Año VI
La Habana

29 de MARZO al 4 de ABRIL de 2008

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Manuel Piñeiro, un revolucionario cubano comunista[1]

Fernando Martínez Heredia  • La Habana

 

Agradezco mucho a todos la invitación a hablar de Manuel Piñeiro Losada en esta reunión. En la sala y en la escalera, porque muchos no han logrado entrar, hay compañeros que podrían hacerlo mejor que yo.

Si hay que sintetizar una definición de Piñeiro, diría que es un revolucionario cubano comunista. Revolucionario por insurreccional y por subversivo contra el orden y las dominaciones. Cubano y por eso irreverente, patriota, occidental y simpático. Como comunista, internacionalista, austero en su vida, modesto. Y todas esas cualidades mezcladas, combinadas en el ser humano que se forja a sí mismo, a través de los papeles que le toque desempeñar. Venía de una familia de buena posición económica. Él me contó que todavía era un muchacho cuando su padre lo hizo trabajar como cargador de un camión suyo, junto a sus peones, y le que dijo que lo hacía para que aprendiera a mandar a los hombres. Piñeiro tuvo que aprender el mundo en que vivía, la Cuba terrible en que todo estaba regido por el dinero, y escogió pelear contra el poder del dinero. Tenemos que lograr que nunca vuelva el dinero a gobernar la vida en Cuba.

Manuel comenzó a entender la explotación y la humillación que sufría la mayoría, y se hizo joven “ortodoxo”,  del partido de Chibás. Me dijo que se consideraba miembro de la Juventud Ortodoxa, pero nunca se inscribió, no se le ocurrió que hiciera falta.

Los padres lo enviaron a estudiar a la Universidad de Columbia, para que se preparara bien y para sacarlo del ambiente de rebeldía que se comenzaba a respirar en el país. Pero allí conoció a un hindú revolucionario exiliado que se ganaba la vida en Naciones Unidas, se hicieron amigos y con él estudió el Manifiesto Comunista en un círculo de estudios. Esto explica el curioso segundo nombre de su hijo Manolito. Dos trabajos de curso del joven Manuel ilustran el camino que andaba. Uno acerca del daño que hace la violencia en los programas de televisión, un medio que apenas comenzaba. El otro, acerca del socialismo. Pero también surgió la iniciativa de sus compañeros de que fuera el presidente de una asociación de estudiantes “latinos” de la universidad. Y las autoridades de Columbia decidieron que debía abandonar aquel plantel.

En Matanzas ingresó en la organización revolucionaria Movimiento 26 de Julio, fue un luchador clandestino, y a mediados de 1957 se unió definitivamente a la guerrilla de Fidel en la Sierra Maestra. Esos pasos fueron decisivos para su vida, que consagró desde entonces a la revolución.

No es necesario que cuente nada más de su historial en estas breves palabras de homenaje, y menos después de haber escuchado el extraordinario texto que leyó Ramiro Abreu, que detalla y analiza el conjunto de la actividad de Piñeiro. Sólo quiero destacar varios rasgos suyos, desde mi perspectiva, de una manera muy sintética.  

Era uno de los políticos más capaces y analíticos que he conocido. Por el tipo de actividad que desempeñó durante cuatro décadas debía buscar, conocer y manejar una innumerable cantidad de datos. Pero nunca se limitó a ese nivel. Piñeiro practicaba obsesivamente el análisis de las situaciones y de los problemas que emergían de los datos, o que se mantenían ocultos. Trataba también de conocer a fondo las diferentes posiciones y las características personales de los que las portaban, los contextos, el campo en que se daban los eventos y las actuaciones. Era a la vez un hombre muy culto, ávido del saber en numerosos terrenos, humanista, lector infatigable y aficionado a preguntar sin límites. Se interesó siempre y apoyó con firmeza y constancia los trabajos de análisis y las actividades intelectuales sobre América Latina. Destaco estas características, porque una especialización extrema como la que él tenía suele imponer sus reglas y sus enfermedades profesionales. A mí me impresionó mucho siempre su amplitud de miras, su vocación por el conocimiento y su tendencia a las conversaciones profundas, que sostenía en un lenguaje muy claro y nunca exentas de humor y de imágenes coloquiales.

