Año VI
La Habana

24 al 30 de NOVIEMBRE
de 2007

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Trapiche o la relectura de la tradición

Michael H. Miranda • Holguín
Fotos: Kaloian (La Jiribilla)

 

Por estos días finales de noviembre, ha sido noticia en La Habana la presentación de Trapiche (Sello Colibrí), ópera prima del joven compositor y pianista Alejandro Vargas. Este fonograma confirma no solo el talento de uno de los miembros de la más reciente hornada de jazzistas cubanos, sino la inagotable capacidad de nuestros instrumentistas para apropiarse de las más diversas fuentes de la música mundial.

Lo más interesante de Trapiche reside en la acertada imbricación de motivos tradicionales cubanos con soluciones muy frescas, sobre todo en los arreglos salidos todos de la cabeza de Vargas y en los sustanciosos momentos improvisados en los que descuellan Ernesto Vega, su acompañante de siempre en el clarinete, y un invitado de lujo,  Ariel Bringues (saxo tenor), además del propio Vargas.

Esas soluciones, aunque permean todo el fonograma, sobresalen en los temas "Orientalita", original del manzanillero Carlos Borbolla; y la tan disputada "Guantanamera", atribuida al despierto Joseíto Fernández, dos piezas que remiten a una enjundiosa relectura de las tradiciones rítmicas cubanas, lo cual no es raro en el panorama de la fusión contemporánea en la Isla. Pero sí debo llamar la atención en torno al carácter tan abierto que desde el punto de vista conceptual muestra Vargas en su ejecutoria, retablo donde confluye la impronta de maestros de la talla de Jarret, Hancock, Gonzalito y Coleman.

No son pocos los críticos que han reprochado con buenos argumentos lo que ellos llaman “notitis aguda” padecida, como tendencia, por algunos pianistas cubanos, lo cual traducido quiere decir que una zona de nuestro jazz invierte los términos comunicativos para terminar privilegiando un virtuosismo intrincado, una cortina azogada por una nota tras otra que reduce empatías y se aleja de sus destinatarios. Sin proponérselo, Vargas ha lanzado al ruedo su respuesta magnífica, estructurada con el acierto que brinda haber seguido de cerca la huella de monstruos como Frank Emilio, Emiliano Salvador, el inmortal sonero Peruchín y una zona nada desdeñable de Chucho Valdés, artífices de las máximas claridades interpretativas en nuestro pianismo.

En las notas del disco, el laureado pianista y profesor Ulises Hernández ha señalado la conexión de Vargas en su canción de cuna "Mucurrucu", así como en "Ferro" y "La espera", con los aires compositivos aparentemente sencillos de Eliseo Grenet y Moisés Simons en sus vertientes afro. Una línea destacable también sería el aporte vocal de Diana Fuentes en tres temas cantados, con letras de Vargas además, que, sin embargo, no traicionan la esencia jazzística del fonograma, bien insertados en la discursividad improvista y con atmósferas muy logradas con destaque para los múltiples sonidos de la percusión, a cargo del drummer Raciel Jiménez con el apoyo de Edgar Martínez Ochoa, y los funcionales arreglos de metales donde resalta otro invitado, el trompetista Maikel González. 

Podría decirse que atrás han quedado para Vargas aquellos fructíferos años de estudiante ávido que en sus primeras incursiones públicas al piano solía pedir silencio con una mano al auditorio que estallaba en aplausos. Trapiche reafirma que ese trecho recorrido, a veces tortuosamente y con tantas privaciones, tuvo alto sentido y que la mucha avidez siempre alcanza premio. Solo que ahora difícilmente pueda hallar un auditorio silencioso ante tanta muestra de buen arte musical.
 No es aventurado decir que para la próxima versión del Cubadisco, en el 2008, el jazz “made in Cuba” podrá mostrar de nuevo que es un estandarte vigoroso dentro del agitado quehacer de nuestros músicos. Trapiche y Alejandro Vargas tienen todo para alzarse con el premio en los apartados de jazz y ópera prima. Será cuestión de esperar algunos meses.
                             

 

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La Habana, Cuba. 2007.
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