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A Pedro Álvarez Tabío lo ha calificado
Fidel como “guardián intachable de
documentos históricos” y de él ha dicho
también Ignacio Ramonet que es “la
segunda memoria de Fidel”. De un modo u
otro se alude siempre así al afán por el
dato exacto y la pasión por la memoria
que este hombre desborda. Entre su
larga trayectoria repleta de hitos,
podría destacarse el desempeñarse
desde 1981
como Director de la
Oficina de
Publicaciones del Consejo de Estado y
desde 1994 de la Oficina de Asuntos
Históricos, unidas desde 1999 en las
Oficinas de Historia del Consejo de
Estado, y haber sido por largo tiempo el
editor de los libros del líder de la
Revolución. Recientemente, durante la
XVII Feria Internacional del Libro de La
Habana, Tabío recibió el Premio Nacional
de Edición.
Según sus propias palabras usted ha sido
muchas cosas: traductor, dirigente
administrativo, funcionario y
diplomático, de esto último se habla
muy poco…
Desde 1961 hasta 1968 trabajé en el
Ministerio de Relaciones Exteriores.
Parte de ese tiempo estuve en la Misión
Permanente en las Naciones Unidas en
Nueva York. Tuve oportunidad de trabajar
con el Che en dos ocasiones, primero
como Secretario de la delegación que él
presidió para la Primera Conferencia de
las Naciones Unidas sobre Comercio y
Desarrollo, efectuada en Ginebra en
1964, y después cuando la visita del Che
a las Naciones Unidas, en diciembre de
ese mismo año. Esos momentos los
conservo como unas de las memorias más
vívidas y más intensas de mi vida, haber
tenido el privilegio de conocer a ese
hombre excepcional que fue el Che, y
gozar de su confianza. Desgraciadamente
solo fueron esas dos ocasiones, pero las
guardo muy íntimamente.
Los diplomáticos cubanos, con respecto a
los de otros países tienen una
responsabilidad de algún modo especial,
¿cómo se sentía usted cuando
representaba a Cuba?
Me tocó hacerlo en una etapa muy
difícil. Llegué a Nueva York a la Misión
Permanente de Cuba en las Naciones
Unidas, a raíz de la Crisis de Octubre.
Era fue un momento realmente muy tenso,
muy difícil, y además era Nueva York, el
corazón del imperio prácticamente, donde
había que estar constantemente en
guardia y defendiendo a la Revolución y
al país. Además apenas tenía 22 ó 23
años. Tengo entendido que he sido el
Jefe de Misión más joven en toda la
historia de las Naciones Unidas, pues
durante varios meses fui Encargado de
Negocios antes de que nombraran un nuevo
Embajador, que resultó ser mi padre,
Fernando Álvarez Tabío. El diplomático
cubano tiene una gran responsabilidad,
sobre todo cuando está destacado en
países hostiles, como pueden ser algunos
europeos, el propio EE.UU. o cualquier
otro donde haya necesidad de estar
enfrentando constantemente las
provocaciones y las agresiones que a
diario sufren los diplomáticos cubanos.
Felipe Pérez Roque ha sido muy elocuente
cuando a veces ha hablado de eso, de la
responsabilidad especial que tienen los
diplomáticos cubanos, distinta a la de
un diplomático de cualquier otro
país.
¿Cómo llegó a la investigación
histórica?
Llego a la investigación histórica muy
en relación con mi trabajo como editor.
Desde enero de 1969 ingresé en el
Instituto Cubano del Libro. Fue entonces
cuando comenzó mi carrera como editor.
En 1972 Celia Sánchez le pidió a Rolando
Rodríguez, quien era entonces el
presidente fundador del Instituto, un
editor y un equipo editorial para
trabajar en un libro que se pensaba
hacer sobre el viaje largo del
Comandante en Jefe a algunos países de
África y los países del campo socialista
europeo. En ese momento yo era Jefe de
la Redacción Política de la Editorial de
Ciencias Sociales. Rolando me envió.
