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El autonomismo en Cuba es uno de los
temas que, desde los primeros estudios
al respecto, generó un sinnúmero de
discusiones en la historiografía cubana.
Las polémicas alrededor del tema han
sido tan peliagudas y disímiles, que
actualmente muchas de ellas persisten
entre los historiadores cubanos, al
tiempo que van floreciendo otras, en
correspondencia con el interés cada vez
más marcado, aunque aún no suficiente
dado la importancia del tema, que los
investigadores de nuestra historia
nacional muestran por el autonomismo
decimonónico. ¿Se puede realizar la
misma valoración del autonomismo en
todas sus etapas de existencia? ¿Cuál
fue la base del pensamiento filosófico
de los autonomistas más prominentes que
justifica su actitud? ¿Contribuyó el
autonomismo al proceso de formación de
la nación cubana? ¿Fueron aquellos
hombres que formaron, integraron y
defendieron el Partido Autonomista con
fidelidad, elementos antinacionales,
anticubanos, racistas y antipatriotas?
Estas son algunas de las principales
incógnitas que se han hecho hasta hoy
día los interesados en el estudio de
esta corriente política y que,
consiguientemente, han conducido a tan
diversas lecturas en torno a la misma.
Durante la república neocolonial
(1902-1958), emergieron en la Isla
múltiples y diferentes valoraciones
referidas al autonomismo. En esos años,
algunos de los antiguos dirigentes del
Partido Autonomista vinculados a la
política republicana, tuvieron la
necesidad de justificar su actuación
pretérita ante el presente, lo que se
tradujo en su magnificación del papel
desempeñado por el autonomismo en todo
su decurso histórico; mientras que
otros, ya fueran ex autonomistas o
investigadores del tema, se dedicaron a
analizarlo en dos momentos diferentes:
de 1878 a 1895, como la etapa heroica
favorecedora del desarrollo de la
conciencia nacional, y de 1895 a 1898,
como el período antirrevolucionario y
antinacional.
Dentro del primer grupo sobresale Eliseo
Giberga, al dejar constancia de sus
defensas al autonomismo en conferencia
realizada en 1913 en el Ateneo de La
Habana, y que años más tarde publicara
la revista Cuba Contemporánea
bajo el título Las ideas políticas en
Cuba. En sus palabras, el
orador autonomista acentúa la
importancia que tuvo el autonomismo para
el siglo XIX cubano, por formar sus
filas destacados intelectuales, haciendo
énfasis en que el autonomismo había
surgido para reencauzar el sentimiento
separatista fracasado tras el Zanjón, en
una época en que para alcanzar el
progreso y la libertad no era necesario
recurrir a las armas, ya que la historia
demostraba que, dentro del marco
constitucional de las monarquías
europeas, se podían satisfacer todas las
aspiraciones del pueblo cubano. Subraya
que el autonomismo ofreció a la
independencia orden y parlamentarismo, y
que si bien la república fue un logro de
los mambises, su consolidación hubiera
sido imposible sin el concurso de los
antiguos autonomistas.[1]
El segundo grupo lo encabeza Raimundo
Cabrera, también antiguo autonomista,
miembro de la Junta Central y diputado
provincial en diversas ocasiones. Al
igual que Giberga, su objetivo es
justificar ante el presente su
desenvolvimiento en el pasado. En su
obra Los partidos coloniales
(1914), Cabrera advierte la importancia
del autonomismo en el período de 1878 a
1895, época en que militó dentro de sus
filas, mientras que critica su actuación
durante los años en que tuvo lugar la
Guerra Necesaria (1895-1898), por
supuesto, en ese tiempo laboró con el
separatismo.[2]
Asimismo, considera que al igual que el
reformismo dejó paso a la Revolución, el
autonomismo debía haber obrado de la
misma manera y, al no hacerlo así, se
había vuelto contra su tradición
política.[3]
De esta forma, Cabrera inaugura una
conceptualización que historiadores
posteriores emplearán en sus trabajos
sobre el autonomismo, consistente en
diferenciar dentro de su historia una
etapa heroica, de 1878 a 1895,
favorecedora del desarrollo de la
conciencia nacional, frente a un período
antinacional y antirrevolucionario,
desde 1895 hasta su expiración.
