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He
tenido oportunidad durante años para
conocer de cerca a un hombre cuya vida
ha estado siempre acompañada del valor
humano, de la sensibilidad estoica ante
la realidad circundante, y de una fuerte
generación de intelectuales que le han
mostrado una sincera amistad y
consideración. Quiero en esta entrevista
sacar a flote sus pensamientos sobre una
realidad que nos enseña a seguir siendo
participantes de un reto, a continuar
por los caminos de la literatura que se
escribe en estos tiempos difíciles.
Quiero además, provocar que aflore esa
proyección filosófica que nos acompaña
mientras buscamos un porqué a este
andar.
¿Cuándo descubre que su verdadera
vocación es la literatura? ¿Quiénes
fueron sus primeros autores preferidos?
Yo no
diría descubrir, fue algo que lentamente
se fue manifestando, que lo fui
incorporando a mi vida. Lo he dicho
antes: no fui un niño prodigio. Era
tímido, callado, muy imaginativo, con
una intensa vida interior que pocos
apreciaban. Mi madre fue quizá la que lo
apreció mejor. Estudié la primaria en
una escuela pública del barrio de Santos
Suárez. En las clases me aburría un
poco, no me sentía estimulado, eso me
llevaba a no tener altas calificaciones,
a que no me consideraran entre los
mejores. Francamente, no me importaba
mucho. En cambio a mi padre sí. Él
quería que su hijo se destacara. Después
en la Escuela Superior (séptimo y octavo
grados) empecé a despertar lentamente.
Tuve una maestra de Literatura en octavo
grado que supo estimularme. Me pidió que
leyera a José Martí, del que sabía poco,
y me recomendó una novela fabulosa,
La
Vorágine,
de José Eustasio Rivera, un escritor
colombiano hoy plenamente reconocido,
también al venezolano Rómulo Gallegos, y
una sorpresa grande para mí, me dijo que
tenía que leer y valorar la novela
Cecilia Valdés, de Cirilo Villaverde.
Y algo extraordinario y contradictorio.
Mi padre era un técnico en
ferrocarriles, no tenía precisamente una
cultura literaria ni filosófica, le
gustaban las matemáticas. En eso era muy
consecuente. Y un día, cuando yo tenía
unos 18 años, me llamó muy solemne y me
dijo que tenía algo importante que
decirme. Fue a su mesa de trabajo y sacó
un libro de una gaveta. Y me lo entregó.
Me dijo que uno de sus maestros en la
escuela de Artes y Oficios donde había
estudiado cuatro años, le había regalado
ese libro.
Él
estaba seguro de que me iba a interesar
mucho. Eran Mis confesiones, de
Juan Jacobo Rousseau, del que yo sabía
muy poco. Lo leí de un tirón, sin
pausas, disfrutándolo al máximo,
descubriendo un mundo que me era
desconocido. Este libro maravilloso me
abrió un ancho camino. Lo he leído
muchas veces y siempre me ha brindado
algo. Después leí otros libros suyos
como El contrato social, El
Emilio, y otros más. Rousseau partió
de un origen, un sistema basado en un
principio único y fervoroso: "Todo es
bueno cuando sale de manos de la
naturaleza. El hombre que nació libre se
halla en todas partes esclavizado". Mi
padre sabía lo que me estaba entregando.
Este libro nos acercó mucho para
siempre.
No
voy a citar nombres y nombres que
pudieran resultar tediosos. A donde
quiero llegar es a lo siguiente: había
otra visión de la vida, más profunda y
compleja que la que yo vivía
diariamente. Ese fue un gran
descubrimiento que me preparó para
manifestaciones mayores. El mundo en que
me crié era bueno, era moralmente
impecable, me sentía querido y
respetado, pero muy limitado. Y empecé a
rebelarme.