Recuerdo que tuvimos una reunión el 24
de julio de 1972 en el Consejo de Estado
con Celia. Fue entonces cuando la
conocí. Empezamos a trabajar en ese
libro, El futuro es el
internacionalismo. Terminándolo,
Celia nos dijo que el Comandante quería
un libro especial sobre la obra de la
Revolución hasta ese momento en materia
de educación. Este libro se tituló
precisamente así: La educación en
revolución. Vino el vigésimo
aniversario del Asalto al Cuartel
Moncada y yo le propuse a Celia hacer un
libro especial sobre el hecho, que se
llamó Moncada. Así seguimos
trabajando en este equipo editorial que
se quedó funcionando en el Consejo de
Estado, pero todavía como parte del
Instituto del Libro, como una suerte de
prestación de servicios y se le denominó
Redacción Especial de la Editorial
Ciencias Sociales.
A principios de 1974 se planteó hacer un
libro especial sobre la visita de Leonid
Brezhnev a Cuba, en enero o febrero de
ese año, con una característica muy
singular —yo lo llamé el libro
simultáneo— de que estuviera terminado e
impreso a tiempo para poderlo entregar
al visitante antes de que se marchara.
Eso parecía una locura porque eran los
tiempos cuando aún no existían las
computadoras, ni la composición, la
fotomecánica y la impresión digitales, o
sea, ninguno de los medios tecnológicos
modernos que aceleran
extraordinariamente el proceso
poligráfico. Ese libro tenía incluso
ilustraciones en colores, muchas
fotografías, todas las crónicas de las
actividades del visitante en el país,
sus discursos, los del Comandante, los
documentos aprobados como resultado de
la visita, etcétera. Al pie de la
escalerilla del avión, cuando el
Comandante estaba despidiendo a Brezhnev
de regreso a Moscú, le dijo: “Le tengo
una sorpresa”, y le entregó el libro. El
hombre se quedó estupefacto. Incluso
tengo noticias de que a su regreso a la
Unión Soviética, convocó una reunión del
Buró Político del PCUS para mostrar el
libro y hablar maravillado de lo que
eran capaces de hacer los cubanos. El
libro incluía hasta la despedida en el
aeropuerto, con una foto de Brezhnev
diciendo adiós, lo cual por supuesto era
un truco, la foto había sido tomada
cuando llegó y se paró arriba en la
escalerilla haciendo un gesto de saludo
y usamos esa foto como si fuera la
despedida; o sea, tenía hasta la propia
despedida que no se había producido en
ese momento. Me he detenido en este
episodio porque es uno de los momentos
culminantes en mi actividad como editor,
porque fue algo sin precedentes en un
momento donde no existían las
condiciones actuales. Hoy sería mucho
más fácil y, sin embargo, aún así
costaría mucho trabajo.
Así seguimos trabajando en esta
Redacción Especial como editores de
libros que el Comandante solicitaba o
por los cuales Celia se interesaba.
Llegó entonces el XX aniversario del
Granma, en diciembre de 1976. Meses
antes, Celia había organizado un equipo
de trabajo en la Oficina de Asuntos
Históricos del Consejo de Estado, para
realizar una investigación sobre el
desembarco del Granma y publicar algo
con ese motivo. Este equipo estaba
dirigido por el compañero —ya fallecido—
Francisco Pividal, investigador,
historiador y escritor. A mediados de
noviembre aproximadamente ya el trabajo
de investigación estaba concluido y
Celia le planteó a Pividal que ella
quería publicar el resultado de esa
investigación a tiempo para el vigésimo
aniversario, el 2 de diciembre. Pividal
le respondió que eso era imposible, que
la investigación estaba concluida pero
no era posible hacer un libro con ese
resultado en tan poco tiempo. Ahí Celia
me llamó y me preguntó si yo era capaz
de armar un libro o algo digno para el
vigésimo aniversario del Granma, con los
resultados de la investigación histórica
realizada por este equipo. Por supuesto
le dije que sí. Nunca le he dicho no a
ninguna tarea que se me haya planteado,
por difícil o aparentemente imposible.
