Año VI
La Habana

22 al 28 de
DICIEMBRE
de 2007

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La obra poética de Delfín Prats

Ronel González Sánchez • Holguín

 

[…] poeta mayor es aquel que tiene ojos para ver la gloria. Es esto lo que rinde la final superioridad de un Darío frente a un Neruda, no obstante ser él a su vez un gran poeta. La superioridad de un Rimbaud vidente frente a un Baudelaire amargo o un Nerval secreto. Es quizá lo único que echamos de menos en el amadísimo Vallejo. La sospecha de que el sufrimiento no sea, quizá, lo más profundo, no obstante su atronadora evidencia rodeándonos.

Fina García Marruz
 

S

ería  poco  menos  que descabellado  explicar  todas  las vertientes desarrolladas en su obra por el poeta Delfín Prats Pupo (Holguín,  1945) y las que son creadas  desde los mismos textos, por la sencilla razón de que el lenguaje  como el  espacio  es  infinito, diverso,  cómplice de la multiplicidad y, por ende, imposible  de abarcar;  no obstante, esbozaré algunas cuestiones  fundamentales implícitas  en su poesía que giran en torno al punto cenital  de este texto: lo trascendente como entrañamiento. 
     

En una entrevista realizada hace algún tiempo, Delfín  confesó que  "la [suya] no es una poesía del dolor, [sino] del  lenguaje, de un lenguaje que da cabida en él, que él mismo es "la alegría y el  dolor" [1] y este criterio permite acercarnos  a  su obra,  conscientes   de que nos situaremos ante un  universo  que sabiamente  desdeña los desgarramientos para adentrarse  en  otro ámbito: el de los vericuetos del lenguaje, donde son aprehendidos los  temas  eternos por la habilidad de un creador que conoce a fondo ese  término demoníaco que es la  tradición  y  la palabra sagrada, buscada incansablemente por él.
 

En Prats, lo trascendente además de ser una aspiración, es una manera de fusionar  realidad con  realidad alternativa, vivir en imágenes, trasladar al  poema el  mundo otro, sustituir el mundo con metáforas, visualizar  lo estelar  que  puede  acudir siempre como en la  terateia  de  los griegos,  solo  que en esta poesía se realiza  un  proceso inusual relacionado con el peculiar modo  de comprender  la  posteridad  pues para Delfín la  poesía  es el medio  propicio  para  asir  lo trascendental, para  fundir  al ser humano con  su  doble,  para garantizar el encuentro con lo “divino”, pero a través del eros, de la avalancha sensual que se metamorfosea en panacea orgiástica.
 


En  El  viajero y su sombra, Nietzsche  escribió  que  "la tempestad del deseo eleva algunas veces al hombre a una altura en que  todo  deseo enmudece",  sin  embargo,  esa   torrencialidad entrevista  en  la  obra de Prats, lejos  de  acallar  el  deseo exaltado en el sujeto lírico, abisma al poeta en el laberinto  de la sexualidad.

 

                 Toda la magia de tu piel

                 tus ojos abiertos como pozos

                 tus manos como negras sábanas                              
                 de espanto

                 y el monte de tu sexo

                                 "Canción georgiana"
 

Erotismo que recorre, de principio a fin, todos sus libros, mostrándonos la desmesura de quien siente que "no hay un licor que ahogue los deseos" para el amante insaciable, abandonado en el minuto que sucede a la posesión.
 

 Se pregunta qué noche

 no hemos tañido alguna vez bajo otra carne

 entre ruidosos argumentos que nunca

 trascendieron  

                                       "Entrega"
 

Lo puramente sensual adquiere la calidad de poderosa niebla lírica, de telar enigmático para el regodeo de unas manos que edifican la belleza de los seres en la que el poeta cifra su soledad y nombra el hallazgo de la belleza, después del riesgo que supone lo fugaz. 