Mi
padre quería que yo estudiara Ingeniería
y yo dije que quería estudiar Filosofía
y Letras. Eso se convirtió en un gran
conflicto. Al final me hizo estudiar a
la fuerza dos años en la Escuela
Profesional de Comercio. Ya tenía 20
años y logré que una hermana de mi madre
me consiguiera un modesto empleo en la
respetable Cuban Telephone Company.
También comencé a estudiar en serio el
idioma inglés con una excelente
profesora norteamericana, la querida
Lary. Ese fue el primer paso que luego
me permitió ser independiente, dueño de
mi destino. También empecé a leer a
escritores que hasta entonces desconocía
como los rusos Antón Chéjov y Máximo
Gorki, en inglés a los norteamericanos
Ernest Hemingway y Walt Whitman; a los
españoles Pío Baroja y Antonio Machado.
En fin, todo un universo fabuloso que me
hizo entender y ampliar el mundo en que
vivía.
Y a
la vez comencé a soñar que quería ser
director de cine pues vi una película
que revolucionó mi estética, El
ciudadano Kane, de Orson Welles.
También empecé a interesarme por el
teatro, que entonces era poco y en
general mediocre, y pocas veces bueno y
estimulante. Todo esto, que ahora cuento
de pasada, me llevó a la conclusión que
tenía que irme de Cuba. Escogí los EE.UU.
porque estaba a 90 millas, porque sabía
bastante inglés. Fui a una escuela y me
gané una beca que me permitía irme solo
a Nueva York por lo menos un año. Y me
casé con una excelente mujer, pero que
no estaba dispuesta a seguirme en la
aventura. Nada me detuvo. Fue un paso
trascendental que cambió mi visión del
mundo y de mí mismo.
Nueva
York resultó una ciudad fabulosa, pero
dura, difícil, contradictoria. Estaba
solo, con 23 años, tratando de
perfeccionar el idioma, de ganarme la
vida como vendedor, fotógrafo,
traductor, lo que se presentara. Pero
nutriéndome de sus numerosos y
extraordinarios museos; viendo buen
teatro, las mejores películas, leyendo
mucho. Fue un proceso lento, difícil,
pero sabía todo el tiempo que estaba
enriqueciendo mi vida. Comencé a
escribir cuentos en español y en inglés
que logré vender a veces. Tomé un curso
de Periodismo que me permitió empezar a
trabajar en un diario en español llamado
El diario de Nueva York, que me
hizo conocer los conflictos y bondades
de la numerosa colonia de habla española
de Nueva York. Fue algo muy bueno, pues
me reconcilió con mi mundo
―el
del Caribe, el de Centro y Sudamérica. Y
me permitió empezar a darme cuenta de
que irremediablemente yo formaba parte
de ese conglomerado tan diverso y con
tantas cosas comunes. Entonces se
definió también mi vocación más
profunda: tenía que expresarme
escribiendo sobre aspectos que
reflejaran mi verdadera identidad. Por
razones puramente económicas, en 1955
fui a trabajar como periodista a la
revista Visión, editada en
español; una empresa que aspiraba y
lograba difundir las ideas más
reaccionarias de los intereses de EE.UU.
en América Latina. Simplemente me
pagaban bien por un trabajo que no
respetaba. También comencé a estudiar
teatro (dirección, dramaturgia,
actuación, voz y dicción) en cursos
nocturnos para trabajadores en la
Universidad de Nueva York y, después,
con un panameño llamado José Quintero,
que era entonces una figura importante
de los pequeños teatros llamados off-Broadway.
Con él aprendí de verdad lo que era
dirigir teatro. Y eso me permitió unirme
a un grupo de teatro en español
denominado el Nuevo Círculo Dramático,
donde dirigí dos obras, y después fui
invitado en otro grupo a dirigir dos
obras en inglés. Tomé un excelente curso
de cine documental en el City College,
pues aspiraba dedicarme al teatro y al
cine. Sería agotador relatar todo lo que
viví y logré entre 1954 y 1958. Algo
importante: en 1957 me uní a la filial
del Movimiento 26 de Julio en Nueva York
donde dirigí una obra, Las armas son
de hierro, de Pablo Armando
Fernández. Estos fueron años muy
valientes y definitorios para mi vida.
