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El libro Bésame mucho, antología
de cuentos de Laidi Fernández de Juan,
fue escogido en Uruguay entre los 10
libros preferidos del 2007.
Tal vez había bebido demasiado. Pero
recuerdo claramente que Erick dijo con
ese tono sentencioso que lo acompaña,
que iba a leer un cuento. Apenas había
iluminación en aquel cuarto con vista al
mar. Sacó un libro pequeño, azul; ojeó y
dijo acariciando la palabra: Bumerang.
Yo, ya estaba acostumbrada a las
exageraciones de Erick y le seguí el
juego. Puse mi cara habitual de
interesada. Pero él era un conquistador.
Me acerqué a ti en la glorieta del
parque, no porque me gustara tu figura
de gladiador, ni porque escucharas el
Bolero de Ravel, sino porque sospeché
que estabas fumando marihuana.
Fue leyendo suave, dramatizando cada
confesión y era inevitable no dejar de
escucharlo. Terminó y estuvimos
paralizados unos segundos. Entonces
dijo: esto lo escribió Adelaida
Fernández de Juan.
No se si fue ese tono lascivo de Erick,
o el vino y las cervezas, o la dureza de
la mujer del cuento lo que me hizo
pensar en Adelaida como una mujer fatal.
La supe alta, de caderas anchas, vestida
toda de negro, de pelo corto y mirada
doblegadora. Toda una dama decimonónica
que enciende cigarrillos con boquilla y
lanza largas bocanadas, mientras lee
libros ininteligibles y despide a sus
amantes antes del alba.
En La duda, otro de los cuentos
de Oh vida, me volvió la
sensación de que la autora no clasifica
en los roles que la sociedad dispone.
Despiértame, por favor, no me vayas a
dejar con las ganas de decirte todo lo
mucho que te estoy deseando, piensa
mientras escucha al hombre que insiste
en contarle cosas demasiado terrenales.
Y es que de ningún modo puede ser
alguien que llega todos los días a casa,
prepara la comida, consume la telenovela
de turno y se acuesta demasiado cansada
para más.
Cuando en el libro La hija de Darío
Adelaida se convirtió en Laidi, me
resistí a llamarla así por mucho tiempo,
pues pensé que estaba perdiendo
personalidad o podía ser algún signo de
flaqueza. Pero la historia que da título
al volumen era otra de pérdidas y
deseos, de ilusiones pospuestas, muy
desgarradora para que alguien pensara en
concesiones. Y como si se hubiese
propuesto impresionarme, confesaba otro
día que le obsesiona escribir sobre
lo difícil que resulta la vida en pareja
para una mujer que sobresalga de lo que
Herman Hesse llamó la educación
grasienta y salutífera de los mediocres,
de los normales, de los tipos medios.
Como creo definitivamente que uno es lo
que escribe, intuí pronto que ella era
Natacha en su novela Nadie es profeta.
Una mujer de nombre ruso, ascendencia
polaca, y creencias africanas. Una mujer
desprejuiciada, con una apasionante
atracción por el mar, que le escribe
cartas-cuenta vidas a un extraño coronel
de aguas mansas.
Hoy he visto a Laidi a plena luz del
día. Iba disfrazada de mujer normal y
creo que estaba menos corpulenta.
Llevaba una camisa azul sin mangas y
unos espejuelos en la punta de la nariz.
Al menos, no se había dejado crecer el
pelo. Tan cambiada estaba que no la
reconocí, alguien tuvo que presentármela
y yo balbuceé tres tonterías cuando
quise decirle que me había encantado su
novela y que disfrutaba profundamente
todo lo que ella escribía.
Francamente me dio un poco de rabia que
no vistiera de negro y que escondiera su
cigarrillo con boquilla. Solo cuando
llegué a casa lo entendí todo. Por azar
encontré una declaración suya: ya en
mi libro Oh vida, empiezo a escribir no
como la mujer que soy, sino como la que
quisiera ser. Comprendí entonces que
era un artificio de Laidi, y que cada
noche, después de besar a sus hijos, la
dama decimonónica, aventurera, sale a la
calle, con su vestido negro de mujer
fatal. |