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¡Va a
llegar! Fue lo que se me ocurrió decirle
al comandante del avión cuando, a punta
de pistola, lo convidé para que nos
trajera hasta Cuba. “Esto no llega a
Cuba”, me dijo. Pues de aquí no va a
bajar nadie, le repetí sin la más leve
señal de temblor en mi voz. El secuestro
estaba previsto para el 31 de diciembre,
a las diez de la noche. Queríamos
aterrizar en la mañana del 1ro. de
Enero, cuando se estuviera celebrando el
triunfo de la Revolución Cubana, solo
que el avión tenía autorización de vuelo
para dos horas. Pero el comandante logró
hacer una ruta: haríamos pequeños
tramos: de Buenos Aires para Chile,
después Lima, donde la situación se puso
muy tensa, porque el ejército brasileño
había ganado tiempo y había contactado
al gobierno peruano. Me prometieron
hasta lo inimaginable con tal de que
abandonara el avión. Pero permanecí
firme. Yo, Marilia Guimarães, llegaría
de todas maneras a mi destino, aunque
fuera muerta.
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Cuando
vieron que no habría ningún
entendimiento, mandaron a entrar al
ejército. Aunque existen periodistas que
le hacen el juego al imperialismo, hay
otros que no. Esos fueron los que me
salvaron la vida, pues el aeropuerto
estaba lleno de ellos, que anunciaron al
mundo entero que en el avión había dos
niños y que los militares querían
invadirlo. Lograron llamar la atención
de la opinión pública internacional, y
eso ataba al ejército de manos. Era la
primera vez en la historia que alguien
secuestraba un avión con dos niños.
Después de 24 horas nos liberaron, y
viajamos hacia Panamá, pero el secuestro
ya iba para el tercer día sin comida, ni
agua, estábamos muy debilitados...
Finalmente, a las cinco de la tarde del
4 de enero de 1970, aterrizamos en Cuba.
Muy asustados, aunque al bajar la
escalerilla vi el letrero: Aeropuerto
José Martí. Había muchos militares —al
menos eso me pareció entonces—, sin
embargo, algo me tranquilizó: sus
sonrisas. Uno de ellos pasó su mano por
la cabeza de mis hijos, ese gesto de
cariño me relajó. Ya podía respirar.
El
mimeógrafo
A
principios de los años 60, en Brasil se
desató una dictadura muy fuerte
(1964-1985), que fue como el eje para
las otras que surgieron en
Latinoamérica. Yo formaba parte, desde
1966, de un grupo de guerrilla, de una
organización revolucionaria, que tenía
como fin llevar a cabo la guerra de
guerrillas, como se había hecho en Cuba.
Estábamos conscientes de que iba a ser
un proceso largo y complejo, porque el
nuestro es un país inmenso, poblado por
personas de costumbres muy diferentes,
por lo que sería imposible hacerlo en
bloque. Pero, de todos modos,
marcharíamos poco a poco hasta que
lográramos librarnos de tantas
desapariciones y muertes.
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Sin
embargo, las cosas no siempre salen como
uno desea. En 1969, aunque yo era muy
joven, ya había terminado la universidad
y tenía dos escuelas. Y en una de ellas
había un mimeógrafo profesional, que lo
presté a un compañero para que hiciera
algunos trabajos de la guerrilla.
Resultó que alguien entregó ese lugar,
porque si bien había personas que veían
algo sospechoso y no decían nada,
también es cierto que había quien sí
delataba. De esa manera, el mimeógrafo y
aquellos que estaban en la casa fueron
capturados.
Cuando
conocí la noticia, inmediatamente
preparé un recibo de venta, de modo que
si llegaban a mí, poder tener al menos
una coartada. Lo hice como precaución
porque, a decir verdad, pensaba que la
policía no se iba a interesar por
detalles tan pequeños, cuando estaban
sucediendo cosas más grandes como
ataques a bancos y otras acciones. Un
mimeógrafo, creí, no les va a quitar el
sueño. Pero me equivoqué. La policía
designó un grupo para que encontraran al
dueño del aparato, y buscaron, buscaron
y buscaron hasta que dieron conmigo, de
modo que, cuando aparecieron, venían con
la orden de prisión, con aquel macabro
papel con la franja verde y amarilla.