Aunque Raimundo Cabrera fue el primero
durante la república neocolonial en
verter estos criterios, hay que subrayar
que, ya en 1896, Rafael María Merchán en
su obra: Cuba, justificación de sus
guerras de independencia,
había planteado que los autonomistas
habían tenido su razón de ser, su
justificación patriótica y cumplido
todos sus deberes menos el de saber
morir, refiriéndose al momento en que se
reinicia la lucha independentista en
1895.[4]
No pocos son los autores que, en los
años republicanos, se hacen partícipes
de esta periodización valorativa del
autonomismo, resaltando de manera
general el papel librado por el
autonomismo en la conciencia cubana,
como un momento previo y necesario al
nuevo estallido revolucionario de 1895.
Destacan la dura crítica de los
autonomistas a los males del
colonialismo español, como un elemento
positivo para el propio independentismo
y, que la nacionalidad cubana debía al
autonomismo una construcción racional y
completa de una doctrina constitucional.
Todos justifican y enaltecen la actitud
de los autonomistas hasta la época que
catalogan como no heroica (1895-1898).[5]
Otra de las polémicas más importantes
consistió en descifrar cuál fue la base
del pensamiento filosófico de los
autonomistas, para así explicar su
actitud histórica. Esta larga polémica
estuvo protagonizada fundamentalmente
por Antonio Sánchez de Bustamante y
Montoro (nieto del líder autonomista
Rafael Montoro) y Antonio Martínez
Bello.
En 1933 Antonio Sánchez de Bustamante y
Montoro publica La ideología
autonomista,[6]
donde considera que el autonomismo tenía
un modelo político inspirado en la
política autonómica del liberalismo
británico hacia Canadá, y un cometido
histórico que cumplir, consistente en
aprovechar con vistas al progreso
insular, las potencialidades políticas
que se abrían tras el Zanjón. Bustamante
también tiene en cuenta el desarrollo de
la filosofía hegeliana dentro del
autonomismo y, por tanto, considera que
la actitud antinacional y
antirrevolucionaria desarrollada por
esta corriente, había sido provocada por
la asunción de la filosofía política de
Hegel por parte de los principales
ideólogos del autonomismo. Según
Bustamante, los autonomistas aguardaban
pacíficamente la evolución de las leyes
del desarrollo de la historia, que
harían a Cuba independiente de una
manera más sólida que cualquier proceso
revolucionario, y precisamente esto
había sido lo que los había puesto
frente a la Revolución.[7]
Frente a esta argumentación, Martínez
Bello en su obra Origen y meta del
autonomismo (1952),[8]
es más profundo al explicar el
posicionamiento ideológico del
autonomismo sobre las bases del origen
de clase, la constitución biotípica, la
educación, las motivaciones económicas,
la formación cultural y la tradición
política e, incluso, por el temperamento
psicológico de sus líderes. Esta es la
tesis fundamental que, a lo largo de ese
ensayo, trata de demostrar Martínez
Bello frente a la noción de la filosofía
de la historia de Hegel, defendida por
Bustamante, y encuentra a esta
incoherente con la realidad insular de
fines del siglo XIX por varios motivos:
primero, que la filosofía de Hegel iba
encaminada al estado europeo y no al
espacio ultramarino y caribeño de Cuba,
al unísono sostiene que, cuando surgió
el autonomismo, los supuestos de la
filosofía de Hegel habían sido
ampliamente superados; segundo, que el
autonomismo aglutinaba un pensamiento
filosófico heterogéneo, y porque uno de
sus miembros, Montoro, hubiera expuesto
cierta vocación hegeliana, no debía
asumirse que esta regía las ideas de la
colectividad, más cuando estima muy
sui géneris los principios
hegelianos de Montoro, y aplicables más
que a la política, a sus reflexiones
idealistas sobre el arte y la
literatura; tercero, que el
evolucionismo autonomista se explicaría
más por los puntos de contacto con la
filosofía de la historia de Spencer y
por el desarrollo del liberalismo
británico, que por los principios
filosóficos de Hegel.[9]
Así, Martínez Bello concluye que las
“determinaciones de su medio económico”,
el “efecto de la tradición reformista
cubana”, los “condicionamientos de la
clase social a la que pertenecían”, las
“impulsiones profundas del
temperamento”,[10]
son los factores que explican la
posición política que adoptan los
autonomistas frente a la Revolución. A
pesar de su crítica al autonomismo,
Martínez Bello resalta en sus
exponentes, especialmente en Montoro, un
patriotismo sincero en defensa de los
principios que sustentaban. También
destaca el papel desempeñado por el
autonomismo en la conciencia cubana, a
través de la constante denuncia cívica
de los errores del coloniaje.
