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En Cuba y fuera de ella se habla con
admiración de una Escuela Cubana de
Piano, que va de lo clásico a lo popular
y en el jazz culmina con Chucho Valdés,
Emiliano Salvador y Gonzalo Rubalcaba,
por mencionar sólo a tres de sus
principales representantes.
También se reconoce la maestría señera
de instrumentistas cubanos de percusión,
con leyendas que van de Chano Pozo a
Tata Güines y que siguen creciendo en
este siglo XXI.
A esas vertientes que singularizan en la
ejecución de instrumentos un sello
nacional propio ya debe incorporarse la
trompeta.
Muchos notables trompetistas jalonaron
la música popular cubana durante el
siglo XX. La relación minuciosa
obligaría a una investigación aún no lo
suficientemente divulgada, que abarcaría
a los que integraban las orquestas de
baile o jazz band, o los septetos
enriquecidos con la inclusión de ese
instrumento, en los cuales la categoría
sobresaliente del ejecutante quedaba
solapada en la obra colectiva. Siempre
trascendieron figuras como Mario Bauzá,
Chico O´Farrill, Luis Escalante,
Alejandro “El Negro” Vivar y Alfredo
“Chocolate” Armenteros.
Los que resultaron de obligada mención
en el ámbito de la música popular y
fueron reconocidos en su momento
estuvieron encabezados por el notable
Chapotín, maestro e inspirador de
muchos. En el jazz, aunque formado en la
cantera de músicos populares, Jorge
Varona fue de los primeros en alcanzar
notoriedad en la etapa revolucionaria
gracias a su participación fundacional
en Irakere. De esa forja de estrellas
salieron también Arturo Sandoval, Juan
Mungía, Mario “El Indio” Hernández,
Julio Padrón y Basilio Márquez.
La corriente principal de la trompeta
cubana de jazz en los años finales de la
anterior centuria se vio nutrida,
además, por instrumentistas, que también
han sido directores y compositores, como
José Miguel Greco “El Greco”, de Top
Secret; Roberto García, de Afrocuba; y,
más reciente, Alexander Brown.
La ola trompetística cubana del siglo
XXI se levanta fuerte a partir del
dominio técnico y multipolaridad de
intereses musicales, con predominio de
lo nacional, de las nuevas generaciones.
Un entorno propicio para dar a conocer
los talentos emergentes ha sido el
concurso Jo Jazz, que ha dado
coherencia y sistematicidad a la
necesaria confrontación artística de los
músicos del mañana. De esa forja
constante de las estrellas del siglo XXI
han saltado a la atención pública
trompetistas como Yasek Manzano y Carlos
Sarduy Dimet, que, con sólo 16 años, se
impuso en la categoría más joven de Jo
Jazz con interpretaciones que le
homologaban entre los más experimentados
del género, aún cuando no había
terminado sus estudios en el
Conservatorio “Amadeo Roldán” de la
capital cubana.
Debe saberse que este joven, actualmente
con 19 años, prácticamente nació con una
boquilla por biberón. Su padre, un
entusiasta de la trompeta, le vinculó
desde muy temprano con el instrumento y
su estudio, incluyendo clases con Nilo
Báez, que tocaba con Pacho Alonso.
Desde pequeño, con siete u ocho años, ya
se le veía en las primeras filas de
músicos que animaban las comparsas de
los carnavales habaneros. Tocó con
muchas, tantas que no recuerda todos los
nombres, pero si significa la de Los
Componedores de Batea y El Alacrán.
Entre sus primeras anécdotas en el
ámbito musical cuenta que siendo aún un
niño fue invitado a tocar en la
escalinata de la Universidad de La
Habana por un destacado visitante,
Jovanotti, quien le había oído tocar su
trompeta. Aquella fue la primera vez que
tocó en público “Cuba, que linda es
Cuba”
Su contacto formal con el jazz comenzó a
la altura del noveno grado. Su papá, que
desde pequeño le facilitó la audición de
mucha música, incluido ese género, le
amplió el horizonte con Miles Davis y
Dizzy Gillespie. Ya conocía por la misma
vía a Louis Armstrong, Harry James, Ray
Anthony y la banda de Glenn Miller, pero
los “bopers” y su ingreso al Amadeo
Roldán, con un ambiente musical más
abierto, avanzado, le llevaron a la
“música de los músicos”. Así lo
demuestra hoy con su labor como
trompetista y arreglista en el grupo que
acompaña a la cantante Teresa García
Caturla, una institución de la música
popular cubana y ganadora del Gran
Premio “Cubadisco 2004”.
Fruto de su labor y talento nace “Charly
en La Habana”, su “ópera prima”, del
cual debo significar algunos elementos.
El primero de ellos es que grandes
músicos como Chucho Valdés, Germán
Velasco y Amadito Valdés se involucren
en él dando un sello de garantía a esta
producción. Ellos no son de los que se
suman a un proyecto sin estar
convencidos de su elevada categoría.
El segundo es el mérito del repertorio,
en el que prevalece la creación del
propio Sarduy, obras en que fusiona los
patrones clásicos del género con su
mundo afro, latino, cubano…
Completan el acople estándares como
Claudia, de Chucho Valdés, ESP, del
legendario saxofonista Wayne Shorter, y
una joya inmortal de Compay Segundo,
Chan Chan, que renace en el arreglo de
Carlitos como homenaje y punto esencial
de continuidad en el devenir histórico
mismo de nuestra música, la que nos fue
llegando de la tradición hasta conformar
esa “integración” que nos define y nos
lanza al mundo.
Otro factor destacado es la juventud que
constituye la base de este material. El
pianista Harold López-Nussa, es otro de
los pilares del futuro jazz cubano. Así
también hay que pensar en Rodney, Edgar,
Aniel, Emir, Regis y otros muchos que
acompañaron a Carlos en sus primeras
aventuras sonoras, esas que se
produjeron en grupos sin nombre y que
cuajaron en un JoJazz de lujo.
Asimismo, este material permite apreciar
a otros ya consagrados en la escena
jazzística cubana como Roberto Carcasés
y Lázaro Rivero (El Fino), cuyo diapasón
artístico se amplía y profundiza en cada
nueva presentación.
Carlos ya cuenta con colaboraciones en
discos con el saxofonista estadounidense
David Murray y el cuarteto cubano Sexto
Sentido, y diversas ofertas de
actuaciones y giras que deberán esperar
a que termine esta etapa de su
incipiente carrera.
Quizá lo más importante, de cara a ese
futuro que labra día a día, es que él no
olvida que “la rumba es mi alma” ni
aquellas gloriosas noches de carnavales,
en las que el sudor y la alegría se
mezclaban con las notas de su trompeta y
el repicar de los cueros. Porque, hay
que decirlo también: Carlos Sarduy lleva
el tumbador a flor de piel. Aunque se
fascina además con la ductilidad del
saxo y la posibilidad de combinarlo todo
en algo que ha sido una palpitación en
su mente y hoy es una realidad sonora
con nombre propio. |