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El jazz en Cuba desde hace alrededor de
una década viene cobrando nuevas
dimensiones, con un movimiento en
ciernes de jóvenes que nunca
pretendieron constituirse como tal, pero
que está muy bien atemperado, con
propuestas interesantes, altos niveles
de interpretación y de composición. Este
movimiento comenzó a tomar forma y
solidez a partir de la creación del
concurso JoJazz. Se estaban dando una
serie de resultados que nunca habían
tenido una respuesta discográfica.
El sello Colibrí, del Instituto Cubano
de la Música
―que
tiene como principal objetivo potenciar
el trabajo de artistas de alguna manera
silenciados en el panorama nacional por
otras disqueras―,
creó recientemente la colección Joven
espíritu del jazz. Este es un
proyecto fonográfico y audiovisual que
comprende un CD de cada uno de los
artistas seleccionados y un DVD
colectivo. Por otra parte, a partir de
descubrir la sólida obra composicional
que tienen los jóvenes músicos, la casa
discográfica ha decidido crear un libro
con la obra de estos jazzistas, que
tiene terminado un primer volumen. De
los discos, cuatro están editados y ocho
se encuentran en proceso de gráfica y
fabricación. Entre los músicos que
prestigian la colección están el
trompetista Yassek Manzano, los
pianistas Alejandro Vargas, Harold
López-Nussa y Dayramir González y el
saxofonista Ariel Bringues.
Todos los artistas que participan en el
proyecto son graduados de las Escuelas
de arte cubanas. La mayoría de ellos
ejecutan sus obras, independientemente
de que interpretan versiones de obras
clásicas del jazz cubano e internacional
o del repertorio tradicional en su
versión jazzística. Han compartido
escenario con importantes músicos
cubanos y extranjeros, y han tenido una
confrontación nacional e internacional
de rigor.
Para Gloria Ochoa, directora del sello
discográfico Colibrí, estos músicos “son
la expresión de una joven generación de
creadores cuyos conceptos estéticos son
diferentes a los de las generaciones
precedentes. Son el reflejo de este
entorno y de este momento. Musicalmente
recrean sus vivencias con un alto rigor
de conocimientos musicales. Cada uno en
sí es muy diferente, tiene su propio
estilo, su propio sonido; sus raíces son
auténticas y hacen una decodificación de
su información musical y de todo el
conocimiento aprehendido en la escuela
tan compleja y madura, que hacen de su
obra algo serio, como para que quede
registrada de todas las maneras
posibles”.
Además, entre los aciertos de estos
jóvenes cuenta el de ser universales y
nacionales en esencia, a partir de la
búsqueda en el entorno de sus raíces
cubanas y latinoamericanas. Por otra
parte, según Gloria Ochoa, “desde el
punto de vista musical es un movimiento
muy fuerte, con un alto nivel
conceptual, con una propuesta estética
muy novedosa, y está a la altura de
cualquier expresión jazzística
contemporánea de primer nivel del mundo.
Sin embargo es una expresión propiamente
cubana y original”.
En la maduración de este movimiento, se
vuelve imprescindible
―además
del apoyo recibido de importantes
figuras del jazz cubano como Chucho
Valdés, Boby Carcassés, Joaquín
Betancourt y Alfred Thompson―,
el esfuerzo y el impulso de Colibrí, que
pudiera decirse su padrino.
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