Año VI
La Habana

13-24 de FEBRERO
de 2008

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ENTREVISTA con Humberto Arenal

Toda obra humana puede mejorarse

Zurelys López Amaya • La Habana

 

He tenido oportunidad durante años para conocer de cerca a un hombre cuya vida ha estado siempre acompañada del valor humano, de la sensibilidad estoica ante la realidad circundante, y de una fuerte generación de intelectuales que le han mostrado una sincera amistad y consideración. Quiero en esta entrevista sacar a flote sus pensamientos sobre una realidad que nos enseña a seguir siendo participantes de un reto, a continuar por los caminos de la literatura que se escribe en estos tiempos difíciles. Quiero además, provocar que aflore esa proyección filosófica que nos acompaña mientras buscamos un porqué a este andar.

¿Cuándo descubre que su verdadera vocación es la literatura? ¿Quiénes fueron sus primeros autores preferidos?

Yo no diría descubrir, fue algo que lentamente se fue manifestando, que lo fui incorporando a mi vida. Lo he dicho antes: no fui un niño prodigio. Era tímido, callado, muy imaginativo, con una intensa vida interior que pocos apreciaban. Mi madre fue quizá la que lo apreció mejor. Estudié la primaria en una escuela pública del barrio de Santos Suárez. En las clases me aburría un poco, no me sentía estimulado, eso me llevaba a no tener altas calificaciones, a que no me consideraran entre los mejores. Francamente, no me importaba mucho. En cambio a mi padre sí. Él quería que su hijo se destacara. Después en la Escuela Superior (séptimo y octavo grados) empecé a despertar lentamente. Tuve una maestra de Literatura en octavo grado que supo estimularme. Me pidió que leyera a José Martí, del que sabía poco, y me recomendó una novela fabulosa, La Vorágine, de José Eustasio Rivera, un escritor colombiano hoy plenamente reconocido, también al venezolano Rómulo Gallegos, y una sorpresa grande para mí, me dijo que tenía que leer y valorar la novela Cecilia Valdés, de Cirilo Villaverde. Y algo extraordinario y contradictorio. Mi padre era un técnico en ferrocarriles, no tenía precisamente una cultura literaria ni filosófica, le gustaban las matemáticas. En eso era muy consecuente. Y un día, cuando yo tenía unos 18 años, me llamó muy solemne y me dijo que tenía algo importante que decirme. Fue a su mesa de trabajo y sacó un libro de una gaveta. Y me lo entregó. Me dijo que uno de sus maestros en la escuela de Artes y Oficios donde había estudiado cuatro años, le había regalado ese libro.

Él estaba seguro de que me iba a interesar mucho. Eran Mis confesiones, de Juan Jacobo Rousseau, del que yo sabía muy poco. Lo leí de un tirón, sin pausas, disfrutándolo al máximo, descubriendo un mundo que me era desconocido. Este libro maravilloso me abrió un ancho camino. Lo he leído muchas veces y siempre me ha brindado algo. Después leí otros libros suyos como El contrato social, El Emilio, y otros más. Rousseau partió de un origen, un sistema basado en un principio único y fervoroso: "Todo es bueno cuando sale de manos de la naturaleza. El hombre que nació libre se halla en todas partes esclavizado". Mi padre sabía lo que me estaba entregando. Este libro nos acercó mucho para siempre.

No voy a citar nombres y nombres que pudieran resultar tediosos. A donde quiero llegar es a lo siguiente: había otra visión de la vida, más profunda y compleja que la que yo vivía diariamente. Ese fue un gran descubrimiento que me preparó para manifestaciones mayores. El mundo en que me crié era bueno, era moralmente impecable, me sentía querido y respetado, pero muy limitado. Y empecé a rebelarme.

Mi padre quería que yo estudiara Ingeniería y yo dije que quería estudiar Filosofía y Letras. Eso se convirtió en un gran conflicto. Al final me hizo estudiar a la fuerza dos años en la Escuela Profesional de Comercio. Ya tenía 20 años y logré que una hermana de mi madre me consiguiera un modesto empleo en la respetable Cuban Telephone Company. También comencé a estudiar en serio el idioma inglés con una excelente profesora norteamericana, la querida Lary. Ese fue el primer paso que luego me permitió ser independiente, dueño de mi destino. También empecé a leer a escritores que hasta entonces desconocía como los rusos Antón Chéjov y Máximo Gorki, en inglés a los norteamericanos Ernest Hemingway y Walt Whitman; a los españoles Pío Baroja y Antonio Machado. En fin, todo un universo fabuloso que me hizo entender y ampliar el mundo en que vivía.

