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Un final puede ser un comienzo ¡y no se
trata de un acertijo!; eso pensaba el
pasado sábado 22 de diciembre mientras
disfrutaba del concierto A guitarra
limpia que Pedro Luis Ferrer ofreció
en el Centro Pablo y que cierra todo un
año de trabajo a la vez que marca la
arrancada de las celebraciones por el
aniversario 10 de ese espacio que,
próximo a cumplir una década, vindica y
reivindica lo mejor de la canción
trovadoresca cubana.
El concierto de Pedro Luis, creo, fue
una clase magistral en muchos aspectos,
sobre todo, porque demostró lo auténtico
y raigal que puede ser un trovador sobre
el escenario: Pedro Luis estuvo, de
verdad, a guitarra limpia y es que solo
se hizo acompañar por ese instrumento
que, dócil, entre sus manos, entregó sus
mejores acordes.
No hay duda, este trovador le conoce a
la guitarra sus secretos, sus misterios,
y es un ejecutante que nada tiene que
envidiarles a los llamados consagrados.
Muchos de los temas escuchados en
Concierto de fin de año contaron con
espectaculares entradas que, todas
justificadas, demostraron su virtuosismo
en la interpretación y el dominio sobre
las cuerdas.
El concierto constituyó un verdadero
recorrido por su repertorio: fueron
escuchadas 27 canciones y, les puedo
asegurar, no fue un recital largo. El
tiempo pasó sin darnos cuenta e,
incluso, hubo como tres finales… la
gente quería, pedía, exigía más, mucho
más y Pedro Luis complació.
Para un artista, que se debe a su
público, seguramente es muy emocionante
sentirse querido y seguido, pero sobre
todo respetado. Y el respeto no faltó en
el patio de Muralla 63 que, repleto,
solicitó y coreó, pero desde la
admiración y el cariño.
No nos llamemos a engaño, Pedro Luis,
por muchas razones, convoca y a veces,
me consta, los desbordamientos pueden
conducir por caminos trillados o poco
agraciados. Sin embargo, en Concierto de
Fin de año el público dio una
lección de apego y complicidad hacia la
obra de un artista mayor.
Pícaro (como lo es, tanto en letra como
en gesto) y exhibiendo su voz de trueno
(la que tuvo y tiene) hilvanó las
canciones mezcladas con textos y
décimas: inteligente combinación para
dar respiros… "/ la mente supo
sobreponerse al rayo /".
Fue un Fin de año sin amarguras,
con humor y también con sueños, heridas,
porvenir, esperanzas, miedos, ternuras e
ironías, pero por sobre todo con marcado
amor de pareja y a la patria.
El concierto, que comenzó con “Verso”,
de José Martí, y terminó con la
emblemática “Romanza de la niña mala”,
incluyó “Romance del negro” (¡qué clase
de estampa de nuestra cotidianidad!) y
“Círculo vicioso” (inteligentísimo
rejuego de situaciones); también su muy
conocido tema “Mariposa” y “Cristina”
(que por su delicado vuelo solo se me
ocurre arrimarla a la impar “Longina”).
Guarachas, boleros, sones y hasta tango
(“Tango, Santos Suárez”) sirvieron de
plataforma para encontrar en cada texto
la poesía más refinada, concentrada y
sublimada y la hondura más inteligente
que convoca a la risa que, luego, se
trueca en la más profunda reflexión.
El autor de “Cubano ciento por ciento”
se hizo acompañar de la obra del
artista de la plástica Eduardo Rubén:
seis piezas de mediano formato
dispuestas a modo de instalación que,
por la actualidad de la temática y la
excelencia de la propuesta estética,
constituyeron un inobjetable telón de
fondo.
Ya en los finales, dijo, Pedro Luis
Ferrer: “ha sido una maravilla venir al
Centro Pablo y sentirse otra vez,
nuevamente, trovador: estamos entre
amigos”.
Y efectivamente Pedro Luis, estás entre
amigos que agradecen sinceramente este
regalo de Fin de año. Coincidimos
contigo: "No hay nada que buscar en la
tristeza / luchar es el camino de la
suerte". |