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El joven camarada Vladímir Stepánovich
Ustimenko, aparatchik de la
Kommunisticheski Sayiuz Maladioshi
Leninski –más conocida como
Komsomol, en español Unión de
Juventudes Comunistas Leninistas–, y
secretario general de su Comité de Base
en la fábrica de camiones GAZ –Gorkovsky
Avtomovilini Zavod, Fábrica de
Automóviles de la Ciudad Gorky, ciudad
que después del descojonovich ha vuelto
a llamarse Nizhny Novgorod–, se lavó la
cara, se untó otra vez desodorante, lo
cual no hizo que oliera mejor o que
apestara menos, salió finalmente del
baño del TU-154 –TU por A. N. Tupolev,
el ingeniero insignia de la aviación
soviética, que fundara su oficina de
diseño 1922– y volvió al asiento
mientras el avión comenzaba a descender
una tarde de agosto, a nueve mil
quinientos cincuenta kilómetros de
Moscú, sobre la ciudad de La Habana.
En la pista de aterrizaje de la terminal
número tres del Aeropuerto Internacional
José Martí, una numerosa comitiva de
militantes de la juventud comunista
cubana –que sean jóvenes comunistas no
quiere decir a su vez que sean jóvenes,
algunos tienen mas de cuarenta años,
como tampoco quiere decir que sean…
bueno, no diré más… ¡que siga el
cuento!–, algunos de ellos sosteniendo
una enorme tela blanca con alguna
consigna en letras rojas, comenzaron a
agitar sus banderas, y a dar vivas y
aplausos cuando el aparato tomó tierra,
y una banda de música del ejército, con
sus uniformes de parada, entonó las
notas de La Internacional.
Ustimenko se emocionó al ver a través de
su ventanilla las banderas rojas
flameando sobre la multitud, y confirmó
que había llegado al lugar preciso: la
ostrav svaboda –la isla de la
libertad, según todos los manuales de
Geografía Política que heredó de su
padre. Sacó su mochila del
portaequipajes, se caló la bolchevique
–la misma que antes usó su padre y antes
el padre de su padre, y también el padre
del padre de su padre, y así
sucesivamente, no por tradición sino
porque los Ustimenko siempre fueron unos
muertos de hambre– y avanzó por el
pasillo hasta la puerta de salida del
avión.
Al asomarse, con los ojos entrecerrados
por el brillo intenso del sol, pudo leer
lo que ponía la pancarta: «Viva la
amistad entre los pueblos de Lincoln y
Martí» e inmediatamente vio como los
jóvenes comunistas cubanos abrazaban a
la delegación de la juventud comunista
norteamericana que también visitaba la
isla, y aun de lejos pudo comprobar que
los jóvenes comunistas norteamericanos
eran jóvenes, lo cual ya es pedir
demasiado.
Stepánovich se alisó la camiseta roja
con la hoz y el martillo en medio del
pecho, descendió a pasos cortos, y
comenzó a respirar el aire de la
libertad.
Cuando Várvara Stepánovich Maxímova,
desempleada, sin asistencia social y
viuda del difunto Rodión Efimérovich
Vtushenko –hasta el día de su temprana
muerte, Vtushenko fungió como Secretario
General del Sindicato de Trabajadores
Metalúrgicos del Dombás y Miembro
Suplente del Comité Regional del
Partido–, supo que su Volodia pensaba
viajar a Cuba, lo llevó a su habitación,
levantó el colchón, y extrajo una foto
que tomó veinticuatro años atrás, en la
lejanísima Siberia, con su aparato
fotográfico Smena 8 de
treinticinco milímetros.
En la foto se veía una enorme pancarta
que ponía en letras negras –pero el que
las letras fueran negras seguramente
sería a causa de que para la época de la
foto aun la fotografía a color, en los
países socialistas, era un lujo pequeño
burgués que muy pocos se podían
conceder, y lo más probable es que el
cartel original hubiera sido escrito en
rojo–: «Viba la amistad entre los pueblo
de Lenin y Marti». Sostenía la pancarta
el grupo de estudiantes cubanos de la
Facultad de Explotación Forestal en la
que Várvara Stepánovich impartió clases
desde que se graduó de Filosofía
Marxista Leninista en la lejana,
invencible, sagrada Moscú.
–Volodia, guardé siempre esta foto para
el día en que quisieras conocer a tu
verdadero padre –le dijo a Ustimenko la
Maxímova, y le entregó la foto.
–¿Cuál, madrecita, cuál de ellos es mi
padre? –preguntó Vladímir.
Várvara se ajustó las gafas y observó
con detenimiento la foto. El grupo de
estudiantes, parados sobre la nieve del
patio de la facultad, con sus enormes
abrigos grises, todos con la misma
bufanda gris, y los oscuros gorros de
orejeras cubriéndoles la mitad del
rostro, se le hizo confuso. La verdad es
que en la foto Várvara Stepánovich
Maxímova no veía ni mierda.
La foto en blanco y negro, y los años
sumados a la mala química fotográfica
Orwo de la hermana –y también
difunta– República Democrática Alemana,
habían hecho lo suyo, junto a la pésima
memoria de la Stepánovich.
–No sé... este quizá –se esforzaba
Várvara Stepánovich Maxímova, o este
otro, no sé... uno de ellos es tu
padre...
Eran cincuenta y cuatro estudiantes
cubanos en la foto. Siete eran blancos.
El resto eran negros, unos más, otros
menos, pero ¿cuál es la diferencia?
