Por supuesto deseo expresar mi
agradecimiento a los compañeros que este
año integraron el jurado del Premio
Nacional de Literatura, del que formé
parte, por delegar en mi esta función
que ahora cumplo a nombre de todos y con
la satisfacción de hablar de una
persona, tal vez personaje, que conocí
en la dorada juventud, cuando nuestra
generación participaba del privilegio
irrepetible que fue el año 59.
En ese año, Humberto Arenal regresó del
extranjero para asumir la plena
pertenencia a su país, en el cual se
estaba consolidando un sueño. Un sueño
peligroso que históricamente había
desafiado y aún desafiaría todos los
riesgos, desde el garrote vil hasta la
bomba atómica.
Desde entonces, ha desarrollado una
vocación de amplias facetas creativas
que incluye periodismo, narrativa,
ensayo, teatro y cine, así como el
ejercicio del profesorado en materia
artística. Todo con tan genuina entrega
que puede decirse que en Arenal, vida y
obra son indisolubles en su afán y en su
trascendencia.
Para intentar un bosquejo de ambas, vida
y obra, señalemos que en el principio
fue el verbo narrativo. Unos cuentecitos
tímidos que no tenía con quién discutir
o confrontar pero que le indicaron que
su camino era ese, llevar a la escritura
su abundante fabulación de niño
imaginativo, que como todos los niños
imaginativos era tildado de mentiroso.
Pero si al terminar el bachillerato, su
camino apuntaba hacia Filosofía y
Letras, apuntaba mal. Porque el padre no
estaba dispuesto a malgastar sus
modestos recursos en una carrera
improductiva. Y su proposición
ineludible era la Ingeniería. Como él se
negara, pagó su rebeldía con un año de
estudios en la Escuela de Comercio.
El asunto tomó para él ribetes de
tragedia pero como los personajes de la
trama se movían en el escenario
tradicional de la familia cubana de
fuerte cohesión afectiva, el
enfrentamiento generacional se resolvió
sin dagas ni venenos. El padre lo libera
del estudio de la horrenda contabilidad
y le permite que busque su propio
camino, para lo cual debe comenzar por
buscar un empleo. Obtenido un emergente
modus vivendi como mensajero, el artista
adolescente no se libera de otras
obligaciones, a veces inesperadas, como
la de acompañar a su hermana a las
funciones del Teatro Universitario,
cuando a ella le da por ser actriz.
Lejos de aburrirse, como esperaba,
encuentra que ante él se abre otra
puerta, le parece estar presenciando
magia vinculada a la palabra, como en el
cine que tanto disfruta en las matinés
del domingo pero con el latido de la
inmediatez. Y suma una nueva vocación a
sus inquietudes.
Es por esta época de nebulosa inicial,
que decide perfeccionar el inglés, como
paso previo al estudio en Estados Unidos
de teatro y cine, materias cuya
enseñanza no está institucionalizada en
Cuba. Se aplica tanto que gana una beca
de un año para redondear sus
conocimientos del idioma, en Nueva York.
Y aunque su propósito principal es ser
escritor, cuando en 1948 sale de Cuba,
el joven Arenal solo lleva en su aval
la lectura de unos pocos cuentistas
cubanos –Montenegro, Lino, Labrador-- y
las “Confesiones” de Juan Jacobo
Russeau, un libro, editado en el siglo
XIX, que le regaló su padre y que aún
conserva, como palimpsesto de
lecturas, o blanca hoja de la memoria
filial.
Terminada la beca de Nueva York y roto
el esquema de lavar platos gracias al
conocimiento del idioma, se auxilia con
trabajos de traductor, toma cursos de
periodismo, teatro y cine. Sus
inquietudes literarias se remiten al
ámbito cultural en que se instala y
encuentra que puede abordar a los
grandes de la literatura inglesa en su
propio idioma. Así se enfrenta a
Shakespeare, a Whitman, a Hemingway. Y
se lanza a la oscura selva de la poética
de Faulkner.
Tras tomar un curso de periodismo,
abandona las traducciones y entra como
redactor al “Diario de Nueva York “, que
ya le ha publicado algunos cuentos. Y de
ahí pasa a la revista “Visión”, donde
trabaja hasta que rompe otro esquema:
elogia la figura de Fidel Castro en
su azarosa visita a la ONU en 1959 y es
despedido. Poco después, llega a la
ciudad el argentino Jorge Ricargo
Masetti, primer director de “Prensa
Latina”, quien le propone que funde la
oficina de la agencia en Nueva York y
sea su corresponsal-jefe. Cumplió el
encargo, pero no se quedó allí, porque
había sonado una clarinada más alta que
los rascacielos, más profunda que sus
deseos de ser teatrista, cineasta o
escritor.
