Año VI
La Habana

26 de ENERO
al 1ro de FEBRERO
de 2008

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Entrevista al escultor cubano José Villa

Flora Fong, bajo el hechizo del metal

Marianela González • La Habana
Fotos cortesía de Flora Fong

 

Es un hechizo el metal. Es esa maravillosa alquimia de resucitar lo inánime, como si tras miles de cortes o golpes de cincel, decirle “habla” a la creación la hiciera además andar. Es un hechizo y ningún hechizado lo niega; caen sin remedio los artistas, rendidos, “enamorados de sus retos”.

Así sucedió con Flora Fong: la inquietud de los que crean la introdujo entre los que crean en conjunto, tridimensional.  Cuando supe de las nueve piezas de acero que preparaba para su primera exposición en Bellas Artes, imaginé lo interesante de una visión experta, conocedora de las ventajas y las trampas del metal. Pero cuando las vi, dinámicas, tan vivas como vivo es nuestro ahora, supe de inmediato que esa persona era José Villa.

Quien devolvió a las calles de La Habana al legendario Caballero de París; a un rincón del Floridita su más distinguido visitante; al Prado cienfueguero su admirador más ferviente y a los cubanos que lo adoran el Lennon de paz y transformación; quien confiesa haber escuchado conmovedoras historias entre quienes se detienen a mirarlas, e incluso a hablarles; quien ha sentado cátedra en la escultura nacional, comenta a La Jiribilla sus impresiones sobre Flora Fong y la incursión de la artista en el trabajo con el metal.

“La conocí en la ENA, donde estudié entre 1960 y 1966. Flora no era de mi grupo, sino de un año antes. Desde entonces me formé una opinión suya que aún mantengo: su obra es interesante y atractiva. No sé si por su condición de mujer o por su visión asiática, tal vez por las dos, pero consigue una síntesis de lo cubano muy particular.”

No disimula Villa los elogios a su obra, al trazo suelto que la distingue y al virtuosismo que desborda con una pincelada. Sobre su nueva propuesta nos comenta que lo supo hace años, cuando Flora le confesó que le atraía la idea de  trabajar el acero.

“Ha sido muy usado en las últimas décadas por los artistas, creo que por las recientes innovaciones tecnológicas que  han dotado de recursos y rapidez el trabajo con esta aleación. Pero considero que es interesante que Flora lo haya escogido, pues provee a su pintura de un nuevo soporte, le da realmente una nueva dimensión.”

No obstante, distingue José Villa una distancia entre las piezas de Flora Fong y el trabajo propiamente escultórico: “Ella no trabaja el metal como lo haría un escultor. Me atrevería a decir que no se propuso hacer esculturas a la manera de un escultor, que su obra tenga exactamente tres dimensiones. Creo que lo que ha conseguido es redimensionar su pintura, darle volumen como una instalación. Es decir, no lo veo muy bien como escultura, pero indudablemente es una propuesta atractiva, impresionante y sugerente.”

“Flora está hoy marcando tal vez una pauta en su obra, entre las más importantes que se producen hoy en Cuba”. Es la opinión de quien la vio a pie de obra en la Antillana de Acero, no “bocetando en un papelito el proyecto, tranquilamente”, sino aprendiendo de quienes allí trabajan todos los días cortando, doblando y puliendo metales. “Nadie la imaginaría en ese lugar enorme…ella tan pequeñita.”

Es la opinión de quien ha visto su resultado y lo valora con ojos de artista. Después de escucharla, la nueva dimensión de Flora, fruto de su amor por el arte, se me antoja la dimensión del amor de Dulce María: hay que medirlo con una cuerda hecha también de acero. Una punta en la montaña…y la otra, clavémosla en el viento.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
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