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El tema declarado del número 5 de El
Cuentero es la crítica literaria. Me
parece, sin embargo, que su vertebración
más profunda ocurre en torno a la
diversidad de criterios, a los
desacuerdos y las discrepancias.
Como parte de ese dossier crítico
que está disperso a lo largo de toda la
revista, hay tres textos, digamos, de
fondo, dos de ellos dedicados a la
cuestión en Cuba: “Narrar la crítica”,
de Roberto Zurbano, e “Idiolectos,
ideotexto y otras idioteces”, de
Francisco López Sacha. Ambos son
exigentes con la crítica: el de Zurbano,
reclama otras maneras de mirar y de
profundizar, y le señala dos vicios con
los que concuerdo: su “excesiva
contextualización” y el estar entrampada
en “una visión teleológica”. El de Sacha
declara a la crítica incapaz, aún, de
desentrañar los códigos más interiores
que conforman ese orden cifrado, núcleo
constitutivo de las mayores obras de
arte, y pide una crítica que ensanche
sus campos de acción y no se conforme
con inventariar o clasificar. Pero si
Zurbano solicita a la crítica “hacer más
visible su condición y más rigurosos sus
alcances”, Sacha opina que “felizmente,
ha terminado entre nosotros aquel
predominio de la teoría infalible. Ha
terminado la época instrumental y queda
una crítica al desnudo”, un camino por
el que, “quizás” “logremos renovar y
articular una condición que agoniza”.
Sin embargo, la diversidad, los
antagonismos, son mayores aún cuando
contrastamos entre sí las breves
opiniones de otros muchos críticos y
ensayistas encuestados: en orden de
aparición, Alberto Garrandés, Víctor
Fowler, Maggie Mateo, Mayerín Bello,
Basilia Papastamatíu, Nara Araújo, Cira
Romero, Ambrosio Fornet, Guillermo
Rodríguez Rivera, Jorge Fornet, Virgilio
López Lemus y Zaida Capote. Al parecer,
el único factor común a la mayoría de
esas opiniones es el de situar como uno
de los problemas más graves de la
crítica su invisibilidad en la prensa
masiva, diaria. Ya, luego, el abanico de
criterios se abre: en un extremo, los
optimistas que ponen los problemas sólo
en ese territorio exterior a la crítica
misma (falta de espacios, de
remuneración, de reconocimiento); en el
centro, los que reconocen que incluso
este mismo tipo de encuesta, su
reiteración más o menos cíclica, es la
evidencia del estancamiento de la
manifestación, de su provincianismo,
aunque algunos, como Jorge Fornet, ven
un cambio en la última década, por la
aparición de circunstancias sociales que
necesitan más “de lo reflexivo que de lo
fictivo”; y, en el extremo opuesto,
quienes, como Fowler, inscriben el
asunto en un contexto mayor, que
comprendería no solamente el ejercicio
de la valoración en torno a la
literatura sino el pensamiento mismo,
sus acciones y actitudes, al punto de
que, para él, “la condición actual de la
crítica” “no es sólo una tragedia, sino
el botón de muestra de un fracaso
monumental en cuanto a las realizaciones
del proyecto dentro de la esfera
pública”.
Hay, también, otros textos asociados a
este dossier sobre los que no me
detendré demasiado. Me interesa, sí, en
el descentrado ensayo de Mempo
Giardinelli, llamar la atención en sus
planteos sobre la manera como
históricamente se ha constituido el
canon de la literatura argentina.
Valdría la pena intentar una indagación
semejante para el caso cubano, en el
que, como elemento singularizador,
habría que añadir, en un lugar
prioritario, la función canonizadora de
instituciones como el Instituto Cubano
del Libro o la UNEAC. ¿De qué forma, a
partir de resortes aparentemente
extraliterarios –integración de jurados,
de delegaciones para viajar a ferias del
libros– se le confiere visibilidad a un
autor o, por ausencia u omisión, se le
hace invisible? ¿Qué peso han tenido las
revistas culturales, por lo general
institucionales, en la conformación del
canon de nuestra literatura? ¿Qué puede
estar significando, en ese sentido, el
surgimiento de revistas no
institucionales?
