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Inés Córdova ha desarrollado una obra
intensa, original y muy femenina; esas
son, quizá, las primeras impresiones que
nacieron luego de conocer parte del
quehacer de esta artista boliviana que
vive orgullosa de su natal Potosí.
A Inés —quien desde hace más de 50 años
comparte la vida con el maestro Gil
Imamá, uno de los artistas capitales de
Bolivia— la conocí en La Paz en el sitio
que, en un futuro, será una fundación
dedicada a ambos y que atesorará una
impresionante colección, agrandada
celosamente, año tras año, en las
últimas cinco décadas.
“Lo que ves aquí no es cosa de un día;
han sido años de “cranear”, es decir, de
pensar y de trabajar muy duro”, me dice
y amablemente me lleva de la mano a
recorrer su taller. “Este es mi horno,
de él han salido muchas piezas”… y es
que Inés está considerada una pionera de
la cerámica artística boliviana;
vasijas, platos, figuras de las más
diversas formas nos miran desde los
anaqueles: son como testigos y a la vez
resultado de una existencia consagrada
al arte.
Abre cajones, desempolva cofres y me va
mostrando “su tesoro”, es decir,
instrumentos, herramientas de las que se
auxilia para desarrollar otra de sus
líneas de trabajo: la orfebrería…
brazaletes, pendientes, collares que han
nacido de su ingenio, pero también un
montón de recuerdos que van asociados a
cada pieza. “Empiezo a clavar, a
martillar y, sobre la misma marcha van
sumándose las ideas”.
Me cuenta que su familia era muy pobre y
numerosa; tuvo ocho hermanos (los
varones se dedicaban a la minería). Ella
con apenas cinco o seis años comenzó a
“fabricar” muñecas para poder jugar con
sus hermanas. Esa es la génesis:
“haciendo esas muñecas descubrí,
tempranamente, que tenía ideas y
habilidades”.
Ese deseo de “hacer cosas con las manos”
la llevó a la Escuela de Bellas Artes
donde ingresó, primero, como oyente y
luego como alumna del profesor
Cecilio Guzmán
de Rojas1.
A inicios de los 60, Inés y Gil viajan a
París —gracias a una beca que le fue
otorgada a Imaná—, pero como el joven
matrimonio tenía poco dinero, ella
recurre a las tijeras y ahí comienza un
capítulo aún no cerrado: corta, raja,
rasga, deshilacha, empata, ensambla y
cose tomando como base su propia ropa.
Nace su colage.
Un colage muy
boliviano en el que aparece el
altiplano, las montañas nevadas, el
salar de Uyuni, todo ello concebido a
“punta de tijera” que pudiera remitirnos
a los mejores momentos del llamado
movimiento parch work.
Pero, quizá, uno de los aspectos más
relevantes de la obra de Inés es su
forma de componer y de armonizar las
texturas, de manera que la resultante es
una suerte de yuxtaposición de planos
que van conformando un todo unitario.
Inquieta a pesar de sus casi ocho
décadas de vida, la Córdova se
encuentra, aún, en una incesante
búsqueda, ¿no será esa insatisfacción,
tal vez, el secreto de lo
revolucionario, de lo avanzado de su
arte?
1- Cecilio Guzmán de
Rojas
(1899-1950), pintor boliviano, pionero
de la corriente indigenista en el arte
de su país. |