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Estando todavía en Europa —una estancia
de siete largos meses que me parecieron
siglos— recibí del Centro Pablo de la
Torriente Brau el convite a realizar,
una vez más, un concierto para cerrar el
2007.
El fin de año me exacerba la
creatividad. Son los meses que —luego de
haber transitado 200 días bajo el azote
sofocante del verano agosteño— ansiamos
desesperadamente la llegada de un frente
frío, esos nortes breves y repentinos
que nos alteran la rutina y nos permiten
sacar del armario los abrigos que apenas
usamos el año anterior. Así, desde
temprano, me voy apoderando del mejor
carbón y lo pongo a buen recaudo para la
hora decisiva de la parrilla;
recolectamos la naranja agria, el limón
criollo, la buena ristra de ajo, los
cominos y oréganos de la tierra…Y llega
el día de ir a la finca del amigo a
elegir el animal que emparrillaremos en
el patio, en evitación de los precios
despampanantes del agromercado. Todo,
bajo la protesta jocosa de las nuevas
generaciones vegetarianas que, en
abierto desafío al padre – abuelo
carnívoro, rebosan los sacos de frutas y
hortalizas. Poco a poco se han urdido
los planes familiares, la lista de los
invitados para la Noche Buena y el Fin
de Año. ¿Dónde vas a pasar el 31?
¿Vienes con nosotros? Es entonces cuando
más echo de menos a los padres y tíos
fallecidos, quienes nos legaron la
costumbre de reunirnos a cocinar
mientras disfrutamos del jolgorio de
anécdotas y reflexiones. Me aferro al
recuerdo de aquellos días de júbilo para
el adobo, entre cervezas, empellas y
chicharrones, tomates, pepinos,
berenjenas… Preparando la fiesta con la
fiesta. Así nuestros difuntos se arriman
a la mesa, beben, cantan y esperan el
año nuevo con nosotros.
Llevo años escribiendo un poemario que
desde el inicio mismo titulé: Poemas
de Diciembre, dedicado a mi madre.
Año tras año aporto nuevas criaturas que
luego —poco a poco — van siendo
acicaladas con puntuaciones y
precisiones gramaticales, transparencias
metafóricas… Como el niño que se dispone
a asistir a la trascendencia de un
evento colegial. Son versos que van
rememorando el arsenal afectivo de mi
familia: Recuerdos de las incipientes
meditaciones y experiencias de mi
infancia en Yaguajay; y mi adolescencia
en la barriada de Santos Suárez, en La
Habana. Algunos poemas intentan ser
escritos desde la época recordada, como
si entonces yo hubiera sido capaz de
concebirlos: Malabares del alma que no
se resigna a haber dejado pasar la
ocasión de la belleza.
Hagamos entonces un concierto para
cerrar este año donde ha prevalecido el
trabajo y la búsqueda
¡Feliz Año Nuevo! |