Así se hizo, no un libro, sino un número
especial de la revista Bohemia
dedicado exclusivamente al desembarco
del Granma, que armé
editorialmente a partir de la
investigación realizada.
Inmediatamente después, a partir de
enero del 1977, comenzaban a
conmemorarse otros vigésimos
aniversarios de los hechos de la guerra.
A partir del desembarco venían las
primeras acciones, y Celia me preguntó
si yo podría realizar una investigación
sobre el primer combate victorioso, el
combate de la Plata el 17 de enero de
1957. Que para eso debía trasladarme a
la Sierra, montar en mulo, subir lomas,
pasar trabajo… Yo la interrumpí. “No me
diga nada más, lo que usted me plantea
para mí es un privilegio y estoy en la
mejor disposición de hacerlo.” Realicé
esa investigación y con los resultados
publiqué un artículo muy extenso en el
periódico Granma el 17 de enero
de 1977. A partir de ahí empezó mi
destino como investigador histórico,
porque después que terminamos ese
trabajo ella me preguntó si estaría en
disposición de continuar la
investigación sobre el Primer Frente.
Por supuesto le dije que sí. Existía ya
una comisión organizada por Raúl para
investigar la historia del Segundo
Frente, el comandante Almeida tenía un
equipo de trabajo para el Tercer Frente
y, sin embargo, el Primer Frente, el de
Fidel, el Frente madre, no contaba aún
con un equipo de trabajo para realizar
su investigación histórica. Así comienza
mi carrera como historiador, muy
vinculada a los antecedentes anteriores
de mi trabajo con Celia como editor, ahí
se enlazan las dos cosas.
¿Qué encontró en estas dos profesiones
para hacerlo abandonar por completo
todas las demás?
En realidad ya había abandonado todas
las demás cuando ingresé en el Instituto
Cubano del Libro. Como dije en las
palabras que pronuncié el día de la
premiación, esa fue una de las
decisiones más felices que he tomado en
mi vida laboral, porque me permitió
encontrar mi primer destino verdadero,
mi primera realización plena personal,
como trabajador intelectual. Luego se le
agregó esta otra de investigador
histórico, en la que también he
encontrado una plena realización. Por
eso cuando me piden que me defina,
respondo: editor e historiador, que son
las dos profesiones o los dos oficios
donde realmente me siento realizado.
¿Qué papel juega a su juicio el editor
en la formación de la cultura de un
país?
Un papel fundamental. El papel del
editor, por lo general, ha sido muy
subestimado. Se piensa generalmente que
el editor es casi como un corrector de
estilo, y no, es mucho más. Por
supuesto, esa es su primera función:
arreglar las cosas que un autor pueda
haber escrito mal, porque a un autor por
muy bueno que sea siempre se le desliza
algo. Pero el editor va mucho más allá.
Debe aportar claridad, precisión,
elegancia en el lenguaje, eliminar lo
superfluo, o sea, debe hacer un trabajo
de pulido de lo escrito por el autor.
Pero un editor también puede crear
libros y entonces ya se convierte en
compilador, digamos, de una selección de
discursos del Comandante, una selección
de escritos de José Martí, una antología
de escritos del Che, por ejemplo. Ese es
otro trabajo del editor. El editor
aporta cultura en la medida en que crea
realmente, crea cosas que incluso van
más allá de lo originalmente concebido
por el autor, y se dan casos en que un
editor se convierte de hecho en segundo
autor de la obra, y hay autores que
tienen la generosidad y la modestia
suficiente a veces de reconocerlo. Para
mí es un trabajo muy importante, muy
creativo, muy estimulante, que realmente
puede dar a quien lo hace y lo ejerce
bien, una gran satisfacción y una gran
realización.
Usted contaba cómo había llegado a la
investigación histórica de la mano de
Celia, ¿cómo era su relación, qué
recuerdos guarda de ella?