Ciertamente, no tenía nada a mi favor.
Ellos estaban casi seguros de que el
mimeógrafo era de mi escuela y que, por
tanto, estaba involucrada. Sin embargo,
los sorprendí, porque no esperaban que
les fuera a presentar un recibo.
Entonces, quisieron quedarse con él,
pero no lo permití. Yo iría a llevarlo,
les prometí, mientras les aseguraba que
no tenía ni la más mínima idea de qué
era el comunismo. Aparentemente me
creyeron. Mirando los hechos a la
distancia de los años, tengo que
reconocer que aquello fue una cosa medio
loca; debía de ser muy osada para decir
que me presentaría al Ejército. En
verdad, lo que quería era ganar tiempo,
sabía que tarde o temprano iban a
descubrir que estaba mintiendo. Lo que
hice fue huir. Me alcanzó el tiempo para
sacar rápido a los niños. Nunca más
regresé a mi casa, fue definitivo. A
partir de ese día tuve que entrar en la
clandestinidad.
Chivo expiatorio
Había
mucha gente en la clandestinidad y
apenas dinero. Escaseaban los recursos
para mantener a la gente, a veces no
alcanzaba ni para comer, solo unos
quilitos para el pan del día era nuestro
botín. Eso me indicaba que, por todos
los medios, había que evitar dar ese
paso. Fue cuando analicé que si la
policía creía mi historia, al menos unas
20 personas no tendrían de qué
preocuparse.
De
acuerdo con la dirección de la
organización, decidimos que llevaría el
recibo y haría un cuento, y así lo hice.
Pero ellos me detuvieron, no iba a ser
tan simple. Me mantuvieron encerrada
durante 72 horas; 72 horas de
interrogatorios y más interrogatorios.
Me estuvieron torturando
psicológicamente muchas horas, me
enseñaron fotos de compañeros
asesinados: ahorcados, mutilados...
Horrible. Pero mientras más dura se
ponía la situación, más me aferraba a la
imagen y a las ideas del Che y de Fidel.
El Che había sido asesinado y yo solo
pensaba en lo que él hubiese hecho de
haber estado en mi lugar. Eso me dio una
fuerza interior muy grande que me
permitió soportar.
Por
suerte, poseo una cualidad que entonces
me ayudó muchísimo: mi magnífica memoria
—hasta hoy sigue siendo bárbara—. Me
construí una historia que no varié ni en
un ápice. Eso los hizo dudar de si era
real o no lo que les había contado.
Entonces, decidieron utilizarme como un
chivo expiatorio. Ponerme en movimiento
como si fuera una ficha de ajedrez. Me
seguirían. Estaban seguros de que los
conduciría hasta el mando de la
organización. Mas los despisté. Entraba
por un lado, salía por otro, me montaba
en una guagua, cogía un taxi, me pasé
toda la madrugada de esa manera... Era
la preparación de la guerrilla. Cuando
por fin estuve frente al jefe le hice
saber que no tenía la certeza de que
hubiesen creído en mí; de hecho estaba
convencida de que no se habían tragado
ni una sola palabra.
Un
año en el infierno
Mi
marido, que también era guerrillero, no
coincidía conmigo: pensaba que la
policía se había tragado la píldora.
Vamos a volver a la casa, me convidaba.
No será necesario entrar en la
clandestinidad, se esperanzaba. Pero
sentía algo raro. Y no debía subestimar
la inteligencia del enemigo. Muchas de
esas personas habían sido formadas en la
Escuela de las Américas en Panamá, y
adiestradas por la CIA y el FBI. Tenían
una preparación que nosotros ni
soñábamos. Eso me dejaba con mis dudas.
Decidí no regresar a nuestra casa, sino
acercarnos a la de su hermana para ver
qué pasaba.
Tengo
que reconocer que fui muy privilegiada.
La puerta de la casa de mi cuñada se
hallaba justamente frente al elevador.
Eso me posibilitó descubrir, en cuanto
puse un pie afuera, a los dos hombres
que empujaban la puerta de la casa de mi
cuñada con la pierna y gritaban que
abrieran. Pude ver a la prima de mi
marido. Todavía no sé cómo logró
aguantarse cuando me vio. Como los tipos
estaban de espaldas, no se percataron de
mi presencia. Ella los dejó entrar y yo
bajé las escaleras, me puse un pañuelo,
unos espejuelos y comencé a caminar
rápidamente.
