Año VI
La Habana

23-29 de FEBRERO
de 2008

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 
Marilia Guimarães

La brasileña que vale oro

José Luis Estrada Betancourt • La Habana
Fotos: Denise Guerra (La Jiribilla)

 

¡Va a llegar! Fue lo que se me ocurrió decirle al comandante del avión cuando, a punta de pistola, lo convidé para que nos trajera hasta Cuba. “Esto no llega a Cuba”, me dijo. Pues de aquí no va a bajar nadie, le repetí sin la más leve señal de temblor en mi voz. El secuestro estaba previsto para el 31 de diciembre, a las diez de la noche. Queríamos aterrizar en la mañana del 1ro. de Enero, cuando se estuviera celebrando el triunfo de la Revolución Cubana, solo que el avión tenía autorización de vuelo para dos horas. Pero el comandante logró hacer una ruta: haríamos pequeños tramos: de Buenos Aires para Chile, después Lima, donde la situación se puso muy tensa, porque el ejército brasileño había ganado tiempo y había contactado al gobierno peruano. Me prometieron hasta lo inimaginable con tal de que abandonara el avión. Pero permanecí firme. Yo, Marilia Guimarães, llegaría de todas maneras a mi destino, aunque fuera muerta.

Cuando vieron que no habría ningún entendimiento, mandaron a entrar al ejército. Aunque existen periodistas que le hacen el juego al imperialismo, hay otros que no. Esos fueron los que me salvaron la vida, pues el aeropuerto estaba lleno de ellos, que anunciaron al mundo entero que en el avión había dos niños y que los militares querían invadirlo. Lograron llamar la atención de la opinión pública internacional, y eso ataba al ejército de manos. Era la primera vez en la historia que alguien secuestraba un avión con dos niños. Después de 24 horas nos liberaron, y viajamos hacia Panamá, pero el secuestro ya iba para el tercer día sin comida, ni agua, estábamos muy debilitados...

Finalmente, a las cinco de la tarde del 4 de enero de 1970, aterrizamos en Cuba. Muy asustados, aunque al bajar la escalerilla vi el letrero: Aeropuerto José Martí. Había muchos militares —al menos eso me pareció entonces—, sin embargo, algo me tranquilizó: sus sonrisas. Uno de ellos pasó su mano por la cabeza de mis hijos, ese gesto de cariño me relajó. Ya podía respirar. 

El mimeógrafo

A principios de los años 60, en Brasil se desató una dictadura muy fuerte (1964-1985), que fue como el eje para las otras que surgieron en Latinoamérica. Yo formaba parte, desde 1966, de un grupo de guerrilla, de una organización revolucionaria, que tenía como fin llevar a cabo la guerra de guerrillas, como se había hecho en Cuba. Estábamos conscientes de que iba a ser un proceso largo y complejo, porque el nuestro es un país inmenso, poblado por personas de costumbres muy diferentes, por lo que sería imposible hacerlo en bloque. Pero, de todos modos, marcharíamos poco a poco hasta que lográramos librarnos de tantas desapariciones y muertes.

Sin embargo, las cosas no siempre salen como uno desea. En 1969, aunque yo era muy joven, ya había terminado la universidad y tenía dos escuelas. Y en una de ellas había un mimeógrafo profesional, que lo presté a un compañero para que hiciera algunos trabajos de la guerrilla. Resultó que alguien entregó ese lugar, porque si bien había personas que veían algo sospechoso y no decían nada, también es cierto que había quien sí delataba. De esa manera, el mimeógrafo y aquellos que estaban en la casa fueron capturados.

Cuando conocí la noticia, inmediatamente preparé un recibo de venta, de modo que si llegaban a mí, poder tener al menos una coartada. Lo hice como precaución porque, a decir verdad, pensaba que la policía no se iba a interesar por detalles tan pequeños, cuando estaban sucediendo cosas más grandes como ataques a bancos y otras acciones. Un mimeógrafo, creí, no les va a quitar el sueño. Pero me equivoqué. La policía designó un grupo para que encontraran al dueño del aparato, y buscaron, buscaron y buscaron hasta que dieron conmigo, de modo que, cuando aparecieron, venían con la orden de prisión, con aquel macabro papel con la franja verde y amarilla.

