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Agradezco mucho a todos la invitación a
hablar de Manuel Piñeiro Losada en esta
reunión. En la sala y en la escalera,
porque muchos no han logrado entrar, hay
compañeros que podrían hacerlo mejor que
yo.
Si hay que sintetizar una definición de
Piñeiro, diría que es un revolucionario
cubano comunista. Revolucionario por
insurreccional y por subversivo contra
el orden y las dominaciones. Cubano y
por eso irreverente, patriota,
occidental y simpático. Como comunista,
internacionalista, austero en su vida,
modesto. Y todas esas cualidades
mezcladas, combinadas en el ser humano
que se forja a sí mismo, a través de los
papeles que le toque desempeñar. Venía
de una familia de buena posición
económica. Él me contó que todavía era
un muchacho cuando su padre lo hizo
trabajar como cargador de un camión
suyo, junto a sus peones, y le que dijo
que lo hacía para que aprendiera a
mandar a los hombres. Piñeiro tuvo que
aprender el mundo en que vivía, la Cuba
terrible en que todo estaba regido por
el dinero, y escogió pelear contra el
poder del dinero. Tenemos que lograr que
nunca vuelva el dinero a gobernar la
vida en Cuba.
Manuel comenzó a entender la explotación
y la humillación que sufría la mayoría,
y se hizo joven “ortodoxo”, del partido
de Chibás. Me dijo que se consideraba
miembro de la Juventud Ortodoxa, pero
nunca se inscribió, no se le ocurrió que
hiciera falta.
Los padres lo enviaron a estudiar a la
Universidad de Columbia, para que se
preparara bien y para sacarlo del
ambiente de rebeldía que se comenzaba a
respirar en el país. Pero allí conoció a
un hindú revolucionario exiliado que se
ganaba la vida en Naciones Unidas, se
hicieron amigos y con él estudió el
Manifiesto Comunista en un círculo
de estudios. Esto explica el curioso
segundo nombre de su hijo Manolito. Dos
trabajos de curso del joven Manuel
ilustran el camino que andaba. Uno
acerca del daño que hace la violencia en
los programas de televisión, un medio
que apenas comenzaba. El otro, acerca
del socialismo. Pero también surgió la
iniciativa de sus compañeros de que
fuera el presidente de una asociación de
estudiantes “latinos” de la universidad.
Y las autoridades de Columbia decidieron
que debía abandonar aquel plantel.
En Matanzas ingresó en la organización
revolucionaria Movimiento 26 de Julio,
fue un luchador clandestino, y a
mediados de 1957 se unió definitivamente
a la guerrilla de Fidel en la Sierra
Maestra. Esos pasos fueron decisivos
para su vida, que consagró desde
entonces a la revolución.
No es necesario que cuente nada más de
su historial en estas breves palabras de
homenaje, y menos después de haber
escuchado el extraordinario texto que
leyó Ramiro Abreu, que detalla y analiza
el conjunto de la actividad de Piñeiro.
Sólo quiero destacar varios rasgos
suyos, desde mi perspectiva, de una
manera muy sintética.
Era uno de los políticos más capaces y
analíticos que he conocido. Por el tipo
de actividad que desempeñó durante
cuatro décadas debía buscar, conocer y
manejar una innumerable cantidad de
datos. Pero nunca se limitó a ese nivel.
Piñeiro practicaba obsesivamente el
análisis de las situaciones y de los
problemas que emergían de los datos, o
que se mantenían ocultos. Trataba
también de conocer a fondo las
diferentes posiciones y las
características personales de los que
las portaban, los contextos, el campo en
que se daban los eventos y las
actuaciones. Era a la vez un hombre muy
culto, ávido del saber en numerosos
terrenos, humanista, lector infatigable
y aficionado a preguntar sin límites. Se
interesó siempre y apoyó con firmeza y
constancia los trabajos de análisis y
las actividades intelectuales sobre
América Latina. Destaco estas
características, porque una
especialización extrema como la que él
tenía suele imponer sus reglas y sus
enfermedades profesionales. A mí me
impresionó mucho siempre su amplitud de
miras, su vocación por el conocimiento y
su tendencia a las conversaciones
profundas, que sostenía en un lenguaje
muy claro y nunca exentas de humor y de
imágenes coloquiales.
