Año VI
La Habana

29 de DICIEMBRE
al 4 de ENERO
de 2008

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

O nos salvamos los dos

Bladimir Zamora Céspedes • La Habana
Fotos: Alain Gutierrez

 

Siento un respeto devoto por las tradiciones multiseculares, aquellas que nos llegan de los antiquísimos ancestros, que poco a poco le fueron modelando los horcones a la casa grande que después, definitivamente, iba a ser nuestra nación. Y de idéntica manera siento un gozoso respeto hacia las tradiciones que algunos de nuestros coetáneos comienzan a modelar ante nuestra vista, para dejar unos fecundos granos de arena, como impronta espiritual de estos años en que andamos.

Por estas razones voy siempre confiado a cualquier convocatoria que haga el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, en su sede de la calle Muralla 63 de la Habana Vieja. Y muy particularmente si se trata del espacio mensual “A guitarra limpia”, que lleva muchos años ejerciendo de pulmón mayor para la promoción de la canción de autor cubana. Cualquiera de sus ediciones nos hace sentir mejor al dejar “El patio de las Yagrumas”, pero siempre se espera con mayor expectativa la llegada del concierto de fin de año. Fue esa la razón por la cual el sábado 22 de diciembre, mucho antes de comenzar la velada, ya el lugar estaba colmado. Mediante el antiguo boca a boca, por notas en la prensa convencional o por esos poderes infinitos de los correos electrónicos, se habían enterado de que vendría a cantar Pedro Luis Ferrer, después de siete meses de trabajo en Europa.

Él, en su ya prolongada carrera, ha demostrado ser un artista de poderosa singularidad, merced a una voz de gran altura, que no se parece a la de nadie; a una lírica criolla de poesía humanísima y rebelde, desde la cual nunca ha parado mientes en reflexionar, criticar, dar fe del amor y las tristezas que le provocan sus entornos, y también a un manejo magistral del la guitarra y el tres, conseguido esencialmente por su consagración a estos instrumentos, desde los que podría expresar un sin número de cosas, sin abrir la boca.

Imagino que todos los presentes esperaban a Pedro secundado por el resto de su pequeño y valioso grupo de causticidad provocadora, en los que no pocas veces contrapuntea su voz con la de su hija Lena, y sin embargo el hombre, como en los ya lejanos años de sus comienzos, vino a hacernos la ofrenda a guitarra limpia.

De comienzo a final de su presentación, el público silencioso y cómplice, se mantuvo en vilo. Arrancó con su musicalización del poema XLVI de los Versos sencillos de José Martí, cuya estrofa final sonó allí como arte poética del concierto: “¡Verso, nos hablan de un Dios/ Adonde van los difuntos:/ Verso, o nos condenan juntos,/ O nos salvamos los dos!”. Luego enseñó más claramente sus credenciales, con “Cubano ciento por ciento”.

Propuso temas menos conocidos, sazonados de ironía, como “Mis amigos van al restaurant” y “No tié pelo en la lengua”, dedicada en su juventud a la chilena Violeta Parra y otra también ofrendada a ella, que gozó de mucha popularidad: “Ay, quién tuviera la suerte” y dando un giro en el tiempo, ofrece una pieza guarachosa, que es seguramente fruto de sus recientes andares en Madrid, haciendo analogías entre las madrileñas y las cubanas. Sigue con una suerte de bolero que se inicia con aquello de “Hay un vacío en mí, (…)”. Y enseguida afirma en otro tema, que no quiere nada de lo que perdió. Es feliz con lo que tiene.

Después del largo aplauso, canta su campechana tolerancia con aquel que “tiene delirio de mar varones”. Luego pone esa especie de fábula del abuelo que hizo una casa, con mucho trabajo, para toda la familia, pero la cual no se puede cambiar en nada sin su consentimiento. Y cuando uno menos se lo espera, Pedro nos remonta a muchos años atrás, volviéndonos a regalar “Si no fuera por ti”, sin dudas una de las más entrañables de la canción de amor compuestas en el siglo pasado.

Ya sabíamos, por el programa de mano, que cantaría una canción compuesta a propósito de este concierto, y a la que ha titulado, con absoluta transparencia, “Canción de fin de año”. El artista —el cubano— que siempre se ha expresado con honestidad a toda prueba, a riesgo incluso de que no lo entiendan, se siente fuera del grupo de quienes se ponen a decir cualquier cosa, porque le han asegurado la posibilidad de hacerlo. Echa otra vez mano a su punzante ironía: “Ahora que hasta el mudo quiere hablar/ Y está de moda el grito y la querella: /Tus piernas, las quisiera devorar, /El modo en que caminas y te sientas”.

En la curva final de la presentación cantó su declaración de principios sobre lo que significa estar geográficamente en nuestro país o en tierras lejanas, “Si no me voy de Cuba”. Y sabedor de que puede entrar en su vasija de irrompible cubanidad cualquier referente musical de otras latitudes, se echó el “Tango Santo Suárez”, con remembranzas de su adolescencia.

Hacia el final cantó “Romance del negro” y la del amigo palero, que habla también en contra de los prejuicios de “los puros”. Le empiezan a pedir algunas de sus composiciones antológicas y otra vez pone a volar su “Mariposa” y complace diciendo “Yo no tanto como él” a condición de que le dejaran poner todavía un par de canciones de amor, que a uno le parece que ha escuchado toda la vida. Aquella que se llama “Cristina” y la otra que habla de la pareja de amor como un cuerpo único, “Tu nombre es así, mi nombre”.

Habiendo cantado más de 20 temas, el trovador, otra vez con los pies hundidos en su tierra, pretende terminar con una canción compuesta hace muchos años, y que, como toda poesía de hondura, puede servirnos para nuestros días presentes: “No hay nada que buscar en la tristeza,/ salvemos lo mejor de la cosecha./ Luchar es el camino de la suerte”.

Los reclamos del público, que siempre quiere más, no se aplacan, sobre todo si está delante de un creador que ha expresado, con alto vuelo estético, sus prioridades esenciales, que son también las de la mayoría de sus paisanos. Pedro resuelve la situación esgrimiendo, cual himno sagrado, su musicalización del poema de su tío Raúl Ferrer: “Romance de la niña mala”.

Otra vez uno vuelve a casa, siendo o queriendo ser mejor. Es lo menos que podemos hacer ante esta entrega de Pedro Luis Ferrer, sin duda uno de los regalos más alimenticios a los afanes del hombre de a pie, en este fin de año.          

 

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La Habana, Cuba. 2007.
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