 

 Edifiqué sobre su cuerpo

 torres levanté desde allí bajo la luz de abril

 fue nuestro mes el más alto premio para mí

 que había extraviado los senderos de la dicha

 y la encontraba ahora

 entre la gente su cabeza era más bella

 que mi más bello sueño

                       "Toda la luz de abril entre sus ojos"
 

Eros, persecución del imposible, traición de los  sentidos, nomenclatura   inasible  de  los  cuerpos,  confusión  de   labios esculpidos  por Praxíteles en el clásico fulgor de  los  helenos, atraviesa e misterio de esta poesía que profiere un grito como  el Laocoonte, en el instante en que las serpientes desgarran su piel para  describir unas siluetas idénticas que beben vino bajo  la noche profunda, bogando a través de difuminadas "aguas sexuales" que se  desplazan hacia las arenas de una isla grotesca.
 

   bajo mi piel segregaciones semejantes a su  

                                                  /orina

   ha sentido mi aliento abominable y en mis

   masturbaciones

 

   se ha estremecido un tanto también poseso del

   deseo

   él está hecho para andar por mí aun donde

   yo mismo me ignoro

                                                        "Litografía"


Versos  ríspidos,  agresivos,  pletóricos  de  una  fuerza ostensible  como  un  filme  porno  que  rasguña  al  inadaptado, violencia  de imágenes estremecedoras develando una necesidad  de ser desdeñadas por el lector que vuelve el rostro hacia otra zona del  poema, rehuyendo la temible confesión donde se evidencia  la maestría  del  poeta en busca de una "temida polisemia",  de  una geografía para la aceptación y el rechazo que propicie el  triunfo  de  los cuerpos en la "apretada noche"  por  la  que avanza,  conceptualizando  esa oscuridad como el  paisaje  idóneo para el sobresalto de la avidez, transmutándola en símbolo.
 

Signos oscuros en las manos de un mes

que dispuso el encuentro

como la noche su leve sobresalto

el anuncio del pez     ávido    tibio

entre las manos de sopesar enigmas

                                          "resumen: círculo"           


La noche simbólica, criatura amiga, facilita el acceso a lo trascendente que, en este caso, es el acto sexual ineluctable  de quien  busca  "el  pez ofrecido y  negado",  que  puede  rememorar hoteles  de  paso,  sitios sepultados en  "la  lava  del  cirio", ciudades  creciendo en el pasado, costas de arenas idílicas  para la  comunión  de  dos  costumbres en  el  reducto  lujurioso  de  lo nocturno.

 

No advertimos que esta playa y este atardecer

eran quizás el último refugio

y esta noche de amor sobre las dunas

no era más que la reiteración de un hecho ya

narrado                                         

                                                "resumen: rueda"   


Asida  a la memoria como un cierre sobre una tela  frágil, instando  la  sucesión  de las imágenes  a  inaugurar  un  sistema dinámico para consolidar lo inatrapable, la noche se entreteje  en el diluvio poemático, se convierte en un signo de la búsqueda del estremecido espíritu que nombra el mar como  en los días del Génesis pero, desde la calígine. La noche es también el deseo, “la propicia” —como escribiera Martí—, esa conquista emblemática y misteriosa de la poética de Delfín.
 

 brevemente ebrio de extensiones calmadas

 pero siempre bajo el peso de esas noches

 y esas ciudades y esas arenas

 incesante buscador de la noche     dices

 la mañana junto al mar

                               "Rock del deseo y del descenso"    


"Exilio transitorio" para revelar "ese olor inaudito que surge de alguna parte/ desde algún ángulo  increíble de  la noche" (“Preparativos innecesarios”) para extraviarse y "no poder recordar haber perdido los senderos del sueño" (No vuelvas  a los  lugares donde fuiste feliz) escuchar como "los  tanques  de guerra vuelven/ a conmover la noche" como un signo de lo terrible frente a "un ejército de hormigas contra la luz de los candiles" (“Solo el rojo de los crepúsculos") para descubrir que,

 

La trascendencia está en la pulpa de la noche

en el fruto que al nombre amado otorga sus

vocales

                                          "El esplendor y el caos"  


Sin embargo, como el acto de entrega es  irremediablemente finito, sabe Prats que todo se irá, que las cosas se desvanecerán una  vez  que  finalice  esa  posibilidad  de  evasión  y  que  es imprescindible persistir.
 

 Vive la plenitud de la soledad

 en el primer instante

 en que asumes la separación

 como si ya su estatua

 en ti elevada por el amor

 para la eternidad fuera esculpida

 

                   "No vuelvas a los lugares donde fuiste feliz"


Estamos en presencia de un autor que conjuga signos aparentemente confusos porque detrás de los símbolos se abre una multiplicidad que puede enfrentarnos al dualismo.

