Año VI
La Habana

1ro al 7 de MARZO
de 2008

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Entrevista con Pedro Álvarez Tabío

Un custodio de la memoria revolucionaria

Yinett Polanco • La Habana
Fotos: La Jiribilla

 

A Pedro Álvarez Tabío lo ha calificado Fidel como “guardián intachable de documentos históricos” y de él ha dicho también Ignacio Ramonet que es “la segunda memoria de Fidel”. De un modo u otro se alude siempre así al afán por el dato exacto y la pasión por la memoria que este hombre desborda. Entre su larga trayectoria repleta de hitos, podría destacarse el desempeñarse desde 1981 como Director de la Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado y desde 1994 de la Oficina de Asuntos Históricos, unidas desde 1999 en las Oficinas de Historia del Consejo de Estado, y haber sido por largo tiempo el editor de los libros del líder de la Revolución. Recientemente, durante la XVII Feria Internacional del Libro de La Habana, Tabío recibió el Premio Nacional de Edición. 

Según sus propias palabras usted ha sido muchas cosas: traductor, dirigente administrativo, funcionario y diplomático, de esto último se  habla muy poco…

Desde 1961 hasta 1968 trabajé en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Parte de ese tiempo estuve en la Misión Permanente en las Naciones Unidas en Nueva York. Tuve oportunidad de trabajar con el Che en dos ocasiones, primero como Secretario de la delegación que él presidió para la Primera Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, efectuada en Ginebra en 1964, y después cuando la visita del Che a las Naciones Unidas, en diciembre de ese mismo año. Esos momentos los conservo como unas de las memorias más vívidas y más intensas de mi vida, haber tenido el privilegio de conocer a ese hombre excepcional que fue el Che, y gozar de su confianza. Desgraciadamente solo fueron esas dos ocasiones, pero las guardo muy íntimamente. 

Los diplomáticos cubanos, con respecto a los de otros países tienen una responsabilidad de algún modo especial, ¿cómo se sentía usted cuando representaba a Cuba?

Me tocó hacerlo en una etapa muy difícil. Llegué a Nueva York a la Misión Permanente de Cuba en las Naciones Unidas, a raíz de la Crisis de Octubre. Era fue un momento realmente muy tenso, muy difícil, y además era Nueva York, el corazón del imperio prácticamente, donde había que estar constantemente en guardia y defendiendo a la Revolución y al país. Además apenas tenía 22 ó 23 años. Tengo entendido que he sido el Jefe de Misión más joven en toda la historia de las Naciones Unidas, pues durante varios meses fui Encargado de Negocios antes de que nombraran un nuevo Embajador, que resultó ser mi padre, Fernando Álvarez Tabío. El diplomático cubano tiene una gran responsabilidad, sobre todo cuando está destacado en países hostiles, como pueden ser algunos europeos, el propio EE.UU. o cualquier otro donde haya necesidad de estar enfrentando constantemente las provocaciones y las agresiones que a diario sufren los diplomáticos cubanos. Felipe Pérez Roque ha sido muy elocuente cuando a veces ha hablado de eso, de la responsabilidad especial que tienen los diplomáticos cubanos, distinta a la de un diplomático de cualquier otro país.      

¿Cómo llegó a la investigación histórica?

Llego a la investigación histórica muy en relación con mi trabajo como editor. Desde enero de 1969 ingresé en el Instituto Cubano del Libro. Fue entonces cuando comenzó mi carrera como editor. En 1972 Celia Sánchez le pidió a Rolando Rodríguez, quien era entonces el presidente fundador del Instituto, un editor y un equipo editorial para trabajar en un libro que se pensaba hacer sobre el viaje largo del Comandante en Jefe a algunos países de África y los países del campo socialista europeo. En ese momento yo era Jefe de la Redacción Política de la Editorial de Ciencias Sociales. Rolando me envió. Recuerdo que tuvimos una reunión el 24 de julio de 1972 en el Consejo de Estado con Celia. Fue entonces cuando la conocí. Empezamos a trabajar en ese libro, El futuro es el internacionalismo. Terminándolo, Celia nos dijo que el Comandante quería un libro especial sobre la obra de la Revolución hasta ese momento en materia de educación. Este libro se tituló precisamente así: La educación en revolución. Vino el vigésimo aniversario del Asalto al Cuartel Moncada y yo le propuse a Celia hacer un libro especial sobre el hecho, que se llamó Moncada. Así seguimos trabajando en este equipo editorial que se quedó funcionando en el Consejo de Estado, pero todavía como parte del Instituto del Libro, como una suerte de prestación de servicios y se le denominó Redacción Especial de la Editorial Ciencias Sociales.  

