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Los
habitantes de esta Isla que amamos el
cine tenemos mucha suerte. En los
últimos años aún calentitas de su
proceso de producción hemos visto las
películas de Lars Von Trier. En el
festival anterior disfrutamos de
Manderlay, la segunda de la trilogía
sobre EE.UU. que completan Dogville,
vista en el 2004 y Washington,
aún por filmar. Antes fue
Rompiendo las olas, premio del
festival de Cannes de 1996 y luego
disfrutamos de Bailar en la oscuridad,
filmada en el 2000 y meses después
aplaudida en La Habana.
Todas
son cintas con grandes producciones,
despliegue de actores y extras, puestas
en escenas extraordinarias, en fin, unas
películas inmensas por su guión, su
dirección y su producción a veces hasta
exuberante. No es el caso de El jefe
de todo esto, deliciosa comedia que
ha hecho reír a centenares de seguidores
del cine en este festival 29.
Porque el genio danés ha logrado lo que
parecía imposible: conseguir la
carcajada en personas formadas en una
cultura y con un humor diferente al del
país europeo, a partir de unos pocos
actores encerrados en una habitación,
por demás real.
Protagonizada por Jens Albinus en el
papel de Kristoffer que es secundado por
Peter Gantzler (Ravn), Fridrik Thor
Fridriksson (Finnur), Benedikt
Erlingsson (intérprete), Iben Hjejle
(Lise), Henrik Prip (Nalle), Louise
Mieritz (Mette), Mia Lyhne (Heidi),
Jean-Marc Barr (Spencer), Casper
Christensen (Gorm), Sofie Gråbøl
(Kisser) y Anders Hove (Jokumsen), la
cinta se filmó y estrenó el pasado año
en Dinamarca, país que la coproduce
junto a Suecia y Francia.
Durante 99 minutos Von Trier cuenta una
historia de mentiras en un tono que
funciona espléndidamente. En una
entrevista que concedió, confesó que
para lograr una buena comedia “lo mejor
es hacer algo que le divierta a uno y le
entretenga”.
En
esa misma oportunidad al comentar que
había calificado de inofensiva a su
última cinta afirmó: “Me apetecía
decirlo. Hace demasiado tiempo que me
critican por ser demasiado político y
quizá yo mismo me criticaba... por ser
demasiado correcto políticamente. Hemos
rodado esta película muy deprisa. No es
una película política y me divertí
haciéndola, pero las buenas comedias
nunca son inofensivas”.
El
director de culto más seguido en los
últimos tiempos, asegura sobre el hecho
de haber vuelto a rodar en danés: “Ha
sido liberador y me ha sentado de
maravilla. Me sale mejor en danés. Eso
no significa que me limite a hacer
películas en danés, pero ha sido
fantástico hacer una película pequeña
con un equipo tan reducido. Era muy
relajante”. Y contó: “Hace mucho que
pensé en hacer una película sobre el
inexistente director de una empresa,
aunque al principio pensé que la rodaría
otra persona. Es una vieja idea, pero
escribí el guión justo antes de rodar la
película”.
Para
Von Trier el humor en Dinamarca tiene
sus características: “Es típico de los
daneses morirse de risa cuando les
tratan de estúpidos. Puede que se deba a
que somos un país pequeño y la gente es
masoquista. En El reino (TV), les
encantaba cuando hablaban de los
estúpidos daneses. Y en este caso,
cuando los irlandeses les gritan y les
tratan de todo, están contentísimos”.
Se ha
dicho que El jefe de todo esto
tiene que ver con la empresa Zentropa,
de la que el cineasta es su máximo
responsable, “pero no se me había
ocurrido. Al crear Zentropa, solo pensé
que podíamos producir y controlar las
películas que yo realizaría. Peter
Aalbaek Jensen y yo somos un poco raros.
Nos gusta pasarlo bien y hacer cosas
extrañas. Creo que puede ser muy
divertido trabajar en Zentropa, no es
una productora al uso. No está motivada
por una idea clara, es algo más
intuitivo. No se nos ocurre pensar que
los beneficios son los más importantes”.
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Con
su última película Von Trier utilizó el
proceso novedoso de Automavision. Sobre
ese particular declaró: “Hace mucho que
ruedo mis películas cámara en mano. Se
debe a que soy un obseso del control y
al hecho que nadie puede controlar
completamente un encuadre o una imagen.
En ese caso, era mejor saltarse la parte
del encuadre, rodar cámara en mano y
apuntar. La técnica de Automavision me
permite realizar el encuadre, luego
pulso un botón en el ordenador y obtengo
una serie de posibilidades aleatorias.
Ya no lo controlo yo, lo controla el
ordenador”. Y al interrogarlo si fue una
decisión pensada o tomada a la ligera
aseveró: “Muy a la ligera. Necesitaba
encontrar una formula que encajase con
la comedia. Me apreció un sistema muy
refrescante. Soy un hombre plagado de
ansiedades, pero hacer cosas extrañas
con la cámara no está entre ellas”.
Acerca de este método y los espectadores
comentó: “Desde luego el público no
huirá gritando despavorido. El 70% de la
gente ni siquiera se dará cuenta. Está
claro que no sirve para rodar animales
en libertad. Solo estuvimos con el
elefante un cuarto de hora y no dejamos
de pulsar el maldito botón. Cada vez que
teníamos una buena toma, el elefante ya
no estaba”.
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El
jefe de todo esto
cuenta con un guión y una dirección de
actores de cinco estrellas, pero no se
puede esperar una comedia convencional.
Con el rejuego de un actor interpretando
“al jefe de todo eso” Von Trier busca y
logra complejizar la historia para que
existan múltiples lecturas.
Hace
unos dos años le pregunté a Fernando
Pérez sobre el director danés y su
respuesta fue categórica: “A veces
quisiera estar dentro de la cabeza de
Lars Von Trier. No solo porque cada
película suya es un desafío a las leyes
convencionales del cine, sino porque
este cineasta danés descubre lo que
nadie ve, crea lo que nadie imagina,
ilumina los espacios que nadie logra
penetrar. Siempre me he imaginado
leyendo el guión de Dogville
antes de que la película existiera: no
hubiera creído en él, casi nadie hubiera
creído en él. Pero Lars Von Trier sí
creyó. Creyó que un relato contado por
un narrador en un lenguaje de novela
romántica del siglo XIX, en un escenario
teatral pintado, con actuaciones
simbólicas y no realistas (es decir,
todo lo que se considera el anticine)
podría ser una obra perturbadora,
inquietante y absolutamente
cinematográfica. Su documental Cinco
obstrucciones es para mí una
referencia de cómo me planteo el cine:
los obstáculos que Trier impone no son
un simple juego: son el afán de tensar
la cuerda, de colocar la varilla más
alto, de volar más lejos. Por eso admiro
a este cineasta audaz para quien cada
película es la emoción de lanzarse al
vacío (sin red) en un trapecio volador”.
Esta
vez de nuevo hubo un salto al vacío y el
fundador del grupo Dogma 95 no se
estrelló. Subió a otra soga para seguir
balanceándose mientras espera volverse a
lanzar. ¿Lo hará de nuevo con películas
pequeñas? Así respondió a un periódico
de su país: “Ahora mismo tengo ideas
gigantescas, pero solo son ideas. Ya
veremos en qué tipo de películas se
convierten. Terminar la trilogía (Dogville
y Manderlay y la que falta,
Washington) está entre ellas, pero
no creo que sea inmediato. De momento,
sueño mientras paseo por los bosques con
mi iPod”.
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