 

“Pero detrás de todo pensamiento poético hay una concepción del mundo: una ética, una filosofía, una ideología, un   universo axiológico, expresados en ese pensamiento y transfigurados en su objetivación poética a través de la individual perspectiva del escritor.” [2]


Para Delfín, esa concepción se expresa en el avizoramiento de lo “divino”, que llega no desde la visión integradora o  unitiva de  Lezama,  que fusionó o hermanó a la religión con  la  poesía, creando  un  sistema  poético  del  mundo,  donde  los  conceptos cristianos  sostienen  su  mirada trascendente; pero  sí  desde  la noción  de  buscar el cuerpo único, la totalidad  regida  por  el estilo del poeta.
 

Heterodoxo  por  excelencia,  Delfín se distingue por recibir, de una parte, los in-flujos de un elevado  pensamiento materialista que no llega a consolidarse en su personalidad, y de otra, su permanente cuestionamiento de  esa materialidad  a  partir  del  escepticismo que  lo  remite  a  la búsqueda  de su autonomía en la sumatoria de rasgos de  antiguas filosofías o culturas.
 

El poeta confía en una fuerza desconocida, eterna, omnipotente, capaz de re-conciliar lo distante con lo próximo y de armonizar energías de índole humano o estelar. Para él lo divino es una especie de  túnel  adyacente  que escapa  de todo apresamiento conceptual cristiano, es una manera  de descubrir  la  presencia  totalizadora a través  del  poema.
 

 La yerba fresca, la espesura del bosque,

 el borde tímido del agua

 no pueden ser obra del azar

 como tampoco pueden ser los amorosos cantos

                                                

                    "Fábula del cazador y el ciervo"     


Para el sujeto lírico que emplea Delfín, las cosas no han nacido casualmente. Algo de naturaleza cósmica parece conducir el surgimiento. La realidad material no puede ser obra del azar porque el verbo acompaña, aunque en su poética aparezca escrito con minúsculas.
 

 oscuramente ceñido en torno al hecho

 de la marcha incesante hacia la meta

 entre aquello que fue y lo que evoco

 se alza el obstáculo del verbo

 

                                    "resumen: círculo"


Lo “divino” siempre ha sido una  preocupación del  poeta,  en  el  sentido de  que  ha  iluminado  su  poética, permitiéndole el acceso a ese estado en que este hombre de letras entiende  el  universo, no como obrar  de  una Inteligencia  Suprema,  de  una Energía  Mayor,  capacitada  para otorgarle  o  no el máximo placer.
 

 y sin embargo  oh pallas

 estoy muy lejos de la felicidad

 estoy lejos de Dios

                           

                 “Poeta florentino del Quatroccento”


De la manera en que sucede su magnífico poema “Mañana en la Demajagua”, el sujeto lírico no desea entrar en contradicciones con la idea cristiana de la existencia del Padre.

 

Bata el viento y gima en tus últimas ramas

hacia el cielo empinadas como en desafío,

y déjanos oír  —haz que oigamos—

la voz del Padre que se alza

para hacernos nacer.


Se establece una relación estrecha poeta-realidad-Eros-Dios, en la que sería interesante profundizar, porque todos los elementos son insustituibles, dan cuenta de la apoteosis en la búsqueda de lo trascendente y arrojan luz acerca de una obra intensa en el proceso literario insular, pero como no este el objeto de estos apuntes, intentaremos asistir a la comprensión del entrañamiento como finalidad trascendente de esta poética. 

2

“(…) la Poesía (Dichtung), es solo aquello que me llega porque sí, porque existe y existo y porque el mundo existe y porque los tres podemos dejar perfectamente de existir. ‘La Poesía’ es aquello de lo que puedo apropiarme y que está más allá de todo virtuosismo formal e incluso de toda grandeza de fondo. Dicho de otro modo: ni la perfección técnica ni el dolorido sentir garantizan por sí solos la condición “poética” de un texto. Hace falta, pues, y esto es lo más importante, el “más”, el sobrepasamiento como dijo Cintio, el “no sé qué”. Eso no lo dan las universidades, como tampoco puede darlo la furia beoda del bardo de tabernas.”

 

Eclipse del alma en La huerta de Cándido.
 

M

ás preocupado en los últimos años por comprender (no por definir) su poética, Delfín Prats, el autor (definición digamos anterior al posestructuralismo) estudiado en este ensayo, formuló una concepción de la poesía implícita en el cuerpo de sus libros. 
 

