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Antes
de llegar a la centuria de su nacimiento
y de que se sucedan otros muchos años,
la presencia de Francisco Repilado
(Compay Segundo) en la memoria de
infinidad de personas será sabrosa y
nítida, sobre todo por el despliegue
mundial que tuvo su desempeño artístico,
desde mediados de los años noventas del
siglo pasado, hasta poco antes de
fallecer, trascendidas ya las puertas
del nuevo milenio.
Es
buena la oportunidad para preguntarse,
por qué Compay pudo convertirse en uno
de los más descollantes protagonistas
del resurgimiento de la música
tradicional cubana, en los más
importantes escenarios de Europa, Asia y
Norteamérica.
Este
hombre rebosante de cubanía, nacido en
1907, creció parejo con el son cubano,
de modo que, en esa gran universidad que
son las calles santiagueras, aprendió de
los pioneros –los que venían tocando
desde los últimos años del siglo XIX–
las primeras nociones del son y de la
trova. Sin moverse todavía de su región
aprendió a tocar guitarra y clarinete.
También inventó su propio instrumento,
que el llamó “armónico” (una combinación
del tres y la guitarra). Esto le
permitió, siendo un adolescente,
comenzar a integrar diversos grupos
musicales, a través de los cuales se va
forjando su personalidad musical, que ya
en los años cuarenta es reconocida como
muy notable. Es cuando funda junto a
Lorenzo Hierrezuelo el dúo Los
compadres, que es sin dudas una de
las más importantes agrupaciones, entre
cuantas cultivaron nuestra música
tradicional en el siglo pasado.
Las
numerosas grabaciones de Los
compadres, que afortunadamente están
ya buen recaudo en soporte digital, dan
fe de su trascendencia. La voz prima de
Lorenzo nunca empastó mejor, que con la
poderosa voz de segunda de Repilado.
Algo semejante sucedió con los
instrumentos. El armónico de Repilado
brilló a sus anchas en compañía de la
guitarra de Lorenzo.
Otro
elemento distintivo del trabajo de este
grupo es su repertorio, constituido en
su inmensa mayoría por composiciones
realizadas por ellos mismos. Firmadas
por los dos o por separado, son
expresión del más recio son oriental y
en su mayoría tienen una rica lírica,
apegada al habla de la gente de los
campos del oriente cubano. Hasta 1954
llegó la unión profesional de
Hierrezuelo y Repilado. De ese fecundo
período, el último se llevaría para
siempre su nombre artístico: Compay
Segundo.
Durante muchos años no tuvo la mejor
suerte como músico. Aunque entró varias
veces más a los estudios de grabación y
le salía una que otra actuación, a decir
verdad, se ganaba los frijoles para el
sustento de él y su familia, como
tabaquero. Ello no quiere decir que se
apartara de la música. Cada día, tras la
jornada laboral, se lo podía encontrar
rodeado de familiares y amigos, tocando,
cantando o componiendo.
Andando el tiempo diversas agrupaciones
y también algunos solistas interpretaban
su música y no sabían a ciencia cierta
cual había sido la suerte de Compay. Un
guiño de reconocimiento le llegó cuando
viajó a finales de los años ochenta a
Estados Unidos, junto a Eliades Ochoa y
el Cuarteto Patria. Pero sin dudas su
merecida entrada en la fama se produce a
partir de su presencia en el Primer
Encuentro entre el Son y el Flamenco,
que se produjo durante el verano de
1994, en pueblos de la provincia
española de Sevilla.
Allí
llegó, como parte de una delegación de
veteranos cultores del son cubano y a
pesar de su avanzada edad, enseguida dio
muestras de que estaba entero. Había
guardado con celo todas sus fuerzas
creadoras para desatarlas por el mundo.
Todo lo que necesitaba era que se le
abrieran las posibilidades de entregar
su inolvidable gracia y talento para
todos los tiempos y “gracias a Dios o lo
que exista”, como diría mi abuela, se
las dieron. |