–¿Era blanco o era negro? –pregunto
Vladímir, cada vez más feliz, y la
respuesta de su madre lo colmó de dicha:
–Oh, eso sí lo recuerdo muy bien: era
negro, muy negro, completamente negro.
–¡Ves, madrecita, ya el grupo es más
pequeño! ¡Ya será más fácil encontrar a
mi padre!
Ustimenko abrazó a su madre, besó la
foto y la guardó en el bolsillo interior
del abrigo.
En la aduana se extrañaron al ver que
aquel rubio enorme viajaba solo con una
mochila, sin ningún otro equipaje, e
inmediatamente le llevaron aparte para
registrarlo. Y, para el oficial de
inmigración, más sospechoso resultó el
asunto cuando le pidió:
–Mister, please, show me yours
passport...
...y Ustimenko le contestó, mientras le
entregaba el pasaporte:
–Disculpa, camarada, yo no hablar
inglés, pero entiendo muy bueno
español...
El oficial de inmigración, que siempre
tenía una sonrisa en los labios,
acostumbrado a mirar con respeto, por
ejemplo, el pasaporte inglés, o a coger,
como si cogiera una propina, el
pasaporte norteamericano,
al ver entre las manos de Vladímir
Stepánovich Ustimenko el pasaporte de la
Federación Rusa,
lo miró como un chivo mira un cartel,
con los ojos asombrados, como diciéndose
«¿qué es esto, de dónde cojones salió
este tipo?». Como si se hubiese quemado,
torció la boca el oficial de
inmigración, y tomó el pasaporte de
color escarlata. Lo tomó como si tomará
una bomba, como un erizo, como si tomara
una navaja afilada, como una serpiente
cascabel de veinte aguijones. Comprobó
que el visado estaba en regla, y le hizo
un gesto al cargador para que llevara
gratis la mochila de Ustimenko.
Los cincuenticuatro estudiantes cubanos
que en diciembre de 1986 llegaron
felices a la ciudad (esto de “ciudad” es
un decir, no hay que tomárselo muy a
pecho) de Krasnaie Zviezda (dos
mil trescientas ochenticuatro pequeñas
ciudades, aldeas, koljoses y
sovjoses en el territorio de la
Unión de Repúblicas Socialistas
Soviéticas se llamaban así, Estrella
Roja es español. Era un nombre muy de
moda desde 1917 que, además, ostentaban
trece mil doscientos cincuentisiete
guarderías infantiles, novecientas
cuarentiocho escuelas primarias y una
alta distinción gubernamental. Tras
Gorbachov, todos esos nombres fueron
cambiados por otros como Sini Zviezda,
Estrella Azul en español.), desde que
descendieron del tren rápido Baikal-Amur
en la más extrema y fría Siberia
Oriental, supieron que habían llegado al
culo del mundo.
Todos habían terminado el bachillerato
con muy malas calificaciones y el futuro
se les bifurcaba enfrente de manera muy
clara (o muy oscura, según se quiera
ver): o marchaban a estudiar Ingeniería
en Explotación Forestal en casa de la
pinga a cuarentidós grados bajo cero, o
serían reclutados de inmediato, y sin
vacaciones mediante, para el SMG (el
glorioso Servicio Militar General
cubano).
Ellos, los inteligentes, partieron
decididos. Es decir, los inteligentes,
sin dudarlo un segundo, marcharon
encantados a congelarse el culo en
Siberia.
Los que rehusaron la oferta de marchar a
la distante Siberia, fueron reclutados
para el SMG, y esos sí que marcharon…
marcharon innumerables horas bajo el sol
tropical con casco y canana puestos y
fusil de kalamina al hombro, y arribaron
una tarde de ese mismo diciembre a la
República Popular de Angola, otro
hermano país africano del que quince
días antes no sabían ni media palabra
–ni querían saberla. No todos tuvieron
la mala suerte de pisar una mina
antipersonal de fabricación
norteamericana. Algunos se ganaron
incluso una medalla. Pero ese es asunto
de otro cuento.
Sin un conocido en La Habana, y con todo
el polvo del camino encima, Vladímir
Stepánovich Ustimenko se estuvo media
hora parado frente al Che Guevara de
hierro de la Plaza de la Revolución, y
hubiera estado media hora más de no ser
por el militar que se le acercó y le
dijo que circulara. Vladímir, sonriente
y en realidad satisfecho, saludó
militarmente al oficial, recogió su
mochila del suelo, se la colgó al
hombro, y caminó hacia El Vedado, en
busca de un hotel.
Pensaba alojarse en el Habana Libre. El
nombre del hotel –que encontró en una
antigua guía turística, de cuando en La
Habana no había turismo–, le transmitía
buenas vibraciones. Desgraciadamente, y
pese a las buenas vibraciones que el
nombre del hotel le transmitía, en la
carpeta se enteró que sus cincuentinueve
dólares no le alcanzarían ni para
pagarse la primera noche. Pero el mismo
carpetero del hotel le entregó una
tarjeta que ponía: «Wong Rent Room, su
casa en la ciudad» y debajo una
dirección en Centro Habana, y le aseguró
que Wong le alquilaría muy barato, quizá
hasta por solo cinco dólares el día.
Era cerca del Habana Libre, así le dijo
el carpetero, y también así le pareció a
Vladímir, pues apenas notó la distancia,
extasiado en contemplar los portales
barrocos, las columnas y columnas, los
culos de las habaneras.
