Año VI
La Habana

15 al 21 de
DICIEMBRE
de 2007

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El autonomismo en la historiografía cubana:

Una larga y enconada polémica

Elíer Ramírez • La Habana

 

El autonomismo en Cuba es uno de los temas que, desde los primeros estudios al respecto, generó un sinnúmero de discusiones en la historiografía cubana. Las polémicas alrededor del tema han sido tan peliagudas y disímiles, que actualmente muchas de ellas persisten entre los historiadores cubanos, al tiempo que van floreciendo otras, en correspondencia con el interés cada vez más marcado, aunque aún no suficiente dado la importancia del tema, que los investigadores de nuestra historia nacional muestran por el autonomismo decimonónico. ¿Se puede realizar la misma valoración del autonomismo en todas sus etapas de existencia? ¿Cuál fue la base del pensamiento filosófico de los autonomistas más prominentes que justifica su actitud? ¿Contribuyó el autonomismo al proceso de formación de la nación cubana? ¿Fueron aquellos hombres que formaron, integraron y defendieron el Partido Autonomista con fidelidad, elementos antinacionales, anticubanos, racistas y antipatriotas? Estas son algunas de las principales incógnitas que se han hecho hasta hoy día los interesados en el estudio de esta corriente política y que, consiguientemente, han conducido a tan diversas lecturas en torno a la misma. 

Durante la república neocolonial (1902-1958), emergieron en la Isla múltiples y diferentes valoraciones referidas al autonomismo. En esos años, algunos de los antiguos dirigentes del Partido Autonomista vinculados a la política republicana, tuvieron la necesidad de justificar su actuación pretérita ante el presente, lo que se tradujo en su magnificación del papel desempeñado por el autonomismo en todo su decurso histórico; mientras que otros, ya fueran ex autonomistas o investigadores del tema, se dedicaron a analizarlo en dos momentos diferentes: de 1878 a 1895, como la etapa heroica favorecedora del desarrollo de la conciencia nacional, y de 1895 a 1898, como el período antirrevolucionario y antinacional.  

Dentro del primer grupo sobresale Eliseo Giberga, al dejar constancia de sus defensas al autonomismo en conferencia realizada en 1913 en el Ateneo de La Habana, y que años más tarde publicara la revista Cuba Contemporánea bajo el título Las ideas políticas en Cuba. En sus palabras, el orador autonomista acentúa la importancia que tuvo el autonomismo para el siglo XIX cubano, por formar sus filas destacados intelectuales, haciendo énfasis en que el autonomismo había surgido para reencauzar el sentimiento separatista fracasado tras el Zanjón, en una época en que para alcanzar el progreso y la libertad no era necesario recurrir a las armas, ya que la historia demostraba que, dentro del marco constitucional de las monarquías europeas, se podían satisfacer todas las aspiraciones del pueblo cubano. Subraya que el autonomismo ofreció a la independencia orden y parlamentarismo, y que si bien la república fue un logro de los mambises, su consolidación hubiera sido imposible sin el concurso de los antiguos autonomistas.[1]  

El segundo grupo lo encabeza Raimundo Cabrera, también antiguo autonomista, miembro de la Junta Central y diputado provincial en diversas ocasiones. Al igual que Giberga, su objetivo es justificar ante el presente su desenvolvimiento en el pasado. En su obra Los partidos coloniales (1914), Cabrera advierte la importancia del autonomismo en el período de 1878 a 1895, época en que militó dentro de sus filas, mientras que critica su actuación durante los años en que tuvo lugar la Guerra Necesaria (1895-1898), por supuesto, en ese tiempo laboró con el separatismo.[2] Asimismo, considera que al igual que el reformismo dejó paso a la Revolución, el autonomismo debía haber obrado de la misma manera y, al no hacerlo así, se había vuelto contra su tradición política.[3] De esta forma, Cabrera inaugura una conceptualización que historiadores posteriores emplearán en sus trabajos sobre el autonomismo, consistente en diferenciar dentro de su historia una etapa heroica, de 1878 a 1895, favorecedora del desarrollo de la conciencia nacional, frente a un período antinacional y antirrevolucionario, desde 1895 hasta su expiración. Aunque Raimundo Cabrera fue el primero durante la república neocolonial en verter estos criterios, hay que subrayar que, ya en 1896, Rafael María Merchán en su obra: Cuba, justificación de sus guerras de independencia, había planteado que los autonomistas habían tenido su razón de ser, su justificación patriótica y cumplido todos sus deberes menos el de saber morir, refiriéndose al momento en que se reinicia la lucha independentista en 1895.[4]  