Para mí es sumamente difícil hablar de
Celia, porque la relación, el cariño, la
confianza que Celia depositó en mí es
algo que guardo íntimamente en mi
corazón. Ella era una persona
excepcional, de gran dulzura, mucha
comprensión, pero también de una gran
exigencia; combinaba de una manera única
ambas cosas. Una mujer de singular
delicadeza, de extraordinaria
sensibilidad, sensibilidad humana y
política. Una persona muy inteligente,
al tanto de todo, muy informada. El
pueblo decía que Celia era los ojos y
los oídos de Fidel, que ahí donde Fidel
no pudiera llegar por sus
responsabilidades, llegaba ella. En
Fidel, Celia veía al pueblo: en Celia,
el pueblo veía a Fidel. El pueblo sentía
hacia ella un cariño y una admiración
extraordinaria por su capacidad para
conocer, para comprender los dolores y
las alegrías de cualquiera, tanto
individuales como colectivas. Su muerte
fue realmente una pérdida irreparable.
¿De algún modo su libro Celia: ensayo
para una biografía, es una especie
de homenaje a su figura?
Por supuesto, trato en la medida de mis
posibilidades de dar la imagen de esa
mujer extraordinaria; pero eso no se
puede lograr con unas cuantas páginas de
un libro, su figura y su proyección van
mucho más allá.
Usted lleva muchos años al frente de las
Oficinas de Publicaciones y de Asuntos
Históricos del Consejo de Estado, ¿cómo
ve el papel de esas instituciones dentro
de la memoria de la Revolución?
La Oficina de Publicaciones del Consejo
de Estado es una editorial, publica
libros, folletos y otros materiales
impresos, muchos de ellos de carácter
histórico. Su función, en términos de la
memoria histórica, se complementa con la
Oficina de Asuntos Históricos, que es
donde se conserva toda la documentación
de la etapa insurreccional de la
Revolución. Ese sí es el depósito de la
memoria histórica de la Revolución. De
ahí la dedicatoria del Comandante en el
libro que tuvo la enorme gentileza y la
gran generosidad de hacerme llegar el
día del Premio, en la que me califica de
guardián de los documentos históricos.
En la Oficina de Asuntos Históricos es
donde está la memoria histórica de la
Revolución, y la Oficina de
Publicaciones lo que hace es divulgar,
en la medida de lo posible, esa memoria
histórica.
¿Qué significó para usted recibir esa
dedicatoria?
Una enorme emoción. Para cualquiera que
el Comandante en Jefe tenga un gesto
semejante, significa una gran emoción y
en mi caso, por supuesto, un compromiso,
el compromiso de seguir siendo ese
guardián intachable como él me califica
en su dedicatoria, de seguir sirviendo a
la Revolución con dedicación y
fidelidad.
En su discurso de agradecimiento dijo
que trabajar con él había sido su mayor
reto y su mejor escuela.
Puse el ejemplo del libro que se preparó
para la Séptima Cumbre de los Países No
Alineados, en 1981, en la que él rendía
informe como Presidente saliente
designado en la Sexta Cumbre, que había
sido en La Habana, y a la que quiso no
llevar un informe, sino llevar ese libro
que él mismo tituló La crisis
económica y social del mundo. Ahí
fue donde por primera vez realmente
sufrí como editor esa pasión del
Comandante por la claridad, por la
precisión, por la exactitud, en una
palabra, por la perfección. Recuerdo las
discusiones de madrugada, a veces
durante horas, por una palabra, porque
no era solo yo, estaba un grupo de
compañeros que había participado en la
elaboración del primer borrador del
libro, algunos economistas, algunos
sociólogos, y las discusiones eran a
veces de horas por una palabra. Porque,
¿qué ocurre con el Comandante: que es un
hombre de una información vastísima,
está al tanto y al día de todo, es un
hombre que ha leído muchísimo, con una
extensísima y profundísima cultura. Es
muy difícil trabajar con un autor que
tiene estos requisitos y además es el
Comandante en Jefe, o sea, no es
discutir con cualquiera. Pero como es un
hombre de una gran comprensión y muy
inteligente, si se da cuenta de que otro
tiene la razón es capaz de reconocerlo,
o sea, no es un hombre terco, obstinado,
cerrado a admitir que otro pueda tener
la razón. Por eso yo decía que trabajar
un libro del Comandante es el mayor reto
que un editor puede tener y la mejor
escuela al mismo tiempo.
