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Nadie
que sea un estudioso del acontecer
musical cubano de los últimos años,
podría ignorar el buen momento que en el
presente vive el jazz hecho por nuestros
compatriotas y a lo cual ha contribuido,
de modo especial, la celebración del
festival Jazz-Plaza y, más
recientemente, del concurso Jo-jazz. No
voy a extenderme mucho en relación con
el tema dado que al respecto puede
encontrarse enjundiosa bibliografía,
como la escrita por el saxofonista,
investigador y periodista Leonardo
Acosta. Sí deseo apuntar que ni los
furibundos optimistas entre los
asistentes a la Sala Teatro de la Casa
de la Cultura de Plaza en febrero de
1980, podíamos imaginar que aquel casi
clandestino primer encuentro de los
jazzistas del patio, organizado por
Armando Rojas y Bobby Carcassés,
devendría uno de los festivales más
esperados por músicos y público en
general.
Quizá
a manera de símbolo de cuanto bueno
habría de ocurrir en lo adelante,
aquella primera fiesta de los jazzistas
cubanos fue ocasión propicia para que en
un mismo escenario compartieran el
espacio tanto los renombrados, como los
noveles exponentes del jazz nacional.
Los festivales realizados desde entonces
han evidenciado la irrupción sucesiva a
la escena local de una generación
emergente de creadores que hoy hacen
música cubana evolucionada hacia lo
contemporáneo, a partir de concepciones
tímbricas bien modernas y estructuras
acordales complejas, infrecuentes en el
medio local hasta los 80. Pucho López,
Gabriel Hernández, Ernán López-Nussa,
Osmani Sánchez, Miguel Núñez, Orlando
Sánchez, Reynaldo Melián, Omar
Hernández, Oscarito Valdés, Oriente
López y Gonzalo Rubalcaba fueron algunos
de los que impregnaron el aliento
renovador al panorama sonoro cubano.
Veinte años después de aquella
revolución que significó la irrupción a
la vida cultural de la generación de
músicos de los 80, en los nuevos
talentos locales (descubiertos en la
mayoría de los casos gracias a las
emisiones del Jo-jazz, o sea, el
festival para jóvenes jazzistas que se
celebra desde 1999), por encima de las
lógicas diferencias estilísticas entre
ellos, se aprecian elementos comunes.
Así, a la hora de rastrear el referente
de influencias en estos muchachos ya
resulta imposible buscar solo en lo
nacional, sino que hay que mirar hacia
lo foráneo. De tal suerte, guitarristas
como Norberto Rodríguez y Élmer Ferrer
han bebido más de figuras como John
Scotfield y Pat Metheny que de los
cubanos Juanito Márquez y Carlos Emilio
Morales. Un trompetista como Yasek
Manzano resulta heredero de Roy Hargrove
y Winton Marsalis antes que de Luis
Escalante y Leonardo Timol, mientras que
un pianista como Aldo López Gavilán en
su repertorio más reciente, renuncia a
los clásicos tumbaos de la música cubana
y a las claras se identifica con lo
mejor del jazz contemporáneo, en
particular el de origen europeo. Sin el
menor prejuicio, teclistas como David
Virelles, Rafael Zaldívar, Antonio
Rodríguez, Arián Ortiz, José Ramón
Cabrera, Manuel Valera (Jr.), Alejandro
Bargas, Daniel Amat, Julio Armando Baró,
Axel Tosca Laugart, Harold López-Nussa,
Alfredo Rodríguez Salicio, Abel
Calderón, Alejandro F. Rodríguez, Víctor
Bell Carbonell, Dayramir González,
Leonardo Donado, Neisy Wilson, Mareli
Pacheco… o trombonistas como Andrés
Hernández y Juan Carlos Marín, echan
mano a elementos melódicos, armónicos y
tímbricos legados por la cultura
universal.
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Junto
al grupo de los antes mencionados, hay
otros nombres que conforman las nuevas
caras del jazz cubano. Entre ellos están
los saxofonistas Román Filiú, Irvin Acao,
David Suárez, Roberto Martínez, Ariel
Bringues y Carlos Fernández, los
trompetistas Alexander Brown, Mayquel
González y Carlos Sarduy, los
guitarristas Marcos García y Rolando
Morales, los pianistas Rolando Luna y
Roberto Julio Carcassés, los
clarinetistas Emir Santa Cruz y Ernesto
Camilo Vegas, la vibrafonista Tamara
Castañeda, el violinista Julio Valdés
Fuentes, la flautista Majela Herrera,
los baterías Ramsés Manuel Rodríguez,
José Calixto, Ruy Adrián López-Nussa y
Oliver Valdés, los percusionistas
Yaroldi Abreu y Abel González, las
formaciones vocales Sexto Sentido y
Angelisa, y los bajistas Omar González,
Néstor del Prado, Alfredo Echevarría,
Lázaro Rivero, Rolando Paseiro, Roberto
Riverón, Yandi Martínez, Gastoncito,
Heliam Alberto Miranda, Carlos Ríos, y
Fernando Tort (hijo). Por la juventud
que poseen y aunque sí son bien
conocidos, hay que incluir en este
sencillo e incompleto listado a gentes
como David Alfaro, Osmany paredes, Toni
Pérez, Roberto Fonseca y Alexis Bosch
(piano), Alain Pérez (bajo), Julio
Padrón (trompeta), Orlando “Maracas”
Valle (flauta), o César López y Alfred
Thompson (saxofón). Todos ellos, en
unión de los viejos y reconocidos
maestros de siempre, hacen lo suyo para
que en el siglo XXI el jazz cubano goce
de la buena salud que hasta el presente
le ha caracterizado.