Ciertamente, no tenía nada a mi favor. Ellos estaban casi seguros de que el mimeógrafo era de mi escuela y que, por tanto, estaba involucrada. Sin embargo, los sorprendí, porque no esperaban que les fuera a presentar un recibo. Entonces, quisieron quedarse con él, pero no lo permití. Yo iría a llevarlo, les prometí, mientras les aseguraba que no tenía ni la más mínima idea de qué era el comunismo. Aparentemente me creyeron. Mirando los hechos a la distancia de los años, tengo que reconocer que aquello fue una cosa medio loca; debía de ser muy osada para decir que me presentaría al Ejército. En verdad, lo que quería era ganar tiempo, sabía que tarde o temprano iban a descubrir que estaba mintiendo. Lo que hice fue huir. Me alcanzó el tiempo para sacar rápido a los niños. Nunca más regresé a mi casa, fue definitivo. A partir de ese día tuve que entrar en la clandestinidad. 

Chivo expiatorio

Había mucha gente en la clandestinidad y apenas dinero. Escaseaban los recursos para mantener a la gente, a veces  no alcanzaba ni para comer, solo unos quilitos para el pan del día era nuestro botín. Eso me indicaba que, por todos los medios, había que evitar dar ese paso. Fue cuando analicé que si la policía creía mi historia, al menos unas 20 personas no tendrían de qué preocuparse.

De acuerdo con la dirección de la organización, decidimos que llevaría el recibo y haría un cuento, y así lo hice. Pero ellos me detuvieron, no iba a ser tan simple. Me mantuvieron encerrada durante 72 horas; 72 horas de interrogatorios y más interrogatorios. Me estuvieron torturando psicológicamente muchas horas, me enseñaron fotos de compañeros asesinados: ahorcados, mutilados... Horrible. Pero mientras más dura se ponía la situación, más me aferraba a la imagen y a las ideas del Che y de Fidel. El Che había sido asesinado y yo solo pensaba en lo que él hubiese hecho de haber estado en mi lugar. Eso me dio una fuerza interior muy grande que me permitió soportar.

Por suerte, poseo una cualidad que entonces me ayudó muchísimo: mi magnífica memoria —hasta hoy sigue siendo bárbara—. Me construí una historia que no varié ni en un ápice. Eso los hizo dudar de si era real o no lo que les había contado. Entonces, decidieron utilizarme como un chivo expiatorio. Ponerme en movimiento como si fuera una ficha de ajedrez. Me seguirían. Estaban seguros de que los conduciría hasta el mando de la organización. Mas los despisté. Entraba por un lado, salía por otro, me montaba en una guagua, cogía un taxi, me pasé toda la madrugada de esa manera... Era la preparación de la guerrilla. Cuando por fin estuve frente al jefe le hice saber que no tenía la certeza de que hubiesen creído en mí; de hecho estaba convencida de que no se habían tragado ni una sola palabra. 

Un año en el infierno

Mi marido, que también era guerrillero, no coincidía conmigo: pensaba que la policía se había tragado la píldora. Vamos a volver a la casa, me convidaba. No será necesario entrar en la clandestinidad, se esperanzaba. Pero sentía algo raro. Y no debía subestimar la inteligencia del enemigo. Muchas de esas personas habían sido formadas en la Escuela de las Américas en Panamá, y adiestradas por la CIA y el FBI. Tenían una preparación que nosotros ni soñábamos. Eso me dejaba con mis dudas. Decidí no regresar a nuestra casa, sino acercarnos a la de su hermana para ver qué pasaba.

