Año VI
La Habana

13-24 de FEBRERO
de 2008

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La actitud vital de Humberto Arenal

María Elena Llana • La Habana

 

Por supuesto deseo expresar mi agradecimiento a los compañeros que este año integraron el jurado del Premio Nacional de Literatura, del que formé parte, por delegar en mi esta función que ahora cumplo a nombre de todos y con la satisfacción de hablar de una persona, tal vez personaje, que conocí en la dorada juventud, cuando nuestra generación participaba del  privilegio irrepetible que fue el año 59.
 


En ese año, Humberto Arenal regresó del extranjero para asumir la plena pertenencia a su país, en el cual se estaba consolidando un sueño. Un sueño peligroso que históricamente había desafiado y aún desafiaría todos los riesgos, desde el garrote vil hasta la bomba atómica.

Desde entonces, ha desarrollado una vocación de amplias facetas creativas que incluye periodismo, narrativa, ensayo, teatro y cine, así como el ejercicio del profesorado en materia artística. Todo con tan genuina entrega que puede decirse que en Arenal, vida y obra son indisolubles en su afán y en su trascendencia.

Para intentar un bosquejo de ambas, vida y obra, señalemos que en el principio fue el verbo narrativo. Unos cuentecitos tímidos que no tenía con quién discutir o confrontar pero que le indicaron que su camino era ese, llevar a la escritura su abundante fabulación de niño imaginativo, que como todos los niños imaginativos era tildado de mentiroso.

Pero si al terminar el bachillerato, su camino apuntaba hacia Filosofía y Letras, apuntaba mal. Porque el padre no estaba dispuesto a malgastar sus modestos recursos en una carrera improductiva. Y su proposición ineludible era la Ingeniería. Como él se negara, pagó su rebeldía con un año de estudios en la Escuela de Comercio.

El asunto tomó para él ribetes de tragedia pero como los personajes de la trama se movían en el escenario tradicional de la familia cubana de fuerte cohesión afectiva, el enfrentamiento generacional se resolvió sin dagas ni venenos. El padre lo libera del estudio de la horrenda contabilidad y le permite que busque su propio camino, para lo cual debe comenzar por buscar un empleo. Obtenido un emergente modus vivendi como mensajero, el artista adolescente  no se libera de otras obligaciones, a veces inesperadas, como la de acompañar a su hermana a las funciones del Teatro Universitario, cuando a ella le da por ser actriz.  

Lejos de aburrirse, como esperaba, encuentra que ante él se abre otra puerta, le parece estar presenciando magia vinculada a la palabra, como en el cine que tanto disfruta en las matinés del domingo pero con el latido de la inmediatez. Y suma una nueva vocación a sus inquietudes.

Es por esta época de nebulosa inicial, que decide perfeccionar el inglés, como paso previo al estudio en Estados Unidos de teatro y cine, materias cuya enseñanza no está institucionalizada en Cuba. Se aplica tanto que gana una beca de un año para redondear sus conocimientos del idioma, en Nueva York.

Y aunque su propósito principal es ser escritor, cuando en 1948 sale de Cuba,  el joven Arenal solo lleva en su aval  la lectura de unos pocos cuentistas cubanos –Montenegro, Lino, Labrador--  y las “Confesiones” de Juan Jacobo Russeau, un libro, editado en el siglo XIX, que le regaló su padre y que aún conserva,  como  palimpsesto de lecturas, o blanca hoja de la memoria filial. 

Terminada la beca de Nueva York y roto el esquema de lavar platos gracias al conocimiento del idioma, se auxilia con trabajos de traductor, toma cursos de periodismo, teatro y cine. Sus inquietudes literarias se remiten al ámbito cultural en que se instala y encuentra que puede abordar a los grandes de la literatura inglesa en su propio idioma. Así se enfrenta a  Shakespeare, a Whitman,  a Hemingway.  Y se lanza a la oscura selva de la poética de Faulkner.

Tras tomar un curso de periodismo, abandona las traducciones y entra como redactor al “Diario de Nueva York “, que ya le ha publicado algunos cuentos. Y de ahí pasa a la revista “Visión”, donde trabaja hasta que rompe otro esquema: elogia la figura de Fidel Castro en su azarosa visita a la ONU en 1959 y es despedido. Poco después, llega a la ciudad  el argentino Jorge Ricargo Masetti, primer director de “Prensa Latina”, quien le propone que funde la oficina de la agencia en Nueva York y sea su corresponsal-jefe. Cumplió el encargo, pero no se quedó allí, porque había  sonado una clarinada más alta que los rascacielos,  más profunda que sus deseos de ser teatrista, cineasta o escritor.

