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Durante muchos años la intercepción de
las calles Quinta y D, del capitalino
barrio de El Vedado, solo alcanzaba una
particular importancia en mis
itinerarios, porque precisamente muy
cerca de una de sus esquinas estuvo
situada la casa en la que pasó sus
últimos días el Generalísimo Máximo
Gómez, y allí murió el 17 de junio de
1905. Y mire usted lo que son los
sucederes del tiempo, ahora cada vez que
cruce por allí no me olvidaré del
maestro de nuestros guerreros, pero por
lo menos los últimos viernes de cada mes
podré también asistir a las
presentaciones que se harán por allí, en
uno que han bautizado, con la venia de
Lezama Lima, como El patio de Baldovina.
Se ha podido lograr este otro pulmón en
La Habana para la canción de autor,
porque desde hace muy poco en esa
dirección ha quedado establecida la
nueva sede de La Jiribilla, o
quizá de las jiribillas. La que hace ya
muchos años campea en los cuatro vientos
del ciberespacio y “la de papel”, su
parienta más cercana.
No niego que estoy entre quienes le
cogieron un especial apego a la
habitación reducida donde nació La
Jiribilla. Allí al fondo y a la
derecha de la planta baja del Palacio
del Segundo Cabo, se fraguó esta
publicación con un entusiasmo de sus
miembros y colaboradores, que no pocas
veces llegó a los lindes de la
consagración. Por ello se reconoció
enseguida fuera y dentro de la Isla como
un medio poderoso para decir desde
nosotros mismos, quiénes somos y qué
hacemos.
Sin abandonar nunca los temas más
intrincados de la política, la historia,
la filosofía y cuanta disciplina teórica
sea meritorio atender; la revista llamó
desde sus primeros días a cuanto
trovador le pasara cerca, y lo convocó
a cantar en el patio del Palacio, o en
los parques aledaños o en las casas de
cualquier “trovadicto”. Y en cuanto pudo
hizo sonar sus músicas para todo el
mundo.
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Ahora que La Jiribilla tiene casa
nueva y patio espléndido, es lo más
lógico que no quiera perder de su
práctica social las mejores tradiciones
que perfiló en La Habana Vieja. Y el
hecho es que llena de felicidad que el
pasado 28 de marzo, en un coro apretado
de compañeros y amigos, arrancarán los
jolgorios en El Patio de Baldovina. Esta
vez pudimos escuchar viejas y nuevas
canciones a Karel García, que hace
tiempo está radicado en España, y a sus
coetáneos Inti Santa y Fernando
Bécquer. Cerró la fiesta el animador de
La Séptima Cuerda, Adrián Berazaín.
Pasaba el tiempo y uno ni se daba
cuenta, porque una vez más se pudo
disfrutar la intensa diversidad que
muestran nuestros trovadores.
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En las palabras del programa se puede
leer: “Este espacio para la difusión de
jóvenes intérpretes de la canción cubana
propone también el intercambio abierto
entre el público y los invitados sobre
diversos temas del universo cultural”.
Me parece muy importante dar a conocer
esas otras posibilidades del sitio,
porque creo que a la tal Baldovina le
debe interesar que todo el universo
cultural y del pensamiento que de
continuo deja su huella en La
Jiribilla, pueda expresarse en estos
encuentros, incluyendo la presentación
de La Jiribilla de papel. Claro,
siempre con el tono desembarazado que
reina en las buenas descargas.
La muy gentil amiga y parcial constante
de la trova, Marihué Fong, estará a
cargo del espacio, y aseguró que lo de
mensual es por ahora, pero que nada
impide en un futuro podernos ver allí,
en lo de Baldovina, con más frecuencia.
Qué así sea. |