Tengo que reconocer que fui muy privilegiada. La puerta de la casa de mi cuñada se hallaba justamente frente al elevador. Eso me posibilitó descubrir, en cuanto puse un pie afuera, a los dos hombres que empujaban la puerta de la casa de mi cuñada con la pierna y gritaban que abrieran. Pude ver a la prima de mi marido. Todavía no sé cómo logró aguantarse cuando me vio. Como los tipos estaban de espaldas, no se percataron de mi presencia. Ella los dejó entrar y yo bajé las escaleras, me puse un pañuelo, unos espejuelos y comencé a caminar rápidamente.

Había vivido desde la adolescencia en aquel edificio, por tanto, conocía a todos, aunque fuera de vista. Por ello me fue fácil comprender que ninguno de los que estaban en el lobby era morador. Y como aguardaban a que yo entrara, no a que saliera, los tomé desprevenidos. Había ocurrido lo mismo que sospechaba: al día siguiente de mi liberación, habían dado con el señor que me había vendido el mimeógrafo, quien, en cuanto le enseñaron mi foto y la de mi compañero, João Lucas Alves —ya había sido asesinado—, lo soltó todo: son amigos, los dos fueron juntos a comprarlo. La historia se había desbaratado. Fue una suerte tremenda que hubiesen apresado al tipo después que me soltaran. A partir de ese día entré definitivamente en la clandestinidad. No hubo más remedio. El Ejército había descubierto que éramos el comando de la organización.

Estuve casi un año en la clandestinidad —eso ocurrió alrededor del 6 de febrero y yo llegué a Cuba a finales de diciembre—, de un estado para otro, de una casa para otra, un día en una favela, otro en un coche en la carretera, un tercero debajo de un puente o caminando por las calles sin dormir... y con los dos niños. Ya en octubre la situación era irresistible. Porque no es lo mismo cuando estás sola, que cuando andas con dos niños pequeños: Eduardo tenía dos años y Marcelo tres, así que no me quedaba otra alternativa que salir de Brasil, también de forma clandestina, pues por doquier había carteles con mi foto. No podía utilizar el aeropuerto, tenía que cruzar, inevitablemente, la frontera.

Salimos por Rosario, y aunque la policía nos detuvo en el camino y en el coche había dos armas para defendernos, uno de los niños empezó a pedirme con insistencia que lo llevara a orinar. Nos dejaron pasar. En aquella ciudad lo teníamos todo arreglado para secuestrar del avión, que nos traería hacia Cuba. Era la única solución.

La quinta avenida

Yo tenía mi propia idea sobre la Isla. Pensaba que como en China los cubanos estarían vestidos de gris. Es cierto que vestían un poco desfasados en la moda, pero había tanto colorido en la gente... Montada en un automóvil camino al hotel nos quedamos alelados con la belleza de La Habana. La Quinta Avenida se veía tan linda... La Quinta Avenida siempre me fascinó, sobre todo porque significó la libertad en mi cabeza. En uno de los cines se anunciaba Los paraguas de Cherburgo. ¿Era jueves o sábado? No sé, pero frente al Capri había mucha gente. Pensé que se trataba de una película de época: las mujeres con bucles en la cabeza y unos tacones muy altos... Caí en la cama y el sueño fue rotundo.

Tengo una relación muy fuerte con el mar, nací en una ciudad de mar, montañas y mucho verde. Corrí hacia la ventana y la abrí, y a pesar de que hacía mucho frío, el mar se veía lindo, de ensueño, aquellas olas enormes chocando contra el malecón eran de una belleza indescriptible. Hambrienta y deseosa de tomar café, me dirigí al restaurante, donde todo el mundo me miraba, andaba en minifalda. ¡Caramba, esta no es una película, me dije, soy yo la que está disfrazada! Así empezaron mis años en Cuba.

En la habitación puse la radio. Ese año en el que estuve en la clandestinidad había llegado a Brasil un disco de esos de pasta, que tenía una única canción: “Fusil contra fusil”, de Silvio Rodríguez. Esa canción, que la escuchábamos hasta el cansancio, estaba metida en mi cabeza. Prendí el radio buscándola y lo que escuché fue: Radio Progreso..., y algo más que no recuerdo ahora, además de una frase que se fijó en mi mente para siempre: ¡Cuba, primer territorio libre de América!, frase con que concluye mi primer libro, En esta tierra, en este instante, un libro sobre mis sentimientos, mi vida en la clandestinidad, no para que lo leyeran los intelectuales, sino aquellos que no tienen hábitos de lectura. Para esos es para quienes hay que escribir. 