Y a la vez comencé a soñar que quería ser director de cine pues vi una película que revolucionó mi estética, El ciudadano Kane, de Orson Welles. También empecé a interesarme por el teatro, que entonces era poco y en general mediocre, y pocas veces bueno y estimulante. Todo esto, que ahora cuento de pasada, me llevó a la conclusión que tenía que irme de Cuba. Escogí los EE.UU. porque estaba a 90 millas, porque sabía bastante inglés. Fui a una escuela y me gané una beca que me permitía irme solo a Nueva York por lo menos un año. Y me casé con una excelente mujer, pero que no estaba dispuesta a seguirme en la aventura. Nada me detuvo. Fue un paso trascendental que cambió mi visión del mundo y de mí mismo.

Nueva York resultó una ciudad fabulosa, pero dura, difícil, contradictoria. Estaba solo, con 23 años, tratando de perfeccionar el idioma, de ganarme la vida como vendedor, fotógrafo, traductor, lo que se presentara. Pero nutriéndome de sus numerosos y extraordinarios museos; viendo buen teatro, las mejores películas, leyendo mucho. Fue un proceso lento, difícil, pero sabía todo el tiempo que estaba enriqueciendo mi vida. Comencé a escribir cuentos en español y en inglés que logré vender a veces. Tomé un curso de Periodismo que me permitió empezar a trabajar en un diario en español llamado El diario de Nueva York, que me hizo conocer los conflictos y bondades de la numerosa colonia de habla española de Nueva York. Fue algo muy bueno, pues me reconcilió con mi mundo el del Caribe, el de Centro y Sudamérica. Y me permitió empezar a darme cuenta de que irremediablemente yo formaba parte de ese conglomerado tan diverso y con tantas cosas comunes. Entonces se definió también mi vocación más profunda: tenía que expresarme escribiendo sobre aspectos que reflejaran mi verdadera identidad. Por razones puramente económicas, en 1955 fui a trabajar como periodista a la revista Visión, editada en español; una empresa que aspiraba y lograba difundir las ideas más reaccionarias de los intereses de EE.UU. en América Latina. Simplemente me pagaban bien por un trabajo que no respetaba. También comencé a estudiar teatro (dirección, dramaturgia, actuación, voz y dicción) en cursos nocturnos para trabajadores en la Universidad de Nueva York y, después, con un panameño llamado José Quintero, que era entonces una figura importante de los pequeños teatros llamados off-Broadway. Con él aprendí de verdad lo que era dirigir teatro. Y eso me permitió unirme a un grupo de teatro en español denominado el Nuevo Círculo Dramático, donde dirigí dos obras, y después fui invitado en otro grupo a dirigir dos obras en inglés. Tomé un excelente curso de cine documental en el City College, pues aspiraba dedicarme al teatro y al cine. Sería agotador relatar todo lo que viví y logré entre 1954 y 1958. Algo importante: en 1957 me uní a la filial del Movimiento 26 de Julio en Nueva York donde dirigí una obra, Las armas son de hierro, de Pablo Armando Fernández. Estos fueron años muy valientes y definitorios para mi vida. Nació mi hija Patricia, tuve amores, viví con una gran intensidad. Publiqué mi primera novela, El sol a plomo, que fue traducida al inglés, al italiano, al ruso, y que después se vendió ampliamente por América Latina, aunque hoy sé que no era verdaderamente buena. Diría que estaba triunfando, pero no era enteramente feliz. Y el 1ro. de enero de 1959 se produce el triunfo definitivo de la Revolución Cubana. A partir de ahí todo cambió en mi vida. 

¿Qué influyó en usted para tomar la decisión de volver a su país, luego de vivir en una nación donde había logrado posibilidades para publicar, un buen trabajo, y seguir dirigiendo obras de teatro en el movimiento off-Broadway de Nueva York, o en el cine, donde también incursionaba en ese momento?