Piñeiro fue un maestro en la formación de los compañeros. Duro como tocaba ser en el duro oficio revolucionario, prefirió sin embargo pecar a veces de generoso y no de implacable. No le vi nunca la arbitrariedad que suele acompañar algunos actos del que está obligado a dar órdenes siempre y a tomar decisiones sin excusa, y que solemos no tomar en cuenta cuando se trata de grandes, porque el saldo les es favorable. Le daba todo el crédito a los compañeros que trabajaban bien, llegando a elevar sus informes, con una simple nota del jefe, en su letra endiablada. Ayudó mucho a evitar o disminuir los aspectos perversos que pueden acompañar a la costumbre de actuar en condiciones muy irregulares y en situaciones límite. Y su austeridad verdadera era una lección cotidiana y le daba una estatura moral aún mayor. Su antigua bata de casa era sin duda la más gastada del país, y su vivienda era realmente modesta.

Lo conocí una noche en un portal, poco tiempo después de la caída en combate de Luis de la Puente Uceda en el Perú. Con aire zumbón me dijo: “tú que eres tan inteligente, ¿como es que de la Puente, que era marxista-leninista, salió al campo y lo mataron enseguida, y antes a Hugo Blanco, que es trotskista, los campesinos lo habían escondido y le daban comida? Me di cuenta que debía contestar rápido y le dije: “eso lo que demuestra, comandante, es que la vida es muy compleja”. Por suerte se sonrió. Tuve la gran oportunidad de mantener vínculos con él desde entonces hasta su fallecimiento, y esto me franqueó la posibilidad de sentir, estudiar y conocer numerosos ámbitos y problemas de nuestra región, desde la posición internacionalista que nos ha enseñado la revolución. Durante una larga etapa que para mí fue difícil no cambió jamás su actitud fraternal y su confianza total en mi realización de tareas.

Ahora que me veo una y otra vez haciendo apariciones públicas –a lo que trato de acostumbrarme--, recuerdo cuando, con motivo de haber ganado el premio de ensayo de Casa de las Américas con un libro sobre el pensamiento del Che, fui invitado a hablar en un programa muy conocido de la televisión. Me negué de inmediato, me parecía una cosa frívola. Entonces Piñeiro me llamó y me reclamó que fuera al programa, y como le insistí en negarme, me dijo: “Tienes que ir, porque ahora hemos pasado a la farándula, y hay que aprovecharla para decir ahí lo que hace falta.” Fui, y no olvido nunca el significado de sus palabras y el compromiso que implican.

En la última etapa de su vida, Piñeiro continuó trabajando sin cesar. Recibía en su casa a innumerables viajeros que querían hablar con él, mantenía una comunicación permanente con sus compañeros, realizaba todas las tareas que se requerían de él, con la misma dedicación total que había tenido desde que entró en el movimiento revolucionario. Pasó a manejar él mismo su automóvil; recuerdo como lo increpé una vez, a las cinco de la madrugada, cuando me dejó en mi casa y se iba solo manejando para la suya. Se le había pedido muchas veces que escribiera sobre la historia del movimiento revolucionario latinoamericano de este último medio siglo; después de negarse bastante, admitió que empezaría a hacerlo. Comencé a hacer con él otra tarea más personal, entrevistarlo acerca de toda su vida, desde los años juveniles. Llegamos hasta los días de su incorporación a la guerrilla de Fidel.

Cuando vino el 40º aniversario de la fundación del Segundo Frente Oriental, del que había sido uno de los iniciadores, me dijo que regresaría un día antes que los demás, porque tenía algo que hacer en La Habana. Todos lo recordamos al inicio del noticiero de la televisión que reportaba la conmemoración, muy risueño, diciéndole a la periodista: “Hay que recoger toda la historia ahora, antes que nos caigamos a mentiras unos a otros”. Volvió a La Habana, fue y cumplió su última tarea, y conduciendo su automóvil perdió la vida.

Por los niños y los jóvenes que han venido hoy, y que sacarán adelante la revolución socialista, nosotros debemos honrar a Manuel Piñeiro sobre todo continuando la última lección que nos dio: seguir siempre luchando, hasta el final.


[1] Palabras en la inauguración de la Sala “Manuel Piñeiro”, en el Memorial “Salvador Allende”, en La Habana, el 12 de marzo de 2008.

 

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La Habana, Cuba. 2008.
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