No pocos son los autores que, en los años republicanos, se hacen partícipes de esta periodización valorativa del autonomismo, resaltando de manera general el papel librado por el autonomismo en la conciencia cubana, como un momento previo y necesario al nuevo estallido revolucionario de 1895. Destacan la dura crítica de los autonomistas a los males del colonialismo español, como un elemento positivo para el propio independentismo y, que la nacionalidad cubana debía al autonomismo una construcción racional y completa de una doctrina constitucional. Todos justifican y enaltecen la actitud de los autonomistas hasta la época que catalogan como no heroica (1895-1898).[5]  

Otra de las polémicas más importantes consistió en descifrar cuál fue la base del pensamiento filosófico de los autonomistas, para así explicar su actitud histórica. Esta larga polémica estuvo protagonizada fundamentalmente por Antonio Sánchez de Bustamante y Montoro (nieto del líder autonomista Rafael Montoro) y Antonio Martínez Bello. 

En 1933 Antonio Sánchez de Bustamante y Montoro publica La ideología autonomista,[6] donde considera que el autonomismo tenía un modelo político inspirado en la política autonómica del liberalismo británico hacia Canadá, y un cometido histórico que cumplir, consistente en aprovechar con vistas al progreso insular, las potencialidades políticas que se abrían tras el Zanjón. Bustamante también tiene en cuenta el desarrollo de la filosofía hegeliana dentro del autonomismo y, por tanto, considera que la actitud antinacional y antirrevolucionaria desarrollada por esta corriente, había sido provocada por la asunción de la filosofía política de Hegel por parte de los principales ideólogos del autonomismo. Según Bustamante, los autonomistas aguardaban pacíficamente la evolución de las leyes del desarrollo de la historia, que harían a Cuba independiente de una manera más sólida que cualquier proceso revolucionario, y precisamente esto había sido lo que los había puesto frente a la Revolución.[7] 

Frente a esta argumentación, Martínez Bello en su obra Origen y meta del autonomismo (1952),[8] es más profundo al explicar el posicionamiento ideológico del autonomismo sobre las bases del origen de clase, la constitución biotípica, la educación, las motivaciones económicas, la formación cultural y la tradición política e, incluso, por el temperamento psicológico de sus líderes. Esta es la tesis fundamental que, a lo largo de ese ensayo, trata de demostrar Martínez Bello frente a la noción de la filosofía de la historia de Hegel, defendida por Bustamante, y encuentra a esta incoherente con la realidad insular de fines del siglo XIX por varios motivos: primero, que la filosofía de Hegel iba encaminada al estado europeo y no al espacio ultramarino y caribeño de Cuba, al unísono sostiene que, cuando surgió el autonomismo, los supuestos de la filosofía de Hegel habían sido ampliamente superados; segundo, que el autonomismo aglutinaba un pensamiento filosófico heterogéneo, y porque uno de sus miembros, Montoro, hubiera expuesto cierta vocación hegeliana, no debía asumirse que esta regía las ideas de la colectividad, más cuando estima muy sui géneris los principios hegelianos de Montoro, y aplicables más que a la política, a sus reflexiones idealistas sobre el arte y la literatura; tercero, que el evolucionismo autonomista se explicaría más por los puntos de contacto con la filosofía de la historia de Spencer y por el desarrollo del liberalismo británico, que por los principios filosóficos de Hegel.[9] 

Así, Martínez Bello concluye que las “determinaciones de su medio económico”, el “efecto de la tradición reformista cubana”, los “condicionamientos de la clase social a la que pertenecían”, las “impulsiones profundas del temperamento”,[10] son los factores que explican la posición política que adoptan los autonomistas frente a la Revolución. A pesar de su crítica al autonomismo, Martínez Bello resalta en sus exponentes, especialmente en Montoro, un patriotismo sincero en defensa de los principios que sustentaban. También destaca el papel desempeñado por el autonomismo en la conciencia cubana, a través de la constante denuncia cívica de los errores del coloniaje.  

