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Alejo
hubiera estado contentísimo, si supiera
que en su cumpleaños, una barahúnda de
lectores abarrotó el no tan breve
espacio del pabellón Cuba, para adquirir
una de las mejores novelas de todos los
tiempos, aunque no fuera escrita por él,
gran maestro de la literatura
hispanoamericana.
Estoy
segura de que por su proverbial
generosidad, y por reconocer el valor
del realismo mágico que él mismo había
colocado desde antes de Cien años de
soledad, en el paradigma que sigue
siendo, que será ya para siempre, Alejo
hubiera estado feliz.
El
poeta y ensayista Roberto Méndez tuvo a
su cargo la difícil tarea de presentar
la novela, prueba de la que salió
airoso, con su elocuencia culta y
sencilla. Dura tarea, porque hablar de
una novela que la gran mayoría del
público presente ya conocía, fue
doblemente arriesgada.
Los
más jóvenes, que por fortuna han sido
conquistados por el lema de (y es una de
las escasas ocasiones en que me rindo
ante la evidencia del valor de una
consigna), “Leamos más”, empeño
de este año, (que ojalá y solo por eso,
fuera más largo), predominaban entre la
impresionante multitud que esta noche de
26 de diciembre, dio muestras de gran
interés, y escuchó respetuosamente las
palabras de Méndez. Antes, dos
decimistas, también jóvenes, juguetearon
con pasajes de Cien años...,
curiosamente eficaces.
Confieso que no compartía la idea de que
fueran decimistas quienes amenizaran el
lanzamiento. Por fortuna, mi criterio no
fue recibido con atención, así que
siendo como es, noche de rendiciones
mías, acepto que fue magnífica la
iniciativa. A Alejo le hubiera
encantado, porque fue música en función
de poesía, y de esa excepcional novela
que es Cien años de soledad.
Y
como feliz excepción también, es de
señalar que la descomunal cifra de 10
000 ejemplares en 20 puntos de venta,
garantizó que no tuviéramos que
angustiarnos con nuestra eterna sospecha
de que no vamos a alcanzar. Nadie quedó
insatisfecho. Y hubo público desde tres
horas antes de la hora anunciada, por
puro hábito de llegar primero y
alcanzar. Lo que sea. En este caso,
resulta gratísimo el valor que le damos
a ese objeto de múltiples poderes que es
conocido como el libro.
Los
más de 10 dibujos de Fabelo, sobrios,
majestuosos, embellecen lo que ya parece
inmejorable en esta edición, quizá para
restar la inevitabilidad de tener que
hacerla con un papel que ojalá hubiera
podido ser otro, pero en cualquier
soporte, la mano de Fabelo siempre
otorga la ensoñación exquisita de sus
trazos, el vuelo de su imaginación, tan
portentosa como la de García Márquez,
como la de Alejo, como es la de grandes
maestros.
El
resto queda por nosotros los lectores.
Agradecidos, una vez más en este año, al
Instituto del libro, cuyos trabajadores
se empeñan en demostrar que no
pertenecemos, como quisieran algunos, a
una estirpe condenada a la soledad, y
que, pese a todo, sí, sí tenemos muchas
segundas oportunidades sobre la Tierra.
26 de
diciembre, 2007. |