Año VI
La Habana

 2008

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Mujer fatal

Y. Miranda Torna • La Habana

 

El libro Bésame mucho, antología de cuentos de Laidi Fernández de Juan, fue escogido en Uruguay entre los 10 libros preferidos del 2007.

Tal vez había bebido demasiado. Pero recuerdo claramente que Erick dijo con ese tono sentencioso que lo acompaña, que iba a leer un cuento. Apenas había iluminación en aquel cuarto con vista al mar. Sacó un libro pequeño, azul; ojeó y dijo acariciando la palabra: Bumerang.

Yo, ya estaba acostumbrada a las exageraciones de Erick y le seguí el juego. Puse mi cara habitual de interesada. Pero él era un conquistador. Me acerqué a ti en la glorieta del parque, no porque me gustara tu figura de gladiador, ni porque escucharas el Bolero de Ravel, sino porque sospeché que estabas fumando marihuana.  

Fue leyendo suave, dramatizando cada confesión y era inevitable no dejar de escucharlo. Terminó y estuvimos paralizados unos segundos. Entonces dijo: esto lo escribió Adelaida Fernández de Juan.  

No se si fue ese tono lascivo de Erick, o el vino y las cervezas, o la dureza de la mujer del cuento lo que me hizo pensar en Adelaida como una mujer fatal. La supe alta, de caderas anchas, vestida toda de negro, de pelo corto y mirada doblegadora.  Toda una dama decimonónica que enciende cigarrillos con boquilla y lanza largas bocanadas, mientras lee libros ininteligibles y despide a sus amantes antes del alba.

En La duda, otro de los cuentos de Oh vida, me volvió la sensación de que la autora no clasifica en los roles que la sociedad dispone. Despiértame, por favor, no me vayas a dejar con las ganas de decirte todo lo mucho que te estoy deseando, piensa mientras escucha al hombre que insiste en contarle cosas demasiado terrenales.  Y es que de ningún modo puede ser alguien que llega todos los días a casa, prepara la comida, consume la telenovela de turno y se acuesta demasiado cansada para más.

Cuando en el libro La hija de Darío Adelaida se convirtió en Laidi, me resistí a llamarla así por mucho tiempo, pues pensé que estaba perdiendo personalidad o podía ser algún signo de flaqueza. Pero la historia que da título al volumen era otra de pérdidas y deseos, de ilusiones pospuestas, muy desgarradora para que alguien pensara en concesiones. Y como si se hubiese propuesto impresionarme, confesaba otro día que le obsesiona escribir sobre lo difícil que resulta la vida en pareja para una mujer que sobresalga de lo que Herman Hesse llamó la educación grasienta y salutífera de los mediocres, de los normales, de los tipos medios.

Como creo definitivamente que uno es lo que escribe, intuí pronto que ella era Natacha en su novela Nadie es profeta.  Una mujer de nombre ruso, ascendencia polaca, y creencias africanas. Una mujer desprejuiciada, con una apasionante atracción por el mar, que le escribe cartas-cuenta vidas a un extraño coronel de aguas mansas.  

Hoy he visto a Laidi a plena luz del día. Iba disfrazada de mujer normal y creo que estaba menos corpulenta. Llevaba una camisa azul sin mangas y unos espejuelos en la punta de la nariz. Al menos, no se había dejado crecer el pelo. Tan cambiada estaba que no la reconocí, alguien tuvo que presentármela y yo balbuceé tres tonterías cuando quise decirle que me había encantado su novela y que disfrutaba profundamente todo lo que ella escribía.

Francamente me dio un poco de rabia que no vistiera de negro y que escondiera su cigarrillo con boquilla. Solo cuando llegué a casa lo entendí todo. Por azar encontré una declaración suya: ya en mi libro Oh vida, empiezo a escribir no como la mujer que soy, sino como la que quisiera ser. Comprendí entonces que era un artificio de Laidi, y que cada noche, después de besar a sus hijos, la dama decimonónica, aventurera, sale a la calle, con su vestido negro de mujer fatal.
 

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La Habana, Cuba. 2008.
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