Año VI
La Habana
2007

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 
La encomienda
Ana Lidia Vega Serova (Leningrado, 1968)  
 

Almorzaba cuando tocaron a la puerta. Corrió para la cocina con el plato, gritando “¡Va!” Le daba una vergüenza terrible que alguien viera lo que come. Lo puso sin terminar en el fregadero, sacudió la mesa al pasar y abrió la puerta.

Era un desconocido y, además, era extranjero.

Traigo una encomienda para Graciela Hernández.

Lo invitó a entrar, estrujándose nerviosamente las manos. Sentía un vacío por dentro, como a punto de saltar del trampolín o antes de una prueba de inglés.

Cuente y firme aquí.

Contó con los dedos desobedientes. Era MUCHO dinero. Dibujó un ganchito al lado de su nombre y la cifra 500.

¿No hay carta? preguntó con voz débil.

El hombre negó con la cabeza y se fue.

Cuando cerró la puerta tras él, pensó en lo poco servicial que se mostró: no siquiera le brindó café.

Estuvo como una hora sentada con el sobre en las manos, pensando. Al fin, se levantó y lo guardó en un libro de Dumas, en lo más alto del estante.

Al anochecer, vino Jorge, malhumorado y hambriento.

¿Qué tú harías si te encontraras 500 dólares? le preguntó Graciela poniendo la mesa.

¿Quién se encontró quinientos dólares? se animó el novio.

Nadie... Solo imagínate que TÚ te encuentras 500 dólares. ¿Qué haces?

No sé... emborracharme.

No, viejo, en serio.

¡No sé! revolvió los frijoles con el arroz. Comprar una pierna de jamón, para comer jamón en desayuno, almuerzo y comida. O irme para un restaurante o una mesa sueca y salir rodando de ahí al otro día. ¿Por qué?

Por nada... Solo pregunté.

¿Y tú, qué harías?

No tengo idea.

Mucho tiempo después de haberse ido Jorge, se levantó de la cama, buscó el sobre y se encerró en el baño. Se sentó en el piso y puso el dinero delante, en fila. Después armó un rectángulo con los billetes. En la cabeza le daba vueltas la extraña palabra “encomienda”. Lo agrupó en bulticos de a 100, los puso uno encima del otro en abanico. “Encomienda, murmuró encomienda de merienda”. Hacía cinco años que los padres se habían ido. “Cien por año”, sonrío. Lo recogió todo en el sobre y lo volvió a guardar en el mismo libro.

Se acostó, pero no lograba dormirse. La atormentaban imágenes de la infancia. Cuando ellos se fueron rompió todas las fotos. Todas. Había una, de la madre, tomada de espaldas. Parecía que al siguiente instante se viraría, pero seguía de espaldas. “Encomienda”, murmuró. De pronto se le ocurrió que Jorge o cualquiera podía coger aquel libro para leerlo, llevárselo sin decir nada, como había pasado mil veces. Se levantó, buscó el dinero y miró alrededor. Ningún lugar parecía seguro. Al fin, se decidió por la gaveta de la cómoda, donde guardaba las sábanas. Lo puso bien abajo y se acostó. Eran casi las doce. “En-co-mien-da”, decía el reloj.

Al otro día era lunes. Llegó tarde al trabajo, se entretuvo en volver a contar el dinero y cambiarlo dos o tres veces de lugar. Finalmente lo dejó en la gaveta envuelto en una toalla. No podía concentrarse. El jefe la regañó porque pasó el informe con faltas de ortografía, unas faltas estupidísimas... A la hora del almuerzo corrió a casa. Todo estaba en su lugar. No habían robado ni hubo ningún incendio. Se calmó un poco, guardó el sobre detrás del espejo, lo aseguró con esparadrapo y volvió al trabajo.

Jorge estuvo aquí le dijo la recepcionista.

¿Jorge? repitió desconcertada. Pensó que tal vez él se hubiera dado cuanta de algo. Seguro que sí. ¿No dejó ningún recado?

Dijo que volvería a las cinco.

Estuvo hasta las cinco pensando, muy preocupada.

Unas compañeras en el pasillo comentaban de una Fulana que se compró una moto. “¿Una moto?” Se alumbró. Sería comodísimo, se quitaría de arriba el problema del transporte... Después pensó en un televisor a color o en un equipo de música. Se sentía incómoda y decidió hablar con Jorge esa misma noche. En definitiva, no tenía a nadie más. Pero por otro lado, desconfiaba de él. Era tonto, pero no podía hacer nada.

A las cinco lo vio en la puerta de salida.

Sabes le dijo no me siento bien.

¿Qué te pasa? se asustó el muchacho.

No es nada  le sonrió, solo estoy un poco deprimida.

¿Quieres ir al cine? ¿O a Coppelia? la abrazó.

No lo empujó suavemente. De pronto le preguntó: ¿Cuánto cuesta una moto?

¿Qué? Jorge la miró estupefacto.

No me hagas caso le respondió. Necesito irme a casa y acostarme un rato. ¿Me entiendes?

Estás rara... Si quieres, vamos, yo te cocino, te baño, te mimo.

¡No! casi gritó. Nos vemos mañana. ¿Sí?

Se alejó rápidamente. Jorge la siguió con la mirada, totalmente confundido.

Llegó sofocada, arrancó el esparadrapo hasta recuperar el sobre. Estaba intacto. Cayó en la cama, apretándolo.