Pequeña serenata diurna

Nunca pensé que iba a ser capaz de escribir un libro, no tenía coraje. Si tienes el don de escribir —no sé si esa será la palabra correcta—, todo te fluye, pero comenzar es un parto. Siempre te parece que lo escrito no está bien y lo rehaces 300 veces, es un proceso bien complicado. Yo demoré muchos años para escribir En esta tierra, en este instante, aunque lo tenía en mi cabeza desde hacía tiempo.

Una amiga, que quería que empezara a escribir, me tendió una trampa, le dijo a una periodista que Marilia estaba haciendo un libro, que me llamara. ¿Y cómo se titula?, me interrogó la reportera. En esta tierra, en este instante, me salió la respuesta sin pensarlo. Juro que el título no fue “robado” de la afamada canción “Pequeña serenata diurna”, de Silvio Rodríguez, al menos no conscientemente... ¡Claro que es de la canción! Pero es que ese tema estaba tan dentro de mí...

Un buen día, mi hijo mayor me dijo: “mami, ¿tú sabes que estás plagiando a Silvio?”. ¿Cómo que plagiando?, me sorprendí. Pues sí, me insistió, eso es de “Pequeña serenata diurna”. Pues mira, le comenté, no había pensado en eso —como era cierto. Unos años después hablé con Silvio sobre el asunto, y él, con una amabilidad desbordante, me dijo: Como no es el nombre de la canción, no me estás plagiando.

Solo alguien que lo haya vivido lo puede comprender: “Pequeña serenata diurna” me marcó profundamente, penetró en mi subconsciente como las pequeñas partículas de polvo invaden los poros de la piel. Nuestros años en Cuba. Un exilio entre el sinsonte y el sabiá sí tiene un título pensado, pero En esta tierra, en este instante salió del corazón. Hasta pienso que en mi interior albergaba unos deseos inmensos de homenajear a la Nueva Trova. 

Homenaje invertido

Con los muchachos del Movimiento de la Nueva Trova, a quienes fui conociendo uno a uno, tuve un vínculo muy fuerte. A finales de enero de 1970 ya conocía a la Nueva Trova. El primero fue Pablito Milanés, y el encuentro resultó muy simpático. Yo era amiga de una periodista de la revista Siempre, de México, llamada Marta Solís, quien a su vez era muy cercana a ellos y a Roque Dalton. Un día le telefoneé, pues habíamos quedado de encontrarnos en su casa. Entonces me dijo que, aunque iba a salir a entregar un artículo a la revista, que no me preocupara, que alguien me iba a recibir y atender hasta que ella llegara.

Efectivamente, toqué la puerta, y un hombre muy amable me abrió. Me puse a conversar con él, y aunque no sabía nada de español, pudimos comunicarnos. A él le encantaba la música brasileña y yo estaba encantada de que algo así le sucediera a un cubano. Me hablaba de Elis Regina, se sabía un montón de canciones, me tarareaba algunas y yo le tarareaba otras. Fue un encuentro donde se estableció una química musical muy íntima.

Cuando Marta regresó me preguntó: Bueno, ¿y ustedes ya se presentaron? Pablito es cantante... Yo no lo podía creer. De repente, tenía delante de mí a un músico que admiraba con locura. Pablito fue el primero que me dijo: “Mira, yo soy el uno, no acepto ser el segundo en inscribirme en la guerrilla brasileña. Puedes inscribirme ya”. Así nació la amistad. A la semana siguiente conocí a Nicola, a Silvio, a Sergio Vitier, a Sara... Después que hallas uno, los encuentras todos.

