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[…] poeta mayor es aquel
que tiene ojos para ver la gloria. Es
esto lo que rinde la final superioridad
de un Darío frente a un Neruda, no
obstante ser él a su vez un gran poeta.
La superioridad de un Rimbaud vidente
frente a un Baudelaire amargo o un
Nerval secreto. Es quizá lo único que
echamos de menos en el amadísimo
Vallejo. La sospecha de que el
sufrimiento no sea, quizá, lo más
profundo, no obstante su atronadora
evidencia rodeándonos.
Fina García Marruz
ería
poco menos que descabellado explicar
todas las vertientes desarrolladas en
su obra por el poeta Delfín Prats Pupo
(Holguín, 1945) y las que son creadas
desde los mismos textos, por la sencilla
razón de que el lenguaje como el
espacio es infinito, diverso,
cómplice de la multiplicidad y, por
ende, imposible de abarcar; no
obstante, esbozaré algunas cuestiones
fundamentales implícitas en su poesía
que giran en torno al punto cenital de
este texto: lo trascendente como
entrañamiento.
En
una entrevista realizada hace algún
tiempo, Delfín confesó que "la [suya]
no es una poesía del dolor, [sino] del
lenguaje, de un lenguaje que da cabida
en él, que él mismo es "la alegría y el
dolor"
y este criterio permite acercarnos a
su obra, conscientes de que nos
situaremos ante un universo que
sabiamente desdeña los desgarramientos
para adentrarse en otro ámbito: el de
los vericuetos del lenguaje, donde son
aprehendidos los temas eternos por la
habilidad de un creador que conoce a
fondo ese término demoníaco que es la
tradición y la palabra sagrada,
buscada incansablemente por él.
En
Prats, lo trascendente además de ser una
aspiración, es una manera de fusionar
realidad con realidad alternativa,
vivir en imágenes, trasladar al poema
el mundo otro, sustituir el mundo con
metáforas, visualizar lo estelar que
puede acudir siempre como en la
terateia de los griegos, solo
que en esta poesía se realiza un
proceso inusual relacionado con el
peculiar modo de comprender la
posteridad pues para Delfín la poesía
es el medio propicio para asir lo
trascendental, para fundir al ser
humano con su doble, para garantizar
el encuentro con lo “divino”, pero a
través del eros, de la avalancha
sensual que se metamorfosea en panacea
orgiástica.
En El viajero y su sombra,
Nietzsche escribió que "la tempestad
del deseo eleva algunas veces al hombre
a una altura en que todo deseo
enmudece", sin embargo, esa
torrencialidad entrevista en la obra
de Prats, lejos de acallar el deseo
exaltado en el sujeto lírico, abisma al
poeta en el laberinto de la sexualidad.
Toda la magia de tu
piel
tus ojos abiertos como
pozos
tus manos como negras
sábanas
de espanto
y el monte de tu sexo
"Canción
georgiana"
Erotismo que recorre, de principio a
fin, todos sus libros, mostrándonos la
desmesura de quien siente que "no hay un
licor que ahogue los deseos" para el
amante insaciable, abandonado en el
minuto que sucede a la posesión.
Se
pregunta qué noche
no
hemos tañido alguna vez bajo otra carne
entre ruidosos argumentos que nunca
trascendieron
"Entrega"
Lo
puramente sensual adquiere la calidad de
poderosa niebla lírica, de telar
enigmático para el regodeo de unas manos
que edifican la belleza de los seres en
la que el poeta cifra su soledad y
nombra el hallazgo de la belleza,
después del riesgo que supone lo fugaz.
