Año VI
La Habana

24 al 30 de NOVIEMBRE
de 2007

SECCIONES

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS

EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

NOTAS AL FASCISMO

LA OPINIÓN

APRENDE

LA CRÓNICA

EN PROSCENIO

LA BUTACA

LETRA Y SOLFA

LA MIRADA

MEMORIA

FUENTE VIVA

REBELDES.CU

LA GALERÍA

EL CUENTO

POESÍA

EL LIBRO

EPÍSTOLAS ESPINELAS

EL PASQUÍN

EN FOCO

POR E-MAIL

¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 
Las potestades incorpóreas, de Alberto Garrandés

Desde el lenguaje de los sueños

Elsa Obregón • La Habana

 

Las potestades incorpóreas, de Alberto Garrandés —narrador, ensayista y editor—, quien se alzó con el premio de novela Alejo Carpentier 2007, es un perfecto ejercicio del lenguaje que el lector agradece porque además encuentra en ella un verdadero despliegue de conocimiento sobre las perspectivas y las formas del mundo gótico, y es precisamente en un ambiente gótico —de un gótico que roza con el lirismo de lo que se esconde—, donde nace la trama principal de esta obra. Es la historia de amor entre Diana y Alejandro, los dos inquilinos de Villa Gema, una casa en ruinas habitada también por Gema, casera y guardián de la relación de estos dos jóvenes, y el espíritu de su esposo, Eustaquio, quien a veces viene a visitarla y conversar con ella.

 Estas páginas dan paso a una analogía que se establece, en Villa Gema, entre estos cuatro personajes. La relación de la casera y su esposo muerto es como el envés de la que observamos en Diana y Alejandro, quienes quedan atrapados entre sí desde el momento en que ella le confiesa que ha tenido un sueño raro que siempre se repite.

Alejandro es un escritor que escribe en una vieja máquina cuyas teclas se oyen en toda la casona, y su unión con Diana es visceral hasta el punto de soñar ambos el mismo sueño. Él se adentra en el sueño de ella y esta experiencia los hace depender uno del otro y, sin proponérselo, van conociéndose y complementándose en el mundo onírico, pero ambos llegan a saber que  su relación es kármica y que ya no hay este sin aquel y sus destinos están unidos de manera inevitable.

Es una historia que surge en la sujeción y el freno a los que Garrandés somete a estos personajes a cada momento, muy diferente del tratamiento más vasto y sin demarcaciones de otras obras. Recuérdense Fake o Capricho habanero.

En Las potestades incorpóreas, en cambio, nos muestra un erotismo que se atisba, por ejemplo, en el ligero roce de unos pies descalzos, el escamoteo de unas miradas furtivas o una piel desnuda, pero que no se toca. Y el lector casi siente el dolor de la contención, porque también el lenguaje está sometido a una represión que sólo se prodiga a través de ciertas imágenes que son las encargadas de revelarnos, poco a poco, la complejidad espiritual que rodea a los habitantes de esta villa, ya sea la presencia de un origami en forma de libélula que disimula la procacidad de la luz del cuarto de Alejandro, un fonógrafo en forma de flor de calabaza, una daga antigua con un fin irremediable, la imagen de una criatura de alas negras plegadas a la espalda y las notas de un aria que se agolpa primero dentro del cuarto de Alejandro, y luego sale al pasillo y se mezcla con los pensamientos, los sueños y los deseos más punzantes de Diana, que se rinde y se ofrece con la mansedumbre de la fiera que sabe el verdadero valor del dolor, y al mismo tiempo no puede dejar de asistir a un convite con sus propias vísceras. Todo esto, y más, nos revela que Alberto Garrandés no dejó nada a la casualidad. Su novela es abierta e incorpora la sustancia del sueño, pero aun así sabemos que detrás hay una sólida y bien pensada estructura.

Aunque a veces los jóvenes se evaden o se contienen hasta casi lastimarse en la renuncia, algo más allá de las palabras o los silencios los va volcando y confundiendo hasta formar una sola entidad, pues el lector a veces no sabe si están vivos o son fuerzas incorpóreas que deambulan dentro de la casona, que también respira, duerme o se anima como un ser que siente lo que les ocurre a sus moradores.

A veces la anciana casera, mujer de una curiosidad sin límites cuyo mayor deseo es saber qué escribe el joven, sueña con su esposo muerto y los sueños con su espíritu le parecen tan reales que termina haciendo lo que él sugiere, o en ocasiones cuando él la reprende por algo ella se excusa como si él todavía compartiera su cama en su espacio real.  Estos sueños parecen más reales que la vida real de estos dos jóvenes que, durante el sueño, se adivinan en el color dorado-terroso del desierto y en la fina arena que queda entre la ropa y la piel después de ella haber dormido desnuda sobre una duna.

Hay que destacar también, en esta obra, la plasticidad y el cromatismo de algunas descripciones que llegan a calarnos muy hondo, pues nos da la impresión de estar viéndolas con una  intensidad casi física. Criaturas de otros planos —imaginarios, reales, o del sueño más tangible y lacerante que se vierte en la realidad más inmediata hasta formar una sola— se adentran en la historia y vienen a instalarse para sacar a la luz el lado oscuro de cada uno de los habitantes de Villa Gema, y brindar la única posibilidad que tienen estos amantes: la de experimentar en sus propios cuerpos la grandeza de un sentimiento que sólo un aliento gótico puede poner al descubierto al elevarse con la vehemencia de lo extraordinario.  

Las potestades incorpóreas constituye una hermosa historia de amor que nos sorprende y nos conmueve a cada momento porque sus páginas están escritas con las palabras exactas, y esto, por supuesto, nos revela una vez más la maestría del autor.

 

ARRIBA

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS
.

© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
IE-Firefox, 800x600