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Antes de la existencia del ICAIC mi
hermano Ernesto ―también realizador de
dibujos animados―, mi primo Jorge
Pucheux ―el trucador más importante del
cine latinoamericano― y yo, éramos
dueños de una compañía de cine a finales
de los años cincuenta.
Alimentados por las historietas y las
series de televisión, no parábamos de
hacer películas policíacas, de guerra y
de ciencia ficción con una cámara de
ocho milímetros Kodak Brownie. Aunque
todas las películas eran silentes, el
nombre de la compañía era Troya Sono
Films. Una de las películas más
logradas, El Capitán Rayo contra la
radiación de la muerte (envidia de
Supermán o Batman), salió con la edición
y el montaje, créanlo o no, hechos por
cámara. Aprendimos a hacer trucos con
paradas de cámara, maquetas y
animaciones cuadro a cuadro nacidas de
la ignorancia más alegre. En pantalla
aparecían saltos en paracaídas trucados
y explosiones de casi dos metros de
altura. Eran el asombro del público
―nuestros padres y abuelos―, que no se
imaginaba como los podían engañar de esa
manera fiñes menores de doce años. El
bichito del cine debe ser eso, el placer
de hacerle creer a la gente que lo que
ven en la pantalla es verdad. Nosotros
lo padecimos desde nuestra más tierna
infancia y nos atacó con ferocidad.
Supe de la Animación del ICAIC por una
revista INRA, cuando vivía en el central
Carolina, Matanzas. Casi me escapé de mi
casa para venir a ver esa maravilla.
Entré en contacto con el Departamento de
Animación Especial, donde se hacían
animaciones para la Enciclopedia
Popular y los créditos de todas las
películas, y fue allí donde vi hacer la
primera cabecera del Noticiero ICAIC
Latinoamericano. Tenían mesas de
animación movidas a manigueta, con
cámaras de los años veinte; y también
una mesa Oxberry, lo último en
tecnología de los años cincuenta, ahora
olvidada por ahí. Vi, también por
primera vez, películas de animación que
no eran norteamericanas y los talleres
de muñecos de los Fleitas, en el sótano
del laboratorio Cuban Colors, en el río
Almendares.
Aprendí a usar la tinta china, los
pinceles, a rellenar acetatos…Quería ser
del ICAIC; pero el ICAIC no se dejaba
querer, así que me fui a la recién
creada Sección de Producciones Fílmicas
del ICR. Allí aprendí ―más o menos― a
mover personajes y llegué a ser
animador-diseñador. Animé una sola
película: ¡Viva papi!, del
australiano Harry Reade. Después de un
par de años de euforia donde trabajaba
en Juventud Rebelde, vino una
etapa triste: hacía guiones y diseños de
escenas para el estudio de Animación del
ICR pero me pidieron que no fuera más
por allí. Tampoco me aprobaban ningún
proyecto en el ICAIC, por ejemplo,
Los vampiros lácteos, y quería
irme del periódico, donde habían
censurado mis series de Vampiros,
Verdugos y Piojos. Entonces,
la Unión de Pioneros de Cuba me pidió
trabajar en la sección de Propaganda.
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Ya había creado, en 1970, al coronel
Elpidio Valdés y con el equipo
de la UPC, haciendo cuentos, carteles,
juegos de mesas, historietas colectivas,
aviones de papel, papalotes ilustrados y
lo que hiciera falta, aprendí una parte
del riguroso y difícil trabajo con los
niños. Como la Unión de Pioneros quería
hacer películas animadas logré, por fin,
entrar de colaborador en el ICAIC, donde
hice ocho películas (gratis), entre
ellas las dos primeras de Elpidio
Valdés. Tres años más tarde logré
ser director en plantilla y a partir de
entonces el ICAIC fue como mi casa.
Lo bueno del cine de animación de
entonces era que, de verdad, de verdad,
palabra de honor y hablando en plata,
nadie sabía hacer todavía dibujos
animados impecables. A las películas
incomprensibles, se les llamaba
películas experimentales… obras de
exploración. Todos los veteranos
aprendimos a hacer muñequitos, haciendo
pésimas, horribles y regulares
películas, hasta aprender.
A pesar de todas las carencias ―se
pintaba sobre el mismo acetato de
Medicuba para las pastillas… vinil para
paredes o pinturas a las cuales era
necesario mezclar con talco Bebito en
una batidora para que se pegaran al
acetato― prevaleció, en todos los
integrantes del colectivo de Animación,
ese espíritu de inventar, de no hacer
papelazos, de salirte tú con la tuya
siempre, de definir los errores como
efectos especiales y buscar cómo darle
golpes bajos a la técnica; no muchos
pues todos sabemos que sin técnica… te
ganan en la próxima aventura.
Esa energía para hacer las películas es
lo que nos hacía invencibles desde la
lucha en la manigua: el cubaneo o lo que
llamamos el misterio de Cuba. El
cubaneo dio como resultado un estilo de
animación que se distingue por historias
auténticas y originales, un montaje
vertiginoso, escenas de gran colorido,
una banda sonora alegre, llena de voces,
música y efectos impresionantes.
Animación cubana.
Hablo de los viejos estudios, donde
aprendimos a hacer los muñequitos como
en los años treinta: con plumas,
pinceles, pinturas, cartulinas… y donde
las imágenes se impresionaban en una
cinta. En ellas, las imágenes se
distinguen cuadro a cuadro, se puede
escribir con un lápiz graso sobre su
superficie, luego cortarlas, pegarlas y,
al final, montar obras audiovisuales
como en video. Se llama película
cinematográfica y traje un pedacito para
los más jóvenes.
No quiero dejar de mencionar a
compañeros de mi viaje por el cine
animado hecho con película. Juntos
encontramos nuevas tierras, paisajes
bellísimos y también arrecifes, faros
apagados, sirenas buenísimas y también
horripilantes… de todo, como en las
películas de aventuras:
Miguel González, Tony González, Harry
Reade, José Reyes, Noel Lima, Erasmo
Juliachs, Juan José López, Santiago
Álvarez, Titón… y a todos los que me
dieron el rumbo, o me echaron un cabo,
un remo y hasta algún salvavidas durante
la travesía.
Por fortuna aquel viejo estudio se
acabó. Ahora tenemos un estudio nuevo
para todos los jóvenes locos por dominar
el arte del cine puro, el arte de la
animación. Y en digital.
Quiero agradecerles a todos, de corazón,
este premio tan importante.
Dedicárselo a mis seres queridos, a mi
familia fuera de liga, a todos mis
compañeros y amigos, que se han puesto
tan contentos como yo mismo. A la voz de
Elpidio Valdés, Frank González, y
dedicárselo también a los jóvenes
picados por el eterno bichito del cine,
creadores de los animados del futuro.
Pero sepan que hasta que nos den las
paticas a Palmiche, al coronel Valdés y
a mí, seguiremos al galope junto a
ellos, para divertir a los niños de
nuestro país por siempre. ¡Hasta la
vista, compay!
Palabras de Juan Padrón al recibir el
Premio Nacional de Cine 2008, Cine
Charles Chaplin, Ciudad de La Habana,
2008
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