Edifiqué sobre su cuerpo
torres levanté desde allí bajo la luz
de abril
fue
nuestro mes el más alto premio para mí
que
había extraviado los senderos de la
dicha
y la
encontraba ahora
entre la gente su cabeza era más bella
que
mi más bello sueño
"Toda la luz de
abril entre sus ojos"
Eros,
persecución del imposible, traición de
los sentidos, nomenclatura inasible
de los cuerpos, confusión de
labios esculpidos por Praxíteles en el
clásico fulgor de los helenos,
atraviesa e misterio de esta poesía que
profiere un grito como el Laocoonte, en
el instante en que las serpientes
desgarran su piel para describir unas
siluetas idénticas que beben vino bajo
la noche profunda, bogando a través de
difuminadas "aguas sexuales" que se
desplazan hacia las arenas de una isla
grotesca.
bajo mi piel segregaciones semejantes a
su
/orina
ha
sentido mi aliento abominable y en mis
masturbaciones
se
ha estremecido un tanto también poseso
del
deseo
él
está hecho para andar por mí aun donde
yo
mismo me ignoro
"Litografía"
Versos ríspidos, agresivos,
pletóricos de una fuerza ostensible
como un filme porno que rasguña
al inadaptado, violencia de imágenes
estremecedoras develando una necesidad
de ser desdeñadas por el lector que
vuelve el rostro hacia otra zona del
poema, rehuyendo la temible confesión
donde se evidencia la maestría del
poeta en busca de una "temida
polisemia", de una geografía para la
aceptación y el rechazo que propicie el
triunfo de los cuerpos en la "apretada
noche" por la que avanza,
conceptualizando esa oscuridad como el
paisaje idóneo para el sobresalto de la
avidez, transmutándola en símbolo.
Signos oscuros en las manos de un mes
que
dispuso el encuentro
como
la noche su leve sobresalto
el
anuncio del pez ávido tibio
entre
las manos de sopesar enigmas
"resumen:
círculo"
La noche simbólica, criatura amiga,
facilita el acceso a lo trascendente
que, en este caso, es el acto sexual
ineluctable de quien busca "el pez
ofrecido y negado", que puede
rememorar hoteles de paso, sitios
sepultados en "la lava del cirio",
ciudades creciendo en el pasado, costas
de arenas idílicas para la comunión
de dos costumbres en el reducto
lujurioso de lo nocturno.
No
advertimos que esta playa y este
atardecer
eran
quizás el último refugio
y
esta noche de amor sobre las dunas
no
era más que la reiteración de un hecho
ya
narrado
"resumen: rueda"
Asida a la memoria como un cierre sobre
una tela frágil, instando la
sucesión de las imágenes a inaugurar
un sistema dinámico para consolidar lo
inatrapable, la noche se entreteje en
el diluvio poemático, se convierte en un
signo de la búsqueda del estremecido
espíritu que nombra el mar como en los
días del Génesis pero, desde la
calígine. La noche es también el deseo,
“la propicia” —como escribiera Martí—,
esa conquista emblemática y misteriosa
de la poética de Delfín.
brevemente ebrio de extensiones
calmadas
pero
siempre bajo el peso de esas noches
y
esas ciudades y esas arenas
incesante buscador de la noche
dices
la
mañana junto al mar
"Rock del
deseo y del descenso"
"Exilio transitorio" para revelar "ese
olor inaudito que surge de alguna parte/
desde algún ángulo increíble de la
noche" (“Preparativos innecesarios”)
para extraviarse y "no poder recordar
haber perdido los senderos del sueño"
(No vuelvas a los lugares donde fuiste
feliz) escuchar como "los tanques de
guerra vuelven/ a conmover la noche"
como un signo de lo terrible frente a
"un ejército de hormigas contra la luz
de los candiles" (“Solo el rojo de los
crepúsculos") para descubrir que,
La trascendencia está en la pulpa de la
noche
en el
fruto que al nombre amado otorga sus
vocales
"El
esplendor y el caos"
Sin embargo, como el acto de entrega es
irremediablemente finito, sabe Prats que
todo se irá, que las cosas se
desvanecerán una vez que finalice
esa posibilidad de evasión y que
es imprescindible persistir.
Vive
la plenitud de la soledad
en
el primer instante
en
que asumes la separación
como
si ya su estatua
en
ti elevada por el amor
para
la eternidad fuera esculpida
"No vuelvas a los
lugares donde fuiste feliz"
Estamos en presencia de un autor que
conjuga signos aparentemente confusos
porque detrás de los símbolos se abre
una multiplicidad que puede enfrentarnos
al dualismo.
