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Se
cuenta que cuando Juan Manuel Castañón,
director de El Rápido, un
periodiquito de San Antonio de los
Baños, comentó que: "Ese zángano
nombrado Carvajal está bueno, no para
correr las calles del pueblo, sino para
barrerlas", El Andarín irrumpió en la
redacción al siguiente día y sin mediar
palabra alguna, golpeó con una fusta de
cuero varias veces al agraviante.
Sin
embargo, el juicio no alcanzó la
trascendencia esperada, pues todo el
pueblo, incluido el propio juez, rechazó
la ofensa pública infligida al ídolo
local que había ganado en buena lid
frente al célebre fondista español
Mariano Bierza.
Son
muchas las anécdotas protagonizadas por
Félix de la Caridad Carvajal y Soto, el
Andarín Carvajal, una de las figuras más
legendarias del atletismo cubano, y que,
no obstante su gloria, murió en la
miseria, el 27 de enero de 1949, en su
casucha del barrio marginal de Llega y
pon, debajo del puente de La Lisa.
Esta
historia comenzó cuando correr y correr
a la par de caballos y quitrines era el
pasatiempo favorito de aquel niño nacido
en la habanerísima calle de Águila, el
18 de marzo de 1875, y crecido en San
Antonio de los Baños, donde subiría las
colinas a todo lo que daban sus fuerzas
para dejar sin respiro a sus compañeros
de juegos.
Muy
pronto sus veloces piernas se
convertirían en un espectáculo para la
pequeña ciudad, que sería también
escenario de sus primeras largadas
victoriosas como cuando reta al español
Bielza, quien se rinde frente al cubano
en una prueba de resistencia alrededor
del parque principal de la localidad.
Completamente extenuado el hispano se
rinde a las diez horas. El Andarín
—fiel
a su apodo—
logra
dos horas más. La multitud entusiasmada
lo lleva en hombros para festejar su
victoria y lo apoya frente a la infamia
de los que solo ven manchas en la virtud
ajena.
En
próximas contiendas por carreteras y
estadios de toda la Isla el humilde
corredor vencerá uno tras otro a sus
adversarios en la pista, no importa que
el hambre aceche a este singular cubano,
a quien los capitalinos de su época
vieron trotar cada día por las calles,
haciendo sonar su incansable silbato
para llamar la atención.
Él es
el Andarín Carvajal, grande entre los
grandes, y querido por su pueblo,
siempre vestido con pantalones cortos,
medias largas, tocado con una gorra, y
el silbato que, como ya se ha dicho, no
cesaba de tocar. Los niños lo siguen a
todas partes por su bien ganada fama y
su innegable pintoresquismo.
Al
estallar la guerra de Independencia en
1895, el Andarín Carvajal se incorpora a
las huestes mambisas. Expedicionario,
combatiente y, por supuesto, correo,
sentirá muy de cerca los tiros y
machetazos en la manigua insurrecta.
Sin
embargo, en muy poco cambiará su vida
durante la República mediatizada. Para
él no habrá ni siquiera un trabajo fijo.
Será barbero, mandadero, cartero,
portero del hotel Inglaterra y hasta el
humillado hombre emparedado con cartel
al frente y en la espalda, para anunciar
farmacias, bodegas y tiendas.
De lo
que no hay duda es que nuestro Andarín
fue un hombre de sueños. Y para hacer
más grande su leyenda se obsesiona, nada
menos, con participar en el maratón de
los Juegos Olímpicos de San Luís,
EE.UU., en 1904, sin contar con la más
mínima ayuda oficial.
De
barrio en barrio corrió toda La Habana,
con carteles que decían: “Coopere con un
deportista cubano que quiere ir a la
Olimpiada”. Lo recaudado apenas alcanzó
para el pasaje.
Según
los cronistas deportivos, el Maratón de
San Luis fue una competencia muy dura.
De todo había para desalentar al más
ranqueado. Tramos sin pavimentar
rellenos con piedras, siete empinadas
colinas y apenas un punto de agua a los
19 kilómetros de carrera, sin olvidar
una temperatura de 32 grados Celsius.
El
cubano no se desanima, y eso que lleva
más de 40 horas sin probar alimento,
tanta era su miseria. Sus viejos
pantalones recortados y sus zapatos
rotos despiertan burlas a su paso. Nadie
puede entender qué hace allí tan
insólito personaje.
Para
asombro de los escépticos, en el
kilómetro 5, el cubano deja atrás a los
más reconocidos atletas. El criollo de
la triste figura pasa como por arte de
magia a encabezar la lid. Para muchos,
aquello es una locura; para otros, un
milagro.
En el
kilómetro 30, el Andarín continúa al
frente y se le ve fresco, pero el hambre
entonces lo golpea de mala manera. Toma
de un árbol unas manzanas verdes. Las
devora sin dejar de correr.
A
siete kilómetros de la meta, una severa
colitis le provoca vómitos y diarreas.
Tiene que salir varias veces de la
carretera. Pierde ritmo. Le flaquean las
piernas. Cinco rivales le pasan por
delante.
En
realidad, ocupa el cuarto lugar de aquel
maratón. El norteamericano Fred Lordz,
quien llegó primero, es descalificado:
recorrió parte del trayecto en el
automóvil de un amigo.
Arrastrando los pies arribó el Andarín
Carvajal a la meta. Ya no hay burlas,
sino miradas de respeto para aquel
asombroso deportista que continuará
corriendo casi hasta el final de su
vida.
Su
última carrera fue a finales de la
década del 40, antes de un juego en el
estadio de pelota del Cerro. "Esto es
para demostrar que todavía corro",
respondió a los aplausos del público.
Se
dice que sus trofeos y preseas, que no
eran pocos, desaparecieron a su muerte;
entre ellos la Medalla de Bronce
conquistada en el Primer Maratón del
Missouri Athletic Club, realizado en San
Luis el 6 de mayo de 1905, y una gran
Copa de Plata ganada en una competencia
efectuada en España.
Las
anécdotas del pintoresco Andarín
hicieron historia en toda La Habana. En
una ocasión un reportero lo entrevistaba
en la fonda de Consulado entre Neptuno y
Virtudes. Los parroquianos le tenían
cariño y algunos se sentían incluso con
el derecho de participar también en la
charla.
Ya
para entonces el Andarín pasaba de los
70 y estaba en la más profunda de las
miserias, pero todavía seguía dando de
qué hablar con sus simpáticas
ocurrencias.
De
pronto, en medio de la conversación, el
Andarín se levantó del asiento y como si
fuera a emprender veloz carrera dirigió
sus pasos hacia la calle. Todos lo
siguieron con la mirada, curiosos por
conocer la causa de tan repentina
reacción.
Se trataba de una hermosa mujer que
cruzaba la calle. El Andarín gritó a
todo lo que le daban sus pulmones:
"Caballeros, miren eso, lo que lleva esa
negra vale un millón de pesos. Esa es la
vida, muchachos". |