Una de las lectura (mala, por cierto, si nos dejamos llevar por el norteamericano Harold Bloom) nos conduce a considerar el texto titulado “Litografía” incluido en Para festejar el ascenso de Icaro como secuencia fabulosa del acto poético, arribo del impulso otro, participación erótica del sujeto en esa instancia desconocida, emisión o efluvio catártico que magistralmente definió Octavio Paz en las páginas iniciales de El arco y la lira.
 

“Un animal extraño me visita” —proclama el sujeto lírico— y sin poder abstenernos, por la fuerza y necesidad que nos compulsa, a citar el resto del texto, desde el lenguaje y la descripción del enigmático suceso, resulta inevitable el infinito y magnífico juego de las transfiguraciones.
 

sin anunciar su inesperado arribo

abre la puerta callado se desliza

por entre los objetos oscuros de mi cuarto

hasta alcanzar su sitio en el armario

entonces vuelve hacia mí su rostro

y se establece nuestro impasible juego

este animal conoce mis secretos ha visto

bajo mi piel segregaciones semejantes a su orina

ha sentido mi aliento abominable y en mis masturbaciones se ha estremecido un tanto también poseso del deseo él está hecho para andar por mí aun donde yo mismo me ignoro evidenciando mis temores y mis aspiraciones este animal era temible antes era un niño malcriado una criatura hostil que despertaba

mi sueño en altas horas y en el cuarto contiguo

como para un concierto indeseable

el amor afinaba sus sordos instrumentos

ahora es distinto este animal es todo para mí

es el amor el trago la costumbre que nos amamanta

el sitio predilecto un viejo amigo

que sabe su deber: un animal extraño

que siempre me visita y me sorprende 


Muy poco es posible añadir a la comprensión del texto porque cualquier lectura puede conducirnos, como alertara Umberto Eco, a la tergiversación. Subterfugio lícito por la posibilidad de aportar nuevos sentidos, no a la obra sino a la exégesis, no obstante prefiramos entender el poema, donde persiste un eco lezamiano (imposible no mencionar la cámara de ecos de la que habló Barthes y la oscura pradera del poeta de Trocadero) desde una postura, si se quiere fenomenológica,  estrechamente vinculada con el orbe de la revelación, la invitación al viaje,  la amplitud y a la vez ausencia de sentido, la intuición y la esquizofrenia propios de la poesía.
 

Otro momento, tocado por lo grandioso, ocurre en el excelente poema “Fábula del cazador y el ciervo” de El esplendor y el caos, donde el hablante logra captar el carácter inaprensible de la poesía. El ciervo y el cazador están estrechamente vinculados al símbolo del bosque —recurrencia llena de sentido en esta poética-  como el sitio virgen para el desarrollo arborescente, espacio abrillantado por la extrañeza de lo intacto donde la vida transcurre inocente y salvaje. El cazador (y subrayamos que se trata de una entre muchas lecturas posibles) intenta atrapar un más allá simbólico encarnado en el ciervo (¿Referencia a la trascendental obra de San Juan de la Cruz, a la angustiada poética de José Martí?) que, contra todo artificio y toda posibilidad, siempre se escabulle. 
 

El ciervo escapa, lejos del cazador que lo persigue

como el juglar al verso que entre nieblas discurre […] 


Más que encuentro amoroso, que rito de los cuerpos, subyacen lo efímero consumado en el texto y la transitoriedad de la poesía. El hablante capta la “insolitez” del éxtasis poético, la desnudez y la grandeza implícita en el acto de abandono de fórmulas y de reconciliación con “algo” indescriptible, tal y como se produce la obra del autor Delfín Prats, en esos segundos especiales de trance e imantación., como quizá le hubiera gustado decir a Tales de Mileto y mucho más acá al autor de Paradiso.
 

Lejos de la mirada del juglar el ciervo escapa

por la linde del bosque. El universo:

inocente metáfora de Dios que al unísono copian

las pupilas del ciervo y el canto del juglar  […]
 

La tragedia del juglar que está a punto de obtener lo más preciado, léase lo escurridizo de la Canción, del canto verdadero, pero que a pesar del esfuerzo no alcanza lo deseado, poeta-Sísifo o poeta-Tántalo que no arriba a parte alguna y concluye siendo poeta-Orfeo, ineluctablemente.  