Con la perspectiva que me da el tiempo y mi propia madurez, yo diría que unos pocos influyeron, pero no decisivamente. Creo que sobre todo sentí que había llegado el momento de regresar a mi patria, a ayudar a la naciente Revolución brindándole todo lo que había aprendido e incorporado a mi vida. Por primera vez me sentí completamente generoso, mi gran tarea sería, y creo que modestamente lo logré, darles a mi país, a mi gente, lo mejor de mí. Durante años había leído a José Martí y ahora podía echar mi suerte con los pobres de la Tierra, como él decía. No quiero ser juez de mí mismo, creo que en estos 49 años que llevo aquí he sido un leal servidor de mi patria. Y además he publicado 16 libros novelas, cuentos, teatro, ensayos y he dirigido más de 50 obras de teatro. Trabajé como guionista y director de documentales en el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), también en la televisión. He sido profesor de actuación, de dirección, de dramaturgia, conferenciante. Me he entregado generosamente, y casi siempre han sido generosos conmigo. Hoy no pido más. 

¿Luego de volver tuvo oportunidad de que su trabajo fuera reconocido? ¿Tuvo la ayuda de alguien en especial?

Sí, de varias personas en distintos momentos. Cuando llegué, en agosto de 1959, quise incorporarme al ICAIC, que estaba recién fundado. El escritor y crítico de cine Guillermo Cabrera Infante, a quien conocí superficialmente en Nueva York, me llevó a ver a Tomás Gutiérrez Alea, el generoso Titón, que después de hablar conmigo me recomendó a la dirección del ICAIC y fui contratado como guionista y director de documentales. Hice tres, y colaboré en el guión de Historias de la Revolución, el primer largometraje dirigido por Titón. Era un hombre muy talentoso, valiente, tenaz. Dejó una obra muy valiosa.

En 1961, en la redacción del semanario cultural Lunes de Revolución, conocí a Virgilio Piñera, que confió en mí como teatrista y me entregó una obra suya inédita, El filántropo. La dirigí enseguida y la estrené en la recién creada Sala Covarrubias del Teatro Nacional. No tuvo mucho público pero Virgilio confió en mí y me entregó esa joya del teatro cubano que se llama Aire frío, que tuvo un gran éxito, tanto que la llevé de nuevo a escena en 1967.

Después, puse en la televisión su obra Jesús; allí estuve dos años dirigiendo el programa Escenario Cuatro poniendo una obra distinta cada semana. En 1963 fui llamado por el actor y director mexicano Alfonso Arau hoy un famoso director de cine a fundar con él el Teatro Musical de La Habana. Allí estuve varios años. También fui escogido para trabajar como maestro de la asignatura Teatro en la Escuela de Instructores de Arte. Al mismo tiempo publiqué mis primeros libros de cuentos y dos novelas. No quiero olvidar al gran escritor cubano Enrique Labrador Ruiz que entonces supo guiarme sabiamente para que fuera un mejor escritor. En fin, estaba entregado, como se dice, en cuerpo y alma a lo que más me gustaba: el teatro, el cine y la literatura. 

Parecería que el mejor medio que existe para comunicarse es el arte de escribir, o liberándose de ciertas tendencias fuertes y catalizadas, en un escenario donde por un momento ya nada importa, sino lo que se entrega. ¿Por qué viene la Literatura de una fuerte tendencia a la incomunicación o a la mala comunicación? ¿Por qué a veces se nos pierde como si estuviésemos exponiendo un arma contra algo que no entendemos? ¿Es que acaso estamos atravesando por lo que llamaría Abelardo Castillo "una crisis universal del sentido o, simplemente, que el sentido de la Literatura es imaginarle un sentido al mundo y, por lo tanto, al escritor que la escribe"?

En realidad, esta no es una pregunta, sino toda una serie de planteamientos que hoy se debaten en el mundo de la literatura, de la filosofía, de la psicología… En fin, de todo lo que concierne al pensamiento y a las relaciones humanas en general. Por eso, voy simplemente a intentar sintetizar, más que exponer mi pensamiento al respecto. Estamos en un momento crucial donde los seres humanos hemos agotado casi todos los argumentos posibles para hacer armoniosas, viables y llevaderas las relaciones humanas. Pero los poderosos de este planeta se empeñan en resolver las diferencias existentes de la peor manera: por la guerra, con armas masivas de exterminio cada vez más terribles. Su egoísmo es tal que han convertido la palabra terrorismo en su gran divisa universal. Dicen que hay que combatir el terrorismo a nivel por el terror y el exterminio. Ante eso, parece que las palabras sobran. No hay que ir muy lejos para comprobarlo. Está en las pantallas de los televisores, en las páginas de los diarios, en los e-mails, en la Internet; en todos los medios de comunicación. Esto es pan sabido para todos. Uno se pregunta con frecuencia: ¿Puede la literatura, el cine, el teatro, la televisión, detener esta demencia de los poderosos? Casi siempre llego a la pesimista respuesta de que estamos condenados a coexistir malamente y, con frecuencia, a morir sin remedio en este mundo terrible, creado y mantenido por los más crueles y poderosos. Esto no es nuevo, pero hoy es más aterrador. Quizá tiene razón Abelardo Castillo cuando expone que hay una crisis universal del sentido. Pero a la vez pienso que es pedirle demasiado a la literatura que sea la que le ofrezca un sentido al mundo. Creo que la literatura no da para tanto. Yo digo: a cada cual lo suyo. Pero los seres humanos de pensamiento limpio y franca ejecutoria no podemos permanecer inertes ante tanta ignominia. Entonces recurrimos a la literatura.