A principios de 1974 se planteó hacer un libro especial sobre la visita de Leonid Brezhnev a Cuba, en enero o febrero de ese año, con una característica muy singular —yo lo llamé el libro simultáneo— de que estuviera terminado e impreso a tiempo para poderlo entregar al visitante antes de que se marchara. Eso parecía una locura porque eran los tiempos cuando aún no existían las computadoras, ni la composición, la fotomecánica y la impresión digitales, o sea, ninguno de los medios tecnológicos modernos que aceleran extraordinariamente el proceso poligráfico. Ese libro tenía incluso ilustraciones en colores, muchas fotografías, todas las crónicas de las actividades del visitante en el país, sus discursos, los del Comandante, los documentos aprobados como resultado de la visita, etcétera. Al pie de la escalerilla del avión, cuando el Comandante estaba despidiendo a Brezhnev de regreso a Moscú, le dijo: “Le tengo una sorpresa”, y le entregó el libro. El hombre se quedó estupefacto. Incluso tengo noticias de que a su regreso a la Unión Soviética, convocó una reunión del Buró Político del PCUS para mostrar el libro y hablar maravillado de  lo que eran capaces de hacer los cubanos. El libro incluía hasta la despedida en el aeropuerto, con una foto de Brezhnev diciendo adiós, lo cual por supuesto era un truco, la foto había sido tomada cuando llegó y se paró arriba en la escalerilla haciendo un gesto de saludo y usamos esa foto como si fuera la despedida; o sea, tenía hasta la propia despedida que no se había producido en ese momento. Me he detenido en este episodio porque es uno de los momentos culminantes en mi actividad como editor, porque fue algo sin precedentes en un momento donde no existían las condiciones actuales. Hoy sería mucho más fácil y, sin embargo, aún así costaría mucho trabajo.  

Así seguimos trabajando en esta Redacción Especial como editores de libros que el Comandante solicitaba o por los cuales Celia se interesaba. Llegó entonces el XX aniversario del Granma, en diciembre de 1976. Meses antes, Celia había organizado un equipo de trabajo en la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado, para realizar una investigación sobre el desembarco del Granma y publicar algo con ese motivo. Este equipo estaba dirigido por el compañero —ya fallecido— Francisco Pividal, investigador, historiador y escritor. A mediados de noviembre aproximadamente ya el trabajo de investigación estaba concluido y Celia le planteó a Pividal que ella quería publicar el resultado de esa investigación a tiempo para el vigésimo aniversario, el 2 de diciembre. Pividal le respondió que eso era imposible, que la investigación estaba concluida pero no era posible hacer un libro con ese resultado en tan poco tiempo. Ahí Celia me llamó y me preguntó si yo era capaz de armar un libro o algo digno para el vigésimo aniversario del Granma, con los resultados de la investigación histórica realizada por este equipo. Por supuesto le dije que sí. Nunca le he dicho no a ninguna tarea que se me haya planteado, por difícil o aparentemente imposible. Así se hizo, no un libro, sino un número  especial de la revista Bohemia dedicado exclusivamente al desembarco del Granma, que armé editorialmente a partir de la investigación realizada.  

Inmediatamente después, a partir de enero del 1977, comenzaban a conmemorarse otros vigésimos aniversarios de los hechos de la guerra. A partir del desembarco venían las primeras acciones, y Celia me preguntó si yo podría realizar una investigación sobre el primer combate victorioso, el combate de la Plata el 17 de enero de 1957. Que para eso debía trasladarme a la Sierra, montar en mulo, subir lomas, pasar trabajo… Yo la interrumpí. “No me diga nada más, lo que usted me plantea para mí es un privilegio y estoy en la mejor disposición de hacerlo.” Realicé esa investigación y con los resultados publiqué un artículo muy extenso en el periódico Granma el 17 de enero de 1977. A partir de ahí empezó mi destino como investigador histórico, porque después que terminamos ese trabajo ella me preguntó si estaría en disposición de continuar la investigación sobre el Primer Frente. Por supuesto le dije que sí. Existía ya una comisión organizada por Raúl para investigar la historia del Segundo Frente, el comandante Almeida tenía un equipo de trabajo para el Tercer Frente y, sin embargo, el Primer Frente, el de Fidel, el Frente madre, no contaba aún con un equipo de trabajo para realizar su investigación histórica. Así comienza mi carrera como historiador, muy vinculada a los antecedentes anteriores de mi trabajo con Celia como editor, ahí se enlazan las dos cosas.