Había
vivido desde la adolescencia en aquel
edificio, por tanto, conocía a todos,
aunque fuera de vista. Por ello me fue
fácil comprender que ninguno de los que
estaban en el lobby era morador. Y como
aguardaban a que yo entrara, no a que
saliera, los tomé desprevenidos. Había
ocurrido lo mismo que sospechaba: al día
siguiente de mi liberación, habían dado
con el señor que me había vendido el
mimeógrafo, quien, en cuanto le
enseñaron mi foto y la de mi compañero,
João Lucas Alves —ya había sido
asesinado—, lo soltó todo: son amigos,
los dos fueron juntos a comprarlo. La
historia se había desbaratado. Fue una
suerte tremenda que hubiesen apresado al
tipo después que me soltaran. A partir
de ese día entré definitivamente en la
clandestinidad. No hubo más remedio. El
Ejército había descubierto que éramos el
comando de la organización.
Estuve
casi un año en la clandestinidad —eso
ocurrió alrededor del 6 de febrero y yo
llegué a Cuba a finales de diciembre—,
de un estado para otro, de una casa para
otra, un día en una favela, otro en un
coche en la carretera, un tercero debajo
de un puente o caminando por las calles
sin dormir... y con los dos niños. Ya en
octubre la situación era irresistible.
Porque no es lo mismo cuando estás sola,
que cuando andas con dos niños pequeños:
Eduardo tenía dos años y Marcelo tres,
así que no me quedaba otra alternativa
que salir de Brasil, también de forma
clandestina, pues por doquier había
carteles con mi foto. No podía utilizar
el aeropuerto, tenía que cruzar,
inevitablemente, la frontera.
Salimos por Rosario, y aunque la policía
nos detuvo en el camino y en el coche
había dos armas para defendernos, uno de
los niños empezó a pedirme con
insistencia que lo llevara a orinar. Nos
dejaron pasar. En aquella ciudad lo
teníamos todo arreglado para secuestrar
del avión, que nos traería hacia Cuba.
Era la única solución.
La
quinta avenida
Yo
tenía mi propia idea sobre la Isla.
Pensaba que como en China los cubanos
estarían vestidos de gris. Es cierto que
vestían un poco desfasados en la moda,
pero había tanto colorido en la gente...
Montada en un automóvil camino al hotel
nos quedamos alelados con la belleza de
La Habana. La Quinta Avenida se veía tan
linda... La Quinta Avenida siempre me
fascinó, sobre todo porque significó la
libertad en mi cabeza. En uno de los
cines se anunciaba Los paraguas de
Cherburgo. ¿Era jueves o sábado? No
sé, pero frente al Capri había mucha
gente. Pensé que se trataba de una
película de época: las mujeres con
bucles en la cabeza y unos tacones muy
altos... Caí en la cama y el sueño fue
rotundo.
Tengo
una relación muy fuerte con el mar, nací
en una ciudad de mar, montañas y mucho
verde. Corrí hacia la ventana y la abrí,
y a pesar de que hacía mucho frío, el
mar se veía lindo, de ensueño, aquellas
olas enormes chocando contra el malecón
eran de una belleza indescriptible.
Hambrienta y deseosa de tomar café, me
dirigí al restaurante, donde todo el
mundo me miraba, andaba en minifalda.
¡Caramba, esta no es una película, me
dije, soy yo la que está disfrazada! Así
empezaron mis años en Cuba.
En la
habitación puse la radio. Ese año en el
que estuve en la clandestinidad había
llegado a Brasil un disco de esos de
pasta, que tenía una única canción:
“Fusil contra fusil”, de Silvio
Rodríguez. Esa canción, que la
escuchábamos hasta el cansancio, estaba
metida en mi cabeza. Prendí el radio
buscándola y lo que escuché fue: Radio
Progreso..., y algo más que no recuerdo
ahora, además de una frase que se fijó
en mi mente para siempre: ¡Cuba, primer
territorio libre de América!, frase con
que concluye mi primer libro, En esta
tierra, en este instante, un libro
sobre mis sentimientos, mi vida en la
clandestinidad, no para que lo leyeran
los intelectuales, sino aquellos que no
tienen hábitos de lectura. Para esos es
para quienes hay que escribir.