La crítica marxista al autonomismo
comienza también durante la república.
Sergio Aguirre, en una ponencia
presentada al Primer Congreso Nacional
de Historia de la Sociedad Cubana de
Estudios Históricos, celebrado en La
Habana en 1942,
analiza al autonomismo como la sexta
actitud de la burguesía cubana del siglo
XIX, postura política ocasionada por la
defensa indeleble y constante de sus
intereses de clase. Aguirre advierte en
el reformismo anterior a la Guerra de
los Diez Años, aspectos positivos para
el desarrollo de la nacionalidad cubana,
pero tras el Zanjón el autonomismo es
considerado por este autor como una
traición a nuestra nacionalidad.[11]
Por su parte, Raúl Cepero Bonilla en
Azúcar y Abolición, obra
publicada en 1948, promueve la
interpretación racista del autonomismo,
para él, la filosofía social del Partido
Autonomista no había sido otra que el
racismo. A su vez, Cepero ubica a los
autonomistas como usufructuarios
directos de la tradición más moderada
del reformismo, sustentada por la
sacarocracia cubana radicada en el
Occidente, la cual había salido
maltrecha de la guerra. Según Cepero,
los autonomistas lo que hicieron fue
renovar esa inclinación reaccionaria del
reformismo, y atemperarla a los nuevos
tiempos que se iniciaron tras el Zanjón.
Así, infiere que tuvieron que consentir
el abolicionismo, pero seguían pensando
en los mismos términos racistas que los
ideólogos de la clase de los hacendados
esclavistas. Por eso, sostiene Cepero
que la actitud que primó en el
autonomismo hacia el negro fue la
racista: el negro era eliminado o
dominado, considerando que no era el
sistema social, sino el color de su piel
lo que motivaba su discriminación.[12]
Como hemos visto, realizar un juicio lo
más justo posible sobre el autonomismo
cubano, fue una tarea realmente espinosa
para los que indagaron en esta corriente
política durante el período republicano,
las valoraciones que se hicieron al
respecto, en su gran mayoría, estuvieron
cargadas de subjetivismos desmedidos,
sobre todo, de los mismos que
defendieron estas ideas y que aún vivían
para aquel tiempo, pero también de los
que la criticaron con ojeriza. Algunos
intentaron ser más objetivos y colocar
el autonomismo en su verdadero sitial
histórico, y, para hacerlo, se
adscribieron a la idea de valorar el
autonomismo en dos momentos diferentes:
de 1878 a 1895 y de 1895 a 1898. De esta
manera pensaron que habían resuelto la
enconada controversia.
Sin embargo, la idea autonómica comenzó
a configurarse desde fines del siglo
XVIII, cuando dio luz el primer ciclo
del reformismo cubano y donde resaltó la
figura de Francisco de Arango y Parreño,
aunque a partir de 1878 fue que alcanzó
su clímax al ser defendida desde un
partido político legalizado por la
corona española. Esto fue posible, en
buena medida, como corolario de la
cruenta conmoción de la Guerra de los
Diez Años, sin duda, un momento de
ruptura radical, de delimitación más
clara de los perfiles de la nación
cubana, que ya venía mostrando sus
atisbos desde finales del siglo XVIII.
De esta manera, la corriente autonómica
disfrutó de los frutos obtenidos por el
independentismo para reclamar por vía
legal la satisfacción de sus propios
intereses, lo cual no hubiera sido
posible si antes no se hubieran lanzado
los cubanos a la manigua en búsqueda de
la definitiva constitución histórica del
estado nacional cubano. Una metrópoli
tan despótica como España, no hubiera
permitido tal cosa si no se hubiera
sentido realmente en aprietos.