Y cuando finalmente es atrapado, disuelto en el discurso

ardiendo en el abrazo, que el vino y las palabras enardecen

el ciervo nuevamente escapa

 

lejos del cazador que lo contempla

ahora en los contextos de la fábula 
 

Un hondo sentido telúrico acompaña la obra de Delfín Prats. Como él mismo escribió en “La huerta de Cándido”: “Me marché adolescente y luego solo he vuelto de cuando en cuando.  Ciudades: La Habana, Moscú, otra vez La Habana, Holguín, otra vez Moscú, Holguín, Madrid, Holguín. Gentes, libros, paisajes, Un poeta “criollo de la tierra”.
 

Su vida y su obra, por lo tanto, son inseparables del entorno rural y no deben ser comprendidas fuera de ese ambiente. Pudiera, incluso, afirmarse que abren y cierran un círculo a partir de un punto que, a la vez, es el final del viaje: La Cuaba. El paisaje, la naturaleza, los vínculos de sus vivencias con lo que los griegos llamaban la physis, constituyen el centro referencial del poeta.
 

“No me imagino la escritura de un poema sin haber experimentado la grandeza del paisaje: sin el mar, sin las montañas, sin haber visto a Cuba desde un avión, sin ese carácter tempestuoso de los ríos que descienden de las montañas orientales [...]”[3] 


Desde un texto ya antiguo como “Humanidad”, escrito según el poeta cuando trabajaba en el Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (MINFAR), aparecen las evocaciones de su pueblo natal y de los elementos integrantes del paisaje. Su ascendencia campesina es captada en este antológico poema donde rememora los montes de su infancia a la manera de “un bosque húmedo después de la tormenta” [...] “Una fuente, un arroyo, una mañana abierta desde/ el pueblo/ Que va al campo montada en un borrico”, su preocupación por la “época nueva de la siembra” en un ambiente completamente bucólico en el que se debe “Marchar al bosque por leña para avivar el fuego”.
 

Su poesía representa la comunión de su espíritu con la dimensión real de la tierra y, por consiguiente, su fundación de ámbitos, su capacidad de intuir sitios, imágenes, experiencias, aparece asentada en la materia, principium individuationis a partir de la cual surgen vivencias oblicuas como dijera Lezama, conversiones de la realidad en Sustancia onírica: transustanciaciones.
 

Tierra y agua son elementos propios de su poética en la que funcionan como antinomia y, a la vez, como unidad indisoluble. Ambos se excluyen y se fecundan, propician la condición sine qua non de una especie de apeiron que remite a los presocráticos, apeiron bien distinto del que anticiparon Tales y Anaximandro. Pero y hago énfasis en esta frase que no definen su poética.
 

Los textos de mayor hondura telúrica de Delfín son el ya citado “Aguas”, “Mañana en la Demajagua” y el trascendental “Rock de los caballos”, este último a mi entender mucho más contundente que “Aguas”, donde existe “un tratamiento artístico en que el tiempo ocupa un lugar distintivo” [4] al decir de Roberto Zurbano, pero también donde la anécdota impide el total desarrollo del sistema sígnico, le resta fuerza al logos, la unidad constelacional según María Zambrano a diferencia del “Rock de los caballos” donde el cuerpo de referencias o intertextual es mayor, donde los recuerdos de la infancia no traicionan la “emanación” lírica (para decirlo con un término caro a Plotino) y, sobre todo, donde el hablante capta mejor las esencias de “lo cubano”, tópico ineludible a la hora de hablar de su poesía. Pocas veces en nuestra literatura encontramos un clímax expresivo como el alcanzado en este texto.

 

[...] pueblos que un día me consolaron patria con

jitanjáforas y güiras

qué desnudo mi corazón cuando amanece y tiendo

/el velero de mis brazos un poco más allá

no puedo contra la redondez del mundo

exhalas  limonero tu olor a huerto del edén

mi cuerpo hecho añicos contra los arrecifes    

en el remolino

pero como los caballos que mi padre guardaba

me recupero en el limpio del bosque

/Centauro y flecha

a buen recaudo contra los salteadores

siento el calor del bosque nutricio y desde el río

la canción de los que vienen del día de mañana. 


“Rock de los caballos”, si fuéramos a hablar con los términos de Lezama
de quien Delfín es uno de los más arduos seguidores, en relación con el empleo que hacía de los símbolos el autor de La fijeza es el sitio mágico donde lo estelar (terateia) y lo telúrico (tokonoma que permite el acceso a otra dimensión) conforma la orplid de su poética. El centro alegórico, el anillo irradiador a partir del cual debemos estudiar su obra.
 

