Año VI
La Habana

29 de DICIEMBRE
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de 2008

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Reinaldo Montero:
algunas coordenadas de su poética narrativa

Margarita Mateo • La Habana

 

Si hubiera permanecido un tiempo más entre nosotros y no en esa dimensión desconocida, no estaría yo sentada aquí comentando la obra narrativa de Reinaldo Montero, sino sería Salvador Redonet quien diría, por ejemplo —como ya escribió en Vivir del cuento—, que Donjuanes es un libro “diabólico (…), una proposición de modelo para armar situaciones, personajes, secuencias temporales, lleno de laberintos estructurales y sicológicos…” o comentaría quizá la polifonía barroca de Música de cámara o el largo aliento de Misiones, novelas estas últimas que no pudo llegar a leer. Debido a esa irreparable ausencia, intentaré precisar yo las que, a mi juicio, constituyen coordenadas importantes de la poética narrativa de este autor, que se han ido perfilando con mayor nitidez a lo largo de su ya extensa obra, algunas de las cuales fueron atisbadas por ese excelente crítico que fue Redonet.

“Quiero volver con la pluma en la mano, como el piloto lleva la sonda descubriendo bajos por la mar delante” escribe Bernal Díaz del Castillo en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, citada varias veces por el autor de Misiones en uno de sus libros. Esta idea del conquistador de Tenochtitlán al identificar su extenso recuento épico con la ruta de una nave que descubre territorios antes inexplorados se relaciona con una de las obsesiones de Montero, cuya vocación por la crónica del acontecer de su tiempo se enlaza con una verdadera pasión por la historia, desplegada en algunos de sus textos fundamentales. El homenaje al cronista de Indias remite entonces, tangencialmente, a una de las claves temáticas de su universo creativo, que junto al erotismo, es componente medular de su obra. El apego a Eros, a su vez, lo lleva a incursionar en la problemática del género, a brindar una imagen de esa contraparte, objeto del deseo sexual, que también se convierte en un espejo donde el hombre se observa a sí mismo y reconoce sus propios prejuicios y limitaciones, como sucede, por ejemplo, en varios pasajes de Donjuanes y en “Trabajos de amor perdidos”.

Una de las maneras preferidas de contar de este autor —muy vinculada a su condición de dramaturgo—, es la presencia el diálogo, forma elocutiva privilegiada en muchos de sus textos. Es como si determinadas zonas del acontecer solo pudieran ser expresadas a través del contrapunteo de voces, de la fluidez y la peculiar dinámica de la conversación. A veces el diálogo constituye la totalidad del relato, e incluso, en un breve y peculiar texto de Fabriles, es el diálogo cortado —aquel que omite las respuestas del interlocutor— el que hace avanzar la narración. En otras ocasiones el contrapunteo de voces, la dinámica de preguntas y respuestas, se ve detenida por largas acotaciones que ralentizan el toma y daca de información que está teniendo lugar entre los personajes.

Mas el carácter dialógico de la obra de Montero abarca diferentes variantes que trascienden la comunicación directa entre sus diferentes caracteres literarios para llegar al intercambio con una voz abstracta que puede ser la conciencia crítica o la voz escindida de alguno de ellos, o como sucede en El suplicio de Tántalo (otra vez), la voz del narrador, aquel que intenta recuperar la memoria histórica y fijar los hechos no recogidos por la misma, en el archimaginado diálogo entre Martí, Gómez y Maceo en La Mejorana, al que se suma la voz del que escribe. Voces narrativas múltiples y puntos de vista diversos, establecen una tupida red de relaciones que complejiza el acontecimiento narrado y las diferentes perspectivas a través del cual éste llega al lector. No es casual, entonces que su obra se caracterice también por la utilización de narradores en primera, segunda y tercera personas, por la trasgresión de las formas tradicionales de narrar y la utilización de técnicas que enriquecen el mundo presentado en sus textos.    