Pero el autonomismo, ya amparado en su
legalidad, no emergió para reencauzar el
sentimiento separatista como sostiene
Giberga, sino más bien, para desviarlo,
dividirlo, frenarlo y condenarlo. Y si
bien el autonomismo contribuyó, en
cierta medida, durante el período de
1878-1895, por medio de algunos matices
de su asidua labor política y cultural,
sin intencionalidad manifiesta, y en
evidente descenso con el transcurso del
tiempo, al complejo proceso de formación
de la nación cubana; paradójicamente fue
antirrevolucionario y antinacional su
papel durante esta etapa, al negar
férreamente la definitiva y necesaria
constitución histórica del estado
nacional, el cual emergía de manera
imparable. Durante esos años, se mantuvo
latente la labor de zapa de los
autonomistas contra todo lo que oliera a
redención nacional. Se convirtieron de
esta manera en un verdadero escollo ante
la materialización del propio proceso
que de forma inconsciente coadyuvaron.
Estos hombres de verbo luminoso y de
prodigiosa inteligencia no consiguieron
percatarse ―sin desconocer que en ellos
hubo también los que solo buscaban
sinecuras y satisfacción de intereses
económicos dentro de los moldes
coloniales―, dada su mentalidad
aristocrática, proespañola, evolutiva y
desconfiada, de la capacidad de los
cubanos de regir soberanamente su
destino, que la guerra del 68 había
demarcado muy bien los nuevos contornos
de la identidad cubana, desplazando el
reformismo del cauce autóctono, lógico y
espontáneo que seguía la nación cubana
en ascenso. De ahí, que su papel
deviniera antinacional y
antirrevolucionario tanto en el período
de 1878 a 1895, como de 1895 a 1898. De
efectuar una división periódica para
enjuiciar en dos momentos diferentes el
ideal autonomista, sería más factible
hacerlo, desde que surgen los primeros
proyectos reformistas o autonómicos a
fines del siglo XVIII cubano hasta el 10
de octubre de 1868, como una primera
etapa. Durante este período, podemos
considerar al reformismo como una
fórmula de construcción nacional, pues
en esos años, la opción autonomista era
aún progresista para la nación cubana
que ya empezaba a germinar. Y una
segunda etapa, desde el levantamiento de
Céspedes en La Demajagua, fecha en que
el independentismo comenzó a superar al
resto de las alternativas políticas de
su época, hasta 1898, período en que
podemos catalogar el autonomismo como
antinacional y antirrevolucionario.
El autonomismo recibió también las
críticas de la historiografía marxista
cubana posterior a 1959. En Ideología
Mambisa (1972), Jorge Ibarra
atribuye “el contenido reaccionario y
retrógrado del autonomismo” a la
composición social de su equipo
dirigente, al mismo tiempo que ratifica
el racismo de la mayoría de los
dirigentes autonomistas.[13]
Ramón de Armas en Los partidos
políticos burgueses en Cuba neocolonial
(1899-1952) (1985), califica a los
autonomistas insulares como exponentes
de “una burguesía antinacional”.[14]
El trabajo "El autonomismo en Cuba
1878-1898" (1997), de la investigadora
cubana Mildred de la Torre, actualmente
el más completo sobre el tema producido
por la historiografía cubana, tiene el
objetivo de demostrar todo el empeño de
la actividad autonomista por evitar la
construcción de la nación cubana. En el
capítulo quinto de este libro, titulado
La autonomía contra la nación cubana, la
autora desarrolla con profundidad la
idea que el autonomismo mantuvo una
línea de constante oposición a la
revolución, condenando el movimiento
insurreccional de 1879 y más tarde el de
1895; de ahí su reprobación como
antipatriota y antinacional, además de
considerarlo mayoritariamente racista.[15]
También la obra de Rolando Rodríguez
Cuba: la forja de una nación en dos
tomos (1998), ratifica el criterio del
carácter antinacional y racista del
Partido Autonomista, así como su
inviabilidad bajo el dominio colonial
español. Pero en dicha investigación,
también el autor resalta matices
positivos de la labor del autonomismo, y
distingue en este un carácter mucho más
plural en la composición de sus filas,
en términos políticos y sociales, que el
que habitualmente admite otras
aportaciones de la historiografía
cubana. Reconoce, incluso, que en medios
separatistas no se acentuaba la
existencia de una separación insalvable
con los autonomistas. Asimismo, destaca
la importancia de la crítica autonomista
a los males de la dominación colonial,
como un elemento que contribuyó al
desarrollo de la conciencia nacional
cubana.[16]
Por su parte, Diana Abad en su libro
De la Guerra Grande al Partido
Revolucionario Cubano (1995),
se concentra, al igual que lo habían
hecho otros estudiosos marxistas, en el
basamento clasista del autonomismo y en
la defensa acérrima de sus intereses
económicos. Para la autora, los partidos
políticos surgidos en 1878 son la
expresión de los intereses específicos
de sectores distintos de una misma clase
social: la burguesía, por lo que
define el accionar del Partido
Autonomista como la respuesta burguesa
no independentista, a los objetivos
fundamentales de la guerra y por ende
antinacional.[17] Sin embargo, la historiografía cubana
más reciente ha incorporado a las
discusiones en torno al tema, enfoques
diferentes, brindando nuevas visiones a
los que pretenden juzgar el fenómeno
autonomista con toda justeza y
profundidad. Esto reafirma la idea de
que el autonomismo continúa siendo, en
la actualidad, un tema harto complejo y
polémico.
