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Holguín sorprendió a sus moradores este
diciembre con otro golpe cultural: la
Primera Jornada de Jazz. Es conocido en
todo el país, y fuera de este, que en la
ciudad llamada “de los parques” —los
directivos de cultura buscan que también
sea de los festivales— abundan todo tipo
de jolgorios. Comienza el año con la
Semana de la cultura, fiesta relacionada
con la fecha en que la región alcanzó el
título de ciudad. Ya en abril se celebra
la fecha en que se reconociera la
existencia del hato. Así, las jornadas
van intercalándose con sucesos como la
Feria del libro y el Festival de Cine
Pobre hasta llegar a Las Romerías de
mayo, la más conocida de nuestras
celebraciones, junto a la Fiesta de la
cultura Iberoamericana.
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La tradición musical también es
reactivada mediante hechos que van desde
la Jornada de conciertos, en marzo, y el
homenaje al Guayabero por su nacimiento,
en junio, hasta el intercambio entre
música y humor. También, existen los
festivales del órgano y el Rock y como
el Festival del son y el de la música
pop, nombrado “de la Luna llena”. Ahora
se incorpora un evento exótico a esta
ristra de festividades: la Primera
Jornada de Jazz. En el intento
originario, dos hechos han sido
fundamentales: la inauguración del Jazz
club en el 2005 y la relación que
mantienen jóvenes de la ciudad con
músicos holguineros, pero radicados en
La Habana.
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El Jazz club, antes centro comercial
devenido tienda sin gran importancia por
comercializar productos solo a nivel de
empresas, surgió en medio del programa
conocido como Proyecto Imagen, esfuerzo
del gobierno para nutrir a la ciudad de
un aire de renovación y belleza. El
Proyecto Imagen ha fundado espacios
imprescindibles para la vida cultural de
la ciudad como el Piano Bar, el café
Tres Lucías y el Jazz club. De estos, ha
sido este el más subutilizado, pues
aquellos tienen una función mucho más
clara y fácil, por decirlo de alguna
manera.
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El Jazz club fue abierto sin terminar,
lo recuerdo. Su interior cuenta con tres
áreas fundamentales: una cafetería, un
restaurante y un club propicio para
descargas de este género. Sin embargo,
las descargas eran saboteadas en un
principio por la propia prisa con que
fuera abierto: el sonido de los
instrumentos se volvía un eco
enloquecedor y la organicidad de las
mesas le confieren aún una inmovilidad
más bien propia del danzón. Los fines de
semana varios músicos locales llegaban
para descargarle un rato a un público
escaso y, cuando abundante, interesado
más en la oferta gastronómica que en el
fondo musical, los artistas.
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A estos intérpretes de la ciudad, que se
presentaban a su vez en el Piano bar, se
fueron integrando cuatro jóvenes, a
veces cinco o seis, llegados desde La
Habana. Eran los integrantes de Oriental
Quartet, cuarteto encabezado por
Alejandro Vargas, holguinero como Vega,
otro de los miembros. Allí, estos
amantes desenfrenados del jazz,
alternaron las presentaciones, o
comenzaron a hacerlo solos para aquel
mismo público o para otro que, conocedor
del talento y la novedad, no quiso
perderse el suceso. Pero, seguía siendo
poca la asistencia. Y luego sucedió lo
que parecía no previsto: el mejoramiento
técnico del Jazz club que ha visto
optimizada su acústica mediante un
sistema de acolchonamiento a las paredes
y la colocación de algunas luces.
Tales coincidencias han permitido
momentos memorables como los que se
vivieron durante la pasada Fiesta de la
Cultura Iberoamericana cuando muchos se
juntaban espontáneamente allí para
descargar. Entonces, compartieron
escenario Oriental
Quartet, Eladio Terri, Lele, la compañía
de flamenco Ecos, los intérpretes Julio
Avilés y Joel Rodríguez Milord y
Ramoncito Valle. Fue el antecedente de
esta Primera Jornada de Jazz, organizada
por jóvenes en contacto con este género
y con las jóvenes figuras del jazz que
hacen historia desde la capital.