Al llegar a la casa, comprendió por qué
podría ser tan barato: Wong vivía en una
cuartearía, junto a otras catorce
familias, con un solo baño común para
todos. Eso no lo desalentó, al
contrario, en esas condiciones tal vez
podría incluso negociar un precio más
bajo aun. Lo que sí le desalentó fue que
la mulata que vive frente a Wong le
advirtió que aquel había salido desde la
mañana anterior y aun no había
regresado. Líos de mujeres seguramente,
le dijo la mulata.
La mulata le dijo eso, y le ofreció un
vaso de agua, y lo invitó a esperar a
Wong en su casa, y cuando lo tuvo ya
sentado en su sofá le preguntó si quería
un café.
Ustimenko nunca supo por qué aceptó
tomarse aquel café. Sentía que no debía
hacerlo, y había sido entrenado para
obedecer a sus instintos en el último
curso del Palacio de Pioneros Felix
Zhershinky –la conciencia de la
revolución rusa, según Lenin, aunque
Zhershinky era polaco–, donde estuvo
matriculado hasta su cierre en el
Círculo de Interés del Komitet
Gozudarstvennie Biezapasnost.
Complicado traducir al español
Komitet Gozudarstvennie Biezapasnast,
por eso lo intento aquí en párrafo
aparte: Komitet es español es
“Comité” –y eso a los cubanos les puede
dar una tibia idea del asunto.
Gozudarstvennie es más fácil de
traducir aun: “Estatal”, así, como los
autos con chapas azules en Cuba, que
son, técnicamente, autos estatales, pero
en la concreta son los autos más
particulares del mundo.
El complique real lo forma la tercera
palabra: Biezapasnast. Si dijera
Apasnast se podía traducir como
“Peligro”, pero el sufijo Biez implica,
más o menos, lo que español sería “Des”,
entonces, la frase completa Komitet
Gozudarstvennie Biezapasnast tendría
al español la imposible traducción de
Comité Estatal de Despeligrización, lo
cual no hay quién cojones lo entienda.
Pero, si en lugar de poner Komitet
Gozudarstvennie Biezapasnast, pongo
solo las iniciales de ese Comité,
entonces cualquiera, en cualquier rincón
del universo, y hable el idioma que
hable, y sin la más mínima necesidad de
traducción alguna, entenderá al segundo
de qué se trata. Pues mire usted, el
Komitet Gozudarstvennie Biezapasnast
no era otra cosa que la KGB.
Y volviendo al cuento, antes que se
enfríe el café –o se caliente demasiado
el cuento–, Ustimenko, por una primera
vez en su vida, fue directamente en
contra de lo que le enseñaron de niño
los tavarichi de la KGB, y
se tomó el café.
–¡Pareces un cubano! –dijo la mulata
cuando tuvo la pinga de Vladímir en su
manos y vio lo grande que era, antes de
comenzar a mamársela– ¡Pareces un negro,
cojones!
Dijo la mulata una y otra vez cuando
Vladímir la viró de espaldas, la hizo
doblarse y apoyar las manos en el suelo,
y comenzó a meterle la pinga muy
lentamente y lentamente se la sacaba,
hasta afuera, y lentamente la volvía a
penetrar, despacio muy despacio, y luego
rápido muy rápido, más rápido de lo que
nunca había sentido en su vida la
mulata.
La mulata, sorprendida y a punto de
perder el sentido, le rogó a Ustimenko:
–¡No te vengas, papito, no te vengas!
Y volvió a chuparle la pinga mientras se
alborotaba el clítoris con la mano
izquierda, y se vino otra vez dando
gritos cuando sintió la leche rusa que
le inundaba la boca y la ahogaba al
bajar por su garganta.
–¡Pareces un cubano, cojones, un negro
cubano! –volvió a decirle la mulata,
extasiada, mientras con el dorso de la
mano izquierda recogía los restos de
leche que se le escapaba por la comisura
de los labios, y los lamía, ya sentados
los dos muy juntos en el sofá.
–¡Y lo soy! –le aseguró Ustimenko
orgulloso a la mulata, cuando recuperó
el habla– ¡Mi padre es un cubano!
Ustimenko viajó a La Habana con solo
cincuentinueve dólares en los bolsillos.
La cifra, que equivalía a su salario
mensual, le pareció revolucionariamente
convincente. Al decidirse por el viaje,
pensó en ahorrar todo lo que pudiera,
reduciendo sus gastos a la mínima
expresión. Y no solo redujo sus gastos,
sino que incluso los llevó a cero, y
hasta se endeudó, por razones más allá
de su voluntad: en los últimos tres
meses la fábrica no pudo pagar ni un
rublo a sus empleados.
Eso lo acabó de decidir.
Cuando le hizo saber a su madre que
pensaba irse a La Habana, Várvara
Stepánovich le llevó a su cuarto y sin
una lágrima le confesó:
–Hijo: Rodión
Efimérovich Vtushenko no es tu padre. Tu
padre es un cubano.
–¡Un cubano! ¡Mi padre es cubano!
¡Entonces también yo soy cubano,
madrecita!
–Sí, cubano, medio cubano eres, mi
querido Volodia.
Entonces la madre alzó el colchón de la
cama, y le entregó la foto.
Ustimenko quería saber todo su padre,
pero la Stepánovich le dijo que muy poco
podría contarle. Con los ojos aguados,
bajo la vista, y le contó:
–Supe muy poco de él.
–¿Por qué, madrecita, por qué?