“Pero detrás de todo pensamiento poético
hay una concepción del mundo: una ética,
una filosofía, una ideología, un
universo axiológico, expresados en ese
pensamiento y transfigurados en su
objetivación poética a través de la
individual perspectiva del escritor.”
Para Delfín, esa concepción se expresa
en el avizoramiento de lo “divino”, que
llega no desde la visión integradora o
unitiva de Lezama, que fusionó o
hermanó a la religión con la poesía,
creando un sistema poético del
mundo, donde los conceptos
cristianos sostienen su mirada
trascendente; pero sí desde la
noción de buscar el cuerpo único, la
totalidad regida por el estilo del
poeta.
Heterodoxo por excelencia, Delfín se
distingue por recibir, de una parte, los
in-flujos de un elevado pensamiento
materialista que no llega a consolidarse
en su personalidad, y de otra, su
permanente cuestionamiento de esa
materialidad a partir del
escepticismo que lo remite a la
búsqueda de su autonomía en la
sumatoria de rasgos de antiguas
filosofías o culturas.
El
poeta confía en una fuerza desconocida,
eterna, omnipotente, capaz de
re-conciliar lo distante con lo próximo
y de armonizar energías de índole humano
o estelar. Para él lo divino es una
especie de túnel adyacente que
escapa de todo apresamiento conceptual
cristiano, es una manera de descubrir
la presencia totalizadora a través
del poema.
La
yerba fresca, la espesura del bosque,
el
borde tímido del agua
no
pueden ser obra del azar
como
tampoco pueden ser los amorosos cantos
"Fábula del cazador
y el ciervo"
Para el sujeto lírico que emplea Delfín,
las cosas no han nacido casualmente.
Algo de naturaleza cósmica parece
conducir el surgimiento. La realidad
material no puede ser obra del azar
porque el verbo acompaña, aunque en su
poética aparezca escrito con minúsculas.
oscuramente ceñido en torno al hecho
de
la marcha incesante hacia la meta
entre aquello que fue y lo que evoco
se
alza el obstáculo del verbo
"resumen:
círculo"
Lo “divino” siempre ha sido una
preocupación del poeta, en el
sentido de que ha iluminado su
poética, permitiéndole el acceso a ese
estado en que este hombre de letras
entiende el universo, no como obrar
de una Inteligencia Suprema, de una
Energía Mayor, capacitada para
otorgarle o no el máximo placer.
y
sin embargo oh pallas
estoy muy lejos de la felicidad
estoy lejos de Dios
“Poeta florentino del
Quatroccento”
De la manera en que sucede su magnífico
poema “Mañana en la Demajagua”, el
sujeto lírico no desea entrar en
contradicciones con la idea cristiana de
la existencia del Padre.
Bata
el viento y gima en tus últimas ramas
hacia
el cielo empinadas como en desafío,
y
déjanos oír —haz que oigamos—
la
voz del Padre que se alza
para
hacernos nacer.
Se establece una relación estrecha
poeta-realidad-Eros-Dios, en la que
sería interesante profundizar, porque
todos los elementos son insustituibles,
dan cuenta de la apoteosis en la
búsqueda de lo trascendente y arrojan
luz acerca de una obra intensa en el
proceso literario insular, pero como no
este el objeto de estos apuntes,
intentaremos asistir a la comprensión
del entrañamiento como finalidad
trascendente de esta poética.
2
“(…) la Poesía (Dichtung),
es solo aquello que me llega porque sí,
porque existe y existo y porque el mundo
existe y porque los tres podemos dejar
perfectamente de existir. ‘La Poesía’ es
aquello de lo que puedo apropiarme y que
está más allá de todo virtuosismo formal
e incluso de toda grandeza de fondo.
Dicho de otro modo: ni la perfección
técnica ni el dolorido sentir garantizan
por sí solos la condición “poética” de
un texto. Hace falta, pues, y esto es lo
más importante, el “más”, el
sobrepasamiento como dijo Cintio, el “no
sé qué”. Eso no lo dan las
universidades, como tampoco puede darlo
la furia beoda del bardo de tabernas.”
