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Pablo
Neruda decía que Bola de Nieve se casó
con la música y vivía con ella en esa
intimidad llena de pianos y cascabeles.
Para
Edith Piaff nadie interpretaba tan bien
como él su canción La vie en rose.
Según Andrés Segovia escucharlo era como
asistir al nacimiento de la palabra y la
música que él expresaba. Erick Kleiber
aseguraba que no había mejor regalo que
su encuentro.
Alejo
Carpentier aseguraba que tenía el
talento suficiente para ponernos a todos
de acuerdo, y, lo más importante, para
ponerse de acuerdo con todos los pueblos
del mundo.
Nicolás Guillén dijo que Bola de Nieve
no podía ser interpretado por la
historia porque había pasado ya a la
leyenda.
Cuando se escuchan sus discos a uno le
parece estarlo viendo todavía con su
eterna imagen de dandy criollo, que se
nos hizo muy íntima a quienes tuvimos
el privilegio de disfrutar su arte en
vivo y en directo en el Restaurante
Monseigneur del Vedado, donde se
distinguió como un excepcional anfitrión
por su música, su cultura
y su donaire.
El
éxito lo custodió siempre en cualquier
escenario del mundo por impresionante
que fuera. Lo mismo en la compañía de
Conchita Piquer, en España; que en la
sala Chaikosvki, de Moscú; que en el
Carnegie Hall, de Nueva York, o en el
Amadeo Roldán, de
La
Habana,
donde cada 25 de julio, dedicaba su
recital de medianoche a la efemérides
del Moncada.
Sin
embargo, Bola de Nieve con esa gracia
muy suya calificaba su voz ronca como la
de un vendedor de mangos. Y afirmaba
sobre sí mismo que él no era exactamente
un cantante, sino alguien que dice las
canciones.
Pero
paradójicamente, nadie como él para
expresar un sentimiento, ya sea de
tristeza o de alegría. “Cuando
actúo-dijo Bola en una entrevista -
siento de todo: un torrente de
sensaciones, desde lo erótico a lo
ingenuo, desde el entusiasmo
a la desesperación. Siempre soy un niño,
pero soy más niño cuando actúo. Yo soy
un hombre triste que siempre está
alegre.”
Sus
interpretaciones eran invariablemente a
lo Bola de Nieve. Su voz, su forma de
tocar el piano, sus gestos, su
elegancia, su risa, su manera de
expresar las canciones fueron únicos e
irrepetibles. Nadie como él para
entregarnos No puedo ser feliz,
de Adolfo Guzmán; Messié Julián, de
Armando Oréfiche ; o la Flor de la
Canela, de Chabuca Granda.
Quienes le lo conocieron de cerca
afirman que nunca se tomó muy en serio
como compositor. Decía: “Compositor es
una palabra sagrada. Yo lo que hago son
cancioncitas”. Sin embargo, sus
canciones –Si me pudieras querer,
por ejemplo- son hoy cantadas por
importantes intérpretes de
Latinoamérica.
Nacido el 11 de septiembre de 1911, en
la musicalísima villa de Guanabacoa,
Ignacio Jacinto Villa y Fernández, de
sobrenombre Bola de Nieve, fue creciendo
en las fiestas de bembé, donde su madre,
la negra Inés, bailaba como nadie la
rumba de cajón.
Gracias a su abuela Mamaquica, el niño
Ignacito, gordo y alegre como pocos,
inicia sus estudios de piano en el
Conservatorio de José Mateu, en la
propia villa de Pepe Antonio.
En
1927 matricula en la Escuela Normal para
Maestros, mientras toca el piano en el
cine silente de su barrio y en los
bailes de salón y en las verbenas.
Se
inicia como pianista acompañante de su
coterránea Rita Montaner, con quien
llega a México en la década del 30. Una
noche Rita se enferma y Bola aparece
como solista en la escena del teatro
Politeama, de la capital azteca, donde
interpreta con su muy personal estilo la
canción afro Bito Manuel, tú no sabe
inglés, de Grenet y Nicolás Guillén.
El
triunfo es total. Bola afirmaba que
México era su otra patria, pues aquella
noche de su debut había nacido por
segunda ocasión.
Es
otro grande de la música cubana, Ernesto
Lecuona, -otro guanabacoense, por
cierto-, quien lo trae de regreso y lo
estimula a que actúe para el público
cubano, a quien de inmediato conquista
con su arte. Desde entonces, América
Latina, primero, y Europa y Asia,
después, le brindarán en ruta ascendente
sus más cálidos aplausos hasta el final
de su vida.
Dicen
que Bola tenía la difícil cualidad de
meterse en el bolsillo a cuanto público
lo viera actuar. Y que en las
espléndidas salas de concierto, siempre
asomaban los ecos del cajón tocados en
su Guanabacoa natal. Se cuenta también
que cuando entraba en el escenario,
donde lo aguardaba un piano, y comenzaba
a interpretar esas canciones que
parecían escritas sólo para él, se
creaba una atmósfera íntima y
maravillosa a la vez, que todavía hoy
resulta difícil de explicar.
“Nadie como Bola de Nieve –escribió
Miguel Barnet- para expresar el
sentimiento amoroso en la canción. Nadie
como él para recrear hasta lo más simple
y vulgar.
“Todo
lo transfiguraba en hermosura, en luz
nueva. Como los magos extrajo el poder
de sí mismo, de su fuente de
encantamiento.
“Utilizó igual la melodía que el ritmo
como agentes de seducción. Y el pedal,
ese pedal tan elogiado en su ejecución,
fue el resorte que imprimió fuerza a su
acto de magia”.
En
México, en tránsito hacia Perú, lo
sorprendió la muerte, mientras dormía,
el 2 de octubre de 1971.
Trasladado a Cuba, su sepelio fue
acompañado por numeroso público y, uno
de sus grandes amigos, el poeta Nicolás
Guillén, despidió su duelo.
Hoy a
Bola de Nieve se le recuerda con aquella
memorable frase con la que él mismo se
definiera: “Yo soy la canción que
canto”. |