Dejemos que lo diga él mismo, en una de sus excelentes crónicas aparecidas a partir del 2000 en la Gaceta de Cuba y recopiladas en el libro “Encuentros”:,  “Como nos pasó a muchos, la Revolución nos hizo  no sólo volver a vivir en Cuba, sino redescubrir en su sentido más sutil y profundo los términos origen, país, nación, pueblo, nacionalidad, patria, tierra”.

No obstante, cuando recuerda a Nueva York, lo hace con benevolencia, con la gratitud del hombre que allí vio realizarse sus primeros sueños,  entre ellos dirigir, en teatros independientes de Broadway  obras como “La soprano calva”, de Ionesco y  “La voz humana” de Cocteau, así como una pieza de Pablo Armando Fernández, destinada a recaudar fondos para el Movimiento 26 de julio y otra  del  puertorriqueño René Marqués, posteriormente ganador de un premio “Casa”.

Esa lealtad de la memoria se refleja en una crónica que le dedica a Virgilio Piñera y que comienza aludiendo a  “aquellas prolongadas tardes de Nueva York, que ahora algunos recordamos con cierta nostalgia”. A continuación aborda al personaje en un ejercicio de sencilla maestría valorativa, de justo tributo.

Resalto estos aspectos, porque uno de los rasgos que individualizan a Humberto Arenal es mostrarse consecuente con algo devenido, entre nosotros,  tan problemático como el pasado, la pequeña historia individual, los viejos afectos, ya que nuestra generación fue la que con mayor intensidad sufrió el corte maniqueo que le colgó a todo “lo de antes”, el rótulo de “oprobioso”.

Por esta razón, me parece que hay una honradez a toda prueba en la actitud vital de Humberto Arenal, que por lógica gravitación se proyecta a su extensa y variada obra. 

A partir de agosto de 1959, en que regresa a Cuba, Arenal trabaja en el ICAIC como coguionista de Gutiérrez Alea en “Historias de la Revolución”, dirige documentales,  se desempeña como director y guionista en la televisión e inicia el profesorado al fundarse la Escuela Nacional de Instructores de Arte. Viaja, invitado a dar conferencias en prestigiosas instituciones de Estados       Unidos y Europa.

En teatro ha dirigido más de cincuenta obras de todos los géneros: drama, comedia, farsa, comedias musicales, óperas y zarzuelas, entre cuyos autores figuran los cubanos Carlos Felipe, José Lorenzo Luaces y Virgilio Piñera, así como Bretch, Arthur Miller, Tennesee Williams, Benavente, Sartre, Camius, Ionesco. 

Hasta el momento es  autor de cinco obras teatrales, recogidas en tres libros, todas las cuales se ubican en tiempo y espacio de la Cuba actual. En ellas,  Arenal nos ofrece una factura de maestro y ese don especial de conmovernos con las pequeñas historias y hacernos compartir los giros dramáticos sin sobresaltos, sabiendo que sus personajes, esos “amigos” que hemos hecho a través de él, están en buenas manos. Queden como ejemplo el inolvidable encuentro de dos mujeres al parecer antagónicas en  “Lila y Lala se confiesan” y los recuerdos del Benny que nos narra en un monólogo, Pepe el mecánico, que aunque está muy emocionado, es un broder duro de verdad.

Parece justo echar una mirada a la prosa de Humberto Arenal, retomando  su feliz incursión en el periodismo, que cultiva dominando los grandes retos del género: fluidez, capacidad de comunicación,  encuentro con el lector promedio en zonas que le son familiares y, allá, en el fondo, de manera que sustente el entramado y no lo deforme, como pilar, no como arabesco, su erudición. Una erudición que en Arenal fluye con la misma sencillez de su conversación, delicada, sonriente, la forma “otra” de conversar de los cubanos, que también existe. 

Así, sus apuntes sobre el fotógrafo Osvaldo Salas, ese querido contemporáneo, nos ofrecen además de sus impresiones sobre él, un pequeño ensayo sobre la rumba, que, lejos de desarticularse del corpus, lo integra, lo colorea, y para estar a tono con los rumberos que Salas retrata, sustituye los tecnicismos por toques de plasticidad, sabrosura y picardía. 