A pesar de la presencia que estas
especulaciones sobre la crítica tienen
en El Cuentero n. 5, el arte
mismo de narrar sigue siendo central en
sus páginas, y a esos espacios alcanza
también ese sentido de la diversidad de
que hablé antes. A dos excelentes
cuentos de sendos escritores mayores,
Antón Arrufat y Ronaldo Menéndez, se
unen textos de Rafael de Águila, así
como narraciones procedentes del Premio
David 2007, como el inquietante “Té de
coca”, de Dazra Novak; minicuentos del
también realizador audiovisual Aram
Vidal, en los que se prolongan las
preocupaciones éticas ya presentes en
sus documentales; y, last but not
least, las piezas premiadas y
mencionadas en la pasada edición del
concurso El Dinosaurio, encabezadas por
“Nota de prensa”, de Hugo Luis Sánchez,
merecedor del Gran Premio.
Hace algunos meses, al presentar otro
número de esta revista, dije que, a
pesar de su buena factura, echaba en
falta en ella la presencia de ese grupo
en estado de alta intensidad intelectual
que alguna vez Pedro Henríquez Ureña dio
como garantía máxima para la vitalidad
de una revista literaria. Debo reconocer
que ya, ante esta edición, ese núcleo es
más visible: su discurso comienza a
dominar el cuerpo todo de la
publicación. Y me gusta que esa fuerza
se manifieste de manera sesgada, y como
a contrapelo. Está, me parece, en el
conjunto de reseñas que ocupa sus
páginas finales y que, bien leídas,
están dialogando también con la opinión
de los críticos encuestados. ¿Alguien
dice, con razón, que nuestra crítica es
incapaz de pensar o siquiera leer otra
literatura que no sea la cubana? Aquí
Daniel Díaz Mantilla se detiene en
Ensayo sobre la ceguera, de
Saramago. ¿Otro encuestado le da a la
crítica la responsabilidad de establecer
patrones de buen gusto y rechazar eso
que llama “realismo agresivo”, como
también la chabacanería? Pues Jorge
Enrique Lage lee, en su conjunto, los
seis libros publicados por quien parece
ser un nuevo “raro”, Arnaldo Muñoz
Viquillón, autor, según Lage, de una
narrativa cuyo estilo “resulta de la
interacción de múltiples voces, en una
zona donde conviven tanto las
apropiaciones marginales de los
referentes de alta cultura como el uso
sofisticado, hasta el retorcimiento, de
los códigos del habla popular”. A ese
proceso de atomización, de dispersión de
individualidades que Sacha cree ver en
la literatura cubana podrían pertenecer
Muñoz Viquillón, pero también Gleyvis
Coro, entrevistada por Ernesto Pérez
Castillo, y Agnieska Hernández, Osdany
Morales, y sus respectivos reseñistas,
Raúl Flores Iriarte y Mike Cross,
respectivamente. Pero leídos aquí, en
El Cuentero, lo que a Sacha
parecería dispersión se ofrece como
organicidad: una organicidad diferente,
cuyos códigos aún esa otra crítica
apenas empieza a ver, a reconocer, y sin
embargo es diáfana, natural, para esos
que vienen llegando de otra manera, con
otras voces.
Y ya me detengo. Me resta solo
agradecer: a Heras, por hacerme leer
este número de El Cuentero, a sus
realizadores por esa capacidad para
reunir la diferencia y hacerla dialogar,
y a ustedes, que me han permitido
anticipar estas lecturas con las que,
espero, terminen también en desacuerdo.
* Palabras leídas como presentación de
la revista El Cuentero Crítico
(n. 5), Sala “Martínez Villena”, de la
UNEAC,
miércoles 26 de diciembre de 2007. |