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Recibimos a TRAPICHE con la satisfacción
de no haber esperado en vano el largo y
demorado trayecto de esta ópera prima,
sobre todo con la convicción de que
emana luz dentro de nuestro gran y
complejo universo musical cubano.
Muchos son los caminos transitados
dentro del Jazz en Cuba por los más
jóvenes valores, fusionando estilos,
enriqueciendo géneros y utilizando de
manera creativa los muchos valores de la
música. Alejandro Vargas se presenta
como uno de los más sólidos noveles, y
nos provoca con esta excelente propuesta
que se mueve entre los ajustados valores
de la música de concierto y la más
atrevida vanguardia musical.
Con la sutileza de una gran sensibilidad
artística, provisto de una rigurosa
formación académica y conocedor del
mundo musical jazzístico, Alejandro se
apropia de la tradición musical cubana
para mostrarnos en primer lugar, cuánto
ha bebido del Son de Carlos Borbolla
escrito para el órgano de Manzanillo-
con su habitual acompañamiento de
pailas, cencerro y güiro - que en este
disco recrea, citando el son
‘Orientalita’ del propio Borbolla y
sugiriendo en algunas de las piezas la
cadencia que provoca ese “ir y venir de
la manigueta” en este particular
instrumento, o de manera menos conciente
el estilo de los Grenet, presente en la
canción de cuna ‘Mucurrucu’, en ‘La
Espera’ y en ‘Ferro’ o del son de Moisés
Simons, entre otras influencias; y en
segundo lugar, cómo se reciclan estas
tradiciones a través de la
contemporaneidad y lirismo de su
pensamiento musical, pensamiento nutrido
de lo más profundo del impresionismo
musical (principalmente de Satie y Ravel)
y complejo en su concepción rítmica y
melódica.
Vargas ofrece una propuesta diferente en
cada track que escuchamos- sin dejar de
encontrar elementos comunes de su fuerte
personalidad musical - propio del que
posee un rico arsenal de ideas musicales
que desea compartir urgentemente, y para
lograrlo, se rodea en este disco, de
virtuosos músicos que han sido capaces
de interpretar la profundidad de un
pensamiento musical, carente de
facilismos comerciales, profundamente
maduro y con personalidad propia.
Alejandro, dueño de un hermoso mundo
interior, entrega su música y me hace
sentir lo que dijera la canción: “Yo
vengo a ofrecer mi corazón”. |