Eclipse del alma en
La huerta de Cándido.
ás
preocupado en los últimos años por
comprender (no por definir) su poética,
Delfín Prats, el autor (definición
digamos anterior al posestructuralismo)
estudiado en este ensayo, formuló una
concepción de la poesía implícita en el
cuerpo de sus libros.
Una
de las lectura (mala, por cierto, si nos
dejamos llevar por el norteamericano
Harold Bloom) nos conduce a considerar
el texto titulado “Litografía” incluido
en Para festejar el ascenso de Icaro
como secuencia fabulosa del acto
poético, arribo del impulso otro,
participación erótica del sujeto en esa
instancia desconocida, emisión o efluvio
catártico que magistralmente definió
Octavio Paz en las páginas iniciales de
El arco y la lira.
“Un
animal extraño me visita” —proclama el
sujeto lírico— y sin poder abstenernos,
por la fuerza y necesidad que nos
compulsa, a citar el resto del texto,
desde el lenguaje y la descripción del
enigmático suceso, resulta inevitable el
infinito y magnífico juego de las
transfiguraciones.
sin
anunciar su inesperado arribo
abre
la puerta callado se desliza
por
entre los objetos oscuros de mi cuarto
hasta
alcanzar su sitio en el armario
entonces vuelve hacia mí su rostro
y se
establece nuestro impasible juego
este
animal conoce mis secretos ha visto
bajo
mi piel segregaciones semejantes a su
orina
ha
sentido mi aliento abominable y en mis
masturbaciones se ha estremecido un
tanto también poseso del deseo él está
hecho para andar por mí aun donde yo
mismo me ignoro evidenciando mis temores
y mis aspiraciones este animal era
temible antes era un niño malcriado una
criatura hostil que despertaba
mi
sueño en altas horas y en el cuarto
contiguo
como
para un concierto indeseable
el
amor afinaba sus sordos instrumentos
ahora
es distinto este animal es todo para mí
es el
amor el trago la costumbre que nos
amamanta
el
sitio predilecto un viejo amigo
que
sabe su deber: un animal extraño
que
siempre me visita y me sorprende
Muy poco es posible añadir a la
comprensión del texto porque cualquier
lectura puede conducirnos, como alertara
Umberto Eco, a la tergiversación.
Subterfugio lícito por la posibilidad de
aportar nuevos sentidos, no a la obra
sino a la exégesis, no obstante
prefiramos entender el poema, donde
persiste un eco lezamiano (imposible no
mencionar la cámara de ecos de la que
habló Barthes y la oscura pradera del
poeta de Trocadero) desde una postura,
si se quiere fenomenológica,
estrechamente vinculada con el orbe de
la revelación, la invitación al viaje,
la amplitud y a la vez ausencia de
sentido, la intuición y la esquizofrenia
propios de la poesía.
Otro
momento, tocado por lo grandioso, ocurre
en el excelente poema “Fábula del
cazador y el ciervo” de El esplendor
y el caos, donde el hablante logra
captar el carácter inaprensible de la
poesía. El ciervo y el cazador están
estrechamente vinculados al símbolo del
bosque —recurrencia llena de sentido en
esta poética- como el sitio virgen para
el desarrollo arborescente, espacio
abrillantado por la extrañeza de lo
intacto donde la vida transcurre
inocente y salvaje. El cazador (y
subrayamos que se trata de una entre
muchas lecturas posibles) intenta
atrapar un más allá simbólico encarnado
en el ciervo (¿Referencia a la
trascendental obra de San Juan de la
Cruz, a la angustiada poética de José
Martí?) que, contra todo artificio y
toda posibilidad, siempre se escabulle.
El
ciervo escapa, lejos del cazador que lo
persigue
como
el juglar al verso que entre nieblas
discurre […]
Más que encuentro amoroso, que rito de
los cuerpos, subyacen lo efímero
consumado en el texto y la
transitoriedad de la poesía. El hablante
capta la “insolitez” del éxtasis
poético, la desnudez y la grandeza
implícita en el acto de abandono de
fórmulas y de reconciliación con “algo”
indescriptible, tal y como se produce la
obra del autor Delfín Prats, en esos
segundos especiales de trance e
imantación., como quizá le hubiera
gustado decir a Tales de Mileto y mucho
más acá al autor de Paradiso.