Una señal que corrobora la anterior
afirmación está en el hecho de que,
tanto dentro como fuera del país,
comienza a producirse una gratificante
diversificación en las propuestas de los
jazzistas cubanos, algunos de los cuales
ya no transitan únicamente por los
terrenos del jazz latino o afrocubano,
como prefiere llamarlo el investigador
Leonardo Acosta. Así, de un tiempo a acá
y en particular después de la vital
experiencia del grupo Cuarto Espacio
(por suerte, recogida aunque sea de
forma fragmentaria en un CD publicado
por la compañía
Aché
Records),
han aparecido varias producciones
discográficas que utilizan los códigos y
el lenguaje del llamado jazz eléctrico o
"jazz fusion", una vía de expresión que
hasta hace poco en Cuba era mal valorada
por los medios de comunicación, el
público y los propios músicos. El sello
que inicialmente marchó a la vanguardia
en este sentido fue el desaparecido
Unicornio, que brindó la posibilidad a
varios artistas para acometer proyectos
de tal índole. En la actualidad, la
continuidad del trabajo comenzado por
Unicornio está en manos de la
discográfica Colibrí, que se ha lanzado
en un ambicioso plan de edición de
fonogramas con los ganadores del
concurso Jo-jazz y que ya ha puesto en
circulación varios CD, protagonizados
por figuras noveles de altísima calidad.
Entre los álbumes que se inscriben en la
vivificante tendencia que ensancha el
horizonte del jazz hecho por cubanos más
allá de los límites estilísticos de la
corriente del jazz latino o afrocubano,
pueden mencionarse
Made
in Animas,
del bajista Felipe Cabrera, En el
ocaso de la hormiga y el elefante y
Talking to the universe, del
pianista Aldo López-Gavilán Junco, El
Negro and Robby at the Third World War,
del baterista Horacio “El Negro”
Hernández, Kubilete, del
saxofonista César López, Entre
ángeles y diablos y
Buscando la caja negra, ambos del
tecladista Pucho López, En el
comienzo, del grupo Temperamento,
Azul, del llamado Miguel’s Trío, que
dirige el teclista Miguel Núñez,
Tiene que ver y Elengó, del
pianista Roberto Fonseca, Saxual
y Saxsoul, del saxofonista Germán
Velazco, Iyabó, del Julio Barreto
Cuban Quartet, un proyecto encabezado
por el baterista Julio César Barreto,
Tranquilo, del guitarrista Jorge
Luis Valdés “Chicoy”,
Jazz'Tá Bueno,
del saxofonista Carlos Averhoff,
Brain Store
y
Ultrasonido, de Habana Sax, About
the Munks y Absolute quintet,
del baterista Dafnis Prieto, así como
Metrópoli y Fango dance,
del guitarrista Élmer Ferrer.
Lo asombroso en la eclosión de
formidables jazzistas que ha vivido Cuba
desde mediados de los 80 está dado por
el hecho de que entre nosotros no
existen academias donde se imparta dicha
especialidad y en general para su
formación el músico popular cubano
carece de partituras impresas y de
métodos acompañados de cassettes y
videos para estudiar los géneros de su
interés. Además, hay que pensar en las
escasas oportunidades de presentación
que tienen estos intérpretes, resueltas
en algo gracias a la apertura de uno que
otro centro nocturno para el jazz, en
particular
La Zorra
y el Cuervo y el Jazz-Café
(lamentablemente en Moneda Convertible,
lo cual limita su acceso para el común
entre los ciudadanos de a pie) como
únicos sitios en el país (con excepción
del recién inaugurado Jazz Club de
Holguín) donde se toca jazz todo el año
y que por supuesto, favorece a los
ejecutantes capitalinos pero mucho menos
a los de provincia.
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Lo que acontece con el jazz cubano viene
a demostrar, una vez más, que buena
parte de nuestros genuinos creadores han
sido y son subutilizados y que seguimos
sin una adecuada y necesaria política de
divulgación, promoción y jerarquización.
De ello se desprende lo imprescindible
de implementar un sistema que rebase las
expectativas cifradas en torno a un
festival como el Jazz-Plaza o un
concurso como el Jo-Jazz, y que abarque
una red de espacios donde haya una
programación estable los doce meses del
año. Resolver las incongruencias que aún
perduran en nuestra esfera musical es el
único modo de propiciar una atmósfera
favorable para que, con la novel
generación de virtuosos instrumentistas
que en el presente despega, no se repita
el proceso migratorio temporal o
definitivo que tipificó al jazz cubano
de los 90. |