Pequeña serenata diurna
Nunca
pensé que iba a ser capaz de escribir un
libro, no tenía coraje. Si tienes el don
de escribir —no sé si esa será la
palabra correcta—, todo te fluye, pero
comenzar es un parto. Siempre te parece
que lo escrito no está bien y lo rehaces
300 veces, es un proceso bien
complicado. Yo demoré muchos años para
escribir En esta tierra, en este
instante, aunque lo tenía en mi
cabeza desde hacía tiempo.
Una
amiga, que quería que empezara a
escribir, me tendió una trampa, le dijo
a una periodista que Marilia estaba
haciendo un libro, que me llamara. ¿Y
cómo se titula?, me interrogó la
reportera. En esta tierra, en este
instante, me salió la respuesta sin
pensarlo. Juro que el título no fue
“robado” de la afamada canción “Pequeña
serenata diurna”, de Silvio Rodríguez,
al menos no conscientemente... ¡Claro
que es de la canción! Pero es que ese
tema estaba tan dentro de mí...
Un
buen día, mi hijo mayor me dijo: “mami,
¿tú sabes que estás plagiando a
Silvio?”. ¿Cómo que plagiando?, me
sorprendí. Pues sí, me insistió, eso es
de “Pequeña serenata diurna”. Pues mira,
le comenté, no había pensado en eso
—como era cierto. Unos años después
hablé con Silvio sobre el asunto, y él,
con una amabilidad desbordante, me dijo:
Como no es el nombre de la canción, no
me estás plagiando.
Solo
alguien que lo haya vivido lo puede
comprender: “Pequeña serenata diurna” me
marcó profundamente, penetró en mi
subconsciente como las pequeñas
partículas de polvo invaden los poros de
la piel. Nuestros años en Cuba. Un
exilio entre el sinsonte y el sabiá
sí tiene un título pensado, pero En
esta tierra, en este instante salió
del corazón. Hasta pienso que en mi
interior albergaba unos deseos inmensos
de homenajear a la Nueva Trova.
Homenaje invertido
Con
los muchachos del Movimiento de la Nueva
Trova, a quienes fui conociendo uno a
uno, tuve un vínculo muy fuerte. A
finales de enero de 1970 ya conocía a la
Nueva Trova. El primero fue Pablito
Milanés, y el encuentro resultó muy
simpático. Yo era amiga de una
periodista de la revista Siempre,
de México, llamada Marta Solís, quien a
su vez era muy cercana a ellos y a Roque
Dalton. Un día le telefoneé, pues
habíamos quedado de encontrarnos en su
casa. Entonces me dijo que, aunque iba a
salir a entregar un artículo a la
revista, que no me preocupara, que
alguien me iba a recibir y atender hasta
que ella llegara.
Efectivamente, toqué la puerta, y un
hombre muy amable me abrió. Me puse a
conversar con él, y aunque no sabía nada
de español, pudimos comunicarnos. A él
le encantaba la música brasileña y yo
estaba encantada de que algo así le
sucediera a un cubano. Me hablaba de
Elis Regina, se sabía un montón de
canciones, me tarareaba algunas y yo le
tarareaba otras. Fue un encuentro donde
se estableció una química musical muy
íntima.
Cuando
Marta regresó me preguntó: Bueno, ¿y
ustedes ya se presentaron? Pablito es
cantante... Yo no lo podía creer. De
repente, tenía delante de mí a un músico
que admiraba con locura. Pablito fue el
primero que me dijo: “Mira, yo soy el
uno, no acepto ser el segundo en
inscribirme en la guerrilla brasileña.
Puedes inscribirme ya”. Así nació la
amistad. A la semana siguiente conocí a
Nicola, a Silvio, a Sergio Vitier, a
Sara... Después que hallas uno, los
encuentras todos.