Entonces la Stepánovich recurrió a la
improvisación:
–Tu verdadero padre era... un agente
secreto de la seguridad cubana. No puedo
decirte nada más.
Ni más necesitó Vladímir Stepánovich
Ustimenko. Escuchar aquello de boca de
su madre le llenó de orgullo.
–¿Tienes dinero para el viaje? –le
preguntó la Stepánovich.
–Ni un kopek, madrecita –contestó
Ustimenko.
–Ven –dijo entonces la madre, y lo llevó
al patio.
Parados bajo uno de los manzanos en
flor, la Maxímova le señaló el suelo, y
le entregó una pala.
–Cava aquí –le ordenó.
Ustimenko cavó junto al manzano, y muy
pronto, a solo unos cincuenta
centímetros de la superficie, sintió que
la pala raspaba sobre una superficie de
madera. Terminó de apartar la tierra con
las manos y no sin esfuerzo extrajo una
caja que aun conservaba el habitual
color verde de las embaladuras de los
pertrechos militares de la época
soviética.
En honor a la verdad, cualquier otra
cosa que los soviéticos fabricaban venia
en cajas verdes, fuera militar o no. Y
también pintaban de verde todo. Lo mismo
un jeep WAZ, que una moto Ural, que un
cochecito para bebés. A veces se les
acababa la pintura verde y entonces
pintaban los cochecitos para bebés, las
motos Urales y los jeeps WAZ de gris.
Las lavadoras Aurika son de una de esas
épocas grises.
Dentro de la caja que Volodia acababa de
desenterrar encontró, en perfecto estado
de conservación, doce fusiles
automáticos Kaláshnikov del año 47. Miró
a su madre asombrado y le preguntó:
–¿Y qué quieres que haga con esto,
madrecita, que asalte un banco?
A lo que Várvara Stepánovich Maxímova le
respondió:
–No, mi pequeño Volodia, tú sabes que en
los bancos no hay dinero. Coge los
fusiles y véndelos. Los chechenos te
darán suficiente para tu pasaje a la
isla de la libertad.
A Ustimenko no lo sorprendió lo
silencioso de Wong. Había hecho el
servicio militar en la Región
Autónoma de Tayikistán, y allí tuvo
sobradas oportunidades de
conocer el carácter taciturno y
silencioso de los asiáticos. Pero no era
el caso, como se verá después.
Por ahora lo importante es que Wong no
regateó para nada cuando Volodia le
explicó que contaba con muy poco dinero
y le preguntó si aceptaba alquilarle el
cuarto por solo dos dólares.
–¡Y hasta por uno! –fue lo que le
contestó Wong– ¡Qué más da, si al final
todo se lo va a tragar la tierra!
Con la respuesta de Wong, le llegó a
Volodia el fuerte aliento etílico que
aquel expedía, y supuso que venía de una
fiesta, lo cual era todo lo contrario a
lo que en realidad le había sucedido ese
día a Wong.
–Es más –le dijo Wong aun– hasta te lo
dejo de gratis, mira tú...
Eso sí que Ustimenko no se lo esperaba,
y dudaba si aceptarlo o no, cuando Wong
volvió a hablar, ya casi dormido en el
sofá de la sala.
–Si más he perdido hoy, qué me pueden
importar unos dólares de mierda...
Ustimenko no se sintió ofendido por esas
palabras. Más bien pensó que aquello de
conseguir alojamiento gratis era algo
que solo podía ocurrir en Cuba, la
ostrav svaboda, donde el socialismo
todavía no era un cadáver, y
probablemente la gente conservaba
intacto el sentido de la hospitalidad.
La primera noche de los estudiantes
cubanos en el hielo, con aurora boreal
incluida, estuvieron bebiendo Vodka
Stolinkaya desde las veintiuna
horas, al constante llamado de «¡Dakansá!»
de sus entusiastas profesores
soviéticos.
Uno de los estudiantes cubanos (quizá el
más negro de todos) advirtió que una
siberiana, rubia y de ojos azules, lo
miraba todo el tiempo. Pero él era
tímido, y lo seguiría siendo el resto de
su vida.
Entonces, por los altoparlantes comenzó
a escucharse una canción que hizo que
los profesores soviéticos dejaran las
copas en alto, se enjugaran los ojos, se
sentaran, se abrazaran entre ellos, se
quedaran todos cabizbajos:
Iesli snali vi
kak minie daraguí
podmoskovnie biecherá...
Aquí fue que la siberiana se le acercó
al negrón, y con voz muy dulce, al oído,
le dijo:
–Ti ochen interiesnik chelaviek...
Él la miró con los ojos muy abiertos,
como si hubiera entendido algo, pero en
verdad no había entendido ni papa. Solo
comenzó a entender cuando la siberiana
lo tomó de la mano, lo sacó del salón,
lo llevó hasta su cuarto en el edificio
de los profesores, se desnudó
completamente y le besó los labios.
Fue su día de gloria. Nunca había besado
a ninguna mujer, y nunca, ni siquiera en
sueños, se habría podido imaginar que la
primera vez fuera a una rubia de un
metro ochentisiete centímetros, casi tan
alta como él. En Cuba siempre fue un
negrón zarrapastroso y muerto de hambre
al que ninguna mujer se le ocurriría
mirar ni por equivocación.
La siberiana le quitó la camisa mientras
lo besaba y, como al intentar bajarle
los pantalones, él le opuso alguna
resistencia, pensó que se había topado
con un amante diestro que prefería ir
paso a paso, y creyó entonces que
aquello sería mejor de lo que había
imaginado.
