas, el salar de Uyuni, todo ello concebido a “punta de tijera” que pudiera remitirnos a los mejores momentos del llamado movimiento parch work.

Pero, quizá, uno de los aspectos más relevantes de la obra de Inés es su forma de componer y de armonizar las texturas, de manera que la resultante es una suerte de yuxtaposición de planos que van conformando un todo unitario. 

Inquieta a pesar de sus casi ocho décadas de vida, la Córdova se encuentra, aún, en una incesante búsqueda, ¿no será esa insatisfacción, tal vez, el secreto de lo revolucionario, de lo avanzado de su arte? 

1- Cecilio Guzmán de Rojas (1899-1950), pintor boliviano, pionero de la corriente indigenista en el arte de su país. 

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
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