Estaban empezando a conformar el Grupo
de Experimentación Sonora del ICAIC y yo
tenía unos vínculos muy sólidos con la
música brasileña, incluso había montado
con anterioridad algunas obras de teatro
donde participaban cantantes importantes
de mi país, al tiempo que era amiga de
María Bethania, de Chico Buarque...,
porque lo mío era el mundo cultural,
tanto, que el padrino de mi matrimonio
fue un gran compositor brasileño, Nelson
Cavaquinho.
Mi
relación con la música viene de casa, de
la vida. La gran guitarrista
Rosinha de Valença,
ya fallecida, cuando llegó a Río de Janeiro se instaló en mi guarida, por
ejemplo. Éramos un grupo que hacíamos
parte de la misma turba: Caetano Veloso,
Gal Costa, Bethania, Chico... Esos
vínculos eran normales para mí cuando
llegué a Cuba, por lo que enseguida fui
en busca de los míos. Esos muchachos ya
estaban en mi camino y, si no estaban,
los iba a buscar. No era músico, pero
podía ayudarlos en muchas otras
cuestiones, como hacer los estatutos de
la Nueva Trova, en los que participé
desde la primera palabra hasta la
última. Hoy están ahí, y mantenemos la
misma complicidad, somos hermanos, pero
aquellos años fueron mágicos...
Luego
aparecieron en mi vida los pintores,
porque en Cuba pasaba un fenómeno que no
ocurría en ninguna otra parte del mundo:
los trovadores tenían un acercamiento
inusual con los pintores y los poetas.
Nelson (Domínguez) y Choco pintaban un
cuadro, y nosotros íbamos para sus
talleres. Pasábamos allí la noche y nos
metíamos en lo que hacían, lo mismo
sucedía con los trovadores.
Una
vez pasó algo muy chistoso, porque
Nelson me dijo: “Óyeme, ya no aguanto
más que vengas a decirme que quite el
rojo ese y ponga el azul. ¡El cuadro es
mío, el cuadro mío!...”. Cogió un óleo,
unos pinceles y pintura, y me los puso
en la mano: Vaya, ahora pinta tú, ve
para tu casa y haz tu propio cuadro, que
yo no aguanto más. Me fui para la casa y
pinté el cuadro, porque de lo contrario
creo que me hubiera ahorcado.
La
vida se encarga de ir apartando a la
gente por muchos motivos pero, de un
modo general, ese grupo se ha mantenido:
ahí están Choco, Nelson, Silvio, Pablo,
Augusto, Sara, Vicente, Waldo..., me
duele mucho, mucho, no tener a Nicola,
pero la vida sigue, y no hay cómo
detener la muerte.
Miriam, mi maestra
Maestra fue una de las tantas
profesiones que desempeñé en Cuba. Me
tocó abrir la Cátedra de Portugués de la
Universidad de La Habana, en la Facultad
de Lenguas Extranjeras. Yo preparé el
currículo y el programa. Tengo el mayor
orgullo de haber sido profesora en la
Facultad y de preparar a otros para
cuando yo no estuviera. Uno de mis
alumnos fue Ernesto Pulgarón, el mismo
que tradujo en la conversación que tuvo
lugar entre Luis Ignacio Lula y Fidel
Castro, recientemente.
Pulgarón nunca me conoció como Marilia.
Algunos cubanos jamás han logrado
llamarme por mi verdadero nombre, porque
durante 10 años fui para ellos Miriam.
En un
viaje que realizó Pulgarón a Brasil,
para sostener un encuentro con Oscar
Niemeyer para la futura escultura del
maestro de las curvas que se emplazaría
en la Plaza de la Universidad de
Ciencias Informáticas (UCI), la gente en
el trayecto le decía: “Mira, ahora
cuando lleguemos a Sao Paulo
encontraremos a Marilia, que estará
esperándonos en el aeropuerto”. Según me
cuentan, él solo repetía: “¿Marilia? No
la conozco. Es extraño”.
Cuando
salió del avión y me tuvo de frente,
comenzó a mover la cabeza de un lado
para otro. “Pero esta no es Marilia, ¡es
Miriam!”. “No, no, esa es Marilia
Guimarães”, le recalcaban. “¿Qué Marilia
Guimarães ni Marilia? Esa es Miriam, mi
maestra”.
La
distancia del corazón
Esos
primeros años de la década de 1970
fueron muy difíciles, pero había un amor
inmenso, una fuerza interior gigantesca.