Lejos
de la mirada del juglar el ciervo escapa
por
la linde del bosque. El universo:
inocente metáfora de Dios que al unísono
copian
las
pupilas del ciervo y el canto del
juglar […]
La
tragedia del juglar que está a punto de
obtener lo más preciado, léase lo
escurridizo de la Canción, del canto
verdadero, pero que a pesar del esfuerzo
no alcanza lo deseado, poeta-Sísifo o
poeta-Tántalo que no arriba a parte
alguna y concluye siendo poeta-Orfeo,
ineluctablemente.
Y cuando finalmente es atrapado,
disuelto en el discurso
ardiendo en el abrazo, que el vino y las
palabras enardecen
el
ciervo nuevamente escapa
lejos
del cazador que lo contempla
ahora
en los contextos de la fábula
Un
hondo sentido telúrico acompaña la obra
de Delfín Prats. Como él mismo escribió
en “La huerta de Cándido”: “Me marché
adolescente y luego solo he vuelto de
cuando en cuando. Ciudades: La Habana,
Moscú, otra vez La Habana, Holguín, otra
vez Moscú, Holguín, Madrid, Holguín.
Gentes, libros, paisajes, Un poeta
“criollo de la tierra”.
Su
vida y su obra, por lo tanto, son
inseparables del entorno rural y no
deben ser comprendidas fuera de ese
ambiente. Pudiera, incluso, afirmarse
que abren y cierran un círculo a partir
de un punto que, a la vez, es el final
del viaje: La Cuaba. El paisaje, la
naturaleza, los vínculos de sus
vivencias con lo que los griegos
llamaban la physis, constituyen
el centro referencial del poeta.
“No
me imagino la escritura de un poema sin
haber experimentado la grandeza del
paisaje: sin el mar, sin las montañas,
sin haber visto a Cuba desde un avión,
sin ese carácter tempestuoso de los ríos
que descienden de las montañas
orientales [...]”
Desde un texto ya antiguo como
“Humanidad”, escrito según el poeta
cuando trabajaba en el Ministerio de las
Fuerzas Armadas Revolucionarias (MINFAR),
aparecen las evocaciones de su pueblo
natal y de los elementos integrantes del
paisaje. Su ascendencia campesina es
captada en este antológico poema donde
rememora los montes de su infancia a la
manera de “un bosque húmedo después de
la tormenta” [...] “Una fuente, un
arroyo, una mañana abierta desde/ el
pueblo/ Que va al campo montada en un
borrico”, su preocupación por la “época
nueva de la siembra” en un ambiente
completamente bucólico en el que se debe
“Marchar al bosque por leña para avivar
el fuego”.
Su
poesía representa la comunión de su
espíritu con la dimensión real de la
tierra y, por consiguiente, su fundación
de ámbitos, su capacidad de
intuir sitios, imágenes, experiencias,
aparece asentada en la materia,
principium individuationis a partir
de la cual surgen vivencias oblicuas
—como
dijera Lezama—,
conversiones de la realidad en Sustancia
onírica: transustanciaciones.
Tierra y agua son elementos propios de
su poética en la que funcionan como
antinomia y, a la vez, como unidad
indisoluble. Ambos se excluyen y se
fecundan, propician la condición sine
qua non de una especie de apeiron
que remite a los presocráticos, apeiron
bien distinto del que anticiparon Tales
y Anaximandro. Pero —y
hago énfasis en esta frase—
que no definen su poética.