Esa mañana Ustimenko encontró a Wong en
la cocina, sentado, llorando. No supo
qué hacer. Sacó dos bolsas de té de su
mochila, y preguntó qué vasija podía
usar para hervir el agua.
–No hay agua –le contestó Wong–, no hay
gas, no hay electricidad, no hay ni
pinga...
Ustimenko se quedó en silencio. Guardó
las dos bolsas de té, y le ofreció a
Wong ir a algún lugar a desayunar
juntos.
–No me vas a pagar el alquiler –le
advirtió Wong–, pero me vas a tener que
pagar un montón de cervezas. Yo sé de un
lugar, pero primero vamos a buscar a un
socio.
Ni Wong ni su socio quisieron comer
nada. Los dos estaban sentados,
silenciosos y cabizbajos. Bebían una
cerveza detrás de la otra, mientras
Volodia se embutió tres batidos de
mamey, dos panes con jamón y queso, una
sopa de vegetales, un pollo entero
frito, litro y medio de helado y un jugo
de manzana. Entonces anunció:
–Camaradas, yo sé cuál cosa hacer con
aquella tristeza que tienes ustedes.
Sin decir más fue hasta la barra y
regresó con una botella de vodka.
–¡Vodka a esta hora! –dijo Wong– ¡De
pinga!
–¡El rusón es tremendo locote! –dijo el
socio– ¡Y yo sí sé a quién le vendría
bien ahora un trago de vodka!
Media botella más tarde parecían amigos
de toda la vida. Ya hasta hablaban en
ruso los tres, o al menos eso le pareció
al mesero, que se acercó a la mesa a
ofrecerles jugo de naranja.
–¡Qué jugo de naranja ni qué pinga –le
dijo Wong–, eso es para los maricones!
–¡Los hombres de verdad se toman el
vodka a pulso –añadió el socio– como se
lo hubiera tomado Cartaya!
–¡Dakansa! –volvió a exclamar
Volodia mientras se empinaba la botella,
la terminaba de un trago, y por señas le
pedía otra al mesero.
Cuando la botella estuvo en la mesa,
Wong la cogió, rompió el sello, y vertió
un largo chorro junto a las patas de la
mesa.
–¡Por mi hermano Cartaya! –dijo Wong a
Volodia.
Volodía miró a Wong, miró al socio de
Wong, y miró al cuarto puesto de la
mesa, donde acaba de sentarse un
cocodrilo.
–¡Guena! –exclamó Volodía– ¡Daragoi
mai krakadil!
–¡Oye, ruso de pinga –se asustó Wong–
que bolá con el cocodrilo ese aquí!
–Camaradas, no asustarse, este es mi
amigo Guena el cocodrilo...
–¡De pinga! –Wong reconoció al
cocodrilo– ¡Es el cocodrilo mariconcito
del acordeón!
Volodia y el cocodrilo se abrazaban, y
luego el cocodrilo le dio la mano a Wong
y a su socio. Volvieron a sentarse, el
cocodrilo se tomó de un tirón un cuarto
de la botella de Vodka, sacó el
acordeón, y dijo:
–Tavarichi, ia jachú piet...
E inmediatamente cantó:
Ya igrayu
Na garmoche
Uprajoshe
Na vidu
Zasharlenia
Dien razdenia
Tolka raz gadu
–¿Tú entiendes, camarada? –le preguntaba
Volodia por turnos al socio y a Wong, y
al instante les traducía–
«Desgraciadamente, el cumpleaños es solo
una vez al año.»
(Como se demostró en la línea anterior,
es más fácil traducir al cocodrilo Guena
que al Komitet Gozudarstvennie
Biezapasnast.)
El mesero, con mucho cuidado, se acercó
a la mesa, y les dijo –mirando al
cocodrilo Guena– que no se permitían
animales en aquel lugar. Wong protestó,
Volodia le ofreció un trago de Vodka al
mesero mientras le aseguraba «Ya
atbishayu za vció», y Estéreo Seguro
–que era el socio de Wong y el menos
borracho de los cuatro– cogió por la
cola al cocodrilo y lo haló para la
calle mientras los otros dos le seguían,
sin dejar de cantar.
De vuelta a casa de Wong, Estéreo se
sentó en el suelo, Wong se tiró en el
sofá y Volodia permanecía de pie.
–Ustedes tienen que ayudarme a encontrar
mi padre.
Volodia abrió la mochila, sacó la foto
del grupo de estudiantes cubanos que en
diciembre de 1986 llegaron a la Siberia
Oriental, y la mostró a Estéreo y a Wong.
–Uno de estos camaradas cubanos es mi
padre.
Wong roncaba sobre el sofá. Estéreo tomó
la foto, la miró detenidamente y
preguntó:
–¿Es uno de los blancos?
–No, mi padre es negro –contestó
Volodia.
–¡Coño, mi socio, pero son como
cincuenta negrones en esta foto!
–¡Son cuarentisiete negros solamente, y
uno es mi padre!
–¡De pinga –el grito de Volodia despertó
a Wong–, el rusito es hijo de un negrón!
Wong se levantó del sofá, se acercó a
Estéreo, tomó la foto en sus manos y la
miró con detenimiento.
–¡De pinga –dijo Wong devolviéndole la
foto a Estéreo–, la clase de frío que
debía zumbarse la Siberia esa!
–¡Cojones, este es El Carta! –soltó
Estéreo al reconocer en la foto a su
socio Cartaya.