En 1998 en la Revista Temas, se
publica un artículo del historiador
cubano Oscar Loyola, titulado: “La
alternativa histórica de un 98 no
consumado”, donde se plantea,
entre otros análisis novedosos, que el
autonomismo y el independentismo no eran
términos totalmente excluyentes, pues
aunque se diferenciaban en los medios y
los fines, partían del mismo origen: la
conciencia de la necesidad de un cambio
social que enrumbase de manera diferente
el desarrollo insular. También se
sostiene que: “La mayor existencia de un
sustrato nacionalista en una de las dos
opciones no excluye contenidos
nacionalistas en la otra”.[18]
En este aspecto también ha insistido
Yoel Cordoví en su obra Liberalismo,
crisis e independencia en Cuba,
1880-1904, al decir que:
“Evolución y revolución, reformismo y
lucha armada, recorren en tanto opciones
o alternativas finiseculares de
enfrentamiento a la realidad colonial
intrincados derroteros susceptibles de
desplazamiento de acuerdo a los
condicionamientos contextuales”.[19]
En el año 2000 la investigadora María
del Carmen Barcia publica Una
sociedad en crisis: La Habana finales
del siglo XIX; en este trabajo la
autora plantea un nuevo punto de vista
del fenómeno autonomista, al resumir
que:
“Los autonomistas no constituyeron la
vanguardia patriótica cubana, pero
tampoco representaron a los elementos
más recalcitrantes y un número
apreciable de ellos defendió, con
diferentes matices la existencia de la
nación. (...)
En medio de desaciertos, imprecisiones,
y limitaciones ideológicas y políticas,
existió en muchos autonomistas un fuerte
sentimiento de cubanía, y ello no debe
ser ignorado”.[20]
En la excelente compilación realizada
por Maria del Pilar Díaz Castañón, que
dio como resultado la obra Perfiles
de la Nación, publicada también en
el año 2000, Alejandro Sebazco en su
artículo “José Martí y el Autonomismo:
Dos Alternativas de la Nacionalidad
Cubana”, resalta la labor
política y cultural del partido
autonomista como elementos que
contribuyeron a ir creando los límites
de una identidad nacional cubana. Entre
otras cuestiones sostiene que:
“El hecho de tener entre sus miembros a
intelectuales de alto valor les permite
a los autonomistas desempeñar un
relevante papel en la vida cultural
colonial que les convierte generalmente
en autores, árbitros y jueces de la
producción intelectual. De hecho el
campo de la ideología, el arte, la
política y la cultura en general no
prescinde a partir de ese momento de los
comentarios o críticas de Rafael
Montoro, Enrique José Varona, Antonio
Govín, Eliseo Giberga, José Antonio
Cortina y Vidal y Morales, entre otros,
quienes estimulaban y muchas veces
exacerban lo particular de la producción
insular frente a la metropolitana”.[21]
Los motivos por los cuales el
autonomismo ha recibido fuertes críticas
por la mayor parte de la historiografía
marxista, desestimando, en alguna
medida, los aspectos que fueron
positivos para el proceso de
construcción nacional, desde sus
iniciadores en la república hasta la
actualidad, podemos encontrarlos en que
realmente abordar el autonomismo en
Cuba, ha sido una tarea embarazosa para
los historiadores que se han propuesto
un acercamiento lo menos sesgado posible
a nuestra historia. La mayoría de los
que se han adentrado en el tema, lo han
hecho partiendo de juicios condenatorios
de antemano, pues en ellos ha influido
proverbialmente su nacionalismo, su
realidad actual, su subjetividad y los
criterios repetidos por la
historiografía cubana durante años.
