Año VI
La Habana
2007

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Un andarín fiel a su apodo
Josefina Ortega • La Habana
 

Se cuenta que cuando Juan Manuel Castañón, director de El Rápido, un periodiquito de San Antonio de los Baños, comentó que: "Ese zángano nombrado Carvajal está bueno, no para correr las calles del pueblo, sino para barrerlas", El Andarín irrumpió en la redacción al siguiente día y sin mediar palabra alguna, golpeó con una fusta de cuero varias veces al agraviante.

Sin embargo, el juicio no alcanzó la trascendencia esperada, pues todo  el pueblo, incluido el propio juez, rechazó la ofensa pública infligida al ídolo local que había ganado en buena lid frente al célebre fondista español Mariano Bierza.

Son muchas las anécdotas protagonizadas por Félix de la Caridad Carvajal y Soto, el Andarín Carvajal, una de las figuras más legendarias del atletismo cubano, y que, no obstante su gloria, murió en la miseria, el 27 de enero de 1949, en su casucha del barrio marginal de Llega y pon, debajo del puente de La Lisa.

Esta historia comenzó cuando correr y correr a la par de caballos y quitrines era el pasatiempo favorito de aquel niño nacido en la habanerísima calle de Águila, el 18 de marzo de 1875, y crecido en San Antonio de los Baños, donde subiría las colinas a todo lo que daban sus fuerzas para dejar sin respiro a sus compañeros de juegos.

Muy pronto sus veloces piernas se convertirían en un espectáculo para la pequeña ciudad, que sería también escenario de sus primeras largadas victoriosas como cuando reta al español Bielza, quien se rinde frente al cubano en una prueba de resistencia alrededor del parque principal de la localidad.

Completamente extenuado el hispano se rinde a las diez horas.  El Andarín fiel a su apodo logra dos horas más. La multitud entusiasmada lo lleva en hombros para festejar su victoria y lo apoya frente a la infamia de los que solo ven manchas en la virtud ajena.

En próximas contiendas por carreteras y estadios de toda la Isla el humilde corredor vencerá uno tras otro a sus adversarios en la pista, no importa que el hambre aceche a este singular cubano, a quien los capitalinos de su época vieron trotar cada día por las calles, haciendo sonar su incansable silbato para llamar la atención.

Él es el Andarín Carvajal, grande entre los grandes, y querido por su pueblo, siempre vestido con pantalones cortos, medias largas, tocado con una gorra, y el silbato que, como ya se ha dicho, no cesaba de tocar. Los niños lo siguen a todas partes por su bien ganada fama y su innegable pintoresquismo.

Al estallar la guerra de Independencia en 1895, el Andarín Carvajal se incorpora a las huestes mambisas. Expedicionario, combatiente y, por supuesto, correo, sentirá muy de cerca los tiros y machetazos en la manigua insurrecta.

Sin embargo, en muy poco cambiará su vida durante la República mediatizada. Para él no habrá ni siquiera un trabajo fijo. Será barbero, mandadero, cartero, portero del hotel Inglaterra y hasta el humillado hombre emparedado con cartel al frente y en la espalda, para anunciar farmacias, bodegas y  tiendas.

De lo que no hay duda es que nuestro Andarín fue un hombre de sueños. Y para hacer más grande su leyenda se obsesiona, nada menos, con participar en el maratón de los Juegos Olímpicos de San Luís, EE.UU., en 1904, sin contar con la más mínima ayuda oficial.

De barrio en barrio corrió toda La Habana, con carteles que decían: “Coopere con un deportista cubano que quiere ir a la Olimpiada”. Lo recaudado apenas alcanzó para el pasaje.

Según los cronistas deportivos, el Maratón de San Luis fue una competencia muy dura. De todo había para desalentar al más ranqueado. Tramos sin pavimentar rellenos con piedras, siete empinadas colinas y apenas un punto de agua a los 19 kilómetros de carrera, sin olvidar una temperatura de 32 grados Celsius.

El cubano no se desanima, y eso que lleva más de 40 horas sin probar alimento, tanta era su miseria. Sus viejos pantalones recortados y sus zapatos rotos despiertan burlas a su paso. Nadie puede entender qué hace allí tan insólito personaje.

Para asombro de los escépticos, en el kilómetro 5, el cubano deja atrás a los más reconocidos atletas. El criollo de la triste figura pasa como por arte de magia a encabezar la lid. Para muchos, aquello es una locura; para otros, un milagro.

En el kilómetro 30, el Andarín continúa al frente y se le ve fresco, pero el hambre entonces lo golpea de mala manera. Toma de un árbol unas manzanas verdes. Las devora sin dejar de correr.

A siete kilómetros de la meta, una severa colitis le provoca vómitos y diarreas. Tiene que salir varias veces de la carretera. Pierde ritmo. Le flaquean las piernas. Cinco rivales le pasan por delante.

En realidad, ocupa el cuarto lugar de aquel maratón. El norteamericano Fred Lordz, quien llegó primero, es descalificado: recorrió parte del trayecto en el automóvil de un amigo.

Arrastrando los pies arribó el Andarín Carvajal a la meta. Ya no hay burlas, sino miradas de respeto para aquel asombroso deportista que continuará corriendo casi hasta el final de su vida.

Su última carrera fue a finales de la década del 40, antes de un juego en el estadio de pelota del Cerro. "Esto es para demostrar que todavía corro", respondió a los aplausos del público.

Se dice que sus trofeos y preseas, que no eran pocos, desaparecieron a su muerte; entre ellos la Medalla de Bronce conquistada en el Primer Maratón del Missouri Athletic Club, realizado en San Luis el 6 de mayo de 1905, y una gran Copa de Plata ganada en una competencia efectuada en España.

Las anécdotas del pintoresco Andarín hicieron historia en toda La Habana. En una ocasión un reportero lo entrevistaba en la fonda de Consulado entre Neptuno y Virtudes. Los parroquianos le tenían cariño y algunos se sentían incluso con el derecho de participar también en la charla.

Ya para entonces el Andarín pasaba de los 70 y estaba en la más profunda de las miserias, pero todavía seguía dando de qué hablar con sus simpáticas ocurrencias.

De pronto, en medio de la conversación, el Andarín se levantó del asiento y como si fuera a emprender veloz carrera dirigió sus pasos hacia la calle. Todos lo siguieron con la mirada, curiosos por conocer la causa de tan repentina reacción.

Se trataba de una hermosa mujer que cruzaba la calle. El Andarín gritó a todo lo que le daban sus pulmones: "Caballeros, miren eso, lo que lleva esa negra vale un millón de pesos. Esa es la vida, muchachos".
 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
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