Esta tendencia al contrapunteo y a la polifonía narrativa encuentra, a nivel de la estructura, una forma peculiar de expresarse en las denominadas cuentinovelas, una noción comentada tempranamente en Fabriles, donde, al referirse al protagonista de uno de los relatos, el narrador expresa:

“Más tarde, conformó, reescribió, tituló, dudó, siguió trabajando, y al fin redactó un primer material, es decir, este libro de cuentos o especie de cuentinovela, que no es novela novela, le parece, porque simplemente cree que no lo es, aunque lo será.”

A través de esta estructura que, como sucede también en Donjuanes, establece una intensa comunicación entre diferentes eventos y personajes, se advierte la tendencia a captar el momento, lo que constituiría el núcleo duro de la materia narrativa como una unidad que se cierra sobre sí misma y requiere de la brevedad, la intensidad, el knock out del cuento, pero a la vez está integrada a un texto mayor, que la contiene, con el cual establece un intenso diálogo. A mitad de camino entre las fronteras genéricas estrictas del cuento y la novela, los libros de relatos de Reinaldo Montero se abren hacia la expresión de un vasto universo, tradicionalmente expresado a través de lo novelesco, pero que en su caso se ofrece al lector a través de la estructura peculiar de ese modelo para armar al que hacía referencia Redonet, forma idónea hallada por el escritor para la expresión de un mundo narrativo en su fragmentación e hibridez. De este modo el receptor de sus textos se ve involucrado en un juego de remisiones, enlaces y complementaciones, donde la información que se brinda —que contempla, entre otras variantes, el escamoteo del dato, la omisión de algunos hechos importantes que sólo luego serán revelados, la elisión provisoria de identidades— estará obligado a moverse activamente dentro de esa estructura abierta —y a veces laberíntica— para ir conformando y, finalmente, ordenando, la materia narrativa que se le ofrece. 

La exuberancia verbal, el despliegue de un amplísimo vocabulario y la destreza en el manejo del lenguaje son otros de los rasgos que imprimen un sello muy peculiar a la escritura de Montero. Su obra narrativa, claramente, se inscribe en la tradición del exceso, del regodeo en el detalle, de los juegos de palabras, del goce en ese decir supliendo, complementando, añadiendo, menudeando, que también forma parte del placer del texto, y que no calificaré de neobarroca, aunque en mi opinión lo sea, para no caer en el peligroso juego de las clasificaciones. Ya desde Fabriles se advierte esta tendencia de su escritura —recuérdense, por ejemplo, las prolijas descripciones de “Culpar a la lluvia”— que hallará con posterioridad, por ejemplo, en algunos pasajes memorables de La visita de la Infanta, una acabada expresión y dominio en el manejo de la prosa.

Vinculado a la agudeza y la mirada inteligente que revela el ángulo imprevisto y potencia aristas inadvertidas del mundo presentado, aparece el humor en la obra narrativa de Reinaldo Montero. Asociada no solo con la explosión de ingenio o los enlaces inesperados, sino con la más sutil ironía que va socavando tangencialmente situaciones y personajes, la comicidad también constituye una de las coordenadas importantes de su poética.    

Mención más extensa, ajena a la brevedad que exige este espacio, requeriría el análisis de los puntos de contacto de una zona de la obra de Montero con la denominada nueva novela histórica latinoamericana y con el juego metaficcional que caracteriza su acercamiento a la historia. En este plano habría que tomar en consideración la importancia concedida por el autor al material testimonial y de archivo, base sobre la que se asienta su particular recreación del pasado.  

Nos encontramos, entonces, frente a un autor sumamente fecundo, con una sólida y extensa obra, muchas veces merecedora de diversos premios y reconocimientos; con un escritor de largo aliento y probada vocación, que es, sin dudas, uno de los más sobresalientes de la literatura cubana de las últimas décadas, cuya poética se encuentra definida en sus líneas esenciales desde sus primerísimos textos, y se va desplegando con coherencia y maestría hasta alcanzar su realización en obras que, como Misiones, marcan su entrada en la madurez creativa que hoy muestra su escritura, excelente signo y augurio de los textos de Reinaldo Montero que aún están por venir.

 

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La Habana, Cuba. 2007.
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