Mi madre, que siempre consideré era una
mujer inteligente y de sabias opiniones,
cada vez que alguien cercano a ella se
sentía tentado a hablar favorablemente
de sí mismo, o algo peor, a alabarse
excesivamente de algo propio, le
recordaba que el primer signo de
cultura, es hablar poco de sí. Ahora
estoy muy de acuerdo con ella. Pero a
pesar de esa advertencia inevitablemente
hoy tengo que hablar de mí. Y no lo
siento como una pesada carga, al
contrario, me parece que me estoy
librando de un lastre que he venido
arrastrando por algún tiempo: las
sucesivas nominaciones que en los
últimos cuatro o cinco años tuve al
Premio Nacional de Literatura y el hecho
fallido que al final no me lo
confirieran. Aunque no lo considerara
imprescindible, tengo que confesar que
sentía una cierta frustración. Pero en
definitiva para mí, ahora y siempre, lo
importante ha sido escribir, siguiendo
mi propia vocación, textos que influyan
positivamente en la vida de los que me
lean. Eso es algo muy importante para un
creador. Soy de los que piensan que de
alguna manera la literatura –a veces no
estoy muy seguro cómo- puede contribuir
a hacer más lúcido, transparente y
llevadero este confuso mundo en que
vivimos. De esto se pudiera decir mucho
pero no viene al caso. No estamos en el
momento y lugar oportuno. No es de eso
que quiero hablar ahora. Algo especial
ha sucedido en mi vida. Ustedes ya lo
saben. En la segunda quincena de
diciembre del recién terminado año 2007
se reunieron en privado siete
respetables colegas escritores y
opinaron democráticamente, que yo
merecía el Premio Nacional de
Literatura. Si me atreviera a decir que
este hecho consumado carece de
importancia para mí, seria totalmente
incierto. Y algo peor, parecería que le
estaba restando importancia al propio
premio. Que no es mi intención en
absoluto. La verdad es que de alguna
manera lo ansiaba, y me atrevo a afirmar
aquí sin rubor, que pensaba lo merecía.
Y les ruego me perdonen la inmodestia.
|
 |
En una entrevista reciente, me
preguntó un periodista: ¿qué siente
después de ser nominado varias veces al
Premio Nacional de Literatura y
obtenerlo finalmente? Y no me costó
mucho trabajo responderle que por
supuesto sentía un gran placer. Y
agregué que a la vez pensaba que éste,
como todo premio, es, entre otras
sutilezas, un reconocimiento público a
la obra total de un creador, y que por
lo tanto siempre está expuesto a las
opiniones y juicios de los demás. Aquí
quiero agregar que desde el comienzo y
hasta ahora he recibido un aluvión de
felicitaciones que he agradecido muy
sinceramente. Pienso que algo
significativo representa ese generoso
gesto. A la vez, me atrevo a afirmar que
me lo he ganado como se dice, en buena
lid. El por qué y el cómo no importan
mucho. Pero no voy a estropear este
memorable momento entrando en
discrepancias ni conjeturas inútiles. El
hecho innegable es que hoy me ha sido
entregado este preciado galardón.
Considero importante decir que una
distinción como ésta hay que
dignificarla con la vida y la obra de
uno. Y esa siempre es una gran
responsabilidad. Aunque quiero añadir
que en sí mismo el gran ganador es este
hecho hermoso y fructífero: la 17 Feria
Internacional del Libro, Cuba 2008.
Voy a terminar, pero antes quiero
decirles a los siete compañeros del
jurado que me han proporcionado esta
alegría, que quiero agradecerles el
lauro que me han otorgado. Y a todos
ustedes que han tenido la gentileza de
acompañarme en este día único, muchas
gracias por su presencia. ¿Qué más puedo
decir? Que estoy agradecido por el
honor.
La Habana, 14 de febrero de 2008. |