Nació mi hija Patricia, tuve amores,
viví con una gran intensidad. Publiqué
mi primera novela, El sol a plomo,
que fue traducida al inglés, al
italiano, al ruso, y que después se
vendió ampliamente por América Latina,
aunque hoy sé que no era verdaderamente
buena. Diría que estaba triunfando, pero
no era enteramente feliz. Y el 1ro. de
enero de 1959 se produce el triunfo
definitivo de la Revolución Cubana. A
partir de ahí todo cambió en mi vida.
¿Qué influyó en usted para tomar la
decisión de volver a su país, luego de
vivir en una nación donde había logrado
posibilidades para publicar, un buen
trabajo, y seguir dirigiendo obras de
teatro en el movimiento off-Broadway de
Nueva York, o en el cine, donde también
incursionaba en ese momento?
Con
la perspectiva que me da el tiempo y mi
propia madurez, yo diría que unos pocos
influyeron, pero no decisivamente. Creo
que sobre todo sentí que había llegado
el momento de regresar a mi patria, a
ayudar a la naciente Revolución
brindándole todo lo que había aprendido
e incorporado a mi vida. Por primera vez
me sentí completamente generoso, mi gran
tarea sería, y creo que modestamente lo
logré, darles a mi país, a mi gente, lo
mejor de mí. Durante años había leído a
José Martí y ahora podía echar mi suerte
con los pobres de la Tierra, como él
decía. No quiero ser juez de mí mismo,
creo que en estos 49 años que llevo aquí
he sido un leal servidor de mi patria. Y
además he publicado 16 libros
―novelas,
cuentos, teatro, ensayos―
y he dirigido más de 50 obras de teatro.
Trabajé como guionista y director de
documentales en el Instituto Cubano de
Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC),
también en la televisión. He sido
profesor de actuación, de dirección, de
dramaturgia, conferenciante. Me he
entregado generosamente, y casi siempre
han sido generosos conmigo. Hoy no pido
más.
¿Luego de volver tuvo oportunidad de que
su trabajo fuera reconocido? ¿Tuvo la
ayuda de alguien en especial?
Sí,
de varias personas en distintos
momentos. Cuando llegué, en agosto de
1959, quise incorporarme al ICAIC, que
estaba recién fundado. El escritor y
crítico de cine Guillermo Cabrera
Infante, a quien conocí superficialmente
en Nueva York, me llevó a ver a Tomás
Gutiérrez Alea, el generoso Titón, que
después de hablar conmigo me recomendó a
la dirección del ICAIC y fui contratado
como guionista y director de
documentales. Hice tres, y colaboré en
el guión de Historias de
la
Revolución,
el primer largometraje dirigido por
Titón. Era un hombre muy talentoso,
valiente, tenaz. Dejó una obra muy
valiosa.
En
1961, en la redacción del semanario
cultural Lunes de Revolución,
conocí a Virgilio Piñera, que confió en
mí como teatrista y me entregó una obra
suya inédita, El filántropo. La
dirigí enseguida y la estrené en la
recién creada Sala Covarrubias del
Teatro Nacional. No tuvo mucho público
pero Virgilio confió en mí y me entregó
esa joya del teatro cubano que se llama
Aire frío, que tuvo un gran
éxito, tanto que la llevé de nuevo a
escena en 1967.
Después, puse en la televisión su obra
Jesús; allí estuve dos años
dirigiendo el programa Escenario Cuatro
poniendo una obra distinta cada semana.