Wong volvió a mirar la foto, y se le
salieron las lágrimas otra vez.
–¡Ese mismo es Cartaya! ¡De pinga, el
negrón en el hielo, más frío que la pata
de un muerto!
A Volodia, cuando vio que Estéreo y Wong
habían reconocido a alguien en la foto,
el corazón se le disparó.
–¡Tienen que buscar ese camarada, él
dirá cuál es mi padre!
Estéreo y Wong se miraron, y luego
miraron a Volodia.
–Cartaya está muerto –dijo finalmente
Estéreo–, lo enterramos ayer.
Mas, en realidad, la resistencia del
negrón a dejarse bajar los pantalones se
debía a dos razones, fundamentalmente.
La primera: tenía puestos los mismos
calzoncillos desde hacía dos semanas –el
tiempo que demoraron en viajar de Moscú
a Siberia en el tren rápido Baikal-Amur–
y llevaba todo ese tiempo sin darse un
baño. La segunda razón comenzó a
olvidarla cuando la siberiana lo tumbó
en la cama, se le subió encima a
horcajadas y, ante la falta de
iniciativa de él, que ella interpretó
como un jugueteo provocador, comenzó a
frotar su sexo mojadísimo sobre los
labios enormes y abultados del negrón.
La siberiana fue quien comprendió
rápidamente la segunda razón de la
resistencia del cubano a dejarse
desnudar, pues cuando lo tenía bobo
entre sus piernas, consiguió meterle la
mano dentro de los pantalones y encontró
algo que no olvidaría jamás en toda su
vida: aquel negrón, de un metro
noventidós centímetros, tenía una pinga
que le cabía en la palma de la mano. Y,
aunque la siberiana era bien grande, sus
manos eran pequeñísimas.
Pero la siberiana ya se había tropezado
cosas peores, y los gruesos y suaves
labios del negrón contra su clítoris la
tenían demasiado caliente para que aquel
detalle la enfriara. Tomó la pinguita
del negrón entre sus manos, la manipuló
con una destreza que aceleró los latidos
del corazón del negrón a ciento ochenta
por minuto, y se la mamó con fruición
hasta que consideró que estaba lo
bastante dura como para que pudiera
sacarle algún provecho.
Entonces, en una maniobra de un segundo,
la sacó de su boca y la metió en su
sexo. Y en otro segundo el negrón
eyaculó, copiosamente.
La siberiana abrió sus ojos azules, miró
al negrón, y comenzó a abofetearlo con
saña. El negrón se cubrió el rostro como
pudo, se escurrió de debajo de la
siberiana sin entender qué la había
enfurecido, y salió corriendo del
apartamento, mientras escuchaba tras de
sí a la siberiana gritar en el pasillo:
–¡Idy na jui! ¡Idy na jui! ¡Idy na jui!
Cuando Ustimenko supo que Estéreo Seguro
era policía, se entusiasmó, pues suponía
que eso les abriría muchas muertas y
facilitaría la búsqueda de su padre.
Estéreo prometió ayudarle, contando
incluso con la ayuda de un amigo suyo,
que trabajaba en la Sección de Búsqueda
y Captura del G-2.
Lo que más llamó la atención de
Ustimenko al llegar, fue la escultura a
la entrada del edificio: tallado en
mármol negro, cincuentinueve metros de
altitud, un majestuoso fusil automático
de Kalashnikov engalana los jardines del
G-2.
Lo difícil fue lograr que Ustimenko
pudiera entrar al edificio del G-2. Años
atrás era común encontrar por los largos
pasillos del edificio, ubicado en un
barrio algo apartado, montones de rusos,
perdón, de soviéticos. Pero Ustimenko,
que a todo llega tarde –y con esto no
explicito nada de la trama que debería
quedar en la corriente subterránea del
texto, pues es algo que cualquier lector
con medio dedo de frente ha tenido
tiempo suficiente de darse cuenta ya–
apareció en La Habana, y en el edificio
del G-2, en un momento en que ya ser
ruso –soviéticos no quedan– no es algo
diferente de ser extranjero, con todas
las bondades que tal categoría supone,
pero también con los mismos
inconvenientes.
Así que los oficiales de inteligencia
que lo vieron llegar al lobby del
edificio, aun viéndolo acompañado de un
suboficial de la policía, se negaron de
plano a dejarlo pasar a la oficina del
coronel García, y no lo hubiera logrado
nunca de no ser porque recordó su paso
por el Círculo de Interés Pioneril de la
KGB. Recordó eso y recordó que
aun conservaba en su billetera, como uno
de sus tesoros más preciados, junto a
una foto de Lenin y un monograma del
antiguo Komsomol, su carnet de
Pionero KGB.
Cuando mostró a los oficiales aquel
carnet, a más de uno se le aguaron los
ojos y alguno hasta le abrazó, y otros
aprovecharon la oportunidad para
intercambiar con Volodia frases en ruso.
Y le ofrecieron quedarse a almorzar con
ellos en el comedor. Y le dejaron
pasar.
Decir que el joven camarada Vladímir
Stepánovich Ustimenko es un aparachik
del Komsomol y Secretario General
de su Comité de Base en la fábrica de
camiones GAZ es, probablemente, decir
mucho. No es que sea mentira, sino que
no es exactamente la verdad.