En su excelente libro de crónicas, se recogen además de sus recuerdos personales de artistas y escritores cubanos, entre ellos Amadeo Roldán, Bola de Nieve y Carvet Casey,   encuentros fortuitos o de trabajo, ocurridos en Nueva York  con famosos del cine, --Cantinflas, Shirley MacLaine, Hitchcock, Búster Keaton, Audry Herburg, Paul Newman, Orson Welles quien le dijo ante su dificultad para abordarlo que “en toda timidez subyace un espíritu orgulloso”. En otra ocasión coincidió varias veces en la misma calle con una sueca llamada Greta Garbo, y aunque la anécdota, oída de viva voz es muy buena, él no la incluyó en el libro porque no le vio mucho interés.

Respecto a  su narrativa, en la cual ya tiene publicadas seis novelas y cinco volúmenes de cuentos, muy bien logrados en estructura y contenido, parece dominada por  una especie de voluntad historicista, cifrada en lo que vio y experimentó el autor, que nos remite al postulado de que  “Una novela corriente no es más que una enorme biografía”. En general, sus personajes pueden formar un enorme fresco del ser cubano. Desde la mulata Cecilia que reaparece en la novela “Allegro de habaneras” hasta  el intelectual de “Los animales sagrados” que en la búsqueda del amor, se obsesiona con la verdad hasta anularse pero que en sus flujos de conciencia se refiere a los “quilos” que ganaba de niño vendiendo baratijas. “Quilos” que retrotraen su angustia existencial a nuestro entorno.

Sus cuentos  continúan este propósito de la referencia anecdótica directa, en la mejor tradición realista, sin rechazar los recursos artísticos de la vanguardia más actual, pero también sin reducir el texto a un galimatías de virtuosismos, lo que no quiere decir que en situaciones y personajes no existan símbolos, signos que reten al lector y lo inviten a participar.

Cultor de la narrativa y del teatro, en la obra de Humberto Arenal se da una simbiosis de esos dos polos que aflora cuando, en la supuestamente sucinta descripción de un personaje, para exclusivo manejo del director y de la actriz,  aparece un páfrrafo admirable. Como si no pudiera renunciar a una bella página narrativa, el teatrista lo deja, como  un guiño a  la transgresión. 

Esto encuentra su contrapartida cuando en medio de un cuento o del capítulo de una novela, el autor pone a los personajes a dialogar, con indicación de bocadillos, remedando el texto teatral.

También puede haber préstamos genéricos. Como en el tema de “El caballero Charles”, primero cuento y después obra de teatro, con el mismo título. Una anécdota intimista que tanto en uno como en otro género trascurre casi a puertas cerradas y diríase que en voz baja, a tono con las calladas y casi culpables evasiones al pasado de sus personajes quienes ya sea a sugerencia del narrador o bien por el juego escénico del dramaturgo, nos dicen que, desasidos  del presente solo pueden apoyarse  en sus pasadas ficciones.  Un drama minimalista, que sustituye el coturno por las pantuflas, y que el autor deja plasmado como un devenir natural, sin levantar el índice acusador hacia ningún lado. Ni hacia el burgués ni hacia el criado que ha vivido el espejismo de participar de la vida de su admirado “señor”. 

Y esta es otra característica de Arenal. Su obra, iniciada con una novela sobre la Revolución, “El sol a plomo”, y continuada sin ignorar cada una de las etapas de este tiempo, soslaya tanto la apología como el catastofismo, evidenciando las virtudes del realismo sin apellido. 

De esta voluntad realista sólo escapa la novela “Carival”, pulcro tratado de canibalismo, directamente emparentado con lo mejor del absurdo teatral.   Junto a “¿Quién mató a Iván Ivanovich?”, delirante neopolicíaco,  en que Arenal parodia el género y le saca filo a  figuras históricas, literarias, bíblicas, integra dos estupendos divertimentos. 

Especialmente en Ivan Ivanovich  resalta la mezcla de gracejo criollo  y delectante ironía universal, característica del autor. Imposible abandonar la sonrisa a partir del momento en que una empleada del hotel descubre  bajo la cama del huésped asesinado lo que bien pudo ser la fundamental pieza de convicción: una gallina prieta con una tirita roja.

