Año VI
La Habana
2008

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“Intimidad llena de pianos”
Josefina Ortega • La Habana
 

Pablo Neruda decía que Bola de Nieve se casó con la música y vivía con ella en esa intimidad llena de pianos y cascabeles.

Para Edith Piaff nadie interpretaba tan bien como él su canción La vie en rose. Según Andrés Segovia escucharlo era como asistir al nacimiento de la palabra y la música que él expresaba. Erick Kleiber aseguraba que no había mejor regalo que su encuentro.

Alejo Carpentier aseguraba que tenía el talento suficiente para ponernos a todos de acuerdo, y, lo más importante, para ponerse de acuerdo con todos los pueblos del mundo.

Nicolás Guillén dijo que Bola de Nieve no podía ser interpretado por la historia porque había pasado ya a la leyenda.

Cuando se escuchan sus discos a uno le parece estarlo viendo todavía con su eterna imagen de dandy criollo, que se nos hizo muy íntima a quienes tuvimos el privilegio de disfrutar su arte en vivo y en directo en el Restaurante Monseigneur del Vedado, donde se distinguió como un excepcional anfitrión por su música, su cultura y su donaire.

El éxito lo custodió siempre en cualquier escenario del mundo por impresionante que fuera. Lo mismo en la compañía de Conchita Piquer, en España; que en la sala Chaikosvki, de Moscú; que en el Carnegie Hall, de Nueva York, o en el Amadeo Roldán, de La Habana, donde cada 25 de julio, dedicaba su recital de medianoche a la efemérides del Moncada.

Sin embargo, Bola de Nieve con esa gracia muy suya calificaba su voz ronca como la de un vendedor de mangos. Y afirmaba sobre sí mismo que él no era exactamente un cantante, sino alguien que dice las canciones.

Pero paradójicamente, nadie como él para expresar un sentimiento, ya sea de tristeza o de alegría. “Cuando actúo-dijo Bola en una entrevista - siento de todo: un torrente de sensaciones, desde lo erótico a lo ingenuo, desde el entusiasmo a la desesperación. Siempre soy un niño, pero soy más niño cuando actúo. Yo soy un hombre triste que siempre está alegre.”

Sus interpretaciones eran invariablemente a lo Bola de Nieve. Su voz, su forma de tocar el piano, sus gestos, su elegancia, su risa, su manera de expresar las canciones fueron únicos e irrepetibles. Nadie como él para entregarnos No puedo ser feliz, de Adolfo Guzmán; Messié Julián, de  Armando Oréfiche ; o  la Flor de la Canela, de Chabuca Granda.

Quienes le lo conocieron de cerca afirman que nunca se tomó muy en serio como compositor. Decía: “Compositor es una palabra sagrada. Yo lo que hago son cancioncitas”. Sin embargo, sus canciones –Si me pudieras querer, por ejemplo- son hoy cantadas por importantes intérpretes de Latinoamérica.

Nacido el 11 de septiembre de 1911, en la musicalísima villa de Guanabacoa, Ignacio Jacinto Villa y Fernández, de sobrenombre Bola de Nieve, fue creciendo en las fiestas de bembé, donde su madre, la negra Inés, bailaba como nadie la rumba de cajón.

Gracias a su abuela Mamaquica, el niño Ignacito, gordo y alegre como pocos, inicia sus estudios de piano en el Conservatorio de José Mateu, en la propia villa de Pepe Antonio.

En 1927 matricula en la Escuela Normal para Maestros, mientras toca el piano en el cine silente de su barrio y en los bailes de salón y en las verbenas.

Se inicia como pianista acompañante de su coterránea Rita Montaner, con quien llega a México en la década del 30. Una noche Rita se enferma y Bola aparece como solista en la escena del teatro Politeama, de la capital azteca, donde interpreta con su muy personal estilo la canción afro Bito Manuel, tú no sabe inglés, de Grenet y Nicolás Guillén.

El triunfo es total. Bola afirmaba que México era su otra patria, pues aquella noche de su debut había nacido por segunda ocasión.

Es otro grande de la música cubana, Ernesto Lecuona, -otro guanabacoense, por cierto-, quien lo trae  de regreso y lo estimula a que actúe para el público cubano, a quien de inmediato conquista con  su arte. Desde entonces, América Latina, primero, y Europa y Asia, después, le brindarán en ruta ascendente sus más cálidos aplausos hasta el final de su vida.

Dicen que Bola tenía la difícil cualidad de meterse en el bolsillo a cuanto público lo viera actuar. Y que en las espléndidas salas de concierto, siempre asomaban los ecos del cajón tocados en su Guanabacoa natal. Se cuenta también que cuando entraba en el escenario, donde lo aguardaba un piano, y comenzaba a interpretar esas canciones que parecían escritas sólo para él, se creaba una atmósfera  íntima y maravillosa a la vez, que todavía hoy resulta difícil de explicar.

“Nadie como Bola de Nieve –escribió Miguel Barnet- para expresar el sentimiento amoroso en la canción. Nadie como él para recrear hasta lo más simple y vulgar.

“Todo lo transfiguraba en hermosura, en luz nueva. Como los magos extrajo el poder de sí mismo, de su fuente de encantamiento.

“Utilizó igual la melodía que el ritmo como agentes de seducción. Y el pedal, ese pedal tan elogiado en su ejecución, fue el resorte que imprimió fuerza a su acto de magia”.

En México, en tránsito hacia Perú, lo sorprendió la muerte, mientras dormía, el 2 de octubre de 1971.

Trasladado a Cuba, su sepelio fue acompañado por numeroso público y, uno de sus grandes amigos, el poeta Nicolás Guillén, despidió su duelo.

Hoy a Bola de Nieve se le recuerda con aquella memorable frase con la que él mismo se definiera: “Yo soy la canción que canto”.

 

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La Habana, Cuba. 2008.
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