Los
textos de mayor hondura telúrica de
Delfín son el ya citado “Aguas”, “Mañana
en la Demajagua” y el trascendental
“Rock de los caballos”, este último a mi
entender mucho más contundente que
“Aguas”, donde existe “un tratamiento
artístico en que el tiempo ocupa un
lugar distintivo”
al decir de Roberto Zurbano, pero
también donde la anécdota impide el
total desarrollo del sistema sígnico, le
resta fuerza al logos, la unidad
constelacional —según
María Zambrano—
a diferencia del “Rock de los caballos”
donde el cuerpo de referencias o
intertextual es mayor, donde los
recuerdos de la infancia no traicionan
la “emanación” lírica (para decirlo con
un término caro a Plotino) y, sobre
todo, donde el hablante capta mejor las
esencias de “lo cubano”, tópico
ineludible a la hora de hablar de su
poesía. Pocas veces en nuestra
literatura encontramos un clímax
expresivo como el alcanzado en este
texto.
[...]
pueblos que un día me consolaron patria
con
jitanjáforas y güiras
qué
desnudo mi corazón cuando amanece y
tiendo
/el
velero de mis brazos un poco más allá
no
puedo contra la redondez del mundo
exhalas limonero tu olor a huerto del
edén
mi
cuerpo hecho añicos contra los
arrecifes
en el
remolino
pero
como los caballos que mi padre guardaba
me
recupero en el limpio del bosque
/Centauro y flecha
a
buen recaudo contra los salteadores
siento el calor del bosque nutricio y
desde el río
la
canción de los que vienen del día de
mañana.
“Rock de los caballos”, si fuéramos a
hablar con los términos de Lezama
—de
quien Delfín es uno de los más arduos
seguidores, en relación con el empleo
que hacía de los símbolos el autor de
La fijeza—
es el sitio mágico donde lo estelar (terateia)
y lo telúrico (tokonoma que
permite el acceso a otra dimensión)
conforma la orplid de su poética. El
centro alegórico, el anillo irradiador a
partir del cual debemos estudiar su
obra.
Debías venir,
debías erguirte de las
furiosas soledades de la
tierra,
espiga al viento,
espada
contra el vacío físico
de las cosas.
“El fuego, todo el fuego”
“Para él —me
digo—
la tierra (es)
azul-azul
allá”
una naranja
Icaro
tan lejos de mis bosques
mi infancia
“Para festejar el ascenso de Icaro”
Tus raíces se pierden
hacia lo hondo de esa
tierra
antaño
tenebrosa;
tierra
que
un día
una será con nuestros
cuerpos.
“Mañana en la Demajagua”
En otra parte he confesado que emitir
criterios, llevados a un plano de
generalización acerca de la vida y la
obra de un autor puede ser un
sinsentido, pero me veo en la necesidad
de adentrarme en el cosmos del poeta,
para dilucidar cuál es la esencia de
estas constelaciones délficas que,
inevitablemente, deben abrirse para el
lector, en aras de subrayar la
importancia de su obra para nuestra
lírica. Por ello me atrevo a afirmar que
la poesía de Delfín, aunque tiene los
pies puestos en el contexto de la tierra
y, más aún, en la naturaleza cubana
va más allá del cuadro de definiciones
de Cintio Vitier expuestas en Lo
cubano en la poesía. De acuerdo con
ellas pudiéramos incluir la obra del
poeta dentro del arcadismo, la lejanía,
el cariño, la memoria, el ornamento etc.
o quedarnos en un frío análisis que
ubique esta poesía de un sistema similar
al de Feijóo o al del Cucalambé.
Sin embargo, existen elementos que nos
permiten diferenciar sus planteamientos
ideoestéticos del resto de los poetas.
“La
náusea aparecía, experimentaba un
cosquilleo a mitad de las piernas que no
tardaba en convertirse en una necesidad
sin freno de huir, de salir corriendo.
Entonces abandonaba la lectura y me iba
a las afueras de la ciudad
—me
alejaba de sus sucios suburbios, del
chillar de los niños infernales.”