                  Debías venir,

                  debías erguirte de las furiosas soledades de la

                  tierra,

                  espiga al viento, espada

                  contra el vacío físico de las cosas.

                                                    

                                             “El fuego, todo el fuego”

 

 

                 “Para él me digo

                         la tierra (es) azul-azul

                                                          allá”

                 una naranja

                                     Icaro

                                             tan lejos de mis bosques

                                             mi infancia

 

                                           “Para festejar el ascenso de Icaro”

 

                 Tus raíces se pierden

                  hacia lo hondo de esa tierra

                                  antaño tenebrosa;

                                           tierra                  

que un día

             una será con nuestros cuerpos.

                                         

 “Mañana en la Demajagua” 


En otra parte he confesado que emitir criterios, llevados a un plano de generalización acerca de la vida y la obra de un autor puede ser un sinsentido, pero me veo en la necesidad de adentrarme en el cosmos del poeta, para dilucidar cuál es la esencia de estas constelaciones délficas que, inevitablemente, deben abrirse para el lector, en aras de subrayar la importancia de su obra para nuestra lírica. Por ello me atrevo a afirmar que la poesía de Delfín, aunque tiene los pies puestos en el contexto de la tierra y, más aún, en la naturaleza cubana [5] va más allá del cuadro de definiciones de Cintio Vitier expuestas en Lo cubano en la poesía. De acuerdo con ellas pudiéramos incluir la obra del poeta dentro del arcadismo, la lejanía, el cariño, la memoria, el ornamento etc. [6] o quedarnos en un frío análisis que ubique esta poesía de un sistema similar al de Feijóo o al del Cucalambé
 

Sin embargo, existen elementos que nos permiten diferenciar sus planteamientos ideoestéticos del resto de los poetas.
 

La náusea aparecía, experimentaba un cosquilleo a mitad de las piernas que no tardaba en convertirse en una necesidad sin freno de huir, de salir corriendo. Entonces abandonaba la lectura y me iba a las afueras de la ciudad me alejaba de sus sucios suburbios, del chillar de los niños infernales.”  [7]


Estas palabras las ubica el poeta como provenientes de los diarios de Baudilio, en una nota de su libro Cinco envíos a Arboleda y, aunque no debemos confundir los textos, parlamentos, apuntes, versos, etc., puestos en boca de personajes o del sujeto lírico con la voz del autor, en este caso, valorando que Delfín ha confesado que este cuaderno debe comprenderse como una extensión y, por tanto, como parte integrante de su poética, apreciamos el fragmento no como una visible referencia a la novela La náusea, de Sartre sino como una confesión suya, relacionada con su idea obsesiva de escapar, de autorreclusión en los “parajes menos visitados por los hombres”. Para Delfín la poesía también es un medio de escape y, por ello, no es casual que haya titulado su selección Abrirse las constelaciones como el poema de igual título incluido en Para festejar el ascenso de Icaro. Que el hombre jamás puede ser encerrado, excluido, reducido a un espacio nos dice en este intenso y simbólico poema que no solo se ubica entre las piezas antológicas suyas sino entre lo más trascendente de la poesía cubana.
 

(El verso, la casa, la ciudad

son límites, muros que será preciso violentar

para escapar al aire más vasto de la isla)

 

La Isla es el compendio, en fin,

de tu verso, tu casa y tu ciudad

Pero no los restrinjas a la isla

Ellos se asomaron mucho más allá

Ellos vieron

del otro lado del horizonte

abrirse las constelaciones. 
 

En Delfín encontramos una tendencia si se quiere psicológica, a separarse de la comunidad, sin abandonar todos los vínculos con ella; de que constantemente apreciemos la “vocación de lejanía” del hablante lírico, en busca de modos trascendentes para comulgar con la realidad, desde un pensamiento  atraído por cierto afán cíclico, de constantes retornos como expresa en poemas como “Entre la multitud de las armas”, “Solo el rojo de los crepúsculos”, “Superar ese extrañamiento” y “Por el aire feroz de los ocujes” (este último fue escrito inmediatamente después de su regreso a Holguín en 1974) realmente no podemos afirmar que sus recogimientos constituyan evasiones del medio, por el contrario, tenemos que hablar de una “poética del entrañamiento”, de una penetración consciente en su vasto universo expresivo, la creación como él mismo dice de una realidad “alternativa” [8] .
 

