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Almorzaba cuando tocaron a la puerta.
Corrió para la cocina con el plato,
gritando “¡Va!” Le daba una vergüenza
terrible que alguien viera lo que come.
Lo puso sin terminar en el fregadero,
sacudió la mesa al pasar y abrió la
puerta.
Era un desconocido y, además, era
extranjero.
—
Traigo una encomienda para Graciela
Hernández.
Lo invitó a entrar, estrujándose
nerviosamente las manos. Sentía un vacío
por dentro, como a punto de saltar del
trampolín o antes de una prueba de
inglés.
—
Cuente y firme aquí.
Contó con los dedos desobedientes. Era
MUCHO dinero. Dibujó un ganchito al lado
de su nombre y la cifra 500.
—
¿No hay carta?
—preguntó
con voz débil.
El hombre negó con la cabeza y se fue.
Cuando cerró la puerta tras él, pensó en
lo poco servicial que se mostró: no
siquiera le brindó café.
Estuvo como una hora sentada con el
sobre en las manos, pensando. Al fin, se
levantó y lo guardó en un libro de
Dumas, en lo más alto del estante.
Al anochecer, vino Jorge, malhumorado y
hambriento.
—¿Qué
tú harías si te encontraras 500 dólares?
—le
preguntó Graciela poniendo la mesa.
—¿Quién
se encontró quinientos dólares?
—se
animó el novio.
—Nadie...
Solo imagínate que TÚ te encuentras 500
dólares. ¿Qué haces?
—
No sé... emborracharme.
—
No, viejo, en serio.
—
¡No sé!
—revolvió
los frijoles con el arroz—.
Comprar una pierna de jamón, para comer
jamón en desayuno, almuerzo y comida. O
irme para un restaurante o una mesa
sueca y salir rodando de ahí al otro
día. ¿Por qué?
—
Por nada... Solo pregunté.
—
¿Y tú, qué harías?
—
No tengo idea.
Mucho tiempo después de haberse ido
Jorge, se levantó de la cama, buscó el
sobre y se encerró en el baño. Se sentó
en el piso y puso el dinero delante, en
fila. Después armó un rectángulo con los
billetes. En la cabeza le daba vueltas
la extraña palabra “encomienda”. Lo
agrupó en bulticos de a 100, los puso
uno encima del otro en abanico.
“Encomienda,
—murmuró—
encomienda de merienda”. Hacía cinco
años que los padres se habían ido. “Cien
por año”, sonrío. Lo recogió todo en el
sobre y lo volvió a guardar en el mismo
libro.
Se acostó, pero no lograba dormirse. La
atormentaban imágenes de la infancia.
Cuando ellos se fueron rompió todas las
fotos. Todas. Había una, de la madre,
tomada de espaldas. Parecía que al
siguiente instante se viraría, pero
seguía de espaldas. “Encomienda”,
murmuró. De pronto se le ocurrió que
Jorge o cualquiera podía coger aquel
libro para leerlo, llevárselo sin decir
nada, como había pasado mil veces. Se
levantó, buscó el dinero y miró
alrededor. Ningún lugar parecía seguro.
Al fin, se decidió por la gaveta de la
cómoda, donde guardaba las sábanas. Lo
puso bien abajo y se acostó. Eran casi
las doce. “En-co-mien-da”, decía el
reloj.
Al otro día era lunes. Llegó tarde al
trabajo, se entretuvo en volver a contar
el dinero y cambiarlo dos o tres veces
de lugar. Finalmente lo dejó en la
gaveta envuelto en una toalla. No podía
concentrarse. El jefe la regañó porque
pasó el informe con faltas de
ortografía, unas faltas estupidísimas...
A la hora del almuerzo corrió a casa.
Todo estaba en su lugar. No habían
robado ni hubo ningún incendio. Se calmó
un poco, guardó el sobre detrás del
espejo, lo aseguró con esparadrapo y
volvió al trabajo.
—
Jorge estuvo aquí
—le
dijo la recepcionista.
—
¿Jorge?
—repitió
desconcertada. Pensó que tal vez él se
hubiera dado cuanta de algo. Seguro que
sí—.
¿No dejó ningún recado?
—
Dijo que volvería a las cinco.
Estuvo hasta las cinco pensando, muy
preocupada.
Unas compañeras en el pasillo comentaban
de una Fulana que se compró una moto.
“¿Una moto?” Se alumbró. Sería
comodísimo, se quitaría de arriba el
problema del transporte... Después pensó
en un televisor a color o en un equipo
de música. Se sentía incómoda y decidió
hablar con Jorge esa misma noche. En
definitiva, no tenía a nadie más. Pero
por otro lado, desconfiaba de él. Era
tonto, pero no podía hacer nada.
A las cinco lo vio en la puerta de
salida.
—
Sabes
—le
dijo—
no me siento bien.
—
¿Qué te pasa?
—se
asustó el muchacho.
—
No es nada
—le
sonrió—,
solo estoy un poco deprimida.
—
¿Quieres ir al cine? ¿O a Coppelia?
—la
abrazó.
—
No
—lo
empujó suavemente. De pronto le preguntó—:
¿Cuánto cuesta una moto?
—
¿Qué?
—Jorge
la miró estupefacto.
—
No me hagas caso
—le
respondió—.
Necesito irme a casa y acostarme un
rato. ¿Me entiendes?
—
Estás rara... Si quieres, vamos, yo te
cocino, te baño, te mimo.
—
¡No!
—casi
gritó—.
Nos vemos mañana. ¿Sí?
Se alejó rápidamente. Jorge la siguió
con la mirada, totalmente confundido.
Llegó sofocada, arrancó el esparadrapo
hasta recuperar el sobre. Estaba
intacto. Cayó en la cama, apretándolo.