Estas palabras las ubica el poeta como
provenientes de los diarios de Baudilio,
en una nota de su libro Cinco envíos
a Arboleda y, aunque no debemos
confundir los textos, parlamentos,
apuntes, versos, etc., puestos en boca
de personajes o del sujeto lírico con la
voz del autor, en este caso, valorando
que Delfín ha confesado que este
cuaderno debe comprenderse como una
extensión y, por tanto, como parte
integrante de su poética, apreciamos el
fragmento no como una visible referencia
a la novela La náusea, de Sartre
sino como una confesión suya,
relacionada con su idea obsesiva de
escapar, de autorreclusión en los
“parajes menos visitados por los
hombres”. Para Delfín la poesía también
es un medio de escape y, por ello, no es
casual que haya titulado su selección
Abrirse las constelaciones como el
poema de igual título incluido en
Para festejar el ascenso de Icaro.
Que el hombre jamás puede ser encerrado,
excluido, reducido a un espacio nos dice
en este intenso y simbólico poema que no
solo se ubica entre las piezas
antológicas suyas sino entre lo más
trascendente de la poesía cubana.
(El
verso, la casa, la ciudad
son
límites, muros que será preciso
violentar
para
escapar al aire más vasto de la isla)
La
Isla es el compendio, en fin,
de tu
verso, tu casa y tu ciudad
Pero
no los restrinjas a la isla
Ellos
se asomaron mucho más allá
Ellos
vieron
del
otro lado del horizonte
abrirse las constelaciones.
En
Delfín encontramos una tendencia si se
quiere psicológica, a separarse de la
comunidad, sin abandonar todos los
vínculos con ella; de que constantemente
apreciemos la “vocación de lejanía” del
hablante lírico, en busca de modos
trascendentes para comulgar con la
realidad, desde un pensamiento atraído
por cierto afán cíclico, de constantes
retornos como expresa en poemas como
“Entre la multitud de las armas”, “Solo
el rojo de los crepúsculos”, “Superar
ese extrañamiento” y “Por el aire feroz
de los ocujes” (este último fue escrito
inmediatamente después de su regreso a
Holguín en 1974) realmente no podemos
afirmar que sus recogimientos
constituyan evasiones del medio, por el
contrario, tenemos que hablar de una
“poética del entrañamiento”, de una
penetración consciente en su vasto
universo expresivo, la creación —como
él mismo dice—
de una realidad “alternativa”
.
Cuando el creador se acerca a los
espacios telúricos de la tierra y el
agua, lo hace evitando lo superfluo,
desbrozando senderos que desvirtúan la
plenitud del verdadero discurso,
intentando atrapar la verdad mediante
una focalización, un alumbramiento, como
en la aletheia de los griegos.
“Poeta de esencias, de reveladoras
confirmaciones”
Delfín Prats se vale de los símbolos
para atrapar el gaudium o placer
inseparable de la virtud.
“Itaca [por ejemplo] es el signo del
regreso a uno mismo a la casa natal, al
terruño: el hombre con su característico
afán de conocer explora en su entorno y
en su mundo interior, para ser luego él
mismo, en un nivel superior.”
Delfín ha logrado entrañarse en la vida
y en la literatura como uno de los más
sólidos poetas cubanos de todos los
tiempos. Su capacidad para ahondar en
los aspectos más recónditos de la
realidad y del Ser subrayan su
singularidad en el contexto de las
letras cubanas.
He
visto demasiado para cruzar los brazos.
El
viento de Patmos mueve mis queridos
papeles,
se
cierne sobre la casa de mis padres,
va
devastando los lugares, que tú y yo,
juntos intentamos salvar de la
devastación y el
Caos.
He
visto demasiado para esperar en calma
que
se produzca la revelación.
“Viento de Patmos”
Se equivoca el poeta. Su obra es una de
las más dignas revelaciones que hemos
tenido. Nuestro mayor deseo es que sus
versos, su locuacidad, su sentido del
humor y su expresividad nos acompañen
siempre por esas perennes tierras de
auténtica creación.
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para ubicar al poeta Samuel Feijóo
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Prats, Delfín: “Segundo envío, en
Cinco envíos a Arboleda, p. 34.
Ricardo Pavón, Remigio, op. cit. P.
11.
Zurbano, Roberto: “Elogio del
lector”, ed. cit, p. 15.
Messeguer, Marisela: “El lector debe
al poeta”, en Ámbito, 25.
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