Más que el crimen,  a la empleada la impresiona que el cuerpo esté desnudo, porque también los personajes de Arenal parecen impedirle que los lance al destape erótico. Tal vez por eso, el autor respeta su privacidad,  sin reinvenciones del kamasutra ni reverencias a Sade. Y con otro guiño, que establece el distanciamiento, se asoma el narrador para decirnos que ya podemos imaginar lo que va a pasar cuando la pareja se exalta, inicia el cuerpo a cuerpo y busca la horizontalidad. Por lo tanto deja el caso en nuestras manos. O en nuestras mentes.

El reflejo de lo cotidiano en la obra de Arenal no elude los temas que parecen desgastados por el uso, como el jineterismo. Pero él lo aborda con máxima originalidad, más que como depauperación social, como un producto del inconsciente colectivo. En la singular trama de su novela “Allegro de habaneras”, coexisten tanto la  jinetera propiamente dicha, como una elegante profesora, una dama respetable devenida Celestina y hasta el músico catalán, interesado en la habanera como género, que acaba investigando a la mulata,  “ese gran producto de los españoles y los negros”.

En su mirada a La Habana, locus obligado de la anécdota,  Arenal deja testimonio del estado ruinoso de la ciudad que en la novela han ido construyendo las actas del cabildo en páginas alternas y en cursiva, pero su mirada no se opaca con visiones  apocalípticas, como si nos dijera que el presente detenido no es más que una teoría literaria.

Su primera novela, “El sol a plomo”, escrita y publicada en Nueva York, en 1959, tiene como anécdota un famoso secuestro efectuado en La Habana como golpe de efecto revolucionario. Una acción  perfectamente ejecutado que formó parte de lo cotidiano en aquel momento pero que para Arenal, a distancia,  resultó material novelable, en cuya anécdota introdujo algunos cambios.

Esta novela, regida por los dioses mayores de la economía de medios, del anticlímax y la desmitificación, sin altisonancias ni proclamadas heroicidades, contiene un especial valor que la hace trascender:  el planteamiento ético sobre los métodos de lucha. El personaje protagónico, si algún protagónico puede haber en una acción donde los roles se desplazan, se niega a matar para acabar pronto y evitarse riesgos. Eso determina un cambio en el operativo que resulta incruento. Cumplido el objetivo,  el secuestrado es liberado mientras se desata la cacería de los revolucionarios por toda la ciudad.

“El sol a plomo”, considerada la primera novela escrita durante la Revolución, se editó primero en Nueva York, en 1959, después en Cuba, ese mismo año y  posteriormente vio dos traducciones al italiano y otra al ruso.

En la década de los sesenta, Arenal publica,  además, dos volúmenes de cuentos: “La vuelta en redondo” y “El tiempo ha descendido”. Y la novela “Los animales sagrados”, en 1967. En justo entonces que la escena se oscurece. El mágico momento de los sueños realizados, en que todo coexiste, en que los nuevos escritores restablecen y validan su vínculo con sus antecesores para crear la corriente que remonte el futuro, será sustituido por una agresiva lucha por los espacios de la cultura.

Como el tema se ha tratado bastante en los últimos meses, prefiero sintetizarlo con un solo dato: Humberto Arenal no volverá a publicar hasta 15 años después.

Pero entonces será el renacer de quien nunca aceptó su propia muerte. Todo lo guardado, saltará de la gaveta para ocupar  su  lugar bajo el sol. Y los títulos se suceden a partir de 1982, abordando otra vez teatro, cuento y novela, con el añadido de ensayo y crónicas, hasta sumar otros trece libros, un número que si no es de suerte, va a ser conjurado este mismo año en que debe ver la luz su primer poemario, “La vida en tres tiempos”, que anuncia la editorial Unión.

Y después vendrán otros, dos de los cuales ya está revisando.

Porque en Humberto Arenal, ese cubano que habla sin levantar la voz, que aborda los vanguardismos con la mesura de los clásicos, el tímido orgulloso,  se da la constante de su irrenunciable vocación. Por eso él da clases y escribe, publica y escribe, sufre ostracismo y escribe, dirige teatro y escribe. Tal vez en esa reiteración de la palabra escribe, está el allegro de su vida.

Gracias.

 

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La Habana, Cuba. 2008.
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