Ya me ha tocado este de La crisis
económica y social del mundo,
Fidel y la religión con Frei Betto,
Un grano de maíz con Tomás Borge,
Un encuentro con Fidel con Gianni
Miná, y ahora más recientemente las
Cien horas con Fidel, con Ignacio
Ramonet, un libro excepcional, por lo
complejo y variado de su contenido,
donde prácticamente Ramonet en su
entrevista pasea al Comandante a lo
largo de toda su vida, desde su infancia
en Birán hasta los hechos más recientes:
la lucha por el medio ambiente, por la
liberación de los cinco héroes,
etcétera.
De hecho Ramonet ha dicho que usted era
un tercer autor del libro.
Lo ha dicho públicamente y también en
una dedicatoria que me hizo en un
ejemplar del libro, porque realmente el
trabajo editorial con este libro fue muy
complejo, muy vasto, profundo y bastante
creativo. En menos de un año hubo tres
ediciones de ese libro, porque la
primera edición el Comandante nos
autorizó a Ramonet y a mí a publicarla
sin que él la hubiera revisado, y cuando
salió el libro en mayo de 2006 él empezó
a leerlo ya completo, y quiso realizar
una revisión a fondo, y fue la segunda
edición publicada en septiembre para la
Cumbre de los No Alineados. Aun así, en
medio de su enfermedad, de su
convalecencia, quiso seguir revisando el
libro y salió la tercera edición en
diciembre para el 80 cumpleaños
diferido, con preguntas añadidas
fundamentalmente sobre Francia y temas
relacionados con personalidades de ese
país que Ramonet le pidió incluir para
la edición francesa del libro, él aceptó
y se incluyeron también en esa tercera
edición.
Ha estado también al cuidado de libros
como El diario de la guerra, ¿qué
siente cuando tiene en sus manos los
documentos o los testimonios directos de
los principales protagonistas de la
lucha revolucionaria?
Es una sensación a la cual te
acostumbras con el tiempo pero al
principio te tiemblan las manos, porque
en la Oficina de Asuntos Históricos no
solo están depositados los originales
del Che, de Frank, del Comandante, de
Celia, de Raúl; está depositada también
toda la papelería original de Martí, que
por decisión del Comandante en Jefe se
guarda allí. Te tiemblan las manos
cuando tomas entre tus dedos uno de esos
manuscritos. Llega un momento, como todo
en la vida, en que te acostumbras a
ello, pero al principio realmente es muy
impresionante tener en tus manos un
papel escrito en su momento por una de
estas personas extraordinarias y que te
haya tocado a ti ser el custodio, el
guardián de ese patrimonio de la nación
cubana.
Usted también es reconocido como un
apasionado martiano…
Me hubiera gustado trabajar más el
pensamiento y la figura de Martí —que es
una personalidad extraordinaria en la
historia no solo de América, sino
también del mundo, un hombre de
dimensión universal—, pero no he tenido
la oportunidad ni el tiempo, por estar
cumpliendo otras obligaciones. Por
suerte otros compañeros han trabajado
mucho su figura y ya en estos momentos
se ha dicho, no todo, porque es
imposible, pero se ha dicho mucho de su
obra y su pensamiento. Sí tengo dos o
tres libros de compilaciones sobre el
pensamiento martiano, por ejemplo, la
Antología mínima en dos tomos,
Escritos sobre educación y El
Partido Revolucionario y la guerra,
pero lamento no haber tenido el tiempo
de haber trabajado más su figura. Ahora
que tal vez puedo disponer de un poco
más de tiempo, quizá pueda escribir y
hacer algunas otras cosas que tengo en
mente, pendientes.
¿Tiene ya algún libro que esté pensando
en trabajar o es solo un proyecto en
general?
