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Es un hechizo el metal. Es esa
maravillosa alquimia de resucitar lo
inánime, como si tras miles de cortes o
golpes de cincel, decirle “habla” a la
creación la hiciera además andar. Es un
hechizo y ningún hechizado lo niega;
caen sin remedio los artistas, rendidos,
“enamorados de sus retos”.
Así sucedió con Flora Fong: la inquietud
de los que crean la introdujo entre los
que crean en conjunto, tridimensional.
Cuando supe de las nueve piezas de
acero que preparaba para su primera
exposición en Bellas Artes, imaginé lo
interesante de una visión experta,
conocedora de las ventajas y las trampas
del metal. Pero cuando las vi,
dinámicas, tan vivas como vivo es
nuestro ahora, supe de inmediato que esa
persona era José Villa.
Quien devolvió a las calles de La Habana
al legendario Caballero de París; a un
rincón del Floridita su más distinguido
visitante; al Prado cienfueguero su
admirador más ferviente y a los cubanos
que lo adoran el Lennon de paz y
transformación; quien confiesa haber
escuchado conmovedoras historias entre
quienes se detienen a mirarlas, e
incluso a hablarles; quien ha sentado
cátedra en la escultura nacional,
comenta a La Jiribilla sus
impresiones sobre Flora Fong y la
incursión de la artista en el trabajo
con el metal.
“La conocí en la ENA, donde estudié
entre 1960 y 1966. Flora no era de mi
grupo, sino de un año antes. Desde
entonces me formé una opinión suya que
aún mantengo: su obra es interesante y
atractiva. No sé si por su condición de
mujer o por su visión asiática, tal vez
por las dos, pero consigue una síntesis
de lo cubano muy particular.”
No disimula Villa los elogios a su obra,
al trazo suelto que la distingue y al
virtuosismo que desborda con una
pincelada. Sobre su nueva propuesta nos
comenta que lo supo hace años, cuando
Flora le confesó que le atraía la idea
de trabajar el acero.
“Ha sido muy usado en las últimas
décadas por los artistas, creo que por
las recientes innovaciones tecnológicas
que han dotado de recursos y rapidez el
trabajo con esta aleación. Pero
considero que es interesante que Flora
lo haya escogido, pues provee a su
pintura de un nuevo soporte, le da
realmente una nueva dimensión.”
No obstante, distingue José Villa una
distancia entre las piezas de Flora Fong
y el trabajo propiamente escultórico:
“Ella no trabaja el metal como lo haría
un escultor. Me atrevería a decir que no
se propuso hacer esculturas a la manera
de un escultor, que su obra tenga
exactamente tres dimensiones. Creo que
lo que ha conseguido es redimensionar su
pintura, darle volumen como una
instalación. Es decir, no lo veo muy
bien como escultura, pero indudablemente
es una propuesta atractiva,
impresionante y sugerente.”
“Flora está hoy marcando tal vez una
pauta en su obra, entre las más
importantes que se producen hoy en
Cuba”. Es la opinión de quien la vio a
pie de obra en la Antillana de Acero, no
“bocetando en un papelito el proyecto,
tranquilamente”, sino aprendiendo de
quienes allí trabajan todos los días
cortando, doblando y puliendo metales.
“Nadie la imaginaría en ese lugar
enorme…ella tan pequeñita.”
Es la opinión de quien ha visto su
resultado y lo valora con ojos de
artista. Después de escucharla, la nueva
dimensión de Flora, fruto de su amor por
el arte, se me antoja la dimensión del
amor de Dulce María: hay que medirlo con
una cuerda hecha también de acero. Una
punta en la montaña…y la otra,
clavémosla en el viento. |