La crítica marxista al autonomismo comienza también durante la república. Sergio Aguirre, en una ponencia presentada al Primer Congreso Nacional de Historia de la Sociedad Cubana de Estudios Históricos, celebrado en La Habana en 1942, analiza al autonomismo como la sexta actitud de la burguesía cubana del siglo XIX, postura política ocasionada por la defensa indeleble y constante de sus intereses de clase. Aguirre advierte en el reformismo anterior a la Guerra de los Diez Años, aspectos positivos para el desarrollo de la nacionalidad cubana, pero tras el Zanjón el autonomismo es considerado por este autor como una traición a nuestra nacionalidad.[11] 

Por su parte, Raúl Cepero Bonilla en Azúcar y Abolición, obra publicada en 1948, promueve la interpretación racista del autonomismo, para él, la filosofía social del Partido Autonomista no había sido otra que el racismo. A su vez, Cepero ubica a los autonomistas como usufructuarios directos de la tradición más moderada del reformismo, sustentada por la sacarocracia cubana radicada en el Occidente, la cual había salido maltrecha de la guerra. Según Cepero, los autonomistas lo que hicieron fue renovar esa inclinación reaccionaria del reformismo, y atemperarla a los nuevos tiempos que se iniciaron tras el Zanjón. Así, infiere que tuvieron que consentir el abolicionismo, pero seguían pensando en los mismos términos racistas que los ideólogos de la clase de los hacendados esclavistas. Por eso, sostiene Cepero que la actitud que primó en el autonomismo hacia el negro fue la racista: el negro era eliminado o dominado, considerando que no era el sistema social, sino el color de su piel lo que motivaba su discriminación.[12]  

Como hemos visto, realizar un juicio lo más justo posible sobre el autonomismo cubano, fue una tarea realmente espinosa para los que indagaron en esta corriente política durante el período republicano, las valoraciones que se hicieron al respecto, en su gran mayoría, estuvieron cargadas de subjetivismos desmedidos, sobre todo, de los mismos que defendieron estas ideas y que aún vivían para aquel tiempo, pero también de los que la criticaron con ojeriza. Algunos intentaron ser más objetivos y colocar el autonomismo en su verdadero sitial histórico, y, para hacerlo, se adscribieron a la idea de valorar el autonomismo en dos momentos diferentes: de 1878 a 1895 y de 1895 a 1898. De esta manera pensaron que habían resuelto la enconada controversia. 

Sin embargo, la idea autonómica comenzó a configurarse desde fines del siglo XVIII, cuando dio luz el primer ciclo del reformismo cubano y donde resaltó la figura de Francisco de Arango y Parreño, aunque a partir de 1878 fue que alcanzó su clímax al ser defendida desde un partido político legalizado por la corona española. Esto fue posible, en buena medida,  como corolario de la cruenta conmoción de la Guerra de los Diez Años, sin duda, un momento de ruptura radical, de delimitación más clara de los perfiles de la nación cubana, que ya venía mostrando sus atisbos desde finales del siglo XVIII. De esta manera, la corriente autonómica disfrutó de los frutos obtenidos por el independentismo para reclamar por vía legal la satisfacción de sus propios intereses, lo cual no hubiera sido posible si antes no se hubieran lanzado los cubanos a la manigua en búsqueda de la definitiva constitución histórica del estado nacional cubano. Una metrópoli tan despótica como España, no hubiera permitido tal cosa si no se hubiera sentido realmente en aprietos.  