Los negados, los desheredados, los hambrientos, los enfermos de todas las pandemias posibles, los sin pan ni agua, piden algo más que palabras. Para irnos a la realidad más inmediata me valgo de un ejemplo cercano; en la América hispana y portuguesa, en el Caribe anglófono y francófono, los olvidados durante siglos han recobrado la palabra, están empezando a ser dueños de sus destinos. Para ellos tenemos que crear la literatura del futuro. Entonces la palabra será nuestra suprema, útil y bella arma de combate. 

Hay libros suyos que lo enmarcan entre los escritores más leídos y otros que no. ¿Eso es una preocupación para usted?

No, en absoluto. Toda obra de creación tiene que soportar el juicio crítico de los demás. Hay libros míos muy exitosos y otros que no han tenido un franco éxito. Hay que aprender de los éxitos y los fracasos una lección muy provechosa: toda obra humana puede mejorarse. No vivo para el éxito fácil. Al contrario, me gusta renovarme, retarme a mí mismo. A veces acierto; otras fallo. Yo sé muy bien en lo que estoy. 

¿Qué nos puede decir de los guionistas que no temen llevar a través de la imagen, la realidad cubana?

Esos valientes, inteligentes y luchadores guionistas y directores que están renovando nuestro cine, y a veces la televisión, que no tienen miedo a decir a través de la imagen nuestra realidad, son no solo valientes, son buenos revolucionarios. Así es como progresa una sociedad. Ocultando, callando, manipulando la verdad no se avanza, al contrario. Y además se le dan armas al enemigo. Ese es el cine que me gustaría hacer, aunque ya es muy tarde. 

Escribió también Abelardo Castillo que "el único lugar donde un hombre que escribe se comunica es en sus libros y son sus personajes quienes hablan por él". De los suyos, ¿cuál prefiere?

Qué difícil pregunta. Son varios y con distintos matices. Pero para no evadir tu pregunta voy a mencionar un personaje de mi última novela, Occitania. Se llama Jaime Santiago. Es hijo de un suizo-norteamericano que viene a Cuba a hacer dinero y lo logra. Y una madre que acepta todo lo que su marido quiere. Pero él, y una hermana valiente, mayor que él, se le enfrentan al padre y terminan viviendo a su manera. En buena medida ese personaje soy yo. Como nunca, me he retratado en ese personaje. Durante dos años estuve escribiendo la novela, aprendí a dibujarlo, a crearlo, a definirlo. Ese hasta ahora es mi personaje preferido. 

Sabemos de una etapa muy dura, en la que usted sufrió por pensar más en su obra que en la política, aunque nunca dejó de estar al tanto de la realidad. Fueron tiempos difíciles y de una profunda incomprensión. Lo hemos visto apartado cuando han querido que hable sobre el tema. ¿Puede hacerlo ahora?

En aquel momento dije e hice lo que tenía que hacer. Enfrentarme a los que convirtieron el Consejo Nacional de Cultura en una cacería de brujas, por darle un nombre. Ese proceso ha sido modificado. Recientemente se destapó lo que había sido ocultado largo tiempo, no sé por qué. Fue una dura prueba y creo que hemos salido fortalecidos. Además, pienso en el enemigo que vigila aviesamente nuestra conducta y se aprovecha de nuestras fallas. No aconsejo que haya que callar ante todo lo mal hecho. Ese es un acto suicida y peligroso. Pero, lo sé por experiencia, la verdad se puede decir de varias maneras. Creo que eso está bien claro. 

