Año VI
La Habana

29 de DICIEMBRE
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de 2008

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¿Improvisación? sobre la Primera Jornada de Jazz en Holguín

Jazz con saxo

Leandro Estupiñán Zaldívar  • Holguín
Fotos: Kaloian (La Jiribilla)

 

Holguín sorprendió a sus moradores este diciembre con otro golpe cultural: la Primera Jornada de Jazz. Es conocido en todo el país, y fuera de este, que en la ciudad llamada “de los parques” —los directivos de cultura buscan que también sea de los festivales— abundan todo tipo de jolgorios. Comienza el año con la Semana de la cultura, fiesta relacionada con la fecha en que la región alcanzó el título de ciudad. Ya en abril se celebra la fecha en que se reconociera la existencia del hato. Así, las jornadas van intercalándose con sucesos como la Feria del libro y el Festival de Cine Pobre hasta llegar a Las Romerías de mayo, la más conocida de nuestras celebraciones, junto a la Fiesta de la cultura Iberoamericana. 

La tradición musical también es reactivada mediante hechos que van desde la Jornada de conciertos, en marzo, y el homenaje al Guayabero por su nacimiento, en junio, hasta el intercambio entre música y humor. También, existen los festivales del órgano y el Rock y como el Festival del son y el de la música pop, nombrado “de la Luna llena”. Ahora se incorpora un evento exótico a esta ristra de festividades: la Primera Jornada de Jazz. En el intento originario, dos hechos han sido fundamentales: la inauguración del Jazz club en el 2005 y la relación que mantienen jóvenes de la ciudad con músicos holguineros, pero radicados en La Habana. 

El Jazz club, antes centro comercial devenido tienda sin gran importancia por comercializar productos solo a nivel de empresas, surgió en medio del programa conocido como Proyecto Imagen, esfuerzo del gobierno para nutrir a la ciudad de un aire de renovación y belleza. El Proyecto Imagen ha fundado espacios imprescindibles para la vida cultural de la ciudad como el Piano Bar, el café Tres Lucías y el Jazz club. De estos, ha sido este el más subutilizado, pues aquellos tienen una función mucho más clara y fácil, por decirlo de alguna manera.

 

El Jazz club fue abierto sin terminar, lo recuerdo. Su interior cuenta con tres áreas fundamentales: una cafetería, un restaurante y un club propicio para descargas de este género. Sin embargo, las descargas eran saboteadas en un principio por la propia prisa con que fuera abierto: el sonido de los instrumentos se volvía un eco enloquecedor y la organicidad de las mesas le confieren aún una inmovilidad más bien propia del danzón. Los fines de semana varios músicos locales llegaban para descargarle un rato a un público escaso y, cuando abundante, interesado más en la oferta gastronómica que en el fondo musical, los artistas. 

A estos intérpretes de la ciudad, que se presentaban a su vez en el Piano bar, se fueron integrando cuatro jóvenes, a veces cinco o seis, llegados desde La Habana. Eran los integrantes de Oriental Quartet, cuarteto encabezado por Alejandro Vargas, holguinero como Vega, otro de los miembros. Allí, estos amantes desenfrenados del jazz, alternaron las presentaciones, o comenzaron a hacerlo solos para aquel mismo público o para otro que, conocedor del talento y la novedad, no quiso perderse el suceso. Pero, seguía siendo poca la asistencia. Y luego sucedió lo que parecía no previsto: el mejoramiento técnico del Jazz club que ha visto optimizada su acústica mediante un sistema de acolchonamiento a las paredes y la colocación de algunas luces.

Tales coincidencias han permitido momentos memorables como los que se vivieron durante la pasada Fiesta de la Cultura Iberoamericana cuando muchos se juntaban espontáneamente allí para descargar. Entonces, compartieron escenario Oriental Quartet, Eladio Terri, Lele, la compañía de flamenco Ecos, los intérpretes Julio Avilés y Joel Rodríguez Milord y Ramoncito Valle. Fue el antecedente de esta Primera Jornada de Jazz, organizada por jóvenes en contacto con este género y con las jóvenes figuras del jazz que hacen historia desde la capital. 

