En la sala Chaplin no sobró una butaca.
“Se lo merece”, escuché decir a más de
una persona durante los casi veinte
minutos que duró la espera. Sin avisos,
nos despojaron de las luces y la
pantalla las remplazó con rostros
conocidos, alumbrando el desorden: “¡Mi
papá hace tuercas!... mientes, rata
inmunda… el de la cornetica… ¡Hasta la
vista compay!”….más de treinta
fragmentos de animados que el público
coreaba entre risas; acertada selección
cuyo texto final acompañaría el resto de
la gala. En mayúsculas, junto a la foto,
“Juan Padrón, Premio Nacional de Cine
2008.”
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Fue una noche de razones, aunque
pudieran parecer innecesarias. Ni
Reynaldo González, Premio Nacional de
Literatura; ni Silvio Rodríguez,
trovador; ni Paco Prats, productor y
miembro del jurado que entregó el
premio; ni Luis Alberto García, actor y
conductor del espectáculo; ni Buena Fe,
grupo musical; ni el público,
derrochador de aplausos; ni esta
redactora, ¿por qué no?...quisimos
desechar la oportunidad de devolverle al
artífice los años de goce.
“Yo aprendí a leer con los muñequitos ―
comenzó Reynaldo sus minutos de
retribución―. Pero más tarde nació otro
mito, de este señor a quien celebramos
hoy, que descubrió que podía hacernos
amar a Cuba a través de un comic, que
nos dijo que la lucha se hace también
sonriendo y que sonriendo podemos llamar
al degüello. Nació el coronel Valdés: el
más humilde de los apellidos para la más
grande hazaña”.
Fueron palabras improvisadas, “perdidas
en el aire del Chaplin” ―comentó― como
casi instantáneo fue el “Homenaje a Juan
Padrón”, de Buena Fe ― “Fui novio de
María Silvia, aunque ella no se
enterara/ me fui de carga al machete, a
galope y carcajadas/ un vampiro corneta
lanzaba la clarinada” ― o el cambio
en la letra de acordes conocidos, en voz
de Silvio y cuerdas de Trovarroco ― “por
esto y por lo otro/ por lo de más allá/
te felicitamos/ por darle a nuestros
sueños tu amistad” . La “Balada de
Elpidio Valdés” cambió de héroe.
Cada uno tomó el micrófono, frente a una
primera fila en la que Padrón recepcionó
cada palabra para devolverla luego en
elogios a otros, como si la sencillez
del Valle de Guamacaro lo obligara a
compartir el premio. Cuando terminó el
“¡Hasta la vista, compay!”, el público
hizo lo suyo y el cineasta bajó del
escenario sacudido por los aplausos.
Entonces, llegó mi turno.
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“Me siento muy orgulloso, con el
vanidómetro en alto ―confesó. La gente
está sintiendo el premio como si fuera
de ellos y eso me alegra tanto como
haberlo recibido, porque todo lo que he
hecho hasta hoy ha sido siempre para
divertirlos, desde el humor negro para
los adultos hasta los animados para
niños. Estoy recibiendo hoy uno de los
premios más grandes de mi vida, aunque
confieso que el más emotivo lo recibí en
1979, cuando estrenamos Elpidio Valdés
en la Ciudad de los Pioneros “José
Martí”. Allí había diez mil niños
gritando con la película… aquello acabó
conmigo. Con esos recuerdos y con este
nuevo impulso seguiré haciendo
películas, mientras tenga aliento.” |