Año VI
La Habana

13-24 de FEBRERO
de 2008

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Humberto Arenal • La Habana
Fotos:
coterráneo Kaloian (La Jiribilla)

 
Mi madre, que siempre consideré era una mujer inteligente y de sabias opiniones, cada vez que alguien cercano a ella se sentía tentado a hablar favorablemente de sí mismo, o algo peor, a alabarse excesivamente de algo propio, le recordaba que el primer signo de cultura, es hablar poco de sí. Ahora estoy muy de acuerdo con ella. Pero a pesar de esa advertencia inevitablemente hoy tengo que hablar de mí. Y no lo siento como una pesada carga, al contrario, me parece que me estoy librando de un lastre que he venido arrastrando por algún tiempo: las sucesivas nominaciones que en los últimos cuatro o cinco años tuve al Premio Nacional de Literatura y el hecho fallido que al final no me lo confirieran. Aunque no lo considerara imprescindible, tengo que confesar que sentía una cierta frustración. Pero en definitiva para mí, ahora y siempre, lo importante ha sido escribir, siguiendo mi propia vocación, textos que influyan positivamente en la vida de los que me lean. Eso es algo muy importante para un creador. Soy de los que piensan que de alguna manera la literatura –a veces no estoy muy seguro cómo- puede contribuir a hacer más lúcido, transparente y llevadero este confuso mundo en que vivimos. De esto se pudiera decir mucho pero no viene al caso. No estamos en el momento y lugar oportuno. No es de eso que quiero hablar ahora. Algo especial ha sucedido en mi vida. Ustedes ya lo saben. En la segunda quincena de diciembre del recién terminado año 2007 se reunieron en privado siete respetables colegas escritores y opinaron democráticamente, que yo merecía el Premio Nacional de Literatura. Si me atreviera a decir que este hecho consumado carece de importancia para mí, seria totalmente incierto. Y algo peor, parecería que le estaba restando importancia al propio premio. Que no es mi intención en absoluto. La verdad es que de alguna manera lo ansiaba, y me atrevo a afirmar aquí sin rubor, que pensaba lo merecía. Y les ruego me perdonen la inmodestia.
 

En una entrevista reciente, me preguntó un periodista: ¿qué siente después de ser nominado varias veces al Premio Nacional de Literatura y obtenerlo finalmente? Y no me costó mucho trabajo responderle que por supuesto sentía un gran placer. Y agregué que a la vez pensaba que éste, como todo premio, es, entre otras sutilezas, un reconocimiento público a la obra total de un creador, y que por lo tanto siempre está expuesto a las opiniones y juicios de los demás. Aquí quiero agregar que desde el comienzo y hasta ahora he recibido un aluvión de felicitaciones que he agradecido muy sinceramente. Pienso que algo significativo representa ese generoso gesto. A la vez, me atrevo a afirmar que me lo he ganado como se dice, en buena lid. El por qué y el cómo no importan mucho. Pero no voy a estropear este memorable momento entrando en discrepancias ni conjeturas inútiles. El hecho innegable es que hoy me ha sido entregado este preciado galardón. Considero importante decir que una distinción como ésta hay que dignificarla con la vida y la obra de uno. Y esa siempre es una gran responsabilidad. Aunque quiero añadir que en sí mismo el gran ganador es este hecho hermoso y fructífero: la 17 Feria Internacional del Libro, Cuba 2008.

Voy a terminar, pero antes quiero decirles a los siete compañeros del jurado que me han proporcionado esta alegría, que quiero agradecerles el lauro que me han otorgado. Y a todos ustedes que han tenido la gentileza de acompañarme en este día único, muchas gracias por su presencia. ¿Qué más puedo decir? Que estoy agradecido por el honor.

La Habana, 14 de febrero de 2008.

 

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La Habana, Cuba. 2008.
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