Estaban empezando a conformar el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC y yo tenía unos vínculos muy sólidos con la música brasileña, incluso había montado con anterioridad algunas obras de teatro donde participaban cantantes importantes de mi país, al tiempo que era amiga de María Bethania, de Chico Buarque..., porque lo mío era el mundo cultural, tanto, que el padrino de mi matrimonio fue un gran compositor brasileño, Nelson Cavaquinho.

Mi relación con la música viene de casa, de la vida. La gran guitarrista Rosinha de Valença, ya fallecida, cuando llegó a Río de Janeiro se instaló en mi guarida, por ejemplo. Éramos un grupo que hacíamos parte de la misma turba: Caetano Veloso, Gal Costa, Bethania, Chico... Esos vínculos eran normales para mí cuando llegué a Cuba, por lo que enseguida fui en busca de los míos. Esos muchachos ya estaban en mi camino y, si no estaban, los iba a buscar. No era músico, pero podía ayudarlos en muchas otras cuestiones, como hacer los estatutos de la Nueva Trova, en los que participé desde la primera palabra hasta la última. Hoy están ahí, y mantenemos la misma complicidad, somos hermanos, pero aquellos años fueron mágicos...

Luego aparecieron en mi vida los pintores, porque en Cuba pasaba un fenómeno que no ocurría en ninguna otra parte del mundo: los trovadores tenían un acercamiento inusual con los pintores y los poetas. Nelson (Domínguez) y Choco pintaban un cuadro, y nosotros íbamos para sus talleres. Pasábamos allí la noche y nos metíamos en lo que hacían, lo mismo sucedía con los trovadores.

Una vez pasó algo muy chistoso, porque Nelson me dijo: “Óyeme, ya no aguanto más que vengas a decirme que quite el rojo ese y ponga el azul. ¡El cuadro es mío, el cuadro mío!...”. Cogió un óleo, unos pinceles y pintura, y me los puso en la mano: Vaya, ahora pinta tú, ve para tu casa y haz tu propio cuadro, que yo no aguanto más. Me fui para la casa y pinté el cuadro, porque de lo contrario creo que me hubiera ahorcado.

La vida se encarga de ir apartando a la gente por muchos motivos pero, de un modo general, ese grupo se ha mantenido: ahí están Choco, Nelson, Silvio, Pablo, Augusto, Sara, Vicente, Waldo..., me duele mucho, mucho, no tener a Nicola, pero la vida sigue, y no hay cómo detener la muerte.

Miriam, mi maestra

Maestra fue una de las tantas profesiones que desempeñé en Cuba. Me tocó abrir la Cátedra de Portugués de la Universidad de La Habana, en la Facultad de Lenguas Extranjeras. Yo preparé el currículo y el programa. Tengo el mayor orgullo de haber sido profesora en la Facultad y de preparar a otros para cuando yo no estuviera. Uno de mis alumnos fue Ernesto Pulgarón, el mismo que tradujo en la conversación que tuvo lugar entre Luis Ignacio Lula y Fidel Castro, recientemente.

Pulgarón nunca me conoció como Marilia. Algunos cubanos jamás han logrado llamarme por mi verdadero nombre, porque durante 10 años fui para ellos Miriam.

En un viaje que realizó Pulgarón a Brasil, para sostener un encuentro con Oscar Niemeyer para la futura escultura del maestro de las curvas que se emplazaría en la Plaza de la Universidad de Ciencias Informáticas (UCI), la gente en el trayecto le decía: “Mira, ahora cuando lleguemos a Sao Paulo encontraremos a Marilia, que estará esperándonos en el aeropuerto”. Según me cuentan, él solo repetía: “¿Marilia? No la conozco. Es extraño”.

Cuando salió del avión y me tuvo de frente, comenzó a mover la cabeza de un lado para otro. “Pero esta no es Marilia, ¡es Miriam!”. “No, no, esa es Marilia Guimarães”, le recalcaban. “¿Qué Marilia Guimarães ni Marilia? Esa es Miriam, mi maestra”. 