Para usted, ¿qué es lo más importante en un escritor que toma en serio lo que hace? ¿Que se le adjudique un premio o simplemente saber uno mismo que lo que ha escrito vale como para sentirse premiado?

Un premio bien dado debe ser un reconocimiento a la obra realizada. Una premiación no es una actividad inútil y falsa si es justa y honesta. Pero los seres humanos no somos siempre justos ni apegados a la verdad. Entonces el premio se convierte en una realidad viciada que no corresponde a la verdad de la obra. Los premios no son absolutos ni omnipotentes, eso lo sabe cualquiera. Al final yo siempre digo: hay premios y hay premiados de todas clases. Creo que lo que perdurará de verdad es el total de la obra realizada. 

En el libro Encuentros reúne sus trabajos periodísticos sobre diferentes personalidades del cine y el teatro en los EE.UU. Ya sabemos de su modestia, pero ¿qué representa para usted ser un buen periodista? O sea, cuando digo un buen periodista, me refiero a la valentía de reflejar todo lo bueno y lo malo en el momento justo de un reportaje o simplemente una noticia que salve a alguien o a un pueblo de la mentira.

Trabajé muy activamente como periodista durante nueve años en Nueva York. Primero en El diario de Nueva York, el mejor en español que había entonces allí. Ya lo mencioné. No quiero idealizar esa experiencia. Era un diario que trataba modestamente de reflejar la vida de los hispanos. No era realmente valiente, pero algo de esa población hispana, bastante menospreciada antes y ahora, tenía por lo menos un diario que la representaba. Tuve una sección diaria que se llamaba "El fotógrafo preguntón". Cada día le hacía una misma pregunta a cinco personas distintas. Yo mismo tomaba la foto, la revelaba, imprimía y la llevaba al periódico con las respuestas. Al principio el Jefe de Redacción me daba las preguntas, después me las confió a mí. Un día pregunté algo así: "¿Se siente satisfecho como integrante de la comunidad hispana de Nueva York?" Todos dijeron que no y denunciaron cosas importantes. La columnita se publicó y el Jefe de Redacción me llamó y me dijo que no me metiera en líos. A veces me atrevía a buscarme líos, pero no mucho. En la revista Visión, una empresa muy yanqui, era peor. Esa revista siempre estuvo al servicio de los peores intereses de América Latina. Aquí no he hecho periodismo diario. Aunque todavía escribo artículos relacionados con la cultura. Nuestra prensa es moderada en cuanto a los asuntos internos. Ese es mi criterio. Debía ser más audaz. 

¿Tiene en estos momentos algún libro inédito o por publicar?

Tengo dos libros inéditos. El poemario La vida en tres tiempos, que acabo de entregar y publicará Ediciones Unión próximamente. Un libro muy llevado y traído por mí, pero que al fin creo que me representa de alguna manera. Ya dirán los lectores y los críticos. No tengo ningún temor. Y la novela Occitania, muy pensada durante mucho tiempo, que me llevó más de dos años escribir y es, en parte, la historia de mi familia paterna. Lo confieso sin rubor, me gusta mucho. La voy a entregar a Letras Cubanas pronto y quizá se publique en otros países. Es mi libro número 17. Yo mismo me asombro de mi gran esfuerzo durante 50 años que llevo escribiendo sin descanso. Pero al final me siento satisfecho. No he perdido el tiempo. 

Cuéntenos, ¿cómo es eso de que Humberto Arenal ha escrito un libro de poesía?

Ya lo mencioné antes. Ahora quizá los periodistas, los críticos, los maestros de literatura, etcétera, al enumerar mis profesiones tendrán que decir: también poeta. Ya lo dije, estoy preparado para todo. No tengo ningún temor porque lo escribí con amor, con fervorosa dedicación.

Humberto, alguien ha dicho por ahí que usted ha encontrado la fuente de la juventud. Pudiera decirme al oído dónde está. Será nuestro secreto.

Entre tú y yo, te digo que no es una fórmula secreta ni un milagro que me conserve bastante bien física y mentalmente. ¿Conoces la palabra “temperancia”? Pues mi diccionario la define así: “moderación en todo”. Y agrega: “templanza, tiento”. Eso lo practico hace años en el comer, el tomar, el hacer sanos ejercicios yoga, el dar todo el amor que puedo a quienes lo merecen. Practico la temperancia con prudencia. Digo como Antonio Machado: Soy un hombre bueno, bueno de verdad, pero nada más que humano. En eso creo. Ahí está el verdadero secreto.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
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