De pronto tocaron a la puerta.

“¡Ay, Dios mío!”, susurró. Guardó el dinero en la gaveta, caminó sigilosamente a la sala. Volvieron a tocar. “¿Quién es?”, gritó. “¡Para ver el metro del agua!”, respondió una voz de hombre. Quedó paralizada, sin saber qué hacer.

Tocaron de nuevo, más insistentemente. “No voy a abrir”, pensó. “¡Graciela!”, oyó a la vecina. “¡Abre un momento!”

“¿Qué hago?”, murmuraba sudando. Al fin, se acercó a la puerta y la abrió. La vecina y el hombre la miraban sonriendo.

¿Me permite? el hombre dio un paso hacia la sala.

Graciela lo dejó entrar sin oír a la mujer que comentaba lo que vino al mercado, lo siguió al patio, donde el desconocido apuntaba algo en una libreta, esperó a que saliera.

Disculpa, Marta dijo exhausta, tengo el agua en el baño. Nos vemos luego. Y le cerró la puerta en las narices.

Se desvaneció en el piso. “Ya saben que estoy sola... ¡Por Dios, si viniera Jorge!”

Volvió al cuarto, azorada. Le parecía ver sombras en las esquinas, caras maléficas. “Lo quemaré”, decidió. “No lo quiero”. Luego pensó en la moto.

Estoy volviéndome loca dijo en voz alta.

Sonrió para animarse. Por primera vez en cinco años sentía pánico.

Sé buena, Graciela se pidió, por favor.

Su voz le dio ánimo. Decidió llamar a Jorge. Lo extrañaba. Lo necesitaba. Quería contárselo todo.

Buscó el menudo y salió. Pero no pudo bajar las escaleras. La inquietaba el dinero en la casa vacía. Regresó, guardó el sobre en un bolsillo y volvió hacia la puerta. Pero no podía salir. No PODÍA.

Se le ocurrió una idea. Buscó hilo, aguja y un pedazo de tela. Hizo un bolsito y guardó el sobre dentro. Se lo ajustó en el bloomer y lo prendió con un alfiler. Se sintió más segura. Llegó hasta el teléfono, evitando a la gente, incluso a los conocidos del barrio. Marcó el número varias veces, el disco se le escapaba de los dedos.

¡Jorge! gritó al oír la voz del novio y comprendió que estaba llorando.

Dentro de media hora ya estaba en su casa. La hizo acostarse y taparse.

No me expliques nada dijo, solo descansa.

Ella apretaba con las dos manos el sobre debajo de las sábanas, debajo de las ropas. Temblaba con todo el cuerpo.

Voy a hacer un té le gritó el muchacho desde la cocina.

Luego se asomó en la puerta.

¿Estás mejor?

Ella asintió con la cabeza.

¿Quieres algo?

Negó mirándolo con dulzura. Él se sentó en el borde de la cama. La acarició y sintió cómo ella tensó los músculos. Fue una reacción involuntaria, pero ya él retiraba la mano.

Voy a ver el té se levantó.

Ella sacó un brazo e intentó retener al muchacho.

Cásate conmigo  dijo.

Él sonrió.

Mañana hablaremos sobre eso. Voy a ver el té.

Graciela desabrochó el alfiler y guardó apurada el sobre debajo del colchón. Se imaginó que pasaría si Jorge lo encontraba. “Él es bueno, pero nadie sabe”, se dijo.

Se tomó el té y se durmió casi inmediatamente.

Se despertó por la madrugada como si hubiera soñado algo terrible y no lo recordara. Buscó en la oscuridad hasta dar con el encendedor. Miró alrededor, volviendo en sí. “¿Y Jorge?”, recordó. Se cubrió de sudor. Revisó jadeante debajo del colchón, pero no encontró nada. Lo arrastró al piso, gimiendo. El dinero desapareció. Por alguna razón registró las gavetas de la cómoda, tirando las cosas. Recordó el otro escondite: el espejo. Intentó moverlo y este se desprendió y se rompió con un estrépito. En un ataque de impotencia tumbó los adornos de cristal, los frascos de perfume, arrancó el reloj y también lo estrelló con fuerza. Tenía las manos heridas. Cayó al piso, respirando dolorosamente y lo vio. Estaba al lado de la pata de la cama, en el bolsito ridículo de tela. Lo miraba sin moverse, como congelada. Oyó abrirse la puerta, los pasos de Jorge, pero no desvió la vista.

¿Y esto qué cosa es? gritó él. ¿Te volviste loca?

Unas rosas del jardín cayeron de su mano al piso. Se veían grotescas en medio del cuarto revuelto.

Graciela miró las rosas, luego a Jorge desde abajo y sonrió con una esquina de la boca.

¿Tú sabes si hay algo abierto a esta hora? dijo. Algún restaurante, una mesa sueca, cualquier cosa...

Ana Lidia Vega Serova, (Leningrado, 1968). Ha publicado los poemarios: Retazos (de las hormigas) para los malos tiempos y Eslabones de un tiempo muerto. Entre sus libros de cuentos se encuentran: Bad Paiting (Premio David, 1997); Catálogo de mascotas (Letras Cubanas, 1999); Limpiando ventanas y espejos (Unión, 2000). Su libro Imperio doméstico, ganó el Premio Dador y además fue Mención en el concurso de cuentos Alejo Carpentier, 2003.

 
 

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La Habana, Cuba. 2007.
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