Año VI
La Habana

26 de ENERO
al 1ro de FEBRERO
de 2008

SECCIONES

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS

EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

NOTAS AL FASCISMO

LA OPINIÓN

APRENDE

LA CRÓNICA

EN PROSCENIO

LA BUTACA

LETRA Y SOLFA

LA MIRADA

MEMORIA

LA OTRA CUERDA

FUENTE VIVA

REBELDES.CU

LA GALERÍA

EL CUENTO

POESÍA

EL LIBRO

EPÍSTOLAS ESPINELAS

EL PASQUÍN

EN FOCO

POR E-MAIL

¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 
Flora Fong

El cielo como techo

Marianela González, Carlos Alejandro Reyes y Liomán Lima • La Habana
Fotos de Carlos A. Reyes (La jiribilla)

 

La pintura y la escultura, como lo chino y lo cubano, se funden ahora en el acero. Están allí la palma y los plátanos de siempre, el girasol, los gallos y la gallina coqueta, la luna como presencia y el cielo como símbolo. Está, amalgamada en el metal y hecha escultura, toda esta isla mestiza, en sus coladas de café y edificios de microbrigadas; y está Flora misma, recortada en acero, abriendo los brazos al arte de lo cotidiano, con sus cuadros de siempre, ahora en una nueva dimensión.

Con ella llega Flora Fong por primera vez a Bellas Artes, con nueve esculturas de acero negro que superan varias veces su tamaño algunas alcanzan los 2,80 metros de altura.

Todo tuvo un inicio astrológico. El horóscopo le recomendaba por aquellos días el trabajo con los metales, y ese fue el “pretexto” para iniciar un proyecto guardado como sueño desde hacía muchos años, tal vez desde los tiempos de la infancia, cuando su padre la acercó a la tridimensionalidad de las cometas chinas.

“Sabía, como mis ancestros, que el primer paso comienza en la punta de los pies”, dice Flora, descendiente de asiáticos. Así el sueño se convirtió en maquetas recortadas en cajas de zapatos. Luego vinieron dos años de trámites y permisos, y casi otros dos de trabajo en la Antillana de Acero, trazando con yeso en planchas de metal de seis milímetros. 

“Trazaba por el día, a veces días enteros. Cuando llegaba a la mañana siguiente, todo estaba borrado y había que empezar de nuevo”, nos cuenta. Las lluvias del verano se habían colado por los agujeros del techo de la Antillana… Flora marcaba nuevamente; otros cortaban, doblaban y ensamblaban el acero negro. Todos sudaban…

Los desafíos de hacer arte en la Antillana, no impidieron que surgieran nuevas ideas para concebir piezas en las que no había pensado. “Aprovechaba cada pedazo de metal, hasta los propios recortes. El problema es que soy muy inquieta y puedo estar haciendo hasta tres o cuatro obras a la vez”, confiesa Flora. 

Después vino la etapa del color, donde la pintura y la escultura perdieron sus límites. Se fueron dibujando en el acero sus cuadros (cada cara de las esculturas parece evocarnos uno) y las obras fueron cobrando poco a poco identidad… una identidad transcultural donde se difuminan los fronteras de lo cubano para recordarnos el ajiaco que somos; esa mezcla en la que el monte, el mar y girasol (que parecen recordarnos a Elegguá, Yemayá u Ochún) se insertan en las estructuras cuadradas de algunas piezas, (que evocan la caligrafía china) o en los propios colores de esta cultura.

Un proverbio chino asegura que la mirada asiática comienza desde lo alto: mirar al cielo para re-ver la tierra; por eso “las propias piezas tienen como techo el cielo, porque es mi intención que al verlas la gente piense en cómo la agitación del mundo actual hace que muchas personas no tengan tiempo para mirar al cielo,” explica la pintora. Las propias obras, asegura, tienen un contenido ecológico, "un llamado desde una nueva dimensión a cuidar esa energía de la naturaleza que nos viene desde lo alto."                 

 

ARRIBA

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS
.

© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
IE-Firefox, 800x600