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Ahora
que algunos de los grupos legendarios de
los 70 vuelven a juntarse, me vienen a
la memoria las dudas y tensiones
musicales de una etapa de mi vida. Había
llegado al preuniversitario del
elegante, fino barrio del Vedado. Arribé
(con la ayuda de mi hermana) a aquellos
escalones a la moda, en los que se
habían sentado varias generaciones de
habaneros, directamente desde el campo
de mi infancia y adolescencia.
Cuando tocaba el turno a las
conversaciones sobre música tenía que
olvidarme de mi preferencia por el
bolero y ni soñar con mencionar siquiera
la décima cantada, el entrañable Punto
Cubano que mi padre me enseñó a amar
desde muy chiquito. Las controversias
—o
batallas de elocuencia—
entre dos poetas acompañados por una
música aparentemente uniforme eran
asunto del programa Palmas y Cañas (el
más longevo de nuestros espacios
televisivos), una hora de domingo por la
tarde, que se vinculaba a gente entrada
en años y procedente de la Cuba
profunda.
En la
víspera de nuestros viajes de ida y
vuelta a la playa los fines de semana,
mis amigos me daban un intensivo de
nombres y hasta de algunas canciones
francamente emblemáticas. Las bellas que
tomaban el sol y de las que esperábamos
sonrisas, cercanía y algún teléfono de
cara al futuro solían comentar sobre lo
último en materia de rock. A estas
alturas sospecho que muchas bailarían en
familia con las guarachas o las rumbas
de siempre y hasta que algún bolerito se
instalaría en sus desasosiegos amorosos.
Pero a la altura de 1975 ó 76 la moda de
los que pretendían ser modernos,
actualizados, “pepillos” era cantar en
inglés, usar pantalones campana y tener
—los
varones—
el pelo lo más largo posible. Poco
después, la televisión lograría hacer
popular el programa Para bailar y los
maravillosos ritmos cubanos se
impondrían entre los adolescentes.
Llegado el momento de salir de fiesta
los sábados, los que cursábamos el
bachillerato nos sentíamos con derecho a
asistir a cualquier festejo que llegara
a nuestro ámbito. En el receso se
buscaban direcciones y partíamos hacia
la que nos oliesen a más lindas
muchachas. Otras veces he recordado que
mi círculo de relaciones se nutría de la
gente del legendario barrio de El Cerro.
Los pepillos consagrados de El Vedado
—a
decir verdad solo unos pocos en nuestro
curso—
asistirían a fiestas de alto nivel,
algunas de ellas hasta con música en
vivo. Esos elegidos(as) atesoraban la
contraseña mágica para ir a una fiesta
con “Los almas” u otro de esos dos o
tres grupos de imitadores nacionales,
llenos de vigor y orgullosos de su
limitada pero fiel y apasionada
audiencia.
Por
suerte en materia de baile la moda fue
más generosa conmigo. Nunca he oído lo
suficiente la música y mis pies no
suelen ir por el rumbo adecuado. Más
bien me invento movimientos lo más
relajados posible que me ganaron el mote
—generoso,
sin duda, y procedente de mi cuñi
Tatiana—
de “patón con salsa”. Por los años que
evoco estaba en la última un baile que
le llamaban “tanguito” y que no
precisaba de pasos, sino de un
cadencioso dejarse llevar con la pareja
muy cerca. Por cierto los que ya tenían
algo de novios o simplemente se
gustaban, bailaban muy juntos, como
formando parte de un único cuerpo
desprejuiciado. Confieso que me
encantaba la práctica, pero que a la
timidez de la adolescencia se sumaba mi
procedencia rural. Yo venía de una
cultura en la que se decían frases como
“baila bien pero aprieta mucho”. Por
cierto, esa máxima de origen danzario-
festivo se usaba después para designar a
un jefe eficiente pero demasiado recio.
Me
alegra que los grupos míticos regresen
en busca de sus fans y supongo que
algunos buscarán nutrir sus cuentas de
banco. Leo rápido la programación de los
conciertos y me alivia saber que no
tendré que volver a memorizar títulos y
fingir preferencias. |