La distancia del corazón

Esos primeros años de la década de 1970 fueron muy difíciles, pero había un amor inmenso, una fuerza interior gigantesca. Es que la Revolución al cambiar las estructuras duras del capitalismo hizo que el hombre fuera más tierno. Fue Cuba la que le enseñó al mundo el significado de la palabra solidaridad; la solidaridad como postura de vida. Ese es uno de los grandes logros de la Revolución Cubana. Ese hombre nuevo del que habló el Che ya nació, ya existe. Por eso me dije: tengo que hacerle un homenaje a la Revolución, al pueblo cubano, tenía que hacerlo, porque el exilio para muchos es muy duro. No diré que fue fácil para mí. No lo fue. Porque, además de la física, existe otra distancia, que es la distancia del corazón. No tienes cómo llenar esa falta del olor de tu tierra, del olor de tu mar, de la luna, de las estrellas, porque el hombre es físico, es pura electricidad.

Le debía eso a la Revolución Cubana, a los cubanos, pero también al mundo, tan desinformado sobre esta maravillosa Isla, engañado por tanta propaganda injusta. Por eso este segundo libro que decidimos nombrar Nuestros años en Cuba. Un exilio entre el sinsonte y el sabiá. El exilio es complicado, duele, uno sufre por más que tengas el respaldo del pueblo cubano, que no tiene límites.

Quería escribir sobre aquellos complejos primeros 10 años de la Revolución Cubana, los de reafirmación. Cuba es una isla, no un continente con recursos que se pueda mantener sola, por eso el bloqueo siempre ha sido infame. Sin embargo, el mundo asiste a eso sin gritar. El mundo debe gritar y gritar y gritar. El bloqueo es inadmisible, y mira cuántos años lleva, a pesar de las brechas abiertas. El mundo no sabe que en los 70 Cuba lo tenía todo para convertirse en el mayor productor de azúcar del planeta, pero eran incendiados los cañaverales, se secuestraban a los pescadores, se hacían atentados... El mundo no lo sabe a pesar de que Cuba es más famosa que la Coca Cola. Hay personas que han tenido la osadía de preguntarme si en Cuba hay artes plásticas. ¡Ja! Ay, caramba, ¡qué ignorancia! La gente necesita saber que esta Revolución es grandiosa.

Recuerdo cuando impartí portugués a los pilotos del avión que explotaron en Barbados, en 1976. Para mí fue terrible cuando supe de aquel crimen. Les había enseñado no para que fueran expertos, sino para que se pudieran comunicar y pudieran decir: Bom dia, Boa noite, todo ben... Y de repente, perdí a compañeros muy queridos, así: de un día para otro. Sí, hubo muchos momentos angustiosos, pero también los hubo de mucha alegría y felicidad. Cuando uno hace un pare y mira, dice: Claro que valió la pena, valió la pena haber llorado y sufrido, haber reído y haber soñado, porque aquí está la Revolución sembrada y cosechada de verdad.

Ahora acabamos de terminar la Plaza de Oscar Niemeyer en la UCI, en la cual participé desde el primer detalle, desde el día en que se le entregó de regalo al Comandante en Jefe hasta el final. No puedo olvidar que los muchachos de Cubana de Acero, los más jóvenes, me decían: “¿Doblar el acero y darle forma redonda? Eso es cosa de locos. Oscar Niemeyer hará esas cosas, pero se va a caer”. Y el día que ellos lograron doblar el acero, algo tan complicado —porque en verdad lo es—, había que verles las caras. Lo habían logrado. Lo hicieron solos. Cuando llegué ya estaba la estatua levantada. La fuerza y la garra que tiene el pueblo cubano lo hace doblar el acero. 

El encuentro

¡Cómo lo voy a olvidar! Fue un encuentro casual, muy casual. Al poco tiempo de estar en Cuba, empecé a presentar problemas con la tiroides, por el propio estrés del año de la clandestinidad, por el secuestro del avión; alguna huella tenía que dejar. Yo había ido al Fajardo a verme con mi endocrinólogo, Santiago Hung, y con Mateo, el jefe de Endocrinología en Cuba. Estaba en el lobby, un poco distraída, y no lo vi llegar. Fue en el elevador cuando me fijé en aquel hombre, que de repente me pregunta: ¿por qué te pintas el pelo, muchacha? —siempre he tenido canas. Lo único que atiné a contestar fue: Yo no me pinto el pelo, Comandante. Como se percató de que me había quedado como una tonta, parada como una estatua de sal —sucede con todo el mundo cuando se lo encuentra por primera vez, porque es la propia historia delante de ti, es impresionante—, le preguntó a Mateo: ¿qué tiene ella? ¿De qué nacionalidad es? Mi corazón latía a 200 revoluciones por segundo. Es brasileña y tiene problemas con la tiroides, respondió Mateo. Le empezó a explicar porque, como sabemos, Fidel todo lo pregunta, todo lo quiere saber: cuál es la medicina, cómo es el tratamiento... Es una pregunta ambulante. Y entonces finalmente dijo: Bueno, entonces cuídala, que los brasileños valen oro. ¡Ah, cará, para qué dijo eso! Yo no hablaba con nadie, ni quería que nadie me tocara. Me sentía como un lingote de oro puro.

Cuando hablas con él por primera vez todo se te olvida. Es como ver a Miguel Ángel Buonarroti haciendo el David o a Leonardo Da Vinci pintando. Se te doblarían las piernas, empezarías a temblar... Y luego, no te olvida.

Unos meses después lo volví a encontrar, y la primera pregunta que me hizo fue: ¿Estás bien de la tiroides? Los cubanos saben que él es así, pero cuando uno lo cuenta a otras personas, te miran como diciendo: está loca, está inventando. Hace como dos o tres años, en la presentación del libro La memoria donde ardía, de Miguel Bonasso, conversé otra vez con él: Comandante, ¿usted se acuerda de mi hijo? ¡Cómo me voy a olvidar de mi hijo brasileño! Y abrazó a Marcelo. Enseguida empezó a recordar la niñez de Marcelo, que es un hombre ya. Habló del día en que llegaron los niños chiquitos y él mandó a decir que sí, que los aceptaba como sus hijos y de la Revolución. Así fue cada vez que tuve la felicidad de verlo. Jamás se olvidó de mí. Nunca nos olvidó. 

Mi fiesta

Fue muy difícil, muy difícil el regreso. Primero, porque llegué a Cuba a la edad en que se hacen los amigos para toda la vida, y a mi regreso a Brasil, los amigos de la universidad ya habían tomado sus caminos. Habían pasado 10 años. La adaptación fue muy complicada, sentía mucha falta de Cuba, los niños no se acostumbraban, no entendían por qué había tantos niños en las calles, no lo entendían. Se me creó un problema muy serio, fíjate que dos años después volvimos a Cuba, por problemas políticos, pero también porque Eduardo y Marcelo no querían quedarse, hasta que logré convencerlos: Cuba sigue siendo nuestra segunda Patria, pero somos brasileños y tenemos un compromiso con Brasil. Marcelo es muy, muy cubano: la comida, la forma de ser, es muy mujeriego, alegre. Para mí también fue terrible. La gente no tiene idea de lo que es vivir en el capitalismo: hay que matar un león por día, de lo contrario te quedas en el medio del camino. Por suerte, Cuba está cerca, cuando me aprieta mucho la nostalgia llamo por teléfono o vengo. Entonces no pierdo el tiempo, no duermo, tengo que aprovechar el olor de la gente, apresar la energía, para poder volver renovada.

Por eso es que casi muero el día en que me entregaron la Medalla de la Amistad. Yo había comprado unos globos y preparado una fiesta para reunirme con mis amigos, a quienes quería homenajear, pero no sabía que quien iba a ser objeto del homenaje era yo. Pensé que me dirían unas palabras y cosas así, pero me dejaron muda, con el alma en el aire, lo mismo hablaba que lloraba, mi hijo me abrazaba para que parara de temblar. ¡Y después dicen que Cuba no es grande!

 

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