La influencia del medio en que se
desenvuelve el historiador, la
subjetividad presente desde el comienzo
mismo de la investigación histórica
―aunque
trate de restringirse al mínimo para
alcanzar mayor objetividad en los
análisis―,
el partidismo y la influencia de la
ideología, son factores que influyen en
la forma de hacer historia no solo en
Cuba, sino en cualquier región del
mundo. A pesar de esto, en la actualidad
algunos discrepan con este criterio, y
ciertos detractores de la Revolución, o
críticos de la historiografía marxista
cubana, han resaltado estas cuestiones
como algo inaudito y exclusivo de la
isla socialista, llegando incluso a
plantear con toda falsedad que los
historiadores cubanos “son simples
ejecutores de una política orquestada y
decidida por las altas esferas del poder
político”, donde el historiador hace
todo, “menos ejecutar la investigación”.[22]
Descartando una mentira como la
anterior, no se puede soslayar que los
factores subjetivos en el tratamiento
crítico del fenómeno autonomista por la
historiografía cubana, han sido más
ostensibles en comparación con la forma
en que se han abordado otros temas de la
historia nacional. El leitmotiv de lo
anterior podemos encontrarlo en la
propia historia del autonomismo y del
proceso revolucionario cubano que
culminó el primero de enero de 1959.
Cuando se hace una valoración del papel
desempeñado por el autonomismo desde
nuestro presente, así como lo han hecho
la mayoría de los historiadores
marxistas, lo más común es que lo
primero en que se piense sea en que los
autonomistas cubanos fueron fervientes
enemigos de la independencia de la
Isla, mientras sus súplicas se
estrellaron durante años contra la
soberbia peninsular. Asimismo, no puede
eludirse que el empecinamiento a sus
ideales fue tan agudo, que devino la no
disolución de la organización autonómica
al estallar la guerra del 95 y llegar,
incluso, a ofrecer sus fieles servicios
a una figura tan abominable y odiosa
para el pueblo cubano como Valeriano
Weyler y Nicolau. A tal magnitud llegó
el rechazo a sus posiciones en el
imaginario popular cubano, que ya a
inicios del siglo XX, los ocupantes
estadounidenses reconocieron, después de
1899, que los cubanos odiaban más a los
ex autonomistas que a los propios
españoles, esto sin olvidar su actitud
mayoritariamente discriminatoria hacia
los negros y mulatos. Todos estos
elementos, a los cuales podríamos
añadirles otros, hacen muy difícil en la
Cuba revolucionaria de hoy, sustentada
en las tradiciones más heroicas de los
mambises cubanos del siglo XIX y del
legado recibido de figuras como José
Martí, Antonio Maceo, Máximo Gómez,
entre otros, que el autonomismo sea
visto con nuevos ojos. Por demás, en
esto ha residido la causa fundamental de
que en la Isla existan hoy escasos
trabajos dedicados a la historia del
Partido Autonomista y de sus principales
exponentes. Sin lugar a duda, estos son
los principales retos a los que se ha
enfrentado y, encaran en la actualidad,
los historiadores cubanos a la hora de
abordar el autonomismo.
Consiguientemente, el interés primordial
de los historiadores cubanos se ha
enmarcado en la vanguardia patriótica
cubana constituida por los
independentistas, mientras que los pocos
que se han adentrado de una forma u otra
en la investigación del autonomismo
cubano, por lo general, lo han hecho con
la intención de resaltar los aspectos
que obraron en detrimento de la nación
cubana que se perfilaba. Pero a pesar de
que estos aspectos retardatarios del
autonomismo se hacen muy notorios a la
luz de hoy, no por eso debemos dejar de
referirnos a los elementos positivos que
aportó esta corriente política al
proceso de formación de la nación y la
nacionalidad cubana, pues la historia no
debe verse de un solo color, sino en su
diversidad de matices. Solo así se
tendrá una comprensión más global y
profunda de la historia. Mucho más,
cuando podemos afirmar que abordar el
autonomismo, tomando en consideración
estos criterios y en su contexto
histórico, además de acercarnos con
mayor certeza y amplitud a la realidad
cubana del siglo XIX, hace incluso más
ostensible la grandeza del
independentismo cubano, cuando lo
comparamos con esta opción política.