Piñeiro fue un maestro en la formación
de los compañeros. Duro como tocaba ser
en el duro oficio revolucionario,
prefirió sin embargo pecar a veces de
generoso y no de implacable. No le vi
nunca la arbitrariedad que suele
acompañar algunos actos del que está
obligado a dar órdenes siempre y a tomar
decisiones sin excusa, y que solemos no
tomar en cuenta cuando se trata de
grandes, porque el saldo les es
favorable. Le daba todo el crédito a los
compañeros que trabajaban bien, llegando
a elevar sus informes, con una simple
nota del jefe, en su letra endiablada.
Ayudó mucho a evitar o disminuir los
aspectos perversos que pueden acompañar
a la costumbre de actuar en condiciones
muy irregulares y en situaciones límite.
Y su austeridad verdadera era una
lección cotidiana y le daba una estatura
moral aún mayor. Su antigua bata de casa
era sin duda la más gastada del país, y
su vivienda era realmente modesta.
Lo conocí una noche en un portal, poco
tiempo después de la caída en combate de
Luis de la Puente Uceda en el Perú. Con
aire zumbón me dijo: “tú que eres tan
inteligente, ¿como es que de la Puente,
que era marxista-leninista, salió al
campo y lo mataron enseguida, y antes a
Hugo Blanco, que es trotskista, los
campesinos lo habían escondido y le
daban comida? Me di cuenta que debía
contestar rápido y le dije: “eso lo que
demuestra, comandante, es que la vida es
muy compleja”. Por suerte se sonrió.
Tuve la gran oportunidad de mantener
vínculos con él desde entonces hasta su
fallecimiento, y esto me franqueó la
posibilidad de sentir, estudiar y
conocer numerosos ámbitos y problemas de
nuestra región, desde la posición
internacionalista que nos ha enseñado la
revolución. Durante una larga etapa que
para mí fue difícil no cambió jamás su
actitud fraternal y su confianza total
en mi realización de tareas.
Ahora que me veo una y otra vez haciendo
apariciones públicas –a lo que trato de
acostumbrarme--, recuerdo cuando, con
motivo de haber ganado el premio de
ensayo de Casa de las Américas con un
libro sobre el pensamiento del Che, fui
invitado a hablar en un programa muy
conocido de la televisión. Me negué de
inmediato, me parecía una cosa frívola.
Entonces Piñeiro me llamó y me reclamó
que fuera al programa, y como le insistí
en negarme, me dijo: “Tienes que ir,
porque ahora hemos pasado a la
farándula, y hay que aprovecharla para
decir ahí lo que hace falta.” Fui, y no
olvido nunca el significado de sus
palabras y el compromiso que implican.
En la última etapa de su vida, Piñeiro
continuó trabajando sin cesar. Recibía
en su casa a innumerables viajeros que
querían hablar con él, mantenía una
comunicación permanente con sus
compañeros, realizaba todas las tareas
que se requerían de él, con la misma
dedicación total que había tenido desde
que entró en el movimiento
revolucionario. Pasó a manejar él mismo
su automóvil; recuerdo como lo increpé
una vez, a las cinco de la madrugada,
cuando me dejó en mi casa y se iba solo
manejando para la suya. Se le había
pedido muchas veces que escribiera sobre
la historia del movimiento
revolucionario latinoamericano de este
último medio siglo; después de negarse
bastante, admitió que empezaría a
hacerlo. Comencé a hacer con él otra
tarea más personal, entrevistarlo acerca
de toda su vida, desde los años
juveniles. Llegamos hasta los días de su
incorporación a la guerrilla de Fidel.
Cuando vino el 40º aniversario de la
fundación del Segundo Frente Oriental,
del que había sido uno de los
iniciadores, me dijo que regresaría un
día antes que los demás, porque tenía
algo que hacer en La Habana. Todos lo
recordamos al inicio del noticiero de la
televisión que reportaba la
conmemoración, muy risueño, diciéndole a
la periodista: “Hay que recoger toda la
historia ahora, antes que nos caigamos a
mentiras unos a otros”. Volvió a La
Habana, fue y cumplió su última tarea, y
conduciendo su automóvil perdió la vida.
Por los niños y los jóvenes que han
venido hoy, y que sacarán adelante la
revolución socialista, nosotros debemos
honrar a Manuel Piñeiro sobre todo
continuando la última lección que nos
dio: seguir siempre luchando, hasta el
final.
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