Pero el autonomismo, ya amparado en su legalidad, no emergió para reencauzar el sentimiento separatista como sostiene Giberga, sino más bien, para desviarlo, dividirlo, frenarlo y condenarlo. Y si bien el autonomismo contribuyó, en cierta medida, durante el período de 1878-1895, por medio de algunos matices de su asidua labor política y cultural, sin intencionalidad manifiesta, y en evidente descenso con el transcurso del tiempo, al complejo proceso de formación de la nación cubana; paradójicamente fue antirrevolucionario y antinacional su papel durante esta etapa, al negar férreamente la definitiva y necesaria constitución histórica del estado nacional, el cual emergía de manera imparable. Durante esos años, se mantuvo latente la  labor de zapa de los autonomistas contra todo lo que oliera a redención nacional. Se convirtieron de esta manera en un verdadero escollo ante la materialización del propio proceso que de forma inconsciente coadyuvaron. 

Estos hombres de verbo luminoso y de prodigiosa inteligencia no consiguieron percatarse ―sin desconocer que en ellos hubo también los que solo buscaban sinecuras y satisfacción de intereses económicos dentro de los moldes coloniales―, dada su mentalidad aristocrática, proespañola, evolutiva y desconfiada, de la capacidad de los cubanos de regir soberanamente su destino, que la guerra del 68 había demarcado muy bien los nuevos contornos de la identidad cubana, desplazando el reformismo del cauce autóctono, lógico y espontáneo que seguía la nación cubana en ascenso. De ahí, que su papel deviniera antinacional y antirrevolucionario tanto en el período de 1878 a 1895, como de 1895 a 1898. De efectuar una división  periódica para enjuiciar en dos momentos diferentes el ideal autonomista, sería más factible hacerlo, desde que surgen los primeros proyectos reformistas o autonómicos a fines del siglo XVIII cubano hasta el 10 de octubre de 1868, como una primera etapa. Durante este período, podemos considerar al reformismo como una fórmula de construcción nacional, pues en esos años, la opción autonomista era aún progresista para la nación cubana que ya empezaba a germinar. Y una segunda etapa, desde el levantamiento de Céspedes en La Demajagua, fecha en que el independentismo comenzó a superar al resto de las alternativas políticas de su época, hasta 1898, período en que podemos catalogar el autonomismo como antinacional y antirrevolucionario.   

El autonomismo recibió también las críticas de la historiografía marxista cubana posterior a 1959. En Ideología Mambisa (1972), Jorge Ibarra atribuye “el contenido reaccionario y retrógrado del autonomismo” a la composición social de su equipo dirigente, al mismo tiempo que ratifica el racismo de la mayoría de los dirigentes autonomistas.[13] Ramón de Armas en Los partidos políticos burgueses en Cuba neocolonial (1899-1952)  (1985), califica a los autonomistas insulares como exponentes de “una burguesía antinacional”.[14] 

El trabajo "El autonomismo en Cuba 1878-1898" (1997), de la investigadora cubana Mildred de la Torre, actualmente el más completo sobre el tema producido por la historiografía cubana, tiene el objetivo de demostrar todo el empeño de la actividad autonomista por evitar la construcción de la nación cubana. En el capítulo quinto de este libro, titulado La autonomía contra la nación cubana, la autora desarrolla con profundidad la idea que el autonomismo mantuvo una línea de constante oposición a la revolución, condenando el movimiento insurreccional de 1879 y más tarde el de 1895; de ahí su reprobación como antipatriota y antinacional, además de considerarlo mayoritariamente racista.[15]  

También la obra de Rolando Rodríguez Cuba: la forja de una nación en dos tomos (1998), ratifica el criterio del carácter antinacional y racista del Partido Autonomista, así como su inviabilidad bajo el dominio colonial español. Pero en dicha investigación, también el autor resalta matices positivos de la labor del autonomismo, y distingue en este un carácter mucho más plural en la composición de sus filas, en términos políticos y sociales, que el que habitualmente admite otras aportaciones de la historiografía cubana. Reconoce, incluso, que en medios separatistas no se acentuaba la existencia de una separación insalvable con los autonomistas. Asimismo, destaca la importancia de la crítica autonomista a los males de la dominación colonial, como un elemento que contribuyó al desarrollo de la conciencia nacional cubana.[16]  