Es que la Revolución al cambiar las
estructuras duras del capitalismo hizo
que el hombre fuera más tierno. Fue Cuba
la que le enseñó al mundo el significado
de la palabra solidaridad; la
solidaridad como postura de vida. Ese es
uno de los grandes logros de la
Revolución Cubana. Ese hombre nuevo del
que habló el Che ya nació, ya existe.
Por eso me dije: tengo que hacerle un
homenaje a la Revolución, al pueblo
cubano, tenía que hacerlo, porque el
exilio para muchos es muy duro. No diré
que fue fácil para mí. No lo fue.
Porque, además de la física, existe otra
distancia, que es la distancia del
corazón. No tienes cómo llenar esa falta
del olor de tu tierra, del olor de tu
mar, de la luna, de las estrellas,
porque el hombre es físico, es pura
electricidad.
Le
debía eso a la Revolución Cubana, a los
cubanos, pero también al mundo, tan
desinformado sobre esta maravillosa
Isla, engañado por tanta propaganda
injusta. Por eso este segundo libro que
decidimos nombrar Nuestros años en
Cuba. Un exilio entre el sinsonte y el
sabiá. El exilio es complicado,
duele, uno sufre por más que tengas el
respaldo del pueblo cubano, que no tiene
límites.
Quería
escribir sobre aquellos complejos
primeros 10 años de la Revolución
Cubana, los de reafirmación. Cuba es una
isla, no un continente con recursos que
se pueda mantener sola, por eso el
bloqueo siempre ha sido infame. Sin
embargo, el mundo asiste a eso sin
gritar. El mundo debe gritar y gritar y
gritar. El bloqueo es inadmisible, y
mira cuántos años lleva, a pesar de las
brechas abiertas. El mundo no sabe que
en los 70 Cuba lo tenía todo para
convertirse en el mayor productor de
azúcar del planeta, pero eran
incendiados los cañaverales, se
secuestraban a los pescadores, se hacían
atentados... El mundo no lo sabe a pesar
de que Cuba es más famosa que la Coca
Cola. Hay personas que han tenido la
osadía de preguntarme si en Cuba hay
artes plásticas. ¡Ja! Ay, caramba, ¡qué
ignorancia! La gente necesita saber que
esta Revolución es grandiosa.
Recuerdo cuando impartí portugués a los
pilotos del avión que explotaron en
Barbados, en 1976. Para mí fue terrible
cuando supe de aquel crimen. Les había
enseñado no para que fueran expertos,
sino para que se pudieran comunicar y
pudieran decir: Bom dia, Boa noite, todo
ben... Y de repente, perdí a compañeros
muy queridos, así: de un día para otro.
Sí, hubo muchos momentos angustiosos,
pero también los hubo de mucha alegría y
felicidad. Cuando uno hace un pare y
mira, dice: Claro que valió la pena,
valió la pena haber llorado y sufrido,
haber reído y haber soñado, porque aquí
está la Revolución sembrada y cosechada
de verdad.
Ahora
acabamos de terminar la Plaza de Oscar
Niemeyer en la UCI, en la cual participé
desde el primer detalle, desde el día en
que se le entregó de regalo al
Comandante en Jefe hasta el final. No
puedo olvidar que los muchachos de
Cubana de Acero, los más jóvenes, me
decían: “¿Doblar el acero y darle forma
redonda? Eso es cosa de locos. Oscar
Niemeyer hará esas cosas, pero se va a
caer”. Y el día que ellos lograron
doblar el acero, algo tan complicado
—porque en verdad lo es—, había que
verles las caras. Lo habían logrado. Lo
hicieron solos. Cuando llegué ya estaba
la estatua levantada. La fuerza y la
garra que tiene el pueblo cubano lo hace
doblar el acero.