Dejemos que lo diga él mismo, en una de
sus excelentes crónicas aparecidas a
partir del 2000 en la Gaceta de Cuba y
recopiladas en el libro “Encuentros”:,
“Como nos pasó a muchos, la Revolución
nos hizo no sólo volver a vivir en
Cuba, sino redescubrir en su sentido más
sutil y profundo los términos origen,
país, nación, pueblo, nacionalidad,
patria, tierra”.
No obstante, cuando
recuerda a Nueva York, lo hace con
benevolencia, con la gratitud del hombre
que allí vio realizarse sus primeros
sueños, entre ellos dirigir, en teatros
independientes de Broadway obras como
“La soprano calva”, de Ionesco y “La
voz humana” de Cocteau, así como una
pieza de Pablo Armando Fernández,
destinada a recaudar fondos para el
Movimiento 26 de julio y otra del
puertorriqueño René Marqués,
posteriormente ganador de un premio
“Casa”.
Esa lealtad de la
memoria se refleja en una crónica que le
dedica a Virgilio Piñera y que comienza
aludiendo a “aquellas prolongadas
tardes de Nueva York, que ahora algunos
recordamos con cierta nostalgia”. A
continuación aborda al personaje en un
ejercicio de sencilla maestría
valorativa, de justo tributo.
Resalto estos aspectos, porque uno de
los rasgos que individualizan a Humberto
Arenal es mostrarse consecuente con algo
devenido, entre nosotros, tan
problemático como el pasado, la pequeña
historia individual, los viejos afectos,
ya que nuestra generación fue la que con
mayor intensidad sufrió el corte
maniqueo que le colgó a todo “lo de
antes”, el rótulo de “oprobioso”.
Por esta razón, me parece que hay una
honradez a toda prueba en la actitud
vital de Humberto Arenal, que por lógica
gravitación se proyecta a su extensa y
variada obra.
A partir de agosto de
1959, en que regresa a Cuba, Arenal
trabaja en el ICAIC como coguionista de
Gutiérrez Alea en “Historias de la
Revolución”, dirige documentales, se
desempeña como director y guionista en
la televisión e inicia el profesorado al
fundarse la Escuela Nacional de
Instructores de Arte. Viaja, invitado a
dar conferencias en prestigiosas
instituciones de Estados Unidos y
Europa.
En teatro ha dirigido más de cincuenta
obras de todos los géneros: drama,
comedia, farsa, comedias musicales,
óperas y zarzuelas, entre cuyos autores
figuran los cubanos Carlos Felipe, José
Lorenzo Luaces y Virgilio Piñera, así
como Bretch, Arthur Miller, Tennesee
Williams, Benavente, Sartre, Camius,
Ionesco.
Hasta el momento es autor de cinco
obras teatrales, recogidas en tres
libros, todas las cuales se ubican en
tiempo y espacio de la Cuba actual. En
ellas, Arenal nos ofrece una factura de
maestro y ese don especial de
conmovernos con las pequeñas historias y
hacernos compartir los giros dramáticos
sin sobresaltos, sabiendo que sus
personajes, esos “amigos” que hemos
hecho a través de él, están en buenas
manos. Queden como ejemplo el
inolvidable encuentro de dos mujeres al
parecer antagónicas en “Lila y Lala se
confiesan” y los recuerdos del Benny que
nos narra en un monólogo, Pepe el
mecánico, que aunque está muy
emocionado, es un broder duro de verdad.
Parece justo echar una mirada a la prosa
de Humberto Arenal, retomando su feliz
incursión en el periodismo, que cultiva
dominando los grandes retos del género:
fluidez, capacidad de comunicación,
encuentro con el lector promedio en
zonas que le son familiares y, allá, en
el fondo, de manera que sustente el
entramado y no lo deforme, como pilar,
no como arabesco, su erudición. Una
erudición que en Arenal fluye con la
misma sencillez de su conversación,
delicada, sonriente, la forma “otra” de
conversar de los cubanos, que también
existe.
Así, sus apuntes sobre el fotógrafo
Osvaldo Salas, ese querido
contemporáneo, nos ofrecen además de sus
impresiones sobre él, un pequeño ensayo
sobre la rumba, que, lejos de
desarticularse del corpus, lo integra,
lo colorea, y para estar a tono con los
rumberos que Salas retrata, sustituye
los tecnicismos por toques de
plasticidad, sabrosura y picardía.
