Año VI
La Habana

29 de MARZO al 4 de ABRIL de 2008

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La música vista por Diana Balboa

Toni Piñera • La Habana

 
El arte es el aspecto de la creatividad humana que más interés provoca, que más polémica desata, que más conmueve. Es al mismo tiempo real y ficticio, racional y paradójico; pero es también el más espontáneo, enriquecedor y estimulante de los actos generados por el impulso creador del hombre.

En Diana Balboa, el grabado le abrió el camino. Por sus senderos mucho recorrió dejando sólidas huellas junto con el dibujo. Ahora, pintar es su brújula, y mantiene derecho el derrotero. El mundo de su pintura, por estos tiempos se sumerge —y con magníficas brazadas— en la música. Atraparla, verla, hacerla sentir gráficamente y vibrar ante la retina del espectador (¡difícil tarea!) es uno de sus más caros anhelos. Con Diapasón, título de la muestra integrada por pinturas y una instalación, expuestas en La Acacia, da rienda suelta a ese deseo, donde campea un mundo que en la artista tiene abiertas las ventanas a la expresión universal de la creación.

Entre las cosas que más he admirado siempre en Diana, amén del rigor, constancia, tenacidad, sentido del equilibrio en la forma, matices… es su postura ética de genuina creadora cubana al momento de plasmar de manera gráfico-pictórica, sus vivencias y en este caso específico, sentimientos que tienen una honda raíz artística y también humana.

Como “directora” de la original sinfonía pictórica, enaltece, subraya y pone en movimiento muchos de esos instrumentos musicales que corren por sus venas y hacen latir su corazón, que es como el de todos nosotros, los cubanos. Con esos impulsos gráfico-sonoros, mueve colores, la gente, la alegría y luz caribeñas que salen transformadas en formas y matices novedosos que se aglomeran y quieren saltar del pequeño espacio del cuadro. La escenografía, está de más decir, es cubana. Hay palmas, y mar, el malecón, alargado y alegre como nuestra Isla, emerge en su decir pictórico donde el verde campea en todo su esplendor por muchos de sus acrílicos sobre tela. Son como radiografías musicales-cubanas-caribeñas, repletas de un sonido especial que escuchamos y sabemos bailar, de forma original y única, solo la gente nacida en esta zona del mundo. Ella lo muestra todo con mano diestra. ¿Una artista barroca? Sí, todos los caribeños somos barrocos, en los gestos, en el hablar, al movernos. Y un creador plástico al pintar…

Bailar, es otro verbo que conjuga Diana en sus trabajos. Voluptuosas formas se mueven al compás de su ritmo pictórico que no cesa de dialogar con los colores puros entremezclados con los signos de su inspiración natural: hay libertad, movimiento, independencia, acción, pausado ejercicio de placer… En ellos su discurso pictórico se transforma, ante las miradas  en obra de arte diseñada con gestos y una atmósfera singular de luces. Hay músicos que “tocan” variados instrumentos y bailarines que se mueven agitando los cuerpos guiados por la música de la original sinfonía. Todo ello matizado en una personal figuración que viene de los adentros, como algo que ha anidado mucho tiempo y aflora en la superficie con toda una carga de sentimientos que aunque conocidos, parecen nuevos al respirar en la realidad.

Diana ordena sensaciones con la suelta pincelada en cerca de 30 piezas silueteadas por su personal manera de hacer, donde se dan la mano figuración y algunos tintes abstractos (dados también por el sujeto protagonista: la música), como un todo indisoluble y lleno de posibilidades en un dinámico proceso que busca versiones que sorprenden y evidencian, además, información y habilidades técnicas. Sobresale, pues, la instalación, cuyo concepto se mueve en la necesidad que ha tenido siempre el hombre de atrapar la música de diversas maneras.

Años atrás, quizá había una mayor referencia a la realidad. En sus piezas actuales crea símbolos de la realidad, que se han establecido como un juego entre la costa y la orilla. Los códigos utilizados están contenidos dentro de la naturaleza. De ahí que cada espectador pueda hacer su propia anécdota y “escuchar” la música que quiera. La obra debe siempre dejar muchas posibilidades abiertas. Y si hay algo de “magia” en eso de ver la música es que las cosas cobran vida en sus pinturas por la línea, que resulta al final como el músculo del esqueleto de sus cuadros. Y si lo llevamos al sonoro arte, son como las notas musicales que dibujan sus fantasías.                                             
 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
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