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Amor ideal
¡Imposible! No puede su dulzura
retratar mi pincel, ni hallo colores
que
coloren y adornen mis amores
ni
contornos que pinten su figura.
Está clara, perfecta, dulce y pura
en
mi mente su imagen entre flores,
y no
hay voces, suspiros, ni rumores
que
remeden su acento y su ternura.
Él no existe, ¡ay de mí!, sobre la
tierra,
y
aunque la luz de mi razón reclamo,
en
mí vive este amor, y me da guerra.
Mi consuelo, mi bien, así le llamo;
una
heroica lealtad mi pecho encierra,
y un
ardor y un suspiro es lo que amo.
El
árbol seco
¿Por qué estás entre dudas, esperanza,
y
abandonas mi frágil corazón?
Ya
tu voz no me ofrece la bonanza,
tristes sombras ofuscan mi mansión.
Un rayo de tu luz el alma implora
que
refleje un momento en mi vergel,
como
el tibio reflejo con que dora
el
ocaso la copa de un laurel.
Una chispa de luz fúlgida y bella
como
el rayo que arroja en derredor
de
su trono de záfiro una estrella
y
refleja en el cáliz de una flor.
¿Por qué alcanzar algún consuelo dudo?
En
la margen inculta de un raudal,
yo
vi un roble, ya seco, negro y rudo,
azotado del recio vendaval.
Era una tarde bella y despejada:
ya
en occidente reflejaba el sol,
y en
su rama ya seca y deshojada
derramaba su vivo tornasol.
Inclinando a las aguas, carcomido,
sin
verdor, ya rendida su altivez,
entre el cieno y la yerba sumergido,
como
un triste indigente en su vejez.
Claras ondas, azules, sosegadas,
brota un limpio y fecundo manantial
junto al roble, corrientes esmaltadas,
transparentes cual diáfano cristal.
En su espejo retrata los matices
de
las flores del margen, sin rumor;
forma olas del roble en las raíces
y de
espumas lo cubre en derredor.
A
su tronco desnudo reclinada,
comparando a su vida mi existir,
mi
alma triste, marchita y desolada,
compadeció su estéril porvenir.
Otro día, pensando en mis martirios,
en
la misma ribera, al reflejar
la
postrimera luz sobre los lirios,
me
llegué el seco roble a contemplar.
Y
suspensa quedé... Sola en el mundo
me
contempla con íntimo dolor,
que
a una rama de roble ya fecundo
hojas verdes le vi... ¡le vi una flor!
¿Tú brotaste esas hojas, por ventura,
y
esa flor sonrosada con desdén,
porque a ti me comparo en mi amargura
y en
ti reclino mi agitada sien?
¡Ay! te he visto morir en el sombrío
de
este bosque, has tornado a verdecer,
al
frescor de las aguas de tu río,
y
hoy disfrutas, ¡oh, roble!, nuevo ser.
Te levantas florido y vigoroso
agravando mi vida y mi dolor;
junto a ti el corazón suspira ansioso
contemplando tus hojas y tu flor.
Flor solitaria, con primor vestida,
hija
bella de inculta soledad,
¿dó
gozarás de placentera vida
dando al margen olor y amenidad?
Así clamé con agitado acento,
y
llorando mi suerte tan contraria,
contemplé con dulzura y sentimiento
aquella flor silvestre y solitaria.
Inclinada a la límpida corriente
y
bañada de un aura mansa y pura,
triste agitaba su modesta frente,
rodeada de ramas y frescura.
Brote, ¡oh, Dios!, un consuelo a mis
dolores,
como
brota en el campo, entre malezas,
una
planta marchita algunas flores,
que
mitiguen mi pena y mis tristezas.
Mi esperanza, Señor, grata y hermosa
bien
puede renacer, si Tú me amas,
como
un tronco en la margen escabrosa
que
se vuelve a cubrir de verdes ramas.
Yo siempre esperaré mientras respire
el
aire perfumado en las riberas,
mientras el cielo refulgente mire
y el
verdor de los bosques y praderas.
Mientras libre mi vaga fantasía
pueda escaparse de vulgar cadena,
y
por región de flores, te sonría
al
concebir una ilusión amena.
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