En su excelente libro de crónicas, se
recogen además de sus recuerdos
personales de artistas y escritores
cubanos, entre ellos Amadeo Roldán, Bola
de Nieve y Carvet Casey, encuentros
fortuitos o de trabajo, ocurridos en
Nueva York con famosos del cine,
--Cantinflas, Shirley MacLaine,
Hitchcock, Búster Keaton, Audry Herburg,
Paul Newman, Orson Welles quien le dijo
ante su dificultad para abordarlo que
“en toda timidez subyace un espíritu
orgulloso”. En otra ocasión coincidió
varias veces en la misma calle con una
sueca llamada Greta Garbo, y aunque la
anécdota, oída de viva voz es muy buena,
él no la incluyó en el libro porque no
le vio mucho interés.
Respecto a su narrativa, en la cual ya
tiene publicadas seis novelas y cinco
volúmenes de cuentos, muy bien logrados
en estructura y contenido, parece
dominada por una especie de voluntad
historicista, cifrada en lo que vio y
experimentó el autor, que nos remite al
postulado de que “Una novela corriente
no es más que una enorme biografía”. En
general, sus personajes pueden formar un
enorme fresco del ser cubano. Desde la
mulata Cecilia que reaparece en la
novela “Allegro de habaneras” hasta el
intelectual de “Los animales sagrados”
que en la búsqueda del amor, se
obsesiona con la verdad hasta anularse
pero que en sus flujos de conciencia se
refiere a los “quilos” que ganaba de
niño vendiendo baratijas. “Quilos” que
retrotraen su angustia existencial a
nuestro entorno.
Sus cuentos continúan
este propósito de la referencia
anecdótica directa, en la mejor
tradición realista, sin rechazar los
recursos artísticos de la vanguardia más
actual, pero también sin reducir el
texto a un galimatías de virtuosismos,
lo que no quiere decir que en
situaciones y personajes no existan
símbolos, signos que reten al lector y
lo inviten a participar.
Cultor de la narrativa y
del teatro, en la obra de Humberto
Arenal se da una simbiosis de esos dos
polos que aflora cuando, en la
supuestamente sucinta descripción de un
personaje, para exclusivo manejo del
director y de la actriz, aparece un
páfrrafo admirable. Como si no pudiera
renunciar a una bella página narrativa,
el teatrista lo deja, como un guiño a
la transgresión.
Esto encuentra su contrapartida cuando
en medio de un cuento o del capítulo de
una novela, el autor pone a los
personajes a dialogar, con indicación de
bocadillos, remedando el texto teatral.
También puede haber préstamos genéricos.
Como en el tema de “El caballero
Charles”, primero cuento y después obra
de teatro, con el mismo título. Una
anécdota intimista que tanto en uno como
en otro género trascurre casi a puertas
cerradas y diríase que en voz baja, a
tono con las calladas y casi culpables
evasiones al pasado de sus personajes
quienes ya sea a sugerencia del narrador
o bien por el juego escénico del
dramaturgo, nos dicen que, desasidos
del presente solo pueden apoyarse en
sus pasadas ficciones. Un drama
minimalista, que sustituye el coturno
por las pantuflas, y que el autor deja
plasmado como un devenir natural, sin
levantar el índice acusador hacia ningún
lado. Ni hacia el burgués ni hacia el
criado que ha vivido el espejismo de
participar de la vida de su admirado
“señor”.
Y esta es otra característica de Arenal.
Su obra, iniciada con una novela sobre
la Revolución, “El sol a plomo”, y
continuada sin ignorar cada una de las
etapas de este tiempo, soslaya tanto la
apología como el catastofismo,
evidenciando las virtudes del realismo
sin apellido.
De esta voluntad
realista sólo escapa la novela
“Carival”, pulcro tratado de
canibalismo, directamente emparentado
con lo mejor del absurdo teatral.
Junto a “¿Quién mató a Iván Ivanovich?”,
delirante neopolicíaco, en que Arenal
parodia el género y le saca filo a
figuras históricas, literarias,
bíblicas, integra dos estupendos
divertimentos.
Especialmente en Ivan Ivanovich resalta
la mezcla de gracejo criollo y
delectante ironía universal,
característica del autor.
Imposible abandonar la sonrisa a partir
del momento en que una empleada del
hotel descubre bajo la cama del huésped
asesinado lo que bien pudo ser la
fundamental pieza de convicción:
una gallina prieta con una tirita roja.