Quiero seguir trabajando en la serie que
comencé con el primer tomo del Diario
de la guerra, completarlo hasta el
triunfo del Primero de Enero del 59. Ya
de hecho está terminado y publicado el
segundo tomo, porque se publicó no como
libro sino en forma de suplementos
especiales del periódico Granma
en 1997. Estos continuaban el diario de
la guerra hasta el combate del Uvero. Un
investigador que trabaja conmigo en la
Oficina de Asuntos Históricos del
Consejo de Estado, Heberto Norman, tiene
prácticamente terminado lo que sería el
Diario de la Guerra III, el cual
llegaría hasta el primer combate de Pino
del Agua, y así sucesivamente. Tengo muy
avanzado un libro sobre la etapa de la
gran ofensiva enemiga en el verano del
58, en la Sierra Maestra, para así
terminar de alguna manera este trabajo
completo sobre la guerra de liberación
en el Primer Frente. Tengo otros
proyectos, cosas por hacer y escribir,
pero aún no quisiera mencionarlos,
porque están un poco verdes todavía.
Se le conoce como un ferviente defensor
del patrimonio, ¿por qué considera tan
importante esa función de custodia?
Ningún país puede perder su historia.
Hemos sido testigos de cosas muy tristes
ocurridas tras el derrumbe de la Unión
Soviética, del campo socialista europeo,
de países que han querido negar o perder
su historia. Un país no puede perder su
historia, y mucho menos un país como
Cuba, con un pasado de heroísmo, de
sacrificio, de lucha, de combate, de
resistencia tan extraordinario como el
del pueblo cubano. Esos sitios o lugares
son monumentos a esa historia. Cuando
llegas a Playitas de Cajobabo, por
ejemplo, o la Comandancia de la Plata,
sientes una magia que te empieza a decir
por qué se ganó esa guerra, por qué
estamos aquí los cubanos a pesar de 50
años de todo cuanto han querido hacer
contra esta Revolución y contra este
pueblo, por esa voluntad de resistencia
y de sacrificio que no es de ahora, sino
que viene desde el 68, desde la primera
guerra de independencia. Cualquiera de
esos lugares nos habla de eso y, por
tanto, son lugares a los cuales se debe
salvar, conservarlos para las futuras
generaciones, para que los jóvenes lo
comprendan, lo vean, lo sientan y
asimilen esa misma magia que sentimos
nosotros ahora cuando llegamos a ellos.
Las Oficinas de Historia del Consejo de
Estado tienen la responsabilidad de
atender y cuidar muchos de esos lugares.
Eso para nosotros es un deber sagrado,
cuidar esos lugares y tratar de
convertirlos en sitios donde los jóvenes
puedan conocer y sentir nuestra
historia. Por ejemplo, Birán está ahí
cuidado, solo cuidado, porque están
vivos los principales protagonistas y,
como es sabido, ha sido un principio
fundamental sentado desde el primer
momento por el Comandante, que nada
relacionado con su persona adquiera un
carácter monumentario. Pero Birán tiene
las condiciones para ser convertido en
un gran museo donde se expliquen las
razones por las que ese hijo de un
gallego inmigrante se convirtió en el
líder de la Revolución Cubana. Birán es
un lugar extraordinario. Allí te das
cuenta de quién era Ángel Castro, ese
hombre que llegó con una mano delante y
otra detrás y logró construir ese feudo,
ganándose además el respeto y el cariño
de todos sus trabajadores, porque a
pesar de ser un hombre relativamente
acomodado no era un explotador al estilo
de los que abundaban en esa época y en
esa zona. El Comandante ha hablado mucho
de eso, incluso en el libro de Ramonet.
¿Cómo valora el papel de la historia en
la constitución del núcleo de un país?
La historia de un pueblo es su verdadera
esencia, es su trayectoria, y más aún,
como decía, en el caso de un pueblo que
se ha caracterizado en los últimos 150
años por la lucha, por su tenacidad para
lograr los objetivos, primero de su
independencia, después de su plena
liberación, frente a obstáculos enormes.
En nuestro caso, de ninguna manera
podemos no ya olvidar nuestra historia,
sino ni siquiera dejarla de tener
siempre presente como referente para
seguir batallando. Para mí nuestra
historia es un valor esencial de nuestra
identidad, de la cubanía. |