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Para comenzar, el propio cartel diseñado
por Adrián López es todo un suceso en la
provincia. Su concepción se aleja de los
diseños hechos hasta el momento. Dicho
cartel, que anunció la jornada “mal
llamada” HolJazz, al igual que el spot
televisivo, muestran una estética que
bebe de lo hecho desde La Habana y,
aunque no es una revolución total en
materia de diseño, significa un cambio y
una renovación por la cual debía seguir
tanto la cartelística casi nula del
territorio como el audiovisual postrado
dos décadas atrás. Su aparición, con esa
tonalidad naranja y su tipografía
temblorosa, anunciaban lo que luego
sucedió: la Jornada de Jazz fue un
espacio personal.
Habrá que agradecerles este suceso a la
Dirección de Cultura, a la Casa
Iberoamericana y al Centro de la Música
y, más, a sus organizadores directos,
resumidos en tres jóvenes audaces que
lucharon todo el tiempo contra lo
imposible para lograr lo que podría ser
un precedente dificultoso. Lo considero
difícil porque el jazz no es un género
musical popular en Cuba. Su comprensión
demanda de sitios confortables como el
propio Jazz club, y de gente audaz y
talentosa como Michael Hernández
Miranda, Alejandro Vargas, Kaloian
Santos, Ramón Legón o Karina Pardo, solo
cinco nombres porque cada uno a su
manera hizo cuanto pudo para hacer que
esta música fuera bien recibida en la
ciudad.
La jornada desde la primera descarga,
afectada por el asunto de la rigidez del
interior del local aquella primera
noche, fue todo un acontecimiento que
fundió músicos de todos lados, con la
coincidencia de un desbordante talento.
No es nada nuevo que muchos de estos que
se dieron cita conformen la vanguardia
de este género musical en Cuba, lo cual
se avala con los premios de
interpretación que han obtenido muchos
de ellos en las distintas ediciones del
JoJazz. Arrancaron continuos aplausos la
improvisación de intérpretes gigantes
como Yasek Manzano,
descomunal trompetista, o la cantante de
su grupo Janet Hernández, que me hace
recordar a Billie Holiday.
A ellos se suma el joven Edgar Martínez,
percusionista invitado por el cuarteto
desde la grabación del disco
Trapiche, de Vargas. Martínez, de 24
años, ofreció virtuosas actuaciones con
las tumbadoras y ese raro instrumento,
semejante a una vara de pescar, llamado
Birimbao. Pero, a veces, se iba a buscar
la música fuera de los instrumentos y
golpeaba su rostro, sus piernas, su
cráneo pues para él, como para los
integrantes del Oriental Quartet (José
Manuel Díaz, contrabajo; Racial Jiménez,
drums; Ernesto Vega, clarinete y saxo
soprano, y Alejandro Vargas, piano):
“Para hacer música, cualquier cosa
sirve”.
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Relevancia tuvo la presencia de Bobby
Carcassés, maestro, jovial, vital como
el jazz. Carcassés vino muy alegre a
interpretar sus temas y terminó feliz
por la atención recibida y por el propio
público que acudió a la jornada. Estaba
tan contento y es tan humilde, que se
propuso pintar durante la exposición
fotográfica Rayuelando del
fotógrafo y periodista Kaloian Santos
Cabrera. En el Centro de Arte, dejó dos
dibujos junto a las fotografías de
Santos y sus tres invitados los
fotógrafos Yolanda Rodríguez, Ramón
Legón y Amauris Betancourt.
La exposición fotográfica, junto a la
bibliográfica, y la existencia de una
pantalla que reprodujo en la calle
aledaña al Club de jazz lo que ocurría
dentro, fue el modo de acercar esta
música a un público que, sino
desconocedor, se muestra reservado en
ocasiones. Ahora, con el precedente, la
ciudad de Holguín abre una brecha en la
rutina de este espacio y deja la
curiosidad por una música tan semejante
a la filosofía. La Primera Jornada de
Jazz, no exenta de alguna improvisación,
con las presentaciones de Trapiche
en el patio de la Periquera y las
descargas aquí descritas, marca un
momento, inicia un rescate a una
tradición real en esta región del país.
A su vez, confiere al Jazz club una
calidad y un rigor que no se puede dejar
arrebatar por nadie ni por nada: ni por
la rutina ni por las malas intenciones
ni por el peor gusto popular. |