|
Si
hubiera permanecido un tiempo más entre
nosotros y no en esa dimensión
desconocida, no estaría yo sentada aquí
comentando la obra narrativa de Reinaldo
Montero, sino sería Salvador Redonet
quien diría, por ejemplo —como ya
escribió en Vivir del cuento—,
que Donjuanes es un libro
“diabólico (…), una proposición de
modelo para armar situaciones,
personajes, secuencias temporales, lleno
de laberintos estructurales y
sicológicos…” o comentaría quizá la
polifonía barroca de Música de cámara
o el largo aliento de Misiones,
novelas estas últimas que no pudo llegar
a leer. Debido a esa irreparable
ausencia, intentaré precisar yo las que,
a mi juicio, constituyen coordenadas
importantes de la poética narrativa de
este autor, que se han ido perfilando
con mayor nitidez a lo largo de su ya
extensa obra, algunas de las cuales
fueron atisbadas por ese excelente
crítico que fue Redonet.
“Quiero volver con la pluma en la mano,
como el piloto lleva la sonda
descubriendo bajos por la mar delante”
escribe Bernal Díaz del Castillo en su
Historia verdadera de la conquista de
la
Nueva España,
citada varias veces por el autor de
Misiones en uno de sus libros. Esta
idea del conquistador de Tenochtitlán al
identificar su extenso recuento épico
con la ruta de una nave que descubre
territorios antes inexplorados se
relaciona con una de las obsesiones de
Montero, cuya vocación por la crónica
del acontecer de su tiempo se enlaza con
una verdadera pasión por la historia,
desplegada en algunos de sus textos
fundamentales. El homenaje al cronista
de Indias remite entonces,
tangencialmente, a una de las claves
temáticas de su universo creativo, que
junto al erotismo, es componente medular
de su obra. El apego a Eros, a su vez,
lo lleva a incursionar en la
problemática del género, a brindar una
imagen de esa contraparte, objeto del
deseo sexual, que también se convierte
en un espejo donde el hombre se observa
a sí mismo y reconoce sus propios
prejuicios y limitaciones, como sucede,
por ejemplo, en varios pasajes de
Donjuanes y en “Trabajos de amor
perdidos”.
Una
de las maneras preferidas de contar de
este autor —muy vinculada a su condición
de dramaturgo—, es la presencia el
diálogo, forma elocutiva privilegiada en
muchos de sus textos. Es como si
determinadas zonas del acontecer solo
pudieran ser expresadas a través del
contrapunteo de voces, de la fluidez y
la peculiar dinámica de la conversación.
A veces el diálogo constituye la
totalidad del relato, e incluso, en un
breve y peculiar texto de Fabriles,
es el diálogo cortado —aquel que omite
las respuestas del interlocutor— el que
hace avanzar la narración. En otras
ocasiones el contrapunteo de voces, la
dinámica de preguntas y respuestas, se
ve detenida por largas acotaciones que
ralentizan el toma y daca de información
que está teniendo lugar entre los
personajes.
Mas
el carácter dialógico de la obra de
Montero abarca diferentes variantes que
trascienden la comunicación directa
entre sus diferentes caracteres
literarios para llegar al intercambio
con una voz abstracta que puede ser la
conciencia crítica o la voz escindida de
alguno de ellos, o como sucede en El
suplicio de Tántalo (otra vez), la
voz del narrador, aquel que intenta
recuperar la memoria histórica y fijar
los hechos no recogidos por la misma, en
el archimaginado diálogo entre Martí,
Gómez y Maceo en La Mejorana, al que se
suma la voz del que escribe. Voces
narrativas múltiples y puntos de vista
diversos, establecen una tupida red de
relaciones que complejiza el
acontecimiento narrado y las diferentes
perspectivas a través del cual éste
llega al lector. No es casual, entonces
que su obra se caracterice también por
la utilización de narradores en primera,
segunda y tercera personas, por la
trasgresión de las formas tradicionales
de narrar y la utilización de técnicas
que enriquecen el mundo presentado en
sus textos.