En 1963 fui llamado por el actor y
director mexicano Alfonso Arau
―hoy
un famoso director de cine―
a fundar con él el Teatro Musical de La
Habana. Allí estuve varios años. También
fui escogido para trabajar como maestro
de la asignatura Teatro en la Escuela de
Instructores de Arte. Al mismo tiempo
publiqué mis primeros libros de cuentos
y dos novelas. No quiero olvidar al gran
escritor cubano Enrique Labrador Ruiz
que entonces supo guiarme sabiamente
para que fuera un mejor escritor. En
fin, estaba entregado, como se dice, en
cuerpo y alma a lo que más me gustaba:
el teatro, el cine y la literatura.
Parecería que el mejor medio que existe
para comunicarse es el arte de escribir,
o liberándose de ciertas tendencias
fuertes y catalizadas, en un escenario
donde por un momento ya nada importa,
sino lo que se entrega. ¿Por qué viene
la Literatura de una fuerte tendencia a
la incomunicación o a la mala
comunicación? ¿Por qué a veces se nos
pierde como si estuviésemos exponiendo
un arma contra algo que no entendemos?
¿Es que acaso estamos atravesando por lo
que llamaría Abelardo Castillo "una
crisis universal del sentido o,
simplemente, que el sentido de la
Literatura es imaginarle un sentido al
mundo y, por lo tanto, al escritor que
la escribe"?
En
realidad, esta no es una pregunta, sino
toda una serie de planteamientos que hoy
se debaten en el mundo de la literatura,
de la filosofía, de la psicología… En
fin, de todo lo que concierne al
pensamiento y a las relaciones humanas
en general. Por eso, voy simplemente a
intentar sintetizar, más que exponer mi
pensamiento al respecto. Estamos en un
momento crucial donde los seres humanos
hemos agotado casi todos los argumentos
posibles para hacer armoniosas, viables
y llevaderas las relaciones humanas.
Pero los poderosos de este planeta se
empeñan en resolver las diferencias
existentes de la peor manera: por la
guerra, con armas masivas de exterminio
cada vez más terribles. Su egoísmo es
tal que han convertido la palabra
terrorismo en su gran divisa universal.
Dicen que hay que combatir el terrorismo
a nivel por el terror y el exterminio.
Ante eso, parece que las palabras
sobran. No hay que ir muy lejos para
comprobarlo. Está en las pantallas de
los televisores, en las páginas de los
diarios, en los e-mails, en la Internet;
en todos los medios de comunicación.
Esto es pan sabido para todos. Uno se
pregunta con frecuencia: ¿Puede la
literatura, el cine, el teatro, la
televisión, detener esta demencia de los
poderosos? Casi siempre llego a la
pesimista respuesta de que estamos
condenados a coexistir malamente y, con
frecuencia, a morir sin remedio en este
mundo terrible, creado y mantenido por
los más crueles y poderosos. Esto no es
nuevo, pero hoy es más aterrador. Quizá
tiene razón Abelardo Castillo cuando
expone que hay una crisis universal del
sentido. Pero a la vez pienso que es
pedirle demasiado a la literatura que
sea la que le ofrezca un sentido al
mundo. Creo que la literatura no da para
tanto. Yo digo: a cada cual lo suyo.
Pero los seres humanos de pensamiento
limpio y franca ejecutoria no podemos
permanecer inertes ante tanta ignominia.
Entonces recurrimos a la literatura.
Los
negados, los desheredados, los
hambrientos, los enfermos de todas las
pandemias posibles, los sin pan ni agua,
piden algo más que palabras. Para irnos
a la realidad más inmediata me valgo de
un ejemplo cercano; en la América
hispana y portuguesa, en el Caribe
anglófono y francófono, los olvidados
durante siglos han recobrado la palabra,
están empezando a ser dueños de sus
destinos. Para ellos tenemos que crear
la literatura del futuro. Entonces la
palabra será nuestra suprema, útil y
bella arma de combate.
Hay libros suyos que lo enmarcan entre
los escritores más leídos y otros que
no. ¿Eso es una preocupación para usted?