Cuando el creador se acerca a los espacios telúricos de la tierra y el agua, lo hace evitando lo superfluo, desbrozando senderos que desvirtúan la plenitud del verdadero discurso, intentando atrapar la verdad mediante una focalización, un alumbramiento, como en la aletheia de los griegos.
 

“Poeta de esencias, de reveladoras confirmaciones” [9] Delfín Prats se vale de los símbolos para atrapar el gaudium o placer inseparable de la virtud.
 

“Itaca [por ejemplo] es el signo del regreso a uno mismo a la casa natal, al terruño: el hombre con su característico afán de conocer explora en su entorno y en su mundo interior, para ser luego él mismo, en un nivel superior.” [10] 
 

Delfín ha logrado entrañarse en la vida y en la literatura como uno de los más sólidos poetas cubanos de todos los tiempos. Su capacidad para ahondar en los aspectos más recónditos de la realidad y del Ser subrayan su singularidad en el contexto de las letras cubanas.

 

He visto demasiado para cruzar los brazos.

El viento de Patmos mueve mis queridos papeles,

se cierne sobre la casa de mis padres,

va devastando los lugares, que tú y yo,

juntos intentamos salvar de la devastación y el

                                                      Caos.
 

He visto demasiado para esperar en calma

que se produzca la revelación.

“Viento de Patmos”

 

Se equivoca el poeta. Su obra es una de las más dignas revelaciones que hemos tenido. Nuestro mayor deseo es que sus versos, su locuacidad, su sentido del humor y su expresividad nos acompañen siempre por esas perennes tierras de auténtica creación.
 


BIBLIOGRAFÍA
 

Alighieri, Dante: La Divina Comedia. Infierno. Trad. Bartolomé Mitre, Pról. Camila Henríquez Ureña. Instituto Cubano del Libro Editorial Pueblo y Educación, La Habana, 1972.
Árbol del mundo. Diccionario de imágenes, símbolos y términos mitológicos.
Sel., trad., pref., glos. y notas Rinaldo Acosta. Casa de las Américas/ UNEAC, 2002.
Arcos, Jorge Luis: En torno a la obra poética de Fina García Marruz, Ediciones Unión, La Habana, 1990.
______________: “Las palabras son islas. Introducción a la poesía cubana del siglo XX” en La palabra perdida. Ediciones Unión, La Habana, 2003, pp. 101-135.
Arrufat, Antón: “Examen de medianoche o discurso de aceptación”, en Unión (La Habana), (42): 4-6, en.-mar., 2001.
Asín Palacios, Miguel: Tres estudios sobre pensamiento y mística hispanomusulmanes. Ediciones Hiperión, Madrid, 1992.
Bachelard, Gastón: La poética del espacio. Fondo de Cultura Económica, México, 1992.
Bhagavad-Gita (“El canto del Señor”). Versión tomada de Internet.
Barquet, Jesús J.: “Tres apuntes para el futuro; poesía cubana posterior a 1959”, en Plural (México), jul. 1993, p. 52.
Bloom, Harold: La angustia de las influencias. Monte Ávila Editores, Venezuela, 1991.
___________: La Cábala y la Crítica. Monte Ávila  Editores, Venezuela,  1992.
Colectivo. Textos de teorías y crítica literarias (Del formalismo a los estudios postcoloniales). Comp. Nara Araújo y Teresa Delgado. Tomos I y II. Editorial Félix Varela, La Habana, 2001.
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[1] Ibídem, p. 7. 

[2] Arcos, Jorge Luis, Ob. Cit., p. 103. 

[3] Marrón, Eugenio: “El poeta festeja a Icaro”, op. cit.

[4] Zurbano, Roberto: “Viaje y confesión del Icaro”, op. Cit., p. 15.

[5] Virgilio López Lemus en su ensayo: Samuel o la abeja, estudió los antecedentes y características del canto a la naturaleza cubana para ubicar al poeta Samuel Feijóo dentro de esa definición. 

[6] Vitier, Cintio: “Decimoséptima lección”, en Lo cubano en la poesía, ed. cit., pp. 574-575. 

[7] Prats, Delfín: “Segundo envío, en Cinco envíos a Arboleda, p. 34. 

[8] Ricardo Pavón, Remigio, op. cit. P. 11. 

[9] Zurbano, Roberto: “Elogio del lector”, ed. cit, p. 15. 

[10] Messeguer, Marisela: “El lector debe al poeta”, en Ámbito, 25.

 

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La Habana, Cuba. 2007.
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