Para comenzar, el propio cartel diseñado por Adrián López es todo un suceso en la provincia. Su concepción se aleja de los diseños hechos hasta el momento. Dicho cartel, que anunció la jornada “mal llamada” HolJazz, al igual que el spot televisivo, muestran una estética que bebe de lo hecho desde La Habana y, aunque no es una revolución total en materia de diseño, significa un cambio y una renovación por la cual debía seguir tanto la cartelística casi nula del territorio como el audiovisual postrado dos décadas atrás. Su aparición, con esa tonalidad naranja y su tipografía temblorosa, anunciaban lo que luego sucedió: la Jornada de Jazz fue un espacio personal. 

Habrá que agradecerles este suceso a la Dirección de Cultura, a la Casa Iberoamericana y al Centro de la Música y, más, a sus organizadores directos, resumidos en tres jóvenes audaces que lucharon todo el tiempo contra lo imposible para lograr lo que podría ser un precedente dificultoso. Lo considero difícil porque el jazz no es un género musical popular en Cuba. Su comprensión demanda de sitios confortables como el propio Jazz club, y de gente audaz y talentosa como Michael Hernández Miranda, Alejandro Vargas, Kaloian Santos, Ramón Legón o Karina Pardo, solo cinco nombres porque cada uno a su manera hizo cuanto pudo para hacer que esta música fuera bien recibida en la ciudad. 

La jornada desde la primera descarga, afectada por el asunto de la rigidez del interior del local aquella primera noche, fue todo un acontecimiento que fundió músicos de todos lados, con la coincidencia de un desbordante talento. No es nada nuevo que muchos de estos que se dieron cita conformen la vanguardia de este género musical en Cuba, lo cual se avala con los premios de interpretación que han obtenido muchos de ellos en las distintas ediciones del JoJazz. Arrancaron continuos aplausos la improvisación de intérpretes gigantes como Yasek Manzano, descomunal trompetista, o la cantante de su grupo Janet Hernández, que me hace recordar a Billie Holiday.  

A ellos se suma el joven Edgar Martínez, percusionista invitado por el cuarteto desde la grabación del disco Trapiche, de Vargas. Martínez, de 24 años, ofreció virtuosas actuaciones con las tumbadoras y ese raro instrumento, semejante a una vara de pescar, llamado Birimbao. Pero, a veces, se iba a buscar la música fuera de los instrumentos y golpeaba su rostro, sus piernas, su cráneo pues para él, como para los integrantes del Oriental Quartet (José Manuel Díaz, contrabajo; Racial Jiménez, drums; Ernesto Vega, clarinete y saxo soprano, y Alejandro Vargas, piano): “Para hacer música, cualquier cosa sirve”. 

Relevancia tuvo la presencia de Bobby Carcassés, maestro, jovial, vital como el jazz. Carcassés vino muy alegre a interpretar sus temas y terminó feliz por la atención recibida y por el propio público que acudió a la jornada. Estaba tan contento y es tan humilde, que se propuso pintar durante la exposición fotográfica Rayuelando del fotógrafo y periodista Kaloian Santos Cabrera. En el Centro de Arte, dejó dos dibujos junto a las fotografías de Santos y sus tres invitados los fotógrafos Yolanda Rodríguez, Ramón Legón y Amauris Betancourt. 

La exposición fotográfica, junto a la bibliográfica, y la existencia de una pantalla que reprodujo en la calle aledaña al Club de jazz lo que ocurría dentro, fue el modo de acercar esta música a un público que, sino desconocedor, se muestra reservado en ocasiones. Ahora, con el precedente, la ciudad de Holguín abre una brecha en la rutina de este espacio y deja la curiosidad por una música tan semejante a la filosofía. La Primera Jornada de Jazz, no exenta de alguna improvisación, con las presentaciones de Trapiche en el patio de la Periquera y las descargas aquí descritas, marca un momento, inicia un rescate a una tradición real en esta región del país. A su vez, confiere al Jazz club una calidad y un rigor que no se puede dejar arrebatar por nadie ni por nada: ni por la rutina ni por las malas intenciones ni por el peor gusto popular. 

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
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