Esta
tendencia al contrapunteo y a la
polifonía narrativa encuentra, a nivel
de la estructura, una forma peculiar de
expresarse en las denominadas
cuentinovelas, una noción comentada
tempranamente en Fabriles, donde,
al referirse al protagonista de uno de
los relatos, el narrador expresa:
“Más
tarde, conformó, reescribió, tituló,
dudó, siguió trabajando, y al fin
redactó un primer material, es decir,
este libro de cuentos o especie de
cuentinovela, que no es novela novela,
le parece, porque simplemente cree que
no lo es, aunque lo será.”
A
través de esta estructura que, como
sucede también en Donjuanes,
establece una intensa comunicación entre
diferentes eventos y personajes, se
advierte la tendencia a captar el
momento, lo que constituiría el núcleo
duro de la materia narrativa como una
unidad que se cierra sobre sí misma y
requiere de la brevedad, la intensidad,
el knock out del cuento, pero a
la vez está integrada a un texto mayor,
que la contiene, con el cual establece
un intenso diálogo. A mitad de camino
entre las fronteras genéricas estrictas
del cuento y la novela, los libros de
relatos de Reinaldo Montero se abren
hacia la expresión de un vasto universo,
tradicionalmente expresado a través de
lo novelesco, pero que en su caso se
ofrece al lector a través de la
estructura peculiar de ese modelo para
armar al que hacía referencia Redonet,
forma idónea hallada por el escritor
para la expresión de un mundo narrativo
en su fragmentación e hibridez. De este
modo el receptor de sus textos se ve
involucrado en un juego de remisiones,
enlaces y complementaciones, donde la
información que se brinda —que
contempla, entre otras variantes, el
escamoteo del dato, la omisión de
algunos hechos importantes que sólo
luego serán revelados, la elisión
provisoria de identidades— estará
obligado a moverse activamente dentro de
esa estructura abierta —y a veces
laberíntica— para ir conformando y,
finalmente, ordenando, la materia
narrativa que se le ofrece.
La
exuberancia verbal, el despliegue de un
amplísimo vocabulario y la destreza en
el manejo del lenguaje son otros de los
rasgos que imprimen un sello muy
peculiar a la escritura de Montero. Su
obra narrativa, claramente, se inscribe
en la tradición del exceso, del regodeo
en el detalle, de los juegos de
palabras, del goce en ese decir
supliendo, complementando, añadiendo,
menudeando, que también forma parte del
placer del texto, y que no calificaré de
neobarroca, aunque en mi opinión lo sea,
para no caer en el peligroso juego de
las clasificaciones. Ya desde
Fabriles se advierte esta tendencia
de su escritura —recuérdense, por
ejemplo, las prolijas descripciones de
“Culpar a la lluvia”— que hallará con
posterioridad, por ejemplo, en algunos
pasajes memorables de La visita de la
Infanta, una acabada expresión y
dominio en el manejo de la prosa.
Vinculado a la agudeza y la mirada
inteligente que revela el ángulo
imprevisto y potencia aristas
inadvertidas del mundo presentado,
aparece el humor en la obra narrativa de
Reinaldo Montero. Asociada no solo con
la explosión de ingenio o los enlaces
inesperados, sino con la más sutil
ironía que va socavando tangencialmente
situaciones y personajes, la comicidad
también constituye una de las
coordenadas importantes de su poética.
Mención más extensa, ajena a la brevedad
que exige este espacio, requeriría el
análisis de los puntos de contacto de
una zona de la obra de Montero con la
denominada nueva novela histórica
latinoamericana y con el juego
metaficcional que caracteriza su
acercamiento a la historia. En este
plano habría que tomar en consideración
la importancia concedida por el autor al
material testimonial y de archivo, base
sobre la que se asienta su particular
recreación del pasado.
Nos
encontramos, entonces, frente a un autor
sumamente fecundo, con una sólida y
extensa obra, muchas veces merecedora de
diversos premios y reconocimientos; con
un escritor de largo aliento y probada
vocación, que es, sin dudas, uno de los
más sobresalientes de la literatura
cubana de las últimas décadas, cuya
poética se encuentra definida en sus
líneas esenciales desde sus primerísimos
textos, y se va desplegando con
coherencia y maestría hasta alcanzar su
realización en obras que, como
Misiones, marcan su entrada en la
madurez creativa que hoy muestra su
escritura, excelente signo y augurio de
los textos de Reinaldo Montero que aún
están por venir. |