Por su parte, Diana Abad en su libro De la Guerra Grande al Partido Revolucionario Cubano (1995), se concentra, al igual que lo habían hecho otros estudiosos marxistas, en el basamento clasista del autonomismo y en la defensa acérrima de sus intereses económicos. Para la autora, los partidos políticos surgidos en 1878 son la expresión de los intereses específicos de sectores distintos de una misma clase social: la burguesía, por lo que define el accionar del Partido Autonomista como la respuesta burguesa no independentista, a los objetivos fundamentales de la guerra y por ende antinacional.[17]

Sin embargo, la historiografía cubana más reciente ha incorporado a las discusiones en torno al tema, enfoques diferentes, brindando  nuevas visiones a los que pretenden juzgar el fenómeno autonomista con toda justeza y profundidad. Esto reafirma la idea de que el autonomismo continúa siendo, en la actualidad, un tema harto complejo y polémico. 

En 1998 en la Revista Temas, se publica un artículo del historiador cubano Oscar Loyola, titulado: “La alternativa histórica de un 98 no consumado”, donde se plantea, entre otros análisis novedosos, que el autonomismo y el independentismo no eran términos totalmente excluyentes, pues aunque se diferenciaban en los medios y los fines, partían del mismo origen: la conciencia de la necesidad  de un cambio social que enrumbase de manera diferente el desarrollo insular. También se sostiene que: “La mayor existencia de un sustrato nacionalista en una de las dos opciones no excluye contenidos nacionalistas en la otra”.[18] 

En este aspecto también ha insistido Yoel Cordoví en su obra Liberalismo, crisis e independencia en Cuba, 1880-1904, al decir que:  

“Evolución y revolución, reformismo y lucha armada, recorren en tanto opciones o alternativas finiseculares de enfrentamiento a la realidad colonial intrincados derroteros susceptibles de desplazamiento de acuerdo a los condicionamientos contextuales”.[19]  

En el año 2000 la investigadora María del Carmen Barcia publica Una sociedad en crisis: La Habana finales del siglo XIX; en este trabajo la autora plantea un nuevo punto de vista del fenómeno autonomista, al resumir que:        

“Los autonomistas no constituyeron la vanguardia patriótica cubana, pero tampoco representaron a los elementos más recalcitrantes y un número apreciable de ellos defendió, con diferentes matices la existencia de la nación. (...)

En medio de desaciertos, imprecisiones, y limitaciones ideológicas y políticas, existió en muchos autonomistas un fuerte sentimiento de cubanía, y ello no debe ser ignorado”.[20] 

En la excelente compilación realizada por Maria del Pilar Díaz Castañón, que dio como resultado la obra Perfiles de la Nación, publicada también en el año 2000, Alejandro Sebazco en su artículo “José Martí y el Autonomismo: Dos Alternativas de la Nacionalidad Cubana”, resalta la labor política y cultural del partido autonomista como elementos que contribuyeron a ir creando los límites de una identidad nacional cubana. Entre otras cuestiones sostiene que:  

“El hecho de tener entre sus miembros a intelectuales de alto valor  les permite a los autonomistas desempeñar un relevante papel en la vida cultural colonial que les convierte generalmente en autores, árbitros y jueces de la producción intelectual. De hecho el campo de la ideología, el arte, la política y la cultura en general no prescinde a partir de ese momento de los comentarios o críticas de Rafael Montoro, Enrique José Varona, Antonio Govín, Eliseo Giberga, José Antonio Cortina y Vidal y Morales, entre otros, quienes estimulaban y muchas veces exacerban lo particular de la producción insular frente a la metropolitana”.[21] 

Los motivos por los cuales el autonomismo ha recibido fuertes críticas por la mayor parte de la historiografía marxista, desestimando, en alguna medida, los aspectos que fueron positivos para el proceso de construcción nacional, desde sus iniciadores en la república hasta la actualidad, podemos encontrarlos en que realmente abordar el autonomismo en Cuba, ha sido una tarea embarazosa para los historiadores que se han propuesto un acercamiento lo menos sesgado posible a nuestra historia. La mayoría de los que se han adentrado en el tema, lo han hecho partiendo de juicios condenatorios de antemano, pues en ellos ha influido proverbialmente su nacionalismo, su realidad actual, su subjetividad y los criterios repetidos por la historiografía cubana durante años. 

