Año VI
La Habana

29 de MARZO al 4 de ABRIL de 2008

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Palabras de agradecimiento por el premio nacional de cine 2008

Seguiremos al galope

Juan Padrón • La Habana
Fotos: Kaloian (La Jiribilla)

 

Antes de la existencia del ICAIC mi hermano Ernesto ―también realizador de dibujos animados―, mi primo Jorge Pucheux ―el trucador más importante del cine latinoamericano― y yo, éramos dueños de una compañía de cine a finales de los años cincuenta. 

Alimentados por las historietas y las series de televisión, no parábamos de hacer películas policíacas, de guerra y de ciencia ficción con una cámara de ocho milímetros Kodak Brownie. Aunque todas las películas eran silentes, el nombre de la compañía era Troya Sono Films. Una de las películas más logradas, El Capitán Rayo contra la radiación de la muerte (envidia de Supermán o Batman), salió con la edición y el montaje, créanlo o no, hechos por cámara. Aprendimos a hacer trucos con paradas de cámara, maquetas y animaciones cuadro a cuadro nacidas de la ignorancia más alegre. En pantalla aparecían saltos en paracaídas trucados y explosiones de casi dos metros de altura. Eran el asombro del público ―nuestros padres y abuelos―, que no se imaginaba como los podían engañar de esa manera fiñes menores de doce años. El bichito del cine debe ser eso, el placer de hacerle creer a la gente que lo que ven en la pantalla es verdad. Nosotros lo padecimos desde nuestra más tierna infancia y nos atacó con ferocidad. 

Supe de la Animación del ICAIC por una revista INRA, cuando vivía en el central Carolina, Matanzas. Casi me escapé de mi casa para venir a ver esa maravilla. Entré en contacto con el Departamento de Animación Especial, donde se hacían animaciones para la Enciclopedia Popular y los créditos de todas las películas, y fue allí donde vi hacer la primera cabecera del Noticiero ICAIC Latinoamericano. Tenían mesas de animación movidas a manigueta, con cámaras de los años veinte; y también una mesa Oxberry, lo último en tecnología de los años cincuenta, ahora olvidada por ahí. Vi, también por primera vez, películas de animación que no eran norteamericanas y los talleres de muñecos de los Fleitas, en el sótano del laboratorio Cuban Colors, en el río Almendares. 

Aprendí a usar la tinta china, los pinceles, a rellenar acetatos…Quería ser del ICAIC; pero el ICAIC no se dejaba querer, así que me fui a la recién creada Sección de Producciones Fílmicas del ICR. Allí aprendí ―más o menos― a mover personajes y llegué a ser animador-diseñador. Animé una sola película: ¡Viva papi!, del australiano Harry Reade. Después de un par de años de euforia donde trabajaba en Juventud Rebelde, vino una etapa triste: hacía guiones y diseños de escenas para el estudio de Animación del ICR pero me pidieron que no fuera más por allí. Tampoco me aprobaban ningún proyecto en el ICAIC, por ejemplo,  Los vampiros lácteos, y  quería irme del periódico, donde habían censurado mis series de Vampiros, Verdugos y Piojos. Entonces, la Unión de Pioneros de Cuba me pidió trabajar en la sección de Propaganda. 

Ya había creado, en 1970, al coronel Elpidio Valdés  y con el equipo de la UPC, haciendo cuentos, carteles, juegos de mesas, historietas colectivas, aviones de papel, papalotes ilustrados y lo que hiciera falta, aprendí una parte del riguroso y difícil trabajo con los niños. Como la Unión de Pioneros quería hacer películas animadas logré, por fin, entrar de colaborador en el ICAIC, donde hice ocho películas (gratis), entre ellas las dos primeras de Elpidio Valdés. Tres años más tarde logré ser director en plantilla y a partir de entonces el ICAIC fue como mi casa. 

Lo bueno del cine de animación de entonces era que, de verdad, de verdad, palabra de honor y hablando en plata, nadie sabía hacer todavía dibujos animados impecables. A las películas incomprensibles, se les llamaba películas experimentales… obras de exploración. Todos los veteranos aprendimos a hacer muñequitos, haciendo pésimas, horribles y regulares películas,  hasta aprender. 

A pesar de todas las carencias ―se pintaba sobre el mismo acetato de Medicuba para las pastillas… vinil para paredes o pinturas a las cuales era necesario mezclar con talco Bebito en una batidora para que se pegaran al acetato―  prevaleció, en todos los integrantes del colectivo de Animación, ese espíritu de inventar, de no hacer papelazos, de salirte tú con la tuya siempre, de definir los errores como efectos especiales y buscar cómo darle golpes bajos a la técnica; no muchos pues todos sabemos que sin técnica… te ganan en la próxima aventura. 

Esa energía para hacer las películas es lo que nos hacía invencibles desde la lucha en la manigua: el cubaneo o lo que  llamamos el misterio de Cuba. El cubaneo dio como resultado un estilo de animación que se distingue por historias auténticas y originales, un montaje vertiginoso, escenas de gran colorido, una banda sonora alegre, llena de voces, música y efectos impresionantes. Animación cubana. 

Hablo de los viejos estudios, donde aprendimos a hacer los muñequitos como en los años treinta: con plumas, pinceles, pinturas, cartulinas… y donde las imágenes se impresionaban en una cinta.  En ellas, las imágenes se distinguen cuadro a cuadro, se puede escribir con un lápiz graso sobre su superficie, luego cortarlas, pegarlas y, al final, montar obras audiovisuales como en video. Se llama película cinematográfica y traje un pedacito para los más jóvenes. 

No quiero dejar de mencionar a compañeros de mi viaje por el cine animado hecho con película. Juntos encontramos nuevas tierras, paisajes bellísimos y también arrecifes, faros apagados, sirenas buenísimas y también horripilantes… de todo, como en las películas de aventuras: 

Miguel González, Tony González, Harry Reade, José Reyes, Noel Lima, Erasmo Juliachs, Juan José López, Santiago Álvarez, Titón… y a todos los que me dieron el rumbo, o me echaron un cabo, un remo y hasta algún salvavidas durante la travesía. 

Por fortuna aquel viejo estudio se acabó. Ahora tenemos un estudio nuevo para todos los jóvenes locos por dominar el arte del cine puro, el arte de la animación. Y en digital. 

Quiero agradecerles a todos, de corazón, este premio tan importante.

Dedicárselo  a mis seres queridos, a mi familia fuera de liga, a todos mis compañeros y amigos, que se han puesto tan contentos como yo mismo. A la voz de Elpidio Valdés, Frank González, y dedicárselo también a los jóvenes picados por el eterno bichito del cine, creadores de los animados del futuro. 

Pero sepan que hasta que nos den las paticas a Palmiche, al coronel Valdés y a mí, seguiremos al galope junto a ellos, para divertir a los niños de nuestro país por siempre. ¡Hasta la vista, compay! 

Palabras de Juan Padrón al recibir el Premio Nacional de Cine 2008, Cine Charles Chaplin, Ciudad de La Habana, 2008                                             
 

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La Habana, Cuba. 2008.
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