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Por estos días finales de
noviembre, ha sido noticia en La Habana
la presentación de Trapiche
(Sello Colibrí),
ópera prima del joven compositor y
pianista Alejandro Vargas.
Este fonograma confirma no solo el
talento de uno de los miembros de la más
reciente hornada de jazzistas cubanos,
sino la inagotable capacidad de nuestros
instrumentistas para apropiarse de las
más diversas fuentes de la música
mundial.
Lo más interesante de Trapiche
reside en la acertada imbricación de
motivos tradicionales cubanos con
soluciones muy frescas, sobre todo en
los arreglos
—salidos
todos de la cabeza de Vargas—
y en los sustanciosos momentos
improvisados en los que descuellan
Ernesto Vega, su acompañante de siempre
en el clarinete, y un invitado de lujo, Ariel Bringues
(saxo tenor), además del
propio Vargas.
Esas soluciones, aunque permean todo el
fonograma, sobresalen en los temas
"Orientalita", original del manzanillero
Carlos Borbolla; y la tan disputada
"Guantanamera", atribuida al despierto
Joseíto Fernández, dos piezas que
remiten a una enjundiosa relectura de
las tradiciones rítmicas cubanas, lo
cual no es raro en el panorama de la
fusión contemporánea en la Isla. Pero sí
debo llamar la atención en torno al
carácter tan abierto que desde el punto
de vista conceptual muestra Vargas en su
ejecutoria, retablo donde confluye la
impronta de maestros de la talla de
Jarret, Hancock, Gonzalito y Coleman.
No son pocos los críticos que han
reprochado con buenos argumentos lo que
ellos llaman “notitis aguda” padecida,
como tendencia, por algunos pianistas
cubanos, lo cual traducido quiere decir
que una zona de nuestro jazz invierte
los términos comunicativos para terminar
privilegiando un virtuosismo intrincado,
una cortina azogada por una nota tras
otra que reduce empatías y se aleja de
sus destinatarios. Sin proponérselo,
Vargas ha lanzado al ruedo su respuesta
magnífica, estructurada con el acierto
que brinda haber seguido de cerca la
huella de monstruos como Frank Emilio,
Emiliano Salvador, el inmortal sonero
Peruchín y una zona nada desdeñable de
Chucho Valdés, artífices de las máximas
claridades interpretativas en nuestro
pianismo.
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En las notas del disco, el laureado
pianista y profesor Ulises Hernández ha
señalado la conexión de Vargas en su
canción de cuna "Mucurrucu", así como en
"Ferro" y "La espera", con los aires
compositivos aparentemente sencillos de
Eliseo Grenet y Moisés Simons en sus
vertientes afro. Una línea destacable
también sería el aporte vocal de Diana
Fuentes en tres temas cantados, con
letras de Vargas además, que, sin
embargo, no traicionan la esencia
jazzística del fonograma, bien
insertados en la discursividad
improvista y con atmósferas muy logradas
con destaque para los múltiples sonidos
de la percusión, a cargo del drummer
Raciel Jiménez con el apoyo de Edgar
Martínez Ochoa, y los funcionales
arreglos de metales donde resalta otro
invitado, el trompetista Maikel
González.
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Podría decirse que atrás han quedado
para Vargas aquellos fructíferos años de
estudiante ávido que en sus primeras
incursiones públicas al piano solía
pedir silencio con una mano al auditorio
que estallaba en aplausos. Trapiche
reafirma que ese trecho recorrido, a
veces tortuosamente y con tantas
privaciones, tuvo alto sentido y que la
mucha avidez siempre alcanza premio.
Solo que ahora difícilmente pueda hallar
un auditorio silencioso ante tanta
muestra de buen arte musical.
No es aventurado decir que para la
próxima versión del Cubadisco, en el
2008, el jazz “made in Cuba” podrá
mostrar de nuevo que es un estandarte
vigoroso dentro del agitado quehacer de
nuestros músicos. Trapiche y
Alejandro Vargas tienen todo para
alzarse con el premio en los apartados
de jazz y ópera prima. Será cuestión de
esperar algunos meses. |