Cierto es que Ustimenko es el Secretario
General del Comité de Base en la puta
fábrica de camiones, pero eso no dice
mucho. Porque ese comité lo integran él,
su amigo Tolia Bolskonsky, y Natasha
Nicolaevna Petróvich, quien ha estado
toda su vida enamorada de Ustimenko
aunque este no le hace el menor caso, y
solo por ese amor fue que ella acudió a
la primera reunión del Komsomol
en la fábrica, que Volodia y Tolia
anunciaron a viva voz en el comedor a la
hora del almuerzo.
Ella se presentó a la reunión, y allí
estaban los otros dos y nadie más. Era
la reunión constitutiva del nuevo Comité
de Base –acción que según Volodia daría
inicio al renacer de las ideas de
izquierda en la patria de Lenin–, y por
unanimidad (por unanimidad de ellos
tres, se entiende) eligieron a mano
alzada a Volodia como Secretario
General, a Tolia como Segundo
Secretario, y a Natasha como
Organizadora.
A la segunda reunión quisieron invitar a
veteranos que les contaran de la vida
interna del antiguo Komsomol.
Pero todos los antiguos komsomoles
habían sido despedidos de la fábrica, y
se habían mudado de la ciudad. Solo
consiguieron llevar a Arkadi Ivanov, un
jubilado de sesenta y seis años que les
entretuvo dos horas contándoles sus
experiencias en la Gran Guerra Patria,
en el 18 Ejército de Caballería de la
Guardia, a las órdenes directas del
Mariscal y Héroe de la Unión Soviética
Gueorgui Zhukov.
Ustimenko le escuchó con lágrimas en los
ojos, y le regaló los restos de la
botella de vodka casero cuando el viejo
se despidió de ellos. Entonces Tolia,
que es un descreído, le dijo al
Secretario General:
–¡¿Cómo le crees media palabra a ese
borracho?!
–¡No es un borracho –le protesto
Ustimenko–, es un héroe de la madre
patria! Y si ahora está alcoholizado, es
porque ha sido víctima del capitalismo
salvaje que la globalización nos impone
el...
–¡Es un borracho, y es un mentiroso! –le
ripostó el Segundo Secretario– ¿No te
das cuenta de que, cuando la guerra,
Arcadi solo tendría dos o tres años?
Estéreo, al entrar a la oficina del
coronel García, se cuadró y saludó
militarmente. Volodia lo imitó. García
los miró desde su buró, cerró el
documento que tenía abierto en la
computadora, y soltó una carcajada.
–Estéreo, caray.... a ver qué asunto
raro me traes esta vez –comentó.
Y después que Estéreo le informó, sin
dudarlo un segundo, les dijo:
–Ah, eso es fácil, eso no tiene
problema...
Se volvió otra vez hacia la computadora,
abrió una base de datos, y les preguntó:
–¿En qué año fue que enviamos al
compañero a Siberia?
–En 1986 –contestó Volodia entusiasmado.
–Ya, aquí los tengo –dijo el coronel–,
cincuenticuatro compañeros,
cuarentisiete negros y siete blancos.
–¡Era negro –soltó Volodia, y agregó
entusiasmado– y también era de la
seguridad!
–De los cuarentisiete negros,
cuarenticuatro eran de la seguridad –le
explicó el coronel–, así que por ahí no
avanzaremos mucho...
En cambio, imprimió una lista con los
nombres de todos los negros que fueron a
Siberia ese año, y comenzaron la tarea
de descarte. Lo primero fue descartar
del grupo a los que eran maricones.
Estéreo vio con dolor como el coronel
García pasaba por encima del nombre de
su socio Eduardo Cartaya con un
resaltador rosado, pero no dijo nada.
Veintidós maricones negros en total, de
ellos veinte eran gloriosos agentes de
la G-2 cubana, y tres llegaron incluso a
trabajar para la KGB, les informó con
orgullo García.
Luego descartaron a los que contrajeron
matrimonio con una compañera soviética,
resaltándolos en rojo. Fueron ocho en
este caso, incluyendo tres de los
maricones. La lista de posibles
candidatos fue así reducida a solo
veinte negros. García confrontó esos
veinte con otra base de datos, y
descartó siete mas: cinco eran
impotentes, uno era chiclano, y otro no
perdió la virginidad hasta regresar a
Cuba, a manos de la agente de la
seguridad que los atendió a su regreso.
–Bueno, ahora ya va a ser más difícil la
cosa –advirtió el coronel– pero ya solo
nos quedan trece elementos.
De los trece elementos, cuatro se
involucraron en la disidencia al volver.
Fueron resaltados en gris. De los nueve
restantes, solo tres integraron las
filas del G-2.
–Uno de estos tiene que ser –concluyó el
coronel García.
García pulsó un botón del
intercomunicador y le pidió a su
asistente presentarse.
El asistente del coronel entró a la
oficina, cerró la puerta tras de sí,
saludó militarme y sin dar un paso más
dijo:
–¡Ordene!
–Dime qué tenemos de estos tres
elementos –le solicitó el coronel, y le
fue leyendo los nombres.
El primero se fue del país en una balsa
en agosto de 1994. Descartado en azul.
El segundo murió en un accidente antes
de volver de Siberia: el tractor en que
iba de la Facultad de Exploración
Forestal a la aldea Estrella Roja se
salió de la carretera a causa de la
nieve, y solo lo encontraron siete mes
después, en perfecto estado de
conservación, completamente congelado.
No fue resaltado, sino remarcado en
negro.
Antes de informar los detalles sobre el
tercero, el asistente le hizo una seña
complicada al coronel, pero García le
dijo que podía hablar. A Ustimenko se le
agitó el corazón: el tercero tenía que
ser su padre.