El
encuentro
¡Cómo
lo voy a olvidar! Fue un encuentro
casual, muy casual. Al poco tiempo de
estar en Cuba, empecé a presentar
problemas con la tiroides, por el propio
estrés del año de la clandestinidad, por
el secuestro del avión; alguna huella
tenía que dejar. Yo había ido al Fajardo
a verme con mi endocrinólogo, Santiago
Hung, y con Mateo, el jefe de
Endocrinología en Cuba. Estaba en el
lobby, un poco distraída, y no lo vi
llegar. Fue en el elevador cuando me
fijé en aquel hombre, que de repente me
pregunta: ¿por qué te pintas el pelo,
muchacha? —siempre he tenido canas. Lo
único que atiné a contestar fue: Yo no
me pinto el pelo, Comandante. Como se
percató de que me había quedado como una
tonta, parada como una estatua de sal
—sucede con todo el mundo cuando se lo
encuentra por primera vez, porque es la
propia historia delante de ti, es
impresionante—, le preguntó a Mateo:
¿qué tiene ella? ¿De qué nacionalidad
es? Mi corazón latía a 200 revoluciones
por segundo. Es brasileña y tiene
problemas con la tiroides, respondió
Mateo. Le empezó a explicar porque, como
sabemos, Fidel todo lo pregunta, todo lo
quiere saber: cuál es la medicina, cómo
es el tratamiento... Es una pregunta
ambulante. Y entonces finalmente dijo:
Bueno, entonces cuídala, que los
brasileños valen oro. ¡Ah, cará, para
qué dijo eso! Yo no hablaba con nadie,
ni quería que nadie me tocara. Me sentía
como un lingote de oro puro.
Cuando
hablas con él por primera vez todo se te
olvida. Es como ver a Miguel Ángel
Buonarroti haciendo el David o a
Leonardo Da Vinci pintando. Se te
doblarían las piernas, empezarías a
temblar... Y luego, no te olvida.
Unos
meses después lo volví a encontrar, y la
primera pregunta que me hizo fue: ¿Estás
bien de la tiroides? Los cubanos saben
que él es así, pero cuando uno lo cuenta
a otras personas, te miran como
diciendo: está loca, está inventando.
Hace como dos o tres años, en la
presentación del libro La memoria
donde ardía, de Miguel Bonasso,
conversé otra vez con él: Comandante,
¿usted se acuerda de mi hijo? ¡Cómo me
voy a olvidar de mi hijo brasileño! Y
abrazó a Marcelo. Enseguida empezó a
recordar la niñez de Marcelo, que es un
hombre ya. Habló del día en que llegaron
los niños chiquitos y él mandó a decir
que sí, que los aceptaba como sus hijos
y de la Revolución. Así fue cada vez que
tuve la felicidad de verlo. Jamás se
olvidó de mí. Nunca nos olvidó.
Mi
fiesta
Fue
muy difícil, muy difícil el regreso.
Primero, porque llegué a Cuba a la edad
en que se hacen los amigos para toda la
vida, y a mi regreso a Brasil, los
amigos de la universidad ya habían
tomado sus caminos. Habían pasado 10
años. La adaptación fue muy complicada,
sentía mucha falta de Cuba, los niños no
se acostumbraban, no entendían por qué
había tantos niños en las calles, no lo
entendían. Se me creó un problema muy
serio, fíjate que dos años después
volvimos a Cuba, por problemas
políticos, pero también porque Eduardo y
Marcelo no querían quedarse, hasta que
logré convencerlos: Cuba sigue siendo
nuestra segunda Patria, pero somos
brasileños y tenemos un compromiso con
Brasil. Marcelo es muy, muy cubano: la
comida, la forma de ser, es muy
mujeriego, alegre. Para mí también fue
terrible. La gente no tiene idea de lo
que es vivir en el capitalismo: hay que
matar un león por día, de lo contrario
te quedas en el medio del camino. Por
suerte, Cuba está cerca, cuando me
aprieta mucho la nostalgia llamo por
teléfono o vengo. Entonces no pierdo el
tiempo, no duermo, tengo que aprovechar
el olor de la gente, apresar la energía,
para poder volver renovada.
Por
eso es que casi muero el día en que me
entregaron la Medalla de la Amistad. Yo
había comprado unos globos y preparado
una fiesta para reunirme con mis amigos,
a quienes quería homenajear, pero no
sabía que quien iba a ser objeto del
homenaje era yo. Pensé que me dirían
unas palabras y cosas así, pero me
dejaron muda, con el alma en el aire, lo
mismo hablaba que lloraba, mi hijo me
abrazaba para que parara de temblar. ¡Y
después dicen que Cuba no es grande! |