Año VI
La Habana

29 de DICIEMBRE
al 4 de ENERO
de 2008

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Reinaldo Montero o la erudición

Abelardo Estorino • La Habana

 

Sin duda, Reinaldo es un erudito, erudición evidente en sus obras, también en su conversación donde el discurso está salpicado, o más bien manando, citas de arte, historia o ciencias exactas. No sé si sus conocimientos incluyen la medicina, pero si se le ocurriera escribir una obra sobre Miguel Server estudiaría primero la historia de esa época en España y Francia, el protestantismo en todas sus variantes y las ejecuciones de la inquisición y no encontraríamos quien se opusiera a sus razonamientos. Si pasamos por alto algunos de mis errores o saltos en la historia, sus obras pueden ocurrir en cualquier período histórico desde los clásicos griegos convirtiendo a Medea en una inmigrante y avanzando en el tiempo hasta hacer una escala en su Fausto, que no resulta tan histórico; nos detendríamos después en la época isabelina para movernos en la corte de la Reina Virgen a quien llama Liz y en largo vuelo llegaríamos a Santiago de Cuba para presenciar la batalla y al almirante Cervera de Los equívocos morales y más tarde un viajecito hasta La Habana con La visita de la Infanta.

Este método de trabajo hace que su diálogo posea un encanto erudito repleto de ironía apoyado en la época en que sucede la acción para acercarnos incisivamente a las contradicciones del presente.

Hablo con derecho porque tenemos una vieja relación, que no significa un conocimiento. Esa erudición de que hablo cubre a Reinaldo con una armadura medieval, robada a un caballero que veremos en alguna de sus futuras obras y no nos permite penetrar su mundo, solo disfrutar esa charla chispeante, nunca banal o acaso tan banal como las corrosivas y divertidas paradojas de Wilde.

No sé cuándo lo encontré, parece que siempre estuvo ahí, en Teatro Estudio, como asesor. Asesor Literario se llama el cargo o Dramatista, le dicen los brechtianos. Me aproveché de su presencia y de su capacidad de trabajo, también de sus estudios metódicos frente a mi autor didactismo. Es incansable siempre que tenga a mano algo con que escribir.

Nuestro primer trabajo como asesor fue con Aire frío. Todo nos fue bien, él hizo un análisis acucioso de una obra compleja y muy estudiada previamente. Analizamos juntos escena por escena para encontrar todos los pasos que Stanislavski nos enseñó a utilizar para desmenuzar una obra y hacer que su súper objetivo estuviese claro para el director y los actores, quienes deben conocer al dedillo qué hacer con esas figuras dibujadas, solo un esbozo, que claman junto a las criaturas de Pirandello; suplican cómo encontrar el color, el calor y la sangre para transmitir odios y penas y en esta obra de Virgilio hacernos sentir el calor infernal a que su autor las ha condenado. El trabajo resultó eficaz y así hemos continuado hasta ahora. Los tiempos no son los mismos y el método ha cambiado, pero la confianza mutua se mantiene.

Llegó el momento en que el análisis hiciera un vuelco y se volviera sobre mí, sobre el yo que escribe. Soy platónico no idealista, debo aclarar, pero prefiero el diálogo a los monólogos a pesar de las penas que vuelan. Los otros, los asesores y los lectores, descubren facetas, intenciones no previstas que asombran al mismo autor cuando alguien lee la obra con una intención analítica. Sé que aparecen allí porque el subconsciente las colocó como parte de la labor de investigación preescritura. Al menos eso sucede con el método que empleo para acercarme al tema y a los personajes. Seguramente no recuerdo, pero el viaje no debe haber ocurrido en una balsa de aceite, sino de madera con algunas púas. Exceso de cariño con el hijo nacido de mi pluma o de la Olivetti que usaba en aquellos tiempos. 

Y más tarde tocó el turno al momento en que yo debería dirigir su Medea. Y la balsa fue construida de madera, esta vez con más púas. Y el celo con sus textos era peor que el de Othelo y las digresiones que a veces retardaban la acción según mi criterio y necesitaba eliminarlas o hacerlas más breves para lograr el dinamismo en la puesta en escena se convertían en signos dorados donde una palabra valía más que un largo parlamento. Esos bocadillos eruditos, que en una novela podrían resolver una página brillante, demuestran que son consustanciales a su yo más íntimo. Seguramente leía desde el seno materno y por la sangre le corrían letras, lo alimentaron con sopas de letras y con ellas formaba palabras y así llegó a ser un escritor. Él, como todos, sentimos amor por una frase brillante y le damos lustre para hacerla reverberar.

Agradezco mucho haber compartido mis preocupaciones de director con él. Hicimos un buen team, equipo debo decir. Nunca hubo ataques histéricos de ninguna de las dos partes. Nos divertimos cuando nos encontramos y conversamos, o con los mensajes en que ponemos a prueba nuestro ingenio. Creo en su creatividad, la seriedad con que se dedica tanto al teatro, como a la novela y su interés en los ensayos literarios. No lo digo yo sino las múltiples ediciones, las puestas en escena de sus obras y los premios recibidos. Necesito una buena frase para cerrar este elogio, loa o panegírico y si no la encuentro sellaré estas palabras simplemente con un abrazo.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
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