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La pintura y la escultura, como lo chino
y lo cubano, se funden ahora en el
acero. Están
allí la palma y los plátanos de siempre,
el girasol, los gallos y la gallina
coqueta, la luna como presencia y el
cielo como símbolo. Está, amalgamada en
el metal y hecha escultura, toda esta
isla mestiza, en sus coladas de café y
edificios de microbrigadas; y está Flora
misma, recortada en acero, abriendo los
brazos al arte de lo cotidiano, con sus
cuadros de siempre, ahora en una nueva
dimensión.
Con ella llega Flora Fong por primera
vez a Bellas Artes, con nueve esculturas
de acero negro que superan varias veces
su tamaño
—algunas
alcanzan los 2,80 metros de altura.
Todo tuvo un inicio astrológico. El
horóscopo le recomendaba por aquellos
días el trabajo con los metales, y ese
fue el “pretexto” para iniciar un
proyecto guardado como sueño desde hacía
muchos años, tal vez desde los tiempos
de la infancia, cuando su padre la
acercó a la tridimensionalidad de las
cometas chinas.
“Sabía, como mis ancestros, que el
primer paso comienza en la punta de los
pies”, dice Flora, descendiente de
asiáticos. Así el sueño se convirtió en
maquetas recortadas en cajas de zapatos.
Luego vinieron dos años de trámites y
permisos, y casi otros dos de trabajo en
la Antillana de Acero, trazando con yeso
en planchas de metal de seis
milímetros.
“Trazaba por el día, a veces días
enteros. Cuando llegaba a la mañana
siguiente, todo estaba borrado y había
que empezar de nuevo”, nos cuenta. Las
lluvias del verano se habían colado por
los agujeros del techo de la Antillana…
Flora marcaba nuevamente; otros
cortaban, doblaban y ensamblaban el
acero negro. Todos sudaban…
Los desafíos de hacer arte en la
Antillana, no impidieron que surgieran
nuevas ideas para concebir piezas en las
que no había pensado. “Aprovechaba cada
pedazo de metal, hasta los propios
recortes. El problema es que soy muy
inquieta y puedo estar haciendo hasta
tres o cuatro obras a la vez”, confiesa
Flora.
Después vino la etapa del color, donde
la pintura y la escultura perdieron sus
límites. Se fueron dibujando en el acero
sus cuadros (cada cara de las esculturas
parece evocarnos uno) y las obras fueron
cobrando poco a poco identidad… una
identidad transcultural donde se
difuminan los fronteras de lo cubano
para recordarnos el ajiaco que somos;
esa mezcla en la que el monte, el mar y
girasol (que parecen recordarnos a
Elegguá, Yemayá u Ochún) se insertan en
las estructuras cuadradas de algunas
piezas, (que evocan la caligrafía china)
o en los propios colores de esta
cultura.
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Un proverbio chino asegura que la mirada
asiática comienza desde lo alto: mirar
al cielo para re-ver la tierra; por eso
“las propias piezas tienen como techo el
cielo, porque es mi intención que al
verlas la gente piense en cómo la
agitación del mundo actual hace que
muchas personas no tengan tiempo para
mirar al cielo,” explica la pintora. Las
propias obras, asegura, tienen un
contenido ecológico, "un llamado desde
una nueva dimensión a cuidar esa energía
de la naturaleza que nos viene desde lo
alto." |