No,
en absoluto. Toda obra de creación tiene
que soportar el juicio crítico de los
demás. Hay libros míos muy exitosos y
otros que no han tenido un franco éxito.
Hay que aprender de los éxitos y los
fracasos una lección muy provechosa:
toda obra humana puede mejorarse. No
vivo para el éxito fácil. Al contrario,
me gusta renovarme, retarme a mí mismo.
A veces acierto; otras fallo. Yo sé muy
bien en lo que estoy.
¿Qué nos puede decir de los guionistas
que no temen llevar a través de la
imagen, la realidad cubana?
Esos
valientes, inteligentes y luchadores
guionistas y directores que están
renovando nuestro cine, y a veces la
televisión, que no tienen miedo a decir
a través de la imagen nuestra realidad,
son no solo valientes, son buenos
revolucionarios. Así es como progresa
una sociedad. Ocultando, callando,
manipulando la verdad no se avanza, al
contrario. Y además se le dan armas al
enemigo. Ese es el cine que me gustaría
hacer, aunque ya es muy tarde.
Escribió también Abelardo Castillo que
"el único lugar donde un hombre que
escribe se comunica es en sus libros y
son sus personajes quienes hablan por
él". De los suyos, ¿cuál prefiere?
Qué
difícil pregunta. Son varios y con
distintos matices. Pero para no evadir
tu pregunta voy a mencionar un personaje
de mi última novela, Occitania.
Se llama Jaime Santiago. Es hijo de un
suizo-norteamericano que viene a Cuba a
hacer dinero y lo logra. Y una madre que
acepta todo lo que su marido quiere.
Pero él, y una hermana valiente, mayor
que él, se le enfrentan al padre y
terminan viviendo a su manera. En buena
medida ese personaje soy yo. Como nunca,
me he retratado en ese personaje.
Durante dos años estuve escribiendo la
novela, aprendí a dibujarlo, a crearlo,
a definirlo. Ese hasta ahora es mi
personaje preferido.
Sabemos de una etapa muy dura, en la que
usted sufrió por pensar más en su obra
que en la política, aunque nunca dejó de
estar al tanto de la realidad. Fueron
tiempos difíciles y de una profunda
incomprensión. Lo hemos visto apartado
cuando han querido que hable sobre el
tema. ¿Puede hacerlo ahora?
En
aquel momento dije e hice lo que tenía
que hacer. Enfrentarme a los que
convirtieron el Consejo Nacional de
Cultura en una cacería de brujas, por
darle un nombre. Ese proceso ha sido
modificado. Recientemente se destapó lo
que había sido ocultado largo tiempo, no
sé por qué. Fue una dura prueba y creo
que hemos salido fortalecidos. Además,
pienso en el enemigo que vigila
aviesamente nuestra conducta y se
aprovecha de nuestras fallas. No
aconsejo que haya que callar ante todo
lo mal hecho. Ese es un acto suicida y
peligroso. Pero, lo sé por experiencia,
la verdad se puede decir de varias
maneras. Creo que eso está bien claro.
Para usted, ¿qué es lo más importante en
un escritor que toma en serio lo que
hace? ¿Que se le adjudique un premio o
simplemente saber uno mismo que lo que
ha escrito vale como para sentirse
premiado?
Un
premio bien dado debe ser un
reconocimiento a la obra realizada. Una
premiación no es una actividad inútil y
falsa si es justa y honesta. Pero los
seres humanos no somos siempre justos ni
apegados a la verdad. Entonces el premio
se convierte en una realidad viciada que
no corresponde a la verdad de la obra.
Los premios no son absolutos ni
omnipotentes, eso lo sabe cualquiera. Al
final yo siempre digo: hay premios y hay
premiados de todas clases. Creo que lo
que perdurará de verdad es el total de
la obra realizada.