De pronto tocaron a la puerta.
“¡Ay, Dios mío!”, susurró. Guardó el
dinero en la gaveta, caminó
sigilosamente a la sala. Volvieron a
tocar. “¿Quién es?”, gritó. “¡Para ver
el metro del agua!”, respondió una voz
de hombre. Quedó paralizada, sin saber
qué hacer.
Tocaron de nuevo, más insistentemente.
“No voy a abrir”, pensó. “¡Graciela!”,
oyó a la vecina. “¡Abre un momento!”
“¿Qué hago?”, murmuraba sudando. Al fin,
se acercó a la puerta y la abrió. La
vecina y el hombre la miraban sonriendo.
—
¿Me permite?
—el
hombre dio un paso hacia la sala.
Graciela lo dejó entrar sin oír a la
mujer que comentaba lo que vino al
mercado, lo siguió al patio, donde el
desconocido apuntaba algo en una
libreta, esperó a que saliera.
—
Disculpa, Marta
—dijo
exhausta—,
tengo el agua en el baño. Nos vemos
luego.
—Y
le cerró la puerta en las narices.
Se desvaneció en el piso. “Ya saben que
estoy sola... ¡Por Dios, si viniera
Jorge!”
Volvió al cuarto, azorada. Le parecía
ver sombras en las esquinas, caras
maléficas. “Lo quemaré”, decidió. “No lo
quiero”. Luego pensó en la moto.
—
Estoy volviéndome loca
—dijo
en voz alta.
Sonrió para animarse. Por primera vez en
cinco años sentía pánico.
—Sé
buena, Graciela
—se
pidió, por favor.
Su voz le dio ánimo. Decidió llamar a
Jorge. Lo extrañaba. Lo necesitaba.
Quería contárselo todo.
Buscó el menudo y salió. Pero no pudo
bajar las escaleras. La inquietaba el
dinero en la casa vacía. Regresó, guardó
el sobre en un bolsillo y volvió hacia
la puerta. Pero no podía salir. No
PODÍA.
Se le ocurrió una idea. Buscó hilo,
aguja y un pedazo de tela. Hizo un
bolsito y guardó el sobre dentro. Se lo
ajustó en el bloomer y lo prendió con un
alfiler. Se sintió más segura. Llegó
hasta el teléfono, evitando a la gente,
incluso a los conocidos del barrio.
Marcó el número varias veces, el disco
se le escapaba de los dedos.
—¡Jorge!
—gritó
al oír la voz del novio y comprendió que
estaba llorando.
Dentro de media hora ya estaba en su
casa. La hizo acostarse y taparse.
—
No me expliques nada
—dijo—,
solo descansa.
Ella apretaba con las dos manos el sobre
debajo de las sábanas, debajo de las
ropas. Temblaba con todo el cuerpo.
—
Voy a hacer un té
—le
gritó el muchacho desde la cocina.
Luego se asomó en la puerta.
—
¿Estás mejor?
Ella asintió con la cabeza.
—
¿Quieres algo?
Negó mirándolo con dulzura. Él se sentó
en el borde de la cama. La acarició y
sintió cómo ella tensó los músculos. Fue
una reacción involuntaria, pero ya él
retiraba la mano.
—
Voy a ver el té
—se
levantó.
Ella sacó un brazo e intentó retener al
muchacho.
—
Cásate conmigo —dijo.
Él sonrió.
—
Mañana hablaremos sobre eso. Voy a ver
el té.
Graciela desabrochó el alfiler y guardó
apurada el sobre debajo del colchón. Se
imaginó que pasaría si Jorge lo
encontraba. “Él es bueno, pero nadie
sabe”, se dijo.
Se tomó el té y se durmió casi
inmediatamente.
Se despertó por la madrugada como si
hubiera soñado algo terrible y no lo
recordara. Buscó en la oscuridad hasta
dar con el encendedor. Miró alrededor,
volviendo en sí. “¿Y Jorge?”, recordó.
Se cubrió de sudor. Revisó jadeante
debajo del colchón, pero no encontró
nada. Lo arrastró al piso, gimiendo. El
dinero desapareció. Por alguna razón
registró las gavetas de la cómoda,
tirando las cosas. Recordó el otro
escondite: el espejo. Intentó moverlo y
este se desprendió y se rompió con un
estrépito. En un ataque de impotencia
tumbó los adornos de cristal, los
frascos de perfume, arrancó el reloj y
también lo estrelló con fuerza. Tenía
las manos heridas. Cayó al piso,
respirando dolorosamente y lo vio.
Estaba al lado de la pata de la cama, en
el bolsito ridículo de tela. Lo miraba
sin moverse, como congelada. Oyó abrirse
la puerta, los pasos de Jorge, pero no
desvió la vista.
—
¿Y esto qué cosa es?
—gritó
él—.
¿Te volviste loca?
Unas rosas del jardín cayeron de su mano
al piso. Se veían grotescas en medio del
cuarto revuelto.
Graciela miró las rosas, luego a Jorge
desde abajo y sonrió con una esquina de
la boca.
—¿Tú
sabes si hay algo abierto a esta hora?
—dijo—.
Algún restaurante, una mesa sueca,
cualquier cosa...
Ana Lidia Vega Serova,
(Leningrado, 1968). Ha publicado los
poemarios: Retazos (de las hormigas)
para los malos tiempos y
Eslabones de un tiempo muerto.
Entre sus libros de cuentos se
encuentran: Bad Paiting (Premio
David, 1997); Catálogo de mascotas
(Letras Cubanas, 1999); Limpiando
ventanas y espejos (Unión, 2000).
Su libro Imperio doméstico,
ganó el Premio Dador y además fue
Mención en el concurso de cuentos Alejo
Carpentier, 2003. |