Año VI
La Habana

29 de DICIEMBRE
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Felices aniversarios

Laidi Fernándea de Juan • La Habana

 

Alejo hubiera estado contentísimo, si supiera que en su cumpleaños, una barahúnda de lectores abarrotó el no tan breve espacio del pabellón Cuba, para adquirir una de las mejores novelas de todos los tiempos, aunque no fuera escrita por él, gran maestro de la literatura hispanoamericana.

Estoy segura de que por su proverbial generosidad, y por reconocer el valor del realismo mágico que él mismo había colocado desde antes de Cien años de soledad, en el paradigma que sigue siendo, que será ya para siempre, Alejo hubiera estado feliz.

El poeta y ensayista Roberto Méndez tuvo a su cargo la difícil tarea de presentar la novela, prueba de la que salió airoso, con su elocuencia culta y sencilla. Dura tarea, porque hablar de una novela que la gran mayoría del público presente ya conocía, fue doblemente arriesgada.

Los más jóvenes, que por fortuna han sido conquistados por el lema de (y es una de las escasas ocasiones en que me rindo ante la evidencia del valor de una consigna), “Leamos más”, empeño de este año, (que ojalá y solo por eso, fuera más largo), predominaban entre la impresionante multitud que esta noche de 26 de diciembre, dio muestras de gran interés, y escuchó respetuosamente las palabras de Méndez. Antes, dos decimistas, también jóvenes, juguetearon con pasajes de Cien años..., curiosamente eficaces.

Confieso que no compartía la idea de que fueran decimistas quienes amenizaran el lanzamiento. Por fortuna, mi criterio no fue recibido con atención, así que siendo como es, noche de rendiciones mías, acepto que fue magnífica la iniciativa. A Alejo le hubiera encantado, porque fue música en función de poesía, y de esa excepcional novela que es Cien años de soledad.

Y como feliz excepción también, es de señalar que la descomunal cifra de 10 000 ejemplares en 20 puntos de venta, garantizó que no tuviéramos que angustiarnos con nuestra eterna sospecha de que no vamos a alcanzar. Nadie quedó insatisfecho. Y hubo público desde tres horas antes de la hora anunciada, por puro hábito de llegar primero y alcanzar. Lo que sea. En este caso, resulta gratísimo el valor que le damos a ese objeto de múltiples poderes que es conocido como el libro. 

Los más de 10 dibujos de Fabelo, sobrios, majestuosos, embellecen lo que ya parece inmejorable en esta edición, quizá para restar la inevitabilidad de tener que hacerla con un papel que ojalá hubiera podido ser otro, pero en cualquier soporte, la mano de Fabelo siempre otorga la ensoñación exquisita de sus trazos, el vuelo de su imaginación, tan portentosa como la de García Márquez, como la de Alejo, como es la de grandes maestros.

El resto queda por nosotros los lectores. Agradecidos, una vez más en este año, al Instituto del libro, cuyos trabajadores se empeñan en demostrar que no pertenecemos, como quisieran algunos, a una estirpe condenada a la soledad, y que, pese a todo, sí, sí tenemos muchas segundas oportunidades sobre la Tierra.

26 de diciembre, 2007.      

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
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