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Las potestades incorpóreas,
de Alberto Garrandés —narrador,
ensayista y editor—, quien se alzó con
el premio de novela Alejo Carpentier
2007, es un perfecto ejercicio del
lenguaje que el lector agradece porque
además encuentra en ella un verdadero
despliegue de conocimiento sobre las
perspectivas y las formas del mundo
gótico, y es precisamente en un ambiente
gótico —de un gótico que roza con el
lirismo de lo que se esconde—, donde
nace la trama principal de esta obra. Es
la historia de amor entre Diana y
Alejandro, los dos inquilinos de Villa
Gema, una casa en ruinas habitada
también por Gema, casera y guardián de
la relación de estos dos jóvenes, y el
espíritu de su esposo, Eustaquio, quien
a veces viene a visitarla y conversar
con ella.
Estas páginas dan paso a una analogía
que se establece, en Villa Gema, entre
estos cuatro personajes. La relación de
la casera y su esposo muerto es como el
envés de la que observamos en Diana y
Alejandro, quienes quedan atrapados
entre sí desde el momento en que ella le
confiesa que ha tenido un sueño raro que
siempre se repite.
Alejandro es un escritor que escribe en
una vieja máquina cuyas teclas se oyen
en toda la casona, y su unión con Diana
es visceral hasta el punto de soñar
ambos el mismo sueño. Él se adentra en
el sueño de ella y esta experiencia los
hace depender uno del otro y, sin
proponérselo, van conociéndose y
complementándose en el mundo onírico,
pero ambos llegan a saber que su
relación es kármica y que ya no hay este
sin aquel y sus destinos están unidos de
manera inevitable.
Es una historia que surge en la sujeción
y el freno a los que Garrandés somete a
estos personajes a cada momento, muy
diferente del tratamiento más vasto y
sin demarcaciones de otras obras.
Recuérdense Fake o Capricho
habanero.
En Las potestades incorpóreas, en
cambio, nos muestra un erotismo que se
atisba, por ejemplo, en el ligero roce
de unos pies descalzos, el escamoteo de
unas miradas furtivas o una piel
desnuda, pero que no se toca. Y el
lector casi siente el dolor de la
contención, porque también el lenguaje
está sometido a una represión que sólo
se prodiga a través de ciertas imágenes
que son las encargadas de revelarnos,
poco a poco, la complejidad espiritual
que rodea a los habitantes de esta
villa, ya sea la presencia de un origami
en forma de libélula que disimula la
procacidad de la luz del cuarto de
Alejandro, un fonógrafo en forma de flor
de calabaza, una daga antigua con un fin
irremediable, la imagen de una criatura
de alas negras plegadas a la espalda y
las notas de un aria que se agolpa
primero dentro del cuarto de Alejandro,
y luego sale al pasillo y se mezcla con
los pensamientos, los sueños y los
deseos más punzantes de Diana, que se
rinde y se ofrece con la mansedumbre de
la fiera que sabe el verdadero valor del
dolor, y al mismo tiempo no puede dejar
de asistir a un convite con sus propias
vísceras. Todo esto, y más, nos revela
que Alberto Garrandés no dejó nada a la
casualidad. Su novela es abierta e
incorpora la sustancia del sueño, pero
aun así sabemos que detrás hay una
sólida y bien pensada estructura.
Aunque a veces los jóvenes se evaden o
se contienen hasta casi lastimarse en la
renuncia, algo más allá de las palabras
o los silencios los va volcando y
confundiendo hasta formar una sola
entidad, pues el lector a veces no sabe
si están vivos o son fuerzas incorpóreas
que deambulan dentro de la casona, que
también respira, duerme o se anima como
un ser que siente lo que les ocurre a
sus moradores.
A veces la anciana casera, mujer de una
curiosidad sin límites cuyo mayor deseo
es saber qué escribe el joven, sueña con
su esposo muerto y los sueños con su
espíritu le parecen tan reales que
termina haciendo lo que él sugiere, o en
ocasiones cuando él la reprende por algo
ella se excusa como si él todavía
compartiera su cama en su espacio real.
Estos sueños parecen más reales que la
vida real de estos dos jóvenes que,
durante el sueño, se adivinan en el
color dorado-terroso del desierto y en
la fina arena que queda entre la ropa y
la piel después de ella haber dormido
desnuda sobre una duna.
Hay que destacar también, en esta obra,
la plasticidad y el cromatismo de
algunas descripciones que llegan a
calarnos muy hondo, pues nos da la
impresión de estar viéndolas con una
intensidad casi física. Criaturas de
otros planos —imaginarios, reales, o del
sueño más tangible y lacerante que se
vierte en la realidad más inmediata
hasta formar una sola— se adentran en la
historia y vienen a instalarse para
sacar a la luz el lado oscuro de cada
uno de los habitantes de Villa Gema, y
brindar la única posibilidad que tienen
estos amantes: la de experimentar en sus
propios cuerpos la grandeza de un
sentimiento que sólo un aliento gótico
puede poner al descubierto al elevarse
con la vehemencia de lo extraordinario.
Las potestades incorpóreas
constituye una hermosa historia de amor
que nos sorprende y nos conmueve a cada
momento porque sus páginas están
escritas con las palabras exactas, y
esto, por supuesto, nos revela una vez
más la maestría del autor. |