Notas
1Véase
Eliseo Giberga: Obras.
Discursos Políticos, Rambla,
Bouza y Cía, La Habana, 1930,
t.1, pp.490-524.
2Cabrera
fue a la emigración,
específicamente a Nueva York, y
allí editó junto a Nicolás
Heredia la Revista Cuba y
América, órgano de
propaganda independentista.
3Véase
Raimundo Cabrera: Los
partidos coloniales,
Imprenta el siglo XX, La Habana,
1914.
4Véase
Rafael María Merchán: Cuba,
justificación de sus guerras de
independencia, Imprenta
Nacional de Cuba, La Habana,
1961, p.170.
5Entre
estos autores se destacan: Mario
Guiral Moreno con su trabajo
La obra del Partido Liberal
autonomista durante los años de
1878 y 1898 en: Curso de
Introducción a la Historia de
Cuba, editado por Emilio Roig de
Leuchesering en 1938; Raimundo
Menocal con Las orientaciones
del Partido Liberal Autonomista
en: Origen y desarrollo
del pensamiento cubano
(1945), la obra de Emilio Roig
de Leuchesering: 1895 y 1898.
Dos guerras cubanas. Ensayo de
revalorización (1945), y
Enrique Gay-Calbó con El
autonomista y otros partidos
en: Historia de la Nación
Cubana, publicada bajo la
dirección de Ramiro Guerra en
1952.
6Véase
Antonio Sánchez de Bustamante y
Montoro: Ideología
Autonomista, Montero, La
Habana, 1933.
7Luis
Miguel García Mora, “Del Zanjón
a Baire: A propósito de un
balance historiográfico sobre el
autonomismo cubano” en: Revista
Ibero Americana Pragnesia,
Suplementum 7/1995, p.38.
8Véase
Antonio Martínez Bello:
Origen y Meta del Autonomismo.
Exégesis de Montoro,
Imprenta de P. Fernández y Cia,
La Habana, 1952.
9Luis
Miguel García Mora: Ob.Cit,
p.38.
10Antonio
Martínez Bello: Ob.Cit,
p.116.
11Véase
Sergio Aguirre: Ponencia
presentada en el Primer Congreso
Nacional de Historia en 1942 y
publicada posteriormente en la
revista Dialéctica número
6, en marzo-abril de 1943 y en
Cuadernos Populares,
Historia de Cuba, número 1,
de 1944, La Habana.
12Véase
Raúl Cepero Bonilla: Azúcar y
Abolición, Editorial Cenit,
La Habana, 1948.
13Jorge
Ibarra: Ideología Mambisa,
Instituto Cubano del Libro, La
Habana, 1972, pp.57-59.
14Ramón
de Armas… (et.al): Los
partidos políticos burgueses en
Cuba neocolonial (1899-1952),
Editorial de Ciencias Sociales,
La Habana, 1985, p.24.
15Véase
Mildred de la Torre Molina:
El autonomismo en Cuba
1878-1898, Editorial de
Ciencias Sociales, La Habana,
1997.
16
Véase Rolando Rodríguez,
Cuba: la forja de una nación,
Editorial de Ciencias
Sociales, La Habana, 1998, t.2.
17
Véase Diana Abad Muñoz:
De la Guerra Grande al Partido
Revolucionario Cubano,
Editorial de Ciencias Sociales,
La Habana, 1995.
18Oscar
Loyola Vega, “La alternativa
histórica de un 98 no
consumado”, en: Revista Temas
no 12-13, p.19.
19Yoel
Cordoví Núñez: Liberalismo,
crisis e independencia en Cuba,
1880-1904, Editorial de
Ciencias Sociales, La Habana,
2003, pp. 33-34.
20María
del Carmen Barcia Zequeira:
Una Sociedad en crisis. La
Habana finales del siglo XIX,
Editorial de Ciencias Sociales,
La Habana, 2000, p.52.
21Alejandro
Sebazco Pernas, “José Martí y el
Autonomismo: Dos Alternativas de
la Nación Cubana” en:
Perfiles de la Nación,
Editorial de Ciencias Sociales,
La Habana, 2004, p.162.
22Mildred
de la Torre Molina, “Los nuevos
autonomistas y la historia
oficial” en: Internet.
www.cubasocialista.cu./texto/c.s
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