Año VI
La Habana
2007

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Mentiras de playa
Amado del Pino • La Habana

Ahora que algunos de los grupos legendarios de los 70 vuelven a juntarse, me vienen a la memoria las dudas y tensiones musicales de una etapa de mi vida. Había llegado al preuniversitario del elegante, fino barrio del Vedado. Arribé (con la ayuda de mi hermana) a aquellos escalones a la moda, en los que se habían sentado varias generaciones de habaneros, directamente desde el campo de mi infancia y adolescencia.

Cuando tocaba el turno a las conversaciones sobre música tenía que olvidarme de mi preferencia por el bolero y ni soñar con mencionar siquiera la décima cantada, el entrañable Punto Cubano que mi padre me enseñó a amar desde muy chiquito. Las controversias o batallas de elocuencia entre dos poetas acompañados por una música aparentemente uniforme eran asunto del programa Palmas y Cañas (el más longevo de nuestros espacios televisivos), una hora de domingo por la tarde, que se vinculaba a gente entrada en años y procedente de la Cuba profunda.

En la víspera de nuestros viajes de ida y vuelta a la playa los fines de semana, mis amigos me daban un intensivo de nombres y hasta de algunas canciones francamente emblemáticas. Las bellas que tomaban el sol y de las que esperábamos sonrisas, cercanía y algún teléfono de cara al futuro solían comentar sobre lo último en materia de rock.  A estas alturas sospecho que muchas bailarían en familia con las guarachas o las rumbas de siempre y hasta que algún bolerito se instalaría en sus desasosiegos amorosos. Pero a la altura de 1975 ó 76 la moda de los que pretendían ser modernos, actualizados, “pepillos” era cantar en inglés, usar pantalones campana y tener los varones el pelo lo más largo posible. Poco después, la televisión lograría hacer popular el programa Para bailar y los maravillosos ritmos  cubanos se impondrían entre los adolescentes.

Llegado el momento de salir de fiesta los sábados, los que cursábamos el bachillerato nos sentíamos con derecho a asistir a cualquier festejo que llegara a nuestro ámbito. En el receso se buscaban direcciones y partíamos hacia la que nos oliesen a más lindas muchachas. Otras veces he recordado que mi círculo de relaciones se nutría de la gente del legendario barrio de El Cerro. Los pepillos consagrados de El Vedado a decir verdad solo unos pocos en nuestro curso asistirían a fiestas de alto nivel, algunas de ellas  hasta con música en vivo. Esos elegidos(as) atesoraban la contraseña mágica para ir a una fiesta con “Los almas” u otro de esos dos o tres grupos de imitadores nacionales, llenos de vigor y orgullosos de su limitada pero fiel y apasionada audiencia.

Por suerte en materia de baile la moda fue más generosa conmigo. Nunca he oído lo suficiente la música  y mis pies no suelen ir por el rumbo adecuado. Más bien me invento movimientos lo más relajados posible que me ganaron el mote generoso, sin duda, y procedente de mi cuñi  Tatiana de “patón con salsa”. Por los años que evoco estaba en la última un baile que le llamaban “tanguito” y que no precisaba de pasos, sino de un cadencioso dejarse llevar con la pareja muy cerca. Por cierto los que ya tenían algo de novios o simplemente se gustaban, bailaban muy juntos, como formando parte de un único cuerpo desprejuiciado. Confieso que me encantaba la práctica, pero que a la timidez de la adolescencia se sumaba mi procedencia rural. Yo venía de una cultura en la que se decían frases como “baila bien pero aprieta mucho”. Por cierto, esa máxima de origen danzario- festivo se usaba después para designar a un jefe eficiente pero demasiado recio.

Me alegra que los grupos míticos regresen en busca de sus fans y supongo que algunos buscarán nutrir sus cuentas de banco. Leo rápido la programación de los conciertos y me alivia saber que no tendré que volver a memorizar títulos y fingir preferencias.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
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