Más que el crimen, a la empleada la
impresiona que el cuerpo esté desnudo,
porque también los personajes de Arenal
parecen impedirle que los lance al
destape erótico. Tal vez por eso, el
autor respeta su privacidad, sin
reinvenciones del kamasutra ni
reverencias a Sade. Y con otro guiño,
que establece el distanciamiento, se
asoma el narrador para decirnos que ya
podemos imaginar lo que va a pasar
cuando la pareja se exalta, inicia el
cuerpo a cuerpo y busca la
horizontalidad. Por lo tanto deja el
caso en nuestras manos. O en nuestras
mentes.
El reflejo de lo cotidiano en la obra de
Arenal no elude los temas que parecen
desgastados por el uso, como el
jineterismo. Pero él lo aborda con
máxima originalidad, más que como
depauperación social, como un producto
del inconsciente colectivo. En la
singular trama de su novela “Allegro de
habaneras”, coexisten tanto la jinetera
propiamente dicha, como una elegante
profesora, una dama respetable devenida
Celestina y hasta el músico catalán,
interesado en la habanera como género,
que acaba investigando a la mulata,
“ese gran producto de los españoles y
los negros”.
En su mirada a La Habana, locus obligado
de la anécdota, Arenal deja testimonio
del estado ruinoso de la ciudad que en
la novela han ido construyendo las actas
del cabildo en páginas alternas y en
cursiva, pero su mirada no se opaca con
visiones apocalípticas, como si nos
dijera que el presente detenido no es
más que una teoría literaria.
Su primera novela, “El sol a plomo”,
escrita y publicada en Nueva York, en
1959, tiene como anécdota un famoso
secuestro efectuado en La Habana como
golpe de efecto revolucionario. Una
acción perfectamente ejecutado que
formó parte de lo cotidiano en aquel
momento pero que para Arenal, a
distancia, resultó material novelable,
en cuya anécdota introdujo algunos
cambios.
Esta novela, regida por los dioses
mayores de la economía de medios, del
anticlímax y la desmitificación, sin
altisonancias ni proclamadas
heroicidades, contiene un especial valor
que la hace trascender: el
planteamiento ético sobre los métodos de
lucha. El personaje protagónico, si
algún protagónico puede haber en una
acción donde los roles se desplazan, se
niega a matar para acabar pronto y
evitarse riesgos. Eso determina un
cambio en el operativo que resulta
incruento. Cumplido el objetivo, el
secuestrado es liberado mientras se
desata la cacería de los revolucionarios
por toda la ciudad.
“El sol a plomo”, considerada la primera
novela escrita durante la Revolución, se
editó primero en Nueva York, en 1959,
después en Cuba, ese mismo año y
posteriormente vio dos traducciones al
italiano y otra al ruso.
En la década de los sesenta, Arenal
publica, además, dos volúmenes de
cuentos: “La vuelta en redondo” y “El
tiempo ha descendido”. Y la novela “Los
animales sagrados”, en 1967. En justo
entonces que la escena se oscurece. El
mágico momento de los sueños realizados,
en que todo coexiste, en que los nuevos
escritores restablecen y validan su
vínculo con sus antecesores para crear
la corriente que remonte el futuro, será
sustituido por una agresiva lucha por
los espacios de la cultura.
Como el tema se ha tratado bastante en
los últimos meses, prefiero sintetizarlo
con un solo dato: Humberto Arenal no
volverá a publicar hasta 15 años
después.
Pero entonces será el renacer de quien
nunca aceptó su propia muerte. Todo lo
guardado, saltará de la gaveta para
ocupar su lugar bajo el sol. Y los
títulos se suceden a partir de 1982,
abordando otra vez teatro, cuento y
novela, con el añadido de ensayo y
crónicas, hasta sumar otros trece
libros, un número que si no es de
suerte, va a ser conjurado este mismo
año en que debe ver la luz su primer
poemario, “La vida en tres tiempos”, que
anuncia la editorial Unión.
Y después vendrán otros, dos de los
cuales ya está revisando.
Porque en Humberto
Arenal, ese cubano que habla sin
levantar la voz, que aborda los
vanguardismos con la mesura de los
clásicos, el tímido orgulloso, se da la
constante de su irrenunciable vocación.
Por eso él da clases y escribe, publica
y escribe, sufre ostracismo y escribe,
dirige teatro y escribe. Tal vez en esa
reiteración de la palabra escribe, está
el allegro de su vida.
Gracias. |