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El arte es el aspecto de la creatividad
humana que más interés provoca, que más
polémica desata, que más conmueve. Es al
mismo tiempo real y ficticio, racional y
paradójico; pero es también el más
espontáneo, enriquecedor y estimulante
de los actos generados por el impulso
creador del hombre.
En Diana Balboa, el grabado le abrió el
camino. Por sus senderos mucho recorrió
dejando sólidas huellas junto con el
dibujo. Ahora, pintar es su brújula, y
mantiene derecho el derrotero. El mundo
de su pintura, por estos tiempos se
sumerge —y con magníficas brazadas— en
la música. Atraparla, verla, hacerla
sentir gráficamente y vibrar ante la
retina del espectador (¡difícil tarea!)
es uno de sus más caros anhelos. Con
Diapasón, título de la muestra
integrada por pinturas y una
instalación, expuestas en La Acacia, da
rienda suelta a ese deseo, donde campea
un mundo que en la artista tiene
abiertas las ventanas a la expresión
universal de la creación.
Entre las cosas que más he admirado
siempre en Diana, amén del rigor,
constancia, tenacidad, sentido del
equilibrio en la forma, matices… es su
postura ética de genuina creadora cubana
al momento de plasmar de manera
gráfico-pictórica, sus vivencias y en
este caso específico, sentimientos que
tienen una honda raíz artística y
también humana.
Como “directora” de la original sinfonía
pictórica, enaltece, subraya y pone en
movimiento muchos de esos instrumentos
musicales que corren por sus venas y
hacen latir su corazón, que es como el
de todos nosotros, los cubanos. Con esos
impulsos gráfico-sonoros, mueve colores,
la gente, la alegría y luz caribeñas que
salen transformadas en formas y matices
novedosos que se aglomeran y quieren
saltar del pequeño espacio del cuadro.
La escenografía, está de más decir, es
cubana. Hay palmas, y mar, el malecón,
alargado y alegre como nuestra Isla,
emerge en su decir pictórico donde el
verde campea en todo su esplendor por
muchos de sus acrílicos sobre tela. Son
como radiografías
musicales-cubanas-caribeñas, repletas de
un sonido especial que escuchamos y
sabemos bailar, de forma original y
única, solo la gente nacida en esta zona
del mundo. Ella lo muestra todo con mano
diestra. ¿Una artista barroca? Sí, todos
los caribeños somos barrocos, en los
gestos, en el hablar, al movernos. Y un
creador plástico al pintar…
Bailar, es otro verbo que conjuga Diana
en sus trabajos. Voluptuosas formas se
mueven al compás de su ritmo pictórico
que no cesa de dialogar con los colores
puros entremezclados con los signos de
su inspiración natural: hay libertad,
movimiento, independencia, acción,
pausado ejercicio de placer… En ellos su
discurso pictórico se transforma, ante
las miradas en obra de arte diseñada
con gestos y una atmósfera singular de
luces. Hay músicos que “tocan” variados
instrumentos y bailarines que se mueven
agitando los cuerpos guiados por la
música de la original sinfonía. Todo
ello matizado en una personal figuración
que viene de los adentros, como algo que
ha anidado mucho tiempo y aflora en la
superficie con toda una carga de
sentimientos que aunque conocidos,
parecen nuevos al respirar en la
realidad.
Diana ordena sensaciones con la suelta
pincelada en cerca de 30 piezas
silueteadas por su personal manera de
hacer, donde se dan la mano figuración y
algunos tintes abstractos (dados también
por el sujeto protagonista: la música),
como un todo indisoluble y lleno de
posibilidades en un dinámico proceso que
busca versiones que sorprenden y
evidencian, además, información y
habilidades técnicas. Sobresale, pues,
la instalación, cuyo concepto se mueve
en la necesidad que ha tenido siempre el
hombre de atrapar la música de diversas
maneras.
Años atrás, quizá había una mayor
referencia a la realidad. En sus piezas
actuales crea símbolos de la realidad,
que se han establecido como un juego
entre la costa y la orilla. Los códigos
utilizados están contenidos dentro de la
naturaleza. De ahí que cada espectador
pueda hacer su propia anécdota y
“escuchar” la música que quiera. La obra
debe siempre dejar muchas posibilidades
abiertas. Y si hay algo de “magia” en
eso de ver la música es que las cosas
cobran vida en sus pinturas por la
línea, que resulta al final como el
músculo del esqueleto de sus cuadros. Y
si lo llevamos al sonoro arte, son como
las notas musicales que dibujan sus
fantasías.
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