La influencia del medio en que se desenvuelve el historiador, la subjetividad presente desde el comienzo mismo de la investigación histórica aunque trate de restringirse al mínimo para alcanzar mayor objetividad en los análisis, el partidismo y la influencia de la ideología, son factores que influyen en la forma de hacer historia no solo en Cuba, sino en cualquier región del mundo. A pesar de esto, en la actualidad algunos discrepan con este criterio, y ciertos detractores de la Revolución, o críticos de la historiografía marxista cubana, han resaltado estas cuestiones como algo inaudito y exclusivo de la isla socialista, llegando incluso a plantear con toda falsedad que los historiadores cubanos “son simples ejecutores de una política orquestada y decidida por las altas esferas del poder político”, donde el historiador hace todo, “menos ejecutar la investigación”.[22] 

Descartando una mentira como la anterior, no se puede soslayar que los factores subjetivos en el tratamiento crítico del fenómeno autonomista por la historiografía cubana, han sido más ostensibles en comparación con la forma en que se han abordado otros temas de la historia nacional. El leitmotiv de lo anterior podemos encontrarlo en la propia historia del autonomismo y del proceso revolucionario cubano que culminó el primero de enero de 1959. Cuando se hace una valoración del papel desempeñado por el autonomismo desde nuestro presente, así como lo han hecho la mayoría de los historiadores marxistas, lo más común es que lo primero en que se piense sea en que los autonomistas cubanos fueron fervientes enemigos de la  independencia de la Isla, mientras sus súplicas se estrellaron durante años contra la soberbia peninsular. Asimismo, no puede eludirse que el empecinamiento a sus ideales fue tan agudo, que  devino la no disolución de la organización autonómica al estallar la guerra del 95 y llegar, incluso, a ofrecer sus fieles servicios a una figura tan abominable y odiosa para el pueblo cubano como Valeriano Weyler y Nicolau. A tal magnitud llegó el rechazo a sus posiciones en el imaginario popular cubano, que ya a inicios del siglo XX, los ocupantes estadounidenses reconocieron, después de 1899,  que los cubanos odiaban más a los ex autonomistas que a los propios españoles, esto sin olvidar su actitud mayoritariamente discriminatoria hacia los negros y mulatos. Todos estos elementos, a los cuales podríamos añadirles otros, hacen muy difícil en la Cuba revolucionaria de hoy, sustentada en las tradiciones más heroicas de los mambises cubanos del siglo XIX y del legado recibido de figuras como José Martí, Antonio Maceo, Máximo Gómez, entre otros, que el autonomismo sea visto con nuevos ojos. Por demás, en esto ha residido la causa fundamental de que en la Isla existan hoy escasos trabajos dedicados a la historia del Partido Autonomista y de sus principales exponentes. Sin lugar a duda, estos son los principales retos a los que se ha enfrentado y, encaran en la actualidad, los historiadores cubanos a la hora de abordar el autonomismo.  

Consiguientemente, el interés primordial de los historiadores cubanos se ha enmarcado en la vanguardia patriótica cubana constituida por los independentistas, mientras que los pocos que se han adentrado de una forma u otra en la investigación del autonomismo cubano, por lo general, lo han hecho con la intención de resaltar los aspectos que obraron en detrimento de la nación cubana que se perfilaba. Pero a pesar de que estos aspectos retardatarios del autonomismo se hacen muy notorios a la luz de hoy, no por eso debemos dejar de referirnos a los elementos positivos que aportó esta corriente política al proceso de formación de la nación y la nacionalidad cubana, pues la historia no debe verse de un solo color, sino en su diversidad de matices. Solo así se tendrá una comprensión más global y profunda de la historia. Mucho más, cuando podemos afirmar que abordar el autonomismo, tomando en consideración estos criterios y en su contexto histórico, además de acercarnos con mayor certeza y amplitud a la realidad cubana del siglo XIX, hace incluso más ostensible la grandeza del independentismo cubano, cuando lo comparamos con esta opción política.