¿Qué encontró en estas dos profesiones para hacerlo abandonar por completo todas las demás?  

En realidad ya había abandonado todas las demás cuando ingresé en el Instituto Cubano del Libro. Como dije en las palabras que pronuncié el día de la premiación, esa fue una de las decisiones más felices que he tomado en mi vida laboral, porque me permitió encontrar mi primer destino verdadero, mi primera realización plena personal, como trabajador intelectual. Luego se le agregó esta otra de investigador histórico, en la que también he encontrado una plena realización. Por eso cuando me piden que me defina, respondo: editor e historiador, que son las dos profesiones o los dos oficios donde realmente me siento realizado. 

¿Qué papel juega a su juicio el editor en la formación de la cultura de un país?

Un papel fundamental. El papel del editor, por lo general, ha sido muy subestimado. Se piensa generalmente que el editor es casi como un corrector de estilo, y no, es mucho más. Por supuesto, esa es su primera función: arreglar las cosas que un autor pueda haber escrito mal, porque a un autor por muy bueno que sea siempre se le desliza algo. Pero el editor va mucho más allá. Debe aportar claridad, precisión, elegancia en el lenguaje, eliminar lo superfluo, o sea, debe hacer un trabajo de pulido de lo escrito por el autor. Pero un editor también puede crear libros y entonces ya se convierte en compilador, digamos, de una selección de discursos del Comandante, una selección de escritos de José Martí, una antología de escritos del Che, por ejemplo. Ese es otro trabajo del editor. El editor aporta cultura en la medida en que crea realmente, crea cosas que incluso van más allá de lo originalmente concebido por el autor, y se dan casos en que un editor se convierte de hecho en segundo autor de la obra, y hay autores que tienen la generosidad y la modestia suficiente a veces de reconocerlo. Para mí es un trabajo muy importante, muy creativo, muy estimulante, que realmente puede dar a quien lo hace y lo ejerce bien, una gran satisfacción y una gran realización. 

Usted contaba cómo había llegado a la investigación histórica de la mano de Celia, ¿cómo era su relación, qué recuerdos guarda de ella?

Para mí es sumamente difícil hablar de Celia, porque la relación, el cariño, la confianza que Celia depositó en mí es algo que guardo íntimamente en mi corazón. Ella era una persona excepcional, de gran dulzura, mucha comprensión, pero también de una gran exigencia; combinaba de una manera única ambas cosas. Una mujer de singular delicadeza, de extraordinaria sensibilidad, sensibilidad humana y política. Una persona muy inteligente, al tanto de todo, muy informada. El pueblo decía que Celia era los ojos y los oídos de Fidel, que ahí donde Fidel no pudiera llegar por sus responsabilidades, llegaba ella. En Fidel, Celia veía al pueblo: en Celia, el pueblo veía a Fidel. El pueblo sentía hacia ella un cariño y una admiración extraordinaria por su capacidad para conocer, para comprender los dolores y las alegrías de cualquiera, tanto individuales como colectivas. Su muerte fue realmente una pérdida irreparable. 

¿De algún modo su libro Celia: ensayo para una biografía, es una especie de homenaje a su figura?

Por supuesto, trato en la medida de mis posibilidades de dar la imagen de esa mujer extraordinaria; pero eso no se puede lograr con unas cuantas páginas de un libro, su figura y su proyección van mucho más allá.  

Usted lleva muchos años al frente de las Oficinas de Publicaciones y de Asuntos Históricos del Consejo de Estado, ¿cómo ve el papel de esas instituciones dentro de la memoria de la Revolución?

La Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado es una editorial, publica libros, folletos y otros materiales impresos, muchos de ellos de carácter histórico. Su función, en términos de la memoria histórica, se complementa con la Oficina de Asuntos Históricos, que es donde se conserva toda la documentación de la etapa insurreccional de la Revolución. Ese sí es el depósito de la memoria histórica de la Revolución. De ahí la dedicatoria del Comandante en el libro que tuvo la enorme gentileza y la gran generosidad de hacerme llegar el día del Premio, en la que me califica de guardián de los documentos históricos. En la Oficina de Asuntos Históricos es donde está la memoria histórica de la Revolución, y la Oficina de Publicaciones lo que hace es divulgar, en la medida de lo posible, esa memoria histórica.

¿Qué significó para usted recibir esa dedicatoria?   

Una enorme emoción. Para cualquiera que el Comandante en Jefe tenga un gesto semejante, significa una gran emoción y en mi caso, por supuesto, un compromiso, el compromiso de seguir siendo ese guardián intachable como él me califica en su dedicatoria, de seguir sirviendo a la Revolución con dedicación y fidelidad. 