En
el libro Encuentros reúne sus
trabajos periodísticos sobre diferentes
personalidades del cine y el teatro en
los EE.UU. Ya sabemos de su modestia,
pero ¿qué representa para usted ser un
buen periodista? O sea, cuando digo un
buen periodista, me refiero a la
valentía de reflejar todo lo bueno y lo
malo en el momento justo de un reportaje
o simplemente una noticia que salve a
alguien o a un pueblo de la mentira.
Trabajé muy activamente como periodista
durante nueve años en Nueva York.
Primero en El diario de Nueva York,
el mejor en español que había entonces
allí. Ya lo mencioné. No quiero
idealizar esa experiencia. Era un diario
que trataba modestamente de reflejar la
vida de los hispanos. No era realmente
valiente, pero algo de esa población
hispana, bastante menospreciada antes y
ahora, tenía por lo menos un diario que
la representaba. Tuve una sección diaria
que se llamaba "El fotógrafo preguntón".
Cada día le hacía una misma pregunta a
cinco personas distintas. Yo mismo
tomaba la foto, la revelaba, imprimía y
la llevaba al periódico con las
respuestas. Al principio el Jefe de
Redacción me daba las preguntas, después
me las confió a mí. Un día pregunté algo
así: "¿Se siente satisfecho como
integrante de la comunidad hispana de
Nueva York?" Todos dijeron que no y
denunciaron cosas importantes. La
columnita se publicó y el Jefe de
Redacción me llamó y me dijo que no me
metiera en líos. A veces me atrevía a
buscarme líos, pero no mucho. En la
revista Visión, una empresa muy
yanqui, era peor. Esa revista siempre
estuvo al servicio de los peores
intereses de América Latina. Aquí no he
hecho periodismo diario. Aunque todavía
escribo artículos relacionados con la
cultura. Nuestra prensa es moderada en
cuanto a los asuntos internos. Ese es mi
criterio. Debía ser más audaz.
¿Tiene en estos momentos algún libro
inédito o por publicar?
Tengo
dos libros inéditos. El poemario La
vida en tres tiempos, que acabo de
entregar y publicará Ediciones Unión
próximamente. Un libro muy llevado y
traído por mí, pero que al fin creo que
me representa de alguna manera. Ya dirán
los lectores y los críticos. No tengo
ningún temor. Y la novela Occitania,
muy pensada durante mucho tiempo, que me
llevó más de dos años escribir y es, en
parte, la historia de mi familia
paterna. Lo confieso sin rubor, me gusta
mucho. La voy a entregar a Letras
Cubanas pronto y quizá se publique en
otros países. Es mi libro número 17. Yo
mismo me asombro de mi gran esfuerzo
durante 50 años que llevo escribiendo
sin descanso. Pero al final me siento
satisfecho. No he perdido el tiempo.
Cuéntenos, ¿cómo es eso de que Humberto
Arenal ha escrito un libro de poesía?
Ya lo
mencioné antes. Ahora quizá los
periodistas, los críticos, los maestros
de literatura, etcétera, al enumerar mis
profesiones tendrán que decir: también
poeta. Ya lo dije, estoy preparado para
todo. No tengo ningún temor porque lo
escribí con amor, con fervorosa
dedicación.
Humberto, alguien ha dicho por ahí que
usted ha encontrado la fuente de la
juventud. Pudiera decirme al oído dónde
está. Será nuestro secreto.
Entre
tú y yo, te digo que no es una fórmula
secreta ni un milagro que me conserve
bastante bien física y mentalmente.
¿Conoces la palabra “temperancia”? Pues
mi diccionario la define así:
“moderación en todo”. Y agrega:
“templanza, tiento”. Eso lo practico
hace años en el comer, el tomar, el
hacer sanos ejercicios yoga, el dar todo
el amor que puedo a quienes lo merecen.
Practico la temperancia con prudencia.
Digo como Antonio Machado: Soy un hombre
bueno, bueno de verdad, pero nada más
que humano. En eso creo. Ahí está el
verdadero secreto. |