Pero no, el tercero –y después que el
asistente habló, García les advirtió que
esa información era altamente
confidencial–, en primer lugar no
pertenecía a la raza negra, sino a la de
los mulatos. En segundo lugar, el
tercero no era hombre, sino mujer, una
de las mejores agentes encubiertas del
G-2. En tercer lugar, ahora trabajaba en
la reorganización de los servicios de
inteligencia venezolanos. Y, como al
margen, añadió:
–Además, la compañera es lesbiana.
–¡De pinga! –dijo Wong cuando Estéreo y
Volodia regresaron a la casa y le
contaron– ¡Y si el G-2 no sabe quién
cojones es tu padre, entonces no lo sabe
nadie!
Volodia conservaba consigo la lista de
los cuarentisiete negrones, con las
tachaduras. La mostró a Wong, y aseguró:
–¡Uno de ellos es mi padre, la que no
sabe nada es la G-2!
Wong vio la lista, y vio que la mayoría
del grupo estaba resaltada en rosado, y
eso le llamó la atención y, al saber que
eran los descartados por maricones,
soltó:
–¡No, qué va, la G-2 está perdida!
¿Quién dijo que los maricones no preñan?
Y Estéreo agregó:
–¿Quién puede asegurar que de verdad
eran maricones?
–Al menos con Cartaya no se equivocaron
–le respondió Wong–, porque ese era mi
hermano, y era hombre a todo, pero era
tronco de maricón...
Volodia tomó otra vez la lista en sus
manos, la rompió cuidadosamente en
pequeños pedazos y la lanzó a la calle
después de decir:
–Si ese Cartaya amigo de ustedes no
fuera muerto, seguramente podría decir
quién fue mi padre, porque él sí estuvo
allá y algo sabría...
–No, El Carta no te serviría de nada, el
pobre, nada más que duró en Rusia como
quince días…
La mañana siguiente al debut siberiano,
el grupo de estudiantes recién llegados
de Cuba debió asistir a la inauguración
oficial del curso, donde usó de la
palabra la camarada Secretaria General
del Komsomol de la Facultad de
Explotación Forestal de la Región
Autónoma de Kamchatska,
Várvara
Stepánovich Maxímova, que sería
la profesora guía del grupo además de
adentrarlos en el más profundo
conocimiento de la Filosofía Marxista
Leninista.
El negrón vio a
Várvara
Stepánovich Maxímova en la tribuna y
pensó que aquella mujer debía haber
tenido una muy mala noche, pues ponía un
énfasis excesivo en sus palabras. Y
cuando la Maxímova recorrió el grupo de
estudiantes con la mirada y detuvo su
vista en él sin dejar de hablar, pero
frunciendo más el ceño, la reconoció.
Era la siberiana que la noche anterior
le abofeteara.
Luego recorrieron las instalaciones de
la Facultad, las aulas, los
laboratorios, las zonas de práctica, y
se les convidó a presenciar el talado de
un enorme abedul con una motosierra
eléctrica marca
Krasnaie
Zviezda
–Estrella Roja, en español, como
ya se sabe. Ese nombre común a ciudades,
pueblos, puebluchos, aldeas y caseríos
perdidos en la estepa, también fungía
como marca de numerosos utensilios y
herramientas en el territorio de la
Saiuz Savietskij Soshialisticheskij
Respublik–, motosierra a la cual
desde ese día los estudiantes cubanos,
al verla trabajar, se referirían siempre
como “La despingadora”.
El alumno ayudante Andréi Petróvich
Griniov, estudiante del cuarto año de la
Facultad, tomó “La despingadora” en sus
manos, apretó el botón de encendido, y
comenzó a penetrar la corteza del
abedul, mientras explicaba en detalles
toda la operación. La voz de Griniov,
poderosa como el rugido de un oso, se
imponía por sobre el ruido de “La
despingadora”, pero ni así los
estudiantes cubanos lograban entender la
explicación. Ni Griniov, ni
la Maxímova
sabían que aquellos caribeños no habían
recibido aun su primera clase de idioma
ruso.
Pese a ello, todos prestaban completa
atención a Petróvich, asombrados por su
habilidad con “La despingadora”, y le
iban detrás cada vez que el alumno
ayudante giraba en torno al abedul. Solo
el negrón se quedaba atrás, intentando
estar lo más lejos posible de la
Maxímova. Por eso no escuchó la voz que
de pronto gritó:
–¡¡¡Vnimanie!!!
Igual, si hubiera escuchado el grito,
nada hubiera podido hacer, pues además
de no entender ni jota del russky
yasik, ya el enorme abedul le estaba
cayendo encima. El negrón perdió el
conocimiento instantáneamente, y no lo
recuperó hasta tres semanas después, ya
de vuelta en La Habana, rechazado por la
universidad soviética ante su «escasa
resistencia física», según constaba en
el certificado firmado por
Várvara
Stepánovich Maxímova.
Ernesto Pérez Castillo
(La Habana, 1968):
Narrador y periodista. Fue Premio La
Gaceta de Cuba en 2003. Obtuvo el Premio
Dador del Instituto Cubano del Libro por
Filosofía barata (cuentos, 1999) y el
Pinos Nuevos por Últimas vacaciones con
el abuelo (novela, 1996). En la
actualidad es editor de la revista El
Cuentero. Obtuvo mención en el Concurso
de Cuento Julio Cortázar en su edición del
2006. |