Notas


1Véase Eliseo Giberga: Obras. Discursos Políticos, Rambla, Bouza y Cía, La Habana, 1930, t.1, pp.490-524.

2Cabrera fue a la emigración, específicamente a Nueva York, y allí editó junto a Nicolás Heredia la Revista Cuba y América, órgano de propaganda independentista.

3Véase Raimundo Cabrera: Los partidos coloniales, Imprenta el siglo XX, La Habana, 1914.

4Véase Rafael María Merchán: Cuba, justificación de sus guerras de independencia, Imprenta Nacional de Cuba, La Habana, 1961, p.170.

5Entre estos autores se destacan: Mario Guiral Moreno con su trabajo La obra del Partido Liberal autonomista durante los años de 1878 y 1898 en: Curso de Introducción a la Historia de Cuba, editado por Emilio Roig de Leuchesering en 1938; Raimundo Menocal con Las orientaciones del Partido Liberal Autonomista en: Origen y desarrollo del pensamiento cubano (1945), la obra de Emilio Roig de Leuchesering: 1895 y 1898. Dos guerras cubanas. Ensayo de revalorización (1945), y Enrique Gay-Calbó con El autonomista y otros partidos en: Historia de la Nación Cubana, publicada bajo la dirección de Ramiro Guerra en 1952.

6Véase Antonio Sánchez de Bustamante y Montoro: Ideología Autonomista, Montero, La Habana, 1933.

7Luis Miguel García Mora, “Del Zanjón a Baire: A propósito de un balance historiográfico sobre el autonomismo cubano” en: Revista Ibero Americana Pragnesia, Suplementum 7/1995, p.38.

8Véase Antonio Martínez Bello: Origen y Meta del Autonomismo. Exégesis de Montoro, Imprenta de P. Fernández y Cia, La Habana, 1952.

9Luis Miguel García Mora: Ob.Cit, p.38.

10Antonio Martínez Bello: Ob.Cit, p.116.

11Véase Sergio Aguirre: Ponencia presentada en el Primer Congreso Nacional de Historia en 1942 y publicada posteriormente en la revista Dialéctica número 6, en marzo-abril de 1943 y en Cuadernos Populares, Historia de Cuba, número 1, de 1944, La Habana.

12Véase Raúl Cepero Bonilla: Azúcar y Abolición, Editorial Cenit, La Habana, 1948.

13Jorge Ibarra: Ideología Mambisa, Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1972, pp.57-59.

14Ramón de Armas… (et.al): Los partidos políticos burgueses en Cuba neocolonial (1899-1952), Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1985, p.24.

15Véase Mildred de la Torre Molina: El autonomismo en Cuba 1878-1898, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1997.

16 Véase Rolando Rodríguez, Cuba: la forja de una nación, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1998, t.2.

17 Véase Diana Abad Muñoz: De la Guerra Grande al Partido Revolucionario Cubano, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1995.

18Oscar Loyola Vega, “La alternativa histórica de un 98 no consumado”, en: Revista Temas no 12-13, p.19.

19Yoel Cordoví Núñez: Liberalismo, crisis e independencia en Cuba, 1880-1904, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2003, pp. 33-34.

20María del Carmen Barcia Zequeira: Una Sociedad en crisis. La Habana finales del siglo XIX, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2000, p.52.

21Alejandro Sebazco Pernas, “José Martí y el Autonomismo: Dos Alternativas de la Nación Cubana” en: Perfiles de la Nación, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2004, p.162.

22Mildred de la Torre Molina, “Los nuevos autonomistas y la historia oficial” en: Internet. www.cubasocialista.cu./texto/c.s

 

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