En su discurso de agradecimiento dijo que trabajar con él había sido su mayor reto y su mejor escuela.

Puse el ejemplo del libro que se preparó para la Séptima Cumbre de los Países No Alineados, en 1981, en la que él rendía informe como Presidente saliente designado en la Sexta Cumbre, que había sido en La Habana, y a la que quiso no llevar un informe, sino llevar ese libro que él mismo tituló La crisis económica y social del mundo. Ahí fue donde por primera vez realmente sufrí como editor esa pasión del Comandante por la claridad, por la precisión, por la exactitud, en una palabra, por la perfección. Recuerdo las discusiones de madrugada, a veces durante horas, por una palabra, porque no era solo yo, estaba un grupo de compañeros que había participado en la elaboración del primer borrador del libro, algunos economistas, algunos sociólogos, y las discusiones eran a veces de horas por una palabra. Porque, ¿qué ocurre con el Comandante: que es un hombre de una información vastísima, está al tanto y al día de todo, es un hombre que ha leído muchísimo, con una extensísima y profundísima cultura. Es muy difícil trabajar con un autor que tiene estos requisitos y además es el Comandante en Jefe, o sea, no es discutir con cualquiera. Pero como es un hombre de una gran comprensión y muy inteligente, si se da cuenta de que otro tiene la razón es capaz de reconocerlo, o sea, no es un hombre terco, obstinado, cerrado a admitir que otro pueda tener la razón. Por eso yo decía que trabajar un libro del Comandante es el mayor reto que un editor puede tener y la mejor escuela al mismo tiempo. 

Ya me ha tocado este de La crisis económica y social del mundo, Fidel y la religión con Frei Betto, Un grano de maíz con Tomás Borge, Un encuentro con Fidel con Gianni Miná, y ahora más recientemente las Cien horas con Fidel, con Ignacio Ramonet, un libro excepcional, por lo complejo y variado de su contenido, donde prácticamente Ramonet en su entrevista pasea al Comandante a lo largo de toda su vida, desde su infancia en Birán hasta los hechos más recientes: la lucha por el medio ambiente, por la liberación de los cinco héroes, etcétera. 

De hecho Ramonet ha dicho que usted era un tercer autor del libro.

Lo ha dicho públicamente y también en una dedicatoria que me hizo en un ejemplar del libro, porque realmente el trabajo editorial con este libro fue muy complejo, muy vasto, profundo y bastante creativo. En menos de un año hubo tres ediciones de ese libro, porque la primera edición el Comandante nos autorizó a Ramonet y a mí a publicarla sin que él la hubiera revisado, y cuando salió el libro en mayo de 2006 él empezó a leerlo ya completo, y quiso realizar una revisión a fondo, y fue la segunda edición publicada en septiembre para la Cumbre de los No Alineados. Aun así, en medio de su enfermedad, de su convalecencia, quiso seguir revisando el libro y salió la tercera edición en diciembre para el 80 cumpleaños diferido, con preguntas añadidas fundamentalmente sobre Francia y temas relacionados con personalidades de ese país que Ramonet le pidió incluir para la edición francesa del libro, él aceptó y se incluyeron también en esa tercera edición. 

Ha estado también al cuidado de libros como El diario de la guerra, ¿qué siente cuando tiene en sus manos los documentos o los testimonios directos de los principales protagonistas de la lucha revolucionaria?

Es una sensación a la cual te acostumbras con el tiempo pero al principio te tiemblan las manos, porque en la Oficina de Asuntos Históricos no solo están depositados los originales del Che, de Frank, del Comandante, de Celia, de Raúl; está depositada también toda la papelería original de Martí, que por decisión del Comandante en Jefe se guarda allí. Te tiemblan las manos cuando tomas entre tus dedos uno de esos manuscritos. Llega un momento, como todo en la vida, en que te acostumbras a ello, pero al principio realmente es muy impresionante tener en tus manos un papel escrito en su momento por una de estas personas extraordinarias y que te haya tocado a ti ser el custodio, el guardián de ese patrimonio de la nación cubana. 

Usted también es reconocido como un apasionado martiano…

Me hubiera gustado trabajar más el pensamiento y la figura de Martí —que es una personalidad extraordinaria en la historia no solo de América, sino también del mundo, un hombre de dimensión universal—, pero no he tenido la oportunidad ni el tiempo, por estar cumpliendo otras obligaciones. Por suerte otros compañeros han trabajado mucho su figura y ya en estos momentos se ha dicho, no todo, porque es imposible, pero se ha dicho mucho de su obra y su pensamiento. Sí tengo dos o tres libros de compilaciones sobre el pensamiento martiano, por ejemplo, la Antología mínima en dos tomos, Escritos sobre educación y El Partido Revolucionario y la guerra, pero lamento no haber tenido el tiempo de haber trabajado más su figura. Ahora que tal vez puedo disponer de un poco más de tiempo, quizá pueda escribir y hacer algunas otras cosas que tengo en mente, pendientes. 

¿Tiene ya algún libro que esté pensando en trabajar o es solo un proyecto en general?

Quiero seguir trabajando en la serie que comencé con el primer tomo del Diario de la guerra, completarlo hasta el triunfo del Primero de Enero del 59. Ya de hecho está terminado y publicado el segundo tomo, porque se publicó no como libro sino en forma de suplementos especiales del periódico Granma en 1997. Estos continuaban el diario de la guerra hasta el combate del Uvero. Un investigador que trabaja conmigo en la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado, Heberto Norman, tiene prácticamente terminado lo que sería el Diario de la Guerra III, el cual llegaría hasta el primer combate de Pino del Agua, y así sucesivamente. Tengo muy avanzado un libro sobre la etapa de la gran ofensiva enemiga en el verano del 58, en la Sierra Maestra, para así terminar de alguna manera este trabajo completo sobre la guerra de liberación en el Primer Frente. Tengo otros proyectos, cosas por hacer y escribir, pero aún no quisiera mencionarlos, porque están un poco verdes todavía.  

Se le conoce como un ferviente defensor del patrimonio, ¿por qué considera tan importante esa función de custodia?

Ningún país puede perder su historia. Hemos sido testigos de cosas muy tristes ocurridas tras el derrumbe de la Unión Soviética, del campo socialista europeo, de países que han querido negar o perder su historia. Un país no puede perder su historia, y mucho menos un país como Cuba, con un pasado de heroísmo, de sacrificio, de lucha, de combate, de resistencia tan extraordinario como el del pueblo cubano. Esos sitios o lugares son monumentos a esa historia. Cuando llegas a Playitas de Cajobabo, por ejemplo, o la Comandancia de la Plata, sientes una magia que te empieza a decir por qué se ganó esa guerra, por qué estamos aquí los cubanos a pesar de 50 años de todo cuanto han querido hacer contra esta Revolución y contra este pueblo, por esa voluntad de resistencia y de sacrificio que no es de ahora, sino que viene desde el 68, desde la primera guerra de independencia. Cualquiera de esos lugares nos habla de eso y, por tanto, son lugares a los cuales se debe salvar, conservarlos para las futuras generaciones, para que los jóvenes lo comprendan, lo vean, lo sientan y asimilen esa misma magia que sentimos nosotros ahora cuando llegamos a ellos. Las Oficinas de Historia del Consejo de Estado tienen la responsabilidad de atender y cuidar muchos de esos lugares. Eso para nosotros es un deber sagrado, cuidar esos lugares y tratar de convertirlos en sitios donde los jóvenes puedan conocer y sentir nuestra historia. Por ejemplo, Birán está ahí cuidado, solo cuidado, porque están vivos los principales protagonistas y, como es sabido, ha sido un principio fundamental sentado desde el primer momento por el Comandante, que nada relacionado con su persona adquiera un carácter monumentario. Pero Birán tiene las condiciones para ser convertido en un gran museo donde se expliquen las razones por las que ese hijo de un gallego inmigrante se convirtió en el líder de la Revolución Cubana. Birán es un lugar extraordinario. Allí te das cuenta de quién era Ángel Castro, ese hombre que llegó con una mano delante y otra detrás y logró construir ese feudo, ganándose además el respeto y el cariño de todos sus trabajadores, porque a pesar de ser un hombre relativamente acomodado no era un explotador al estilo de los que abundaban en esa época y en esa zona. El Comandante ha hablado mucho de eso, incluso en el libro de Ramonet.  

¿Cómo valora el papel de la historia en la constitución del núcleo de un país?

La historia de un pueblo es su verdadera esencia, es su trayectoria, y más aún, como decía, en el caso de un pueblo que se ha caracterizado en los últimos 150 años por la lucha, por su tenacidad para lograr los objetivos, primero de su independencia, después de su plena liberación, frente a obstáculos enormes. En nuestro caso, de ninguna manera podemos no ya olvidar nuestra historia, sino ni siquiera dejarla de tener siempre presente como referente para seguir batallando. Para mí nuestra historia es un valor esencial